miércoles, 8 de junio de 2011

Desde México: La Niña Aurora y El Capo‏

Por Darío Dávila
-Lo tuve entre mis brazos y sus piernas se desparramaron en el pasillo del jet. Yo había decidido que el cadáver de mi hijo no viajara en el ataúd, sino en el pasillo del avión, porque la caja donde lo llevaba no cabía. -¡Sáquenlo, me lo llevo en brazos!, le dije a los ayudantes de la funeraria que nos habían llevado hasta el aeropuerto de Toluca.

Aurora Fuentes López, la mamá del Amado Carrillo, me comparte de tal manera el relato en la sala de su finca, que empiezo a imaginar cómo uno de los trabajadores de la funeraria le habló bajito y sugirió:


-Permítanos, vamos a meterlo en la bolsa.


-No, que bolsa ni que nada, me lo llevo en los brazos- ordenó Doña Aurora.


Y así fue. El cadáver de Amado Carrillo, el dolor de cabeza de las policías antinarcóticos de México y Estados Unidos, se marchó rumbo a su tierra Guamuchilito, Sinaloa. Se lo llevaron en los pasillos del jet ataviado con un traje negro que su madre le compró en el Distrito Federal.


El supuesto 'Señor de Los Cielos', el amigo de militares de alto rango sobornados, jefes policíacos, amas de casa y curas, estaba muerto el 4 de julio de 1997, y dejaba 28 hijos y quién sabe cuántas viudas.


Son, como siempre, meses difíciles en Culiacán, Sinaloa. En la redacción suenan los teléfonos para reportar balaceras y hombres 'carraqueados' (baleados). Sicarios enfrentándose en avenidas. Casas de cambio utilizadas para lavar dólares. Pistoleros dando 'pa´bajo' (asesinando), como marca el manual del sicario: máximo dos tiros, uno en el pecho y otro en la cabeza. Millones de dólares guardados en casas.


Plebes alegres y enamorados aspirando a ser sicarios. Pilotos que se roban avionetas aseguradas por fiscalías mexicanas. Cerveza, mucha cerveza y carne asada. El aroma del mezquite quemado y el carbón es como el perfume de la ciudad, sazonado a temperatura culichi.


Mujeres tan hermosas que un reportero local piensa que eso, (la belleza sinaloense) es 'cosa del Gobierno'. Soldados quemando gasolina por tantas vueltas en sus convoyes. Agentes federales de acento sureño, con cara de niño y metralletas. Familias huyendo del calor en plazas comerciales. Reporteros que algunas veces se encuentran a los asesinos terminando su trabajo…


En la cocina de niña Aurora


Aquí todo está bajo control. Parece que el maíz espía conversaciones ajenas. Las milpas se mueven con el viento, como si de mazorca en mazorca se pasaran los mensajes recién escuchados. Como si el camino de tierra rumbo a Guamuchilito, Sinaloa, al noroeste de México, escuchara el rumor de cada paso y pudiese avisar de cualquier movimiento. Porque si algo se mueve en Guamuchilito, si alguien respira a un ritmo distinto del normal, pronto se sabrá en la finca de doña Aurora.


Esta mañana, camino hacia la finca, puedo escuchar mi respiración. Este lugar está tan caliente que hasta las iguanas prefieren guardarse. A estas alturas siento que en cualquier momento la suela de mis zapatos será un chicle gigante que me pegará a la tierra.

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