La cocina resplandece de blancura. Es una lástima tener que
mancillarla con el uso. Habría que sentarse a contemplarla, a
describirla, a cerrar los ojos, a evocarla. Fijándose bien esta nitidez,
esta pulcritud carece del exceso deslumbrador que produce escalofríos
en los sanatorios. ¿O es el halo de desinfectantes, los pasos de goma de
las afanadoras, la presencia oculta de la enfermedad y de la muerte?
Qué me importa. Mi lugar está aquí. Desde el principio de los tiempos ha
estado aquí. En el proverbio alemán la mujer es sinónimo de Küche, Kinder, Kirche. Yo
anduve extraviada en aulas, en calles, en oficinas, en cafés;
desperdiciada en destrezas que ahora he de olvidar para adquirir otras.
Por ejemplo, elegir el menú. ¿Cómo podría llevar al cabo labor
tan ímproba sin la colaboración de la sociedad, de la historia entera?
En un estante especial, adecuado a mi estatura, se alinean mis espíritus
protectores, esas aplaudidas equilibristas que concilian en las páginas
de los recetarios las contradicciones más irreductibles: la esbeltez y
la gula, el aspecto vistoso y la economía, la celeridad y la suculencia.
Con sus combinaciones infinitas: la esbeltez y la economía, la
celeridad y el aspecto vistoso, la suculencia y... ¿Qué me aconseja
usted para la comida de hoy, experimentada ama de casa, inspiración de
las madres ausentes y presentes, voz de la tradición, secreto a voces de
los supermercados? Abro un libro al azar y leo: “La cena de don
Quijote.” Muy literario pero muy insatisfactorio. Porque don Quijote no
tenía fama de gourmet sino de despistado. Aunque un análisis más a
fondo del texto nos revela, etc., etc., etc. Uf. Ha corrido más tinta
en torno a esa figura que agua debajo de los puentes. “Pajaritos de
centro de cara.” Esotérico. ¿La cara de quién? ¿Tiene un centro la cara
de algo o de alguien? Si lo tiene no ha de ser apetecible. “Bigos a la
rumana.” Pero ¿a quién supone usted que se está dirigiendo? Si yo
supiera lo que es estragón y ananá no estaría consultando este libro
porque sabría muchas otras cosas. Si tuviera usted el mínimo sentido de
la realidad debería, usted misma o cualquiera de sus colegas, tomarse el
trabajo de escribir un diccionario de términos técnicos, redactar unos
prolegómenos, idear una propedéutica para hacer accesible al profano el
difícil arte culinario. Pero parten del supuesto de que todas estamos en
el ajo y se limitan a enunciar. Yo, por lo menos, declaro solemnemente
que no estoy, que no he estado nunca ni en este ajo que ustedes
comparten ni en ningún otro. Jamás he entendido nada de nada. Pueden
ustedes observar los síntomas: me planto, hecha una imbécil, dentro de
una cocina impecable y neutra, con el delantal que usurpo para hacer un
simulacro de eficiencia y del que seré despojada vergonzosa pero
justicieramente.
Abro el compartimiento del refrigerador que anuncia “carnes” y
extraigo un paquete irreconocible bajo su capa de hielo. La disuelvo en
agua caliente y se me revela el título sin el cual no habría
identificado jamás su contenido: es carne especial para asar. Magnífico.
Un plato sencillo y sano. Como no representa la superación de ninguna
antinomia ni el planteamiento de ninguna aporía, no se me antoja.
Y no es sólo el exceso de lógica el que me inhibe el hambre. Es
también el aspecto, rígido por el frío; es el color que se manifiesta
ahora que he desbaratado el paquete. Rojo, como si estuviera a punto de
echarse a sangrar.
Del mismo color teníamos la espalda, mí marido y yo después de las
orgiásticas asoleadas en las playas de Acapulco. Él podía darse el lujo
de “portarse como quien es” y tenderse boca abajo para que no le rozara
la piel dolorida. Pero yo, abnegada mujercita mexicana que nació como la
paloma para el nido, sonreía a semejanza de Cuauhtémoc en el suplicio
cuando dijo “mi lecho no es de rosas y se volvió a callar”. Boca arriba
soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La
postura clásica para hacer el amor. Y gemía, de desgarramiento, de
placer. El gemido clásico. Mitos, mitos.
