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lunes, 4 de marzo de 2019

Aminata Sow Fall: “Sólo la educación y la cultura pueden salvar al mundo”, escritora senegalesa.

https://elpais.com/cultura/2019/02/28/actualidad/1551355789_511550.html


Aminata Sow Fall: “Sólo la educación y la cultura pueden salvar al mundo”
La escritora senegalesa insiste en su última novela, 'El imperio de la mentira', en el respeto a los pobres, un eje que ha marcado su obra.

JOSE NARANJO

Asomada a una de las arterias de Dakar por donde circula el trasiego diario de la gran ciudad resiste una discreta vivienda poblada por antiguos muebles de madera tallados a mano. Entre sus luminosas estancias habita una de las grandes de la literatura africana que, da tanto serlo, no lo parece. No es el único engaño consciente de Aminata Sow Fall (Saint Louis, 1941). Su apariencia de fragilidad contrasta con la robustez de su pensamiento, su manera casi tímida de hablar, su tropiezo casual con la literatura, con la solidez de su escritura. Echándole un pulso a los años, sigue empeñada en el arte de crear.
Nacida en los estertores de la época colonial en el seno de una familia acomodada en pleno centro de Saint Louis, vuelve una y otra vez a sus primeros años, a la huella que le dejaron. “Con mi ciudad tengo un vínculo mágico y familiar, es allí donde me siento en casa. Tuve una infancia feliz, el mundo se me abrió a partir después”, asegura. El carácter mestizo, la mezcla de culturas y condiciones sociales de la isla, le marcó de por vida. “Había un profundo respeto a todas las personas, fuera cual fuera su estatus”, añade.
En medio de la conversación, Aminata Fall se levanta y va a buscar una vieja foto de sus padres. Él, procedente de la realeza de Baol, hacía el servicio militar en Saint Louis cuando conoció a su madre, Khoudia Diaw. Se casaron al poco tiempo y aunque su padre luego desposó a otras dos mujeres, la madre de Aminata mantuvo siempre su posición de primera esposa incluso cuando su marido falleció poco después. “Tenía una posición especial en la casa. Era abierta y generosa, la madre de todos. Venían los primos de Diourbel y allí no había distinción, siempre había comida y cama para todos”, recuerda la escritora.

Entre los libros de la biblioteca familiar, los juegos y esa felicidad hoy sentida con nostalgia creció la pequeña Aminata. Tras estudiar en Saint Louis y Dakar, la joven marcha a la Sorbona, en Francia, para estudiar Letras Modernas. Por aquel entonces, la idea de ser novelista no le pasaba por la cabeza. “Me apetecía escribir teatro o crítica literaria, pero no ficción”, dice. A su regreso a Senegal, se instala con su marido en Dakar y se dedica a la enseñanza. Este fue el momento clave. Corría el año 1969 y las nuevas élites surgidas de la descolonización construían un país ya independiente.
En el Saint Louis de mi infancia compartíamos lo que teníamos, pero cuando volví en los 70 la gente exhibía su dinero, este era el nuevo centro del universo
“Me encontré un Senegal diferente en el que lo material ocupaba una plaza fundamental. En el Saint Louis de mi infancia compartíamos lo que teníamos, pero ahora la gente exhibía su dinero, este era el nuevo centro del universo”, dice con amargura. En 1973, durante un permiso de maternidad, escribió su primer libro, Le Revenant. “La reflexión es sencilla. Un hombre que no tiene recursos, pero sí grandes cualidades como la caridad o el respeto, ¿vale menos que alguien que sí tiene dinero?”. Así nació Bacar, el protagonista de su novela, un pobre cuya hermana se casa con un rico y, sorprendido del despilfarro de ella, decide fingir su propia muerte.

