viernes, 26 de octubre de 2007

Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura 2007




Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura 2007
“Nuestra historia deja ínfimo espacio para la utopía”
Edmundo Bracho


Doris Lessing dice que parte de su rutina diaria es dar de comer a los pájaros de su vecindario, temprano en la mañana. Muy temprano. Cuando son las 6 am ya ha regresado de su encuentro aviar y comienza a preparar su desayuno, para iniciar su trance redaccional lo más próximo posible a las nueve de la mañana. Lo hace de modo sistemático, y lo ha venido realizando durante los últimos 26 años desde un austero escritorio, en su modesta casa en el norte de Londres, no muy distante del estadio del mítico club de fútbol Tottenham Hotspur y del famoso cementerio que alberga los huesos de Karl Marx.
Sin esa disciplina que raya en mandato, Lessing jamás hubiera escrito las cincuenta novelas y relatos que, a sus 88 años de edad, la convierten según muchos en “la escritora (y el escritor) viviente más relevante de Gran Bretaña”. Casi la totalidad de sus novelas se ambientan en lo que hoy en día es Zimbabwe, ahí donde Lessing se crió y experimentó “la soledad infernal como modo de vida”. Incluso sus relatos que podrían ser tildados de ciencia ficción presentan un intenso barniz de esa íntima catástrofe que conoció desde niña en su entorno de colonos explotadores.

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jueves, octubre 25

(Desamparo epistolar: Crónicas)
Traducción
Ay, me duelen estos dedos (los otros también, aquéllos) pero nunca como el frío sentido en el camión (a bordo del) ¡qué bruto! Mira, como me di cuenta de que te estaba dando mucha lata, mejor ya no te llamé. Darío estuvo un rato con nosotras y luego ya se fue; a las diez y cuarto me vendieron los boletos, Luci aun tenía habre (hambre: dedos torpes y congelados, o torpes por congelados o congelados por torpes, o etc, a quién le importa, ni a los dedos) y decidimos ir a cenar ¿pero a dónde?.. después de mucho regatear con el taxista carero y de recomendaciones del ídem (era tarde), llegamos, nos llevó el requeteìdem al Calinda (como los asesinos, je, yo regresando al lugar del crimen, je), comimos algo (era más tarde) y decidí volver a molestarte, hablar contigo, te llamé de allí superenchinga y tu voz “marcaste el etcétera” y mi lengua a punto de soltarlo y decirte (no a ti, que por eso no) que cae más pronto un hablador que un cojo, que te diría un poema, que abrieras bien tu lengua para recibirlo, que tal vez dolería un poco, sobre todo al principio, que después te garantizaba que placerías, que ya nos íbamos, que un beso, que dos, que si seguía nos dejaba el camión, y por eso a fin de cuentas no te dije nada, no le dije nada al que dice “marcaste el tal y tal y etcétera”. Tú sabes. Nos regresamos a la central camionera y llegamos barriditas al camión pero sin hambre. Asientos 15 y 16 y ufff, qué bien, salimos de Hermosillo y Luci empezóme a contar de una ocasión en un viaje a Matamoros, de noche, y el camión casi vacío, una pareja haciendo el amor (follando, dirían los traductores españoles de Erica J.) en los asientos de atrás, yo intrigadísima por el procedimiento, si la chava iba para el pasillo y él para la ventanilla; ya después de resolver tan peliagudo dilema (si te digo que a inocente, ingenua y cándida no hay quién me gane), intenté dormir y he ahí cuando descubro el FRÍO, ¡qué cabrón! Parece que traían abiertas no sé qué rejillas o qué, la calefacción no servía. Como yo para la ventanilla, me di cuenta que había una grieta en el cristal por donde se colaba TODO el frío, sentía que ya se me caía al suelo, congelado el ojo derecho, la rodilla ídem, el pezón y todos los aditamentos derechos, mientras el lado izquierdo (qué absurdo, no podemos tener lados, ni que fuéramos triángulos… aunque hay cada figura geométrica respirando que…) paulatinamente se me convertía en ajeno. Mucho antes de Benjamín Hill, Luci metióse un pantalón, rápidamente se quitó su vestido ¡con crinolina! Y púsose un suéter… yo, ni podía hablar… en Santa Ana que se me prende el foco (apenas) y acuérdome de otro pantalón en mi maleta, sácolo y métomelo (sí, muy feo se oye) encima del otro (más feo) una camiseta más o menos cubridora, mi capa y qué me hace el frío, pensaste, pues pensaste mal, pinche frío, hasta un arete perdí en las acurrucadas que me daba intentando resguardarme, pero así ni la virtud se puede… con ese frío nadie, nunca, nada. Llegamos a Canapas a las cuatro de la mañanita (nochezota aún) y todos los cristales de todos los carros estaban escarchados, hielo tenían, imagínate al bajarnos. Otro taxi, este cananense, llevonos al hogar, caliente hogar. Me acosté y al ratito, en la radio escucho la voz del locutor que dice que la temperatura está a dos grados, protéjase del frío, las cinco de la mañana y me dormí. A las nueve no me quedó otra más que despertarme aunque me levanté más tarde. Y tú ¿qué cuentas? Si todo esto lo hubiera hablado, no hubiera podido respirar (así lo escribí ¿se nota?)

Publicado por jose fá en http://quemevanahablardeamor.blogspot.com/

Los cronistas en Radio Sonora


Rafael Aguirre Fernandez, Cronista de Hermosillo, Armando Moreno Gil y yo en uno de los jardines de la radio.




Al fondo el Ing. Isidro Bobadilla y Ariel Adame.

Radio Sonora haciendo escuela.

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