Lo mejor (para mis quemaduras, al menos) era cuando se quedaba
dormido. Bajo la yema de mis dedos —no muy sensibles por el prolongado
contacto con las teclas de la máquina de escribir— el nylon de mi
camisón de desposada resbalaba en un fraudulento esfuerzo por parecer
encaje. Yo jugueteaba con la punta de los botones y esos otros adornos
que hacen parecer tan femenina a quien los usa, en la oscuridad de la
alta noche. La albura de mis ropas, deliberada, reiterativa,
impúdicamente simbólica, quedaba abolida transitoriamente. Algún
instante quizá alcanzó a consumar su significado bajo la luz y bajo la
mirada de esos ojos que ahora están vencidos por la fatiga.
Unos párpados que se cierran y he aquí, de nuevo, el exilio. Una
enorme extensión arenosa, sin otro desenlace que el mar cuyo movimiento
propone la parálisis; sin otra invitación que la del acantilado al
suicidio.
Pero es mentira. Yo no soy el sueño que sueña, que sueña, que sueña;
yo no soy el reflejo de una imagen en un cristal; a mí no me aniquila la
cerrazón de una conciencia o de toda conciencia posible. Yo continúo
viviendo con una vida densa, viscosa, turbia, aunque el que está a mi
lado y el remoto, me ignoren, me olviden, me pospongan, me abandonen, me
desamen.
Yo también soy una conciencia que puede clausurarse, desamparar a
otro y exponerlo al aniquilamiento. Yo... La carne, bajo la rociadura de
la sal, ha acallado el escándalo de su rojez y ahora me resulta más
tolerable, más familiar. Es el trozo que vi mil veces, sin darme cuenta,
cuando me asomaba, de prisa, a decirle a la cocinera que...
No nacimos juntos. Nuestro encuentro se debió a un azar ¿feliz? Es
demasiado pronto aún para afirmarlo. Coincidimos en una exposición, en
una conferencia, en un cine-club; tropezamos en un elevador; me cedió su
asiento en el tranvía; un guardabosques interrumpió nuestra perpleja y
hasta entonces, paralela contemplación de la jirafa porque era hora de
cerrar el zoológico. Alguien, él o yo, es igual, hizo la pregunta idiota
pero indispensable: ¿usted trabaja o estudia? Armonía del interés y de
las buenas intenciones, manifestación de propósitos “serios”. Hace un
año yo no tenía la menor idea de su existencia y ahora reposo junto a él
con los muslos entrelazados, húmedos de sudor y de semen. Podría
levantarme sin despertarlo, ir descalza hasta la regadera. ¿Purificarme?
No tengo asco. Prefiero creer que lo que me une a él es algo tan fácil
de borrar como una secreción y no tan terrible como un sacramento.
Así que permanezco inmóvil, respirando rítmicamente para imitar el
sosiego, puliendo mi insomnio, la única joya de soltera que he
conservado y que estoy dispuesta a conservar hasta la muerte.
Bajo el breve diluvio de pimienta la carne parece haber encanecido.
Desvanezco este signo de vejez frotando como si quisiera traspasar la
superficie e impregnar el espesor con las esencias. Porque perdí mi
antiguo nombre y aún no me acostumbro al nuevo, que tampoco es mío.
Cuando en el vestíbulo del hotel algún empleado me reclama yo permanezco
sorda, con ese vago malestar que es el preludio del reconocimiento.
¿Quién será la persona que no atiende a la llamada? Podría tratarse de
algo urgente, grave, definitivo, de vida o muerte. El que llama se
desespera, se va sin dejar ningún rastro, ningún mensaje y anula la
posibilidad de cualquier nuevo encuentro. ¿Es la angustia la que oprime
mi corazón? No, es su mano la que oprime mi hombro. Y sus labios que
sonríen con una burla benévola, más que de dueño, de taumaturgo.
Y bien, acepto mientras nos encaminamos al bar (el hombro me arde,
está despellejándose), es verdad que en el contacto o colisión con él he
sufrido una metamorfosis profunda: no sabía y sé, no sentía y siento,
no era y soy.
Habrá que dejarla reposar así. Hasta que ascienda a la temperatura
ambiente, hasta que se impregne de los sabores de que la he recubierto.