“Tenía necesidad de sacar la angustia que sentía por lo que estaba viendo a mi alrededor. Lo escribí en muy poco tiempo y se lo di a mi primo para que lo mecanografiara. Entonces le entregó el manuscrito a mi marido y este se lo leyó. Luego me convenció para que se lo dejáramos a un profesor de francés que vivía al lado de casa, un intelectual. Yo no quería, pensaba que no valía nada, no sé, quizás por inseguridad, pero lo cierto es que acabó en la mesa del director de edición de Nouevelles Editions Africaines”, rememora Fall.
Sin embargo, no fue coser y cantar. Le dijeron que “era muy local” para ser publicado. “Claro que es local”, respondió ella, “porque yo soy local, pero todos conectamos con lo universal a través de nuestras inquietudes, de nuestros interrogantes existenciales, nuestras angustias, deseo, incertidumbre ante el destino”. Durante tres años el manuscrito permaneció arrinconado en un cajón hasta que en 1976, cuando Aminata Fall acudió a recuperarlo, el director de la editorial decidió darle una oportunidad. El éxito fue inmediato. “Meses después escuchaba la radio y hablaban de mí de manera elogiosa. No me lo podía creer”, cuenta.
Su segunda novela y la que la dio a conocer en todo el mundo, hoy traducida a más de veinte lenguas e incluida como lectura en varios sistemas educativos, fue La Grève de bàttu. Su génesis, explica, también parte de un razonamiento simple. “Un día escuché a alguien llamar desechos humanos a los mendigos que piden por la calle. Entonces yo me hice una pregunta. ¿Qué ocurriría si estos rechazaran la limosna?”. En los países de mayoría musulmana estas personas juegan un rol clave en la sociedad porque dar a los pobres es uno de los pilares de su religión. El éxito de esta novela fue inmediato.
Aunque sus personajes femeninos son poderosos, Aminata Fall no se considera feminista. “Fui educada en un ambiente en el que las mujeres no se consideraban inferiores, en casa fuimos a la escuela por ejemplo. Es cierto que no todas hemos tenido las mismas oportunidades, porque hay otras capas sociales. Sólo una vez vi que golpeaban a una mujer y era una pareja alcohólica que vivía cerca de casa, en mi entorno lo normal era el respeto. Creo que eso es lo que define mi obra, es como una especie de apología del respeto a todos sea cual sea su género y condición social”, apunta.

Luego vendrían L’Appel des arènes, ExPère de la Nation, Le Jujubier du patriarche, Douceurs de bercail o Un grain de vie et d’esperance, una sólida producción literaria que la convierte, en palabras de Alain Mabanckou, en “la más grande de las escritoras africanas”. Aminata Fall, ella, fue siempre a lo suyo, haciendo un poco oídos sordos de tanto elogio. El pasado año 2018 publicaba su última novela, L’Empire du mensonge (El imperio de la mentira), “he lanzado al mar otra botella” dice con una sonrisa tímida, en la que narra la historia de tres familias humildes que sufren a causa de la inundación de sus casas.
Una vez más, vuelve sobre ese sentimiento que le acompaña desde finales de los años sesenta, esa suerte de resquemor, de angustia, como ella misma lo define. Las clases desfavorecidas en el centro de su atención. “Lo único que puede salvar al mundo es la educación y la cultura, el respeto por los demás. Creo que las cosas están yendo a peor. En 1987 ya dije que en este país sólo hablamos de la comida que llega al estómago pero nos olvidamos con frecuencia de la alimentación del espíritu y del alma. El dinero sigue dirigiendo nuestro destino. Es terrible”, remata Aminata Fall.

miércoles, 13 de abril de 2016

Mercé Rodoreda

MERCÉ RODOREDA
(Barcelona, 1909 - Romanyà de la Selva, 1983) Escritora española en lengua catalana. Miembro de la generación literaria forjada en el exilio republicano, su novelística se considera una de las más destacadas de la posguerra en el ámbito de su lengua.
De formación autodidacta (sólo recibió educación escolar entre los siete y los diez años), llegó a la literatura a través de la poesía popular y publicó tempranamente por su cuenta la novela Sóc una dona honrada? (1932). Ingresó al periodismo político en defensa de sus ideales catalanistas, en Clarisme (1933-1934). Este mismo año, la publicación de las novelas Del que hom no pot fugir y Un dia en la vida d'un home le abrirían las puertas a la publicación de cuentos en las páginas de La Publicitat. La siguiente novela, Crim (1936), cierra un conjunto novelesco del que la autora posteriormente renegaría.
Durante la Guerra Civil española trabajó en el Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya y en la Institució de les Letres Catalanes. En 1938, en plena guerra, publicó Aloma, novela psicológica en la que la protagonista, Aloma, aún adolescente, se entrega a una relación amorosa con un hombre maduro. En ella destaca ya la utilización de símbolos poéticos, una de sus constantes: en especial aquí la flor, que evoca la caducidad de la vida y, en el contexto del relato, representa la infancia y la felicidad; otros símbolos serán el espejo, el agua o la paloma.Aloma apunta ya algunas constantes de su producción: atención preferente al mundo femenino e inclinación hacia una novela psicológica con tonos poéticos y simbólicos.
Al término de la guerra se exilió, y la primera larga etapa, en París y Burdeos, supuso una larga interrupción de su obra, pero también la maduración y el acopio de experiencias y lecturas que, a la larga, beneficiarían a su narrativa. Tras la colección de relatos breves Vint-i-un contes (1958), y aprovechando un período de relativa estabilidad en Ginebra, donde trabajó como traductora en distintos organismos internacionales a partir de 1954, escribió la novela que le proporcionaría mayor celebridad: La plaça del Diamant (1962). Tiene como protagonista a una mujer humilde, la Colometa, que en voz propia, es decir, en un tono coloquial (literariamente insólito en la literatura catalana), relata los dramáticos episodios de su vida: amor, angustia, guerra, hambre, desesperación, resignación. Los elementos socio-históricos se alían a los míticos, y un toque de poesía impregna (como un pálpito de vida) toda la confesión del personaje.
Fue una constante en su obra la elección como protagonistas de personajes femeninos que encarnan diferentes momentos y fases de la vida de la mujer: en El carrer de les Camèlies(1966) quien cuenta su vida es Cecília, una marginada forzada a prostituirse. Su vida será reconstruida a través de pequeñas confesiones, de detalles tenues y dispersos. El contexto histórico se hace menos explícito a partir de la novela Jardí vora la mar (1967), donde el narrador es un jardinero que explica su particular punto de vista sobre una tragedia amorosa, y en La meva Cristina i altres contes (1967), a partir de la cual el narrador omnisciente se compatibiliza con el uso de la perspectiva interna a través del soliloquio y del estilo indirecto libre. Estas dos últimas obras abren una nueva etapa, dominada por el desencanto y la soledad premonitoria de la muerte, a la que se sumará Mirall trencat (1974), con la vida y la desintegración de todo un universo familiar como temas.
En 1973 regresó de su exilio y se instaló primero en Barcelona y luego en el pueblo de Romanyà de la Selva, cerca de Girona. Sus últimas obras fueron Semblava de seda i altres contes (1978),Viatges i flors (1980) y las novelas Quanta, quanta guerra! (1980) y La mort i la primavera(1986), publicada póstumamente. Escribió también varias piezas teatrales: El parc de les magnòliesEl torrent de les flors y El maniquí. Póstumamente salió a la luz una buena parte de su producción poética bajo el título Agonia de llum. Poesia secreta de Mercè Rodoreda (2002). Entre los numerosos galardones que recibió cabe mencionar el Sant Jordi (1966), el Premio de la Crítica (1967), el Ramón Llull (1969) y el Premio de Honor de las Letras Catalanas (1980).