Me da la impresión de que no he sabido calcular bien de que he comprado
un pedazo excesivo para nosotros dos. Yo, por pereza, no soy carnívora.
Él, por estética, guarda la línea. ¡Va a sobrar casi todo! Sí, ya sé que
no debo preocuparme: que alguna de las hadas que revolotean en torno
mío va a acudir en mi auxilio y a explicarme cómo se aprovechan los
desperdicios. Es un paso en falso de todos modos. No se inicia una vida
conyugal de manera tan sórdida. Me temo que no se inicie tampoco con un
platillo tan anodino como la carne asada.
Gracias, murmuro, mientras me limpio los labios con la punta de la
servilleta. Gracias por la copa transparente, por la aceituna sumergida.
Gracias haberme abiertola jaula de una rutina estéril para cerrarme la
jaula de otra rutina que, según todos los propósitos y las
posibilidades, ha de ser fecunda. Gracias por darme la oportunidad de
lucir un traje largo y caudaloso, por ayudarme a avanzar el interior del
templo, exaltada por la música del órgano. Gracias por...
¿Cuánto tiempo se tomará para estar lista? Bueno, no debería de
importarme demasiado.porque hay que ponerla al fuego a última hora.
Tarda muy poco, dicen los manuales. ¿Cuánto es poco? ¿Quince minutos?
¿Diez? ¿Cinco? Naturalmente, el texto no especifica. Me supone una
intuición que, según mi sexo, debo poseer pero no poseo, un sentido sin
el que nací que me permitiría advertir el momento preciso en que la
carne está a punto.
¿Y tú? ¿No tienes nada que agradecerme? Lo has puntualizado con una
solemnidad un poco pedante y con una precisión que acaso pretendía ser
halagadora pero que me resultaba ofensiva: mi virginidad. Cuando la
descubriste yo me sentí como el último dinosaurio en un planeta del que
la especie había desaparecido. Ansiaba justificarme, explicar que si
llegué hasta ti intacta no fue por virtud ni por orgullo ni por fealdad
sino por apego a un estilo. No soy barroca. La pequeña imperfección en
la perla me es insoportable. No me queda entonces más alternativa que el
neoclásico y su rigidez es incompatible con la espontaneidad para hacer
el amor. Yo carezco de la soltura del que rema, del que juega al tenis,
del que se desliza bailando. No practico ningún deporte. Cumplo un rito
y el ademán de entrega se me petrifica en un gesto estatuario.
¿Acechas mi tránsito a la fluidez, lo esperas, lo necesitas? ¿O te
basta este hieratismo que te sacraliza y que tú interpretas como la
pasividad que corresponde a mi naturaleza? Y si a la tuya corresponde
ser voluble te tranquilizará pensar que no estorbaré tus aventuras. No
será indispensable —gracias a mi temperamento— que me cebes, que me ates
de pies y manos con los hijos, que me amordaces con la miel espesa de
la resignación. Yo permaneceré como permanezco. Quieta. Cuando dejas
caer tu cuerpo sobre el mío siento que me cubre una lápida, llena de
inscripciones, de nombres ajenos, de fechas memorables. Gimes
inarticuladamente y quisiera susurrarte al oído mi nombre para que
recuerdes quién es a la que posees.
Soy yo. ¿Pero quién soy yo? Tu esposa, claro. Y ese título basta para
distinguirme de los recuerdos del pasado, de los proyectos para el
porvenir. Llevo una marca de propiedad y no obstante me miras con
desconfianza. No estoy tejiendo una red para prenderte. No soy una mantis religiosa. Te agradezco que creas en semejante hipótesis. Pero es falsa.
Esta carne tiene una dureza y una consistencia que no caracterizan a
las reses. Ha de ser de mamut. De esos que se han conservado, desde la
prehistoria, en los hielos de Siberia y que los campesinos descongelan y
sazonan para la comida. En el aburridísimo documental que exhibieron en
la Embajada, tan lleno de detalles superfluos, no se hacía la menor
alusión al tiempo que dedicaban a volverlos comestibles. Años, meses. Y
yo tengo a mi disposición un plazo de…
¿Es la alondra? ¿Es el ruiseñor? No, nuestro horario no va a regirse
por tan aladas criaturas como las que avisaban el advenimiento de la
aurora a Romeo y Julieta sino por un estentóreo e inequívoco
despertador. Y tú no bajarás al día por la escala de mis trenzas sino
por los pasos de una querella minuciosa: se te ha desprendido un botón
del saco, el pan está quemado, el café frío.
Yo rumiaré, en silencio, mi rencor. Se me atribuyen las
responsabilidades y las tareas de una criada para todo. He de mantener
la casa impecable, la ropa lista, el ritmo de la alimentación infalible.
Pero no se me paga ningún sueldo, no se me concede un día libre a la
semana, no puedo cambiar de amo. Debo, por otra parte, contribuir al
sostenimiento del hogar y he de desempeñar con eficacia un trabajo en el
que el jefe exige y los compañeros conspiran y los subordinados odian.
En mis ratos de ocio me transformo en una dama de sociedad que ofrece
comidas y cenas a los amigos de su marido, que asiste a reuniones, que
se abona a la ópera, que controla su peso, que renueva su guardarropa,
que cuida la lozanía de su cutis, que se conserva atractiva, que está al
tanto de los chismes, que se desvela y que madruga, que corre el riesgo
mensual de la maternidad, que cree en las juntas nocturnas de
ejecutivos, en los viajes de negocios y en la llegada de clientes
imprevistos; que padece alucinaciones olfativas cuando percibe la
emanación de perfumes franceses (diferentes de los que ella usa) de las
camisas, de los pañuelos de su marido; que en sus noches solitarias se
niega a pensar por qué o para qué tantos afanes y se prepara una bebida
bien cargada y lee una novela policíaca con ese ánimo frágil de los
convalecientes.
¿No sería oportuno prender la estufa? Una lumbre muy baja para que se
vaya calentando, poco a poco, el asador “que previamente ha de untarse
con un poco de grasa para que la carne no se pegue”. Eso se me ocurre
hasta a mí, no había necesidad de gastar en esas recomendaciones las
páginas de un libro.
Y yo, soy muy torpe. Ahora se llama torpeza; antes se llamaba
inocencia y te encantaba. Pero a mí no me ha encantado nunca. De soltera
leía cosas a escondidas. Sudando de emoción y de vergüenza. Nunca me
enteré de nada. Me latían las sienes, se me nublaban los ojos, se me
contraían los músculos en un espasmo de náuseas.
El aceite está empezando a hervir. Se me pasó la mano, manirrota, y
ahora chisporrotea y salta y me quema. Así voy a quemarme yo en los
apretados infiernos por mi culpa, por mi grandísima culpa. Pero niñita,
tú no eres la única. Todas tus compañeras de colegio hacen lo mismo, o
cosas peores, se acusan en el confesionario, cumplen la penitencia, la
perdonan y reinciden. Todas. Si yo hubiera seguido frecuentándolas me
sujetarían ahora a un interrogatorio. Las casadas para cerciorarse, las
solteras para averiguar hasta dónde pueden aventurarse. Imposible
defraudarlas. Yo inventaría acrobacias, desfallecimientos sublimes,
transportes como se les llama en Las mil y una noches, récords. ¡Si me oyeras entonces no te reconocerías, Casanova!
Dejo caer la carne sobre la plancha e instintivamente retrocedo hasta
la pared. ¡Qué estrépito! Ahora ha cesado. La carne yace
silenciosamente, fiel a su condición de cadáver. Sigo creyendo que es
demasiado grande.
Y no es que me hayas defraudado. Yo no esperaba, es cierto, nada en
particular. Poco a poco iremos revelándonos mutuamente, descubriendo
nuestros secretos, nuestros pequeños trucos, aprendiendo a complacernos.
Y un día tú y yo seremos una pareja de amantes perfectos y entonces, en
la mitad de un abrazo, nos desvaneceremos y aparecerá en la pantalla la
palabra “fin”.
¿Qué pasa? La carne se está encogiendo. No, no me hago ilusiones, no
me equivoco. Se puede ver la marca de su tamaño original por el contorno
que dibujó en la plancha. Era un poco más grande. ¡Qué bueno! Ojalá
quede a la medida de nuestro apetito.
Para la siguiente película me gustaría que me encargaran otro papel.
¿Bruja blanca en una aldea salvaje? No, hoy no me siento inclinada ni al
heroísmo ni al peligro. Más bien mujer famosa (diseñadora de modas o
algo así), independiente y rica que vive sola en un apartamento en Nueva
York, París o Londres. Sus affaires ocasionales la divierten
pero no la alteran. No es sentimental. Después de una escena de ruptura
enciende un cigarrillo y contempla el paisaje urbano al través de los
grandes ventanales de su estudio.
Ah, el color de la carne es ahora mucho más decente. Sólo en algunos
puntos se obstina en recordar su crudeza. Pero lo demás es dorado y
exhala un aroma delicioso. ¿Irá a ser suficiente para los dos? La estoy
viendo muy pequeña.
Si ahora mismo me arreglara, estrenara uno de esos modelos que forman parte de mi trousseau y
saliera a la calle ¿qué sucedería, eh? A la mejor me abordaba un hombre
maduro, con automóvil y todo. Maduro. Retirado. El único que a estas
horas puede darse el lujo de andar de cacería.
¿Qué rayos pasa? Esta maldita carne está empezando a soltar un humo
negro y horrible. ¡Tenía yo que haberle dado vuelta! Quemada de un lado.
Menos mal que tiene dos.
Señorita, si usted me permitiera... ¡Señora! Y le advierto que mi
marido es muy celoso... Entonces no debería dejarla andar sola. Es usted
una tentación para cualquier viandante. Nadie en el mundo dice
viandante. ¿Transeúnte? Sólo los periódicos cuando hablan de los
atropellados. Es usted una tentación para cualquier x. Silencio.
Síg-ni-fi-ca-ti-vo. Miradas de esfinge. El hombre maduro me sigue a
prudente distancia. Más le vale. Más me vale a mí porque en la esquina
¡zas! Mi marido, que me espía, que no me deja ni a sol ni a sombra, que
sospecha de todo y de todos, señor juez. Que así no es posible vivir,
que yo quiero divorciarme.
¿Y ahora qué? A esta carne su mamá no le enseñó que era carne y que
debería de comportarse con conducta. Se enrosca igual que una
charamusca. Además yo no sé de dónde puede seguir sacando tanto humo si
ya apagué la estufa hace siglos. Claro, claro, doctora Corazón. Lo que
procede ahora es abrir la ventana, conectar el purificador de aire para
que no huela a nada cuando venga mi marido. Y yo saldría muy mona a
recibirlo a la puerta, con mi mejor vestido, mi mejor sonrisa y mi más
cordial invitación a comer fuera.
Es una posibilidad. Nosotros examinaríamos la carta del restaurante
mientras un miserable pedazo de carne carbonizada, yacería, oculto, en
el fondo del bote de la basura. Yo me cuidaría mucho de no mencionar el
incidente y sería considerada como una esposa un poco irresponsable, con
proclividades a la frivolidad, pero no como una tarada. Ésta es la
primera imagen pública que proyecto y he de mantenerme después
consecuente con ella, aunque sea inexacta.
Hay otra posibilidad. No abrir la ventana, no conectar el purificador
de aire, no tirar la carne a la basura. Y cuando venga mi marido dejar
que olfatee, como los ogros de los cuentos, y diga que aquí huele, no a
carne humana, sino a mujer inútil. Yo exageraré mi compunción para
incitarlo a la magnanimidad. Después de todo, lo ocurrido ¡es tan
normal! ¿A qué recién casada no le pasa lo que a mí acaba de pasarme?
Cuando vayamos a visitar a mi suegra, ella, que todavía está en la etapa
de no agredirme porque no conoce aún cuáles son mis puntos débiles, me
relatará sus propias experiencias. Aquella vez, por ejemplo, que su
marido le pidió un par de huevos estrellados y ella tomó la frase al pie
de la letra y... .ja, ja, ja. ¿Fue eso un obstáculo para que llegara a
convertirse en una viuda fabulosa, digo, en una cocinera fabulosa?
Porque lo de la viudez sobrevino mucho más tarde y por otras causas. A
partir de entonces ella dio rienda suelta a sus instintos maternales y
echó a perder con sus mimos...
No, no le va a hacer la menor gracia. Va a decir que me distraje, que
es el colmo del descuido. Y, sí, por condescendencia yo voy a aceptar
sus acusaciones.
Pero no es verdad, no es verdad. Yo estuve todo el tiempo pendiente
de la carne, fijándome en que le sucedían una serie de cosas rarísimas.
Con razón Santa Teresa decía que Dios anda en los pucheros. O la materia
que es energía o como se llame ahora.
Recapitulemos. Aparece, primero el trozo de carne con un color, una
forma, un tamaño. Luego cambia y se pone más bonita y se siente una muy
contenta. Luego vuelve a cambiar y ya no está tan bonita. Y sigue
cambiando y cambiando y cambiando y lo que uno no atina es cuándo
pararle el alto. Porque si yo dejo este trozo de carne indefinidamente
expuesto al fuego, se consume hasta que no queden ni rastros de él. Y el
trozo de carne que daba la impresión de ser algo tan sólido, tan real,
ya no existe.
¿Entonces? Mi marido también da la impresión de solidez y de realidad
cuando estamos juntos, cuando lo toco, cuando lo veo. Seguramente
cambia, y cambio yo también, aunque de manera tan lenta, tan morosa que
ninguno de los dos lo advierte. Después se va y bruscamente se convierte
en recuerdo y... Ah, no voy a caer en esa trampa: la del personaje
inventado y el narrador inventado y la anécdota inventada. Además, no es
la consecuencia que se deriva lícitamente del episodio de la carne.
La carne no ha dejado de existir. Ha sufrido una serie de
metamorfosis. Y el hecho de que cese de ser perceptible para los
sentidos no significa que se haya concluido el ciclo sino que ha dado el
salto cualitativo. Continuará operando en otros niveles. En el de mi
conciencia, en el de mi memoria, en el de mi voluntad, modificándome,
determinándome, estableciendo la dirección de mi futuro.
Yo seré, de hoy en adelante, lo que elija en este momento.
Seductoramente aturdida, profundamente reservada, hipócrita. Yo
impondré, desde el principio, y con un poco de impertinencia las reglas
del juego. Mi marido resentirá la impronta de mi dominio que irá
dilatándose, como los círculos en la superficie del agua sobre la que se
ha arrojado una piedra. Forcejeará por prevalecer y si cede yo le
corresponderé con el desprecio y si no cede yo no seré capaz de
perdonarlo.
Si asumo la otra actitud, si soy el caso típico, la femineidad que
solicita indulgencia para sus errores, la balanza se inclinará a favor
de mi antagonista y yo participaré en la competencia con un handicap que,
aparentemente, me destina a la derrota y que, en el fondo, me garantiza
el triunfo por la sinuosa vía que recorrieron mis antepasadas, las
humildes, las que no abrían los labios sino para asentir, y lograron la
obediencia ajena hasta al más irracional de sus caprichos. La receta,
pues, es vieja y su eficacia está comprobada. Si todavía lo dudo me
basta preguntar a la más próxima de mis vecinas. Ella confirmará mi
certidumbre.
Sólo que me repugna actuar así. Esta definición no me es aplicable y
tampoco la anterior, ninguna corresponde a mi verdad interna, ninguna
salvaguarda mi autenticidad. ¿He de acogerme a cualquiera de ellas y
ceñirme a sus términos sólo porque es un lugar común aceptado por la
mayoría y comprensible para todos? Y no es que yo sea una rara avis. De
mí se puede decir lo que Pfandl dijo de Sor Juana: que pertenezco a la
clase de neuróticos cavilosos. El diagnóstico es muy fácil ¿pero qué
consecuencias acarrearía asumirlo?
Si insisto en afirmar mi versión de los hechos mi marido va a mirarme
con suspicacia, va a sentirse incómodo en mi compañía y va a vivir en
la continua expectativa de que se me declare la locura.
Nuestra convivencia no podrá ser más problemática. Y él no quiere
conflictos de ninguna índole. Menos aún conflictos tan abstractos, tan
absurdos, tan metafísicos como los que yo le plantearía. Su hogar es el
remanso de paz en que se refugia de las tempestades de la vida. De
acuerdo. Yo lo acepté al casarme y estaba dispuesta a llegar hasta el
sacrificio en aras de la armonía conyugal. Pero yo contaba con que el
sacrificio, el renunciamiento completo a lo que soy, no se me demandaría
más que en la Ocasión Sublime, en la Hora de las Grandes Resoluciones,
en el Momento de la Decisión Definitiva. No con lo que me he topado hoy
que es algo muy insignificante, muy ridículo. Y sin embargo...
* Del libro Álbum de familia.