miércoles, 9 de marzo de 2016

HOY: Lectura en Mujeres en su Tinta.

Los invito a que escuchen la parte final de este poema en el Encuentro Mujeres en su Tinta. Hoy a las 15 horas en la Galería de artes y ciencias, Unison.
Mesa 10
15:00 – 16:00
Modera: Patty Souza Vélez
- Silvia Teresa Manríquez
- Ma. Dolores Rodriguez Tepezano
- Nachita Ibarra
- Mireya Scarone
- Lucía Ordoñez Bravo
¡Allí nos vemos!!



jueves, 7 de agosto de 2014

En el filo del gozo. Rosario Castellanos. 40 años de su fallecimiento.



En el filo del gozo
I
Entre la muerte y yo he erigido tu cuerpo:
que estrelle en ti sus olas funestas sin tocarme
y resbale en espuma deshecha y humillada.
Cuerpo de amor, de plenitud, de fiesta,
palabras que los vientos dispensan como pétalos,
campanas delirantes al crepúsculo .
Todo lo que la tierra echa a volar en pájaros,
todo lo que los lagos atesoran de cielo
más el bosque y la piedra y las colmenas.
Cuajada de cosechas bailo sobre las eras
mientras el tiempo llora por sus guadañas rotas.
Venturosa ciudad amurallada,
ceñida de milagros, descanso en el recinto
de este cuerpo que empieza donde termina el mío.
 
II
Convulsa entre tus brazos como mar entre rocas,
rompiéndome en el filo del gozo o mansamente
lamiendo las arenas asoleadas.
Bajo tu tacto tiemblo
como un arco en tensión palpitante de flechas
y de agudos silbidos inminentes.
Mi sangre se enardece igual que una jauría
olfateando la presa y el estrago
pero bajo tu voz mi corazón se rinde
en palomas devotas y sumidas.
 
III
Tu sabor se anticipa entre las uvas
que lentamente ceden a la lengua
comunicando azúcares íntimos y selectos.
Tu presencia es el júbilo.
Cuando partes, arrasas jardines y transformas
la feliz somnolencia de la tórtola
en una fiera expectación de galgos.
Y, amor, cuando regresas
el ánimo turbado te presiente
como los siervos jóvenes la vecindad del agua.

lunes, 21 de abril de 2014

Elena Poniatowska viaja a España para recibir el Premio Cervantes

Conocida como la rebelde 'Princesa Roja', Poniatowska es una de las voces más poderosas de la literatura en español de la actualidad
20/04/2014 EFE 

MADRID, 20 de abril.- Elena Poniatowska, la rebelde "Princesa Roja", periodista y prolífica escritora, visita esta semana España para recoger el Premio Cervantes, un galardón que reconoce su intensa y longeva trayectoria y que recibirá en una semana plagada de actividades.
"Siento que es un reconocimiento a alguien que no tiene una sola respuesta y que lo único que ha tenido a lo largo de la vida son preguntas y más preguntas y solo preguntas", señaló la escritora en una entrevista con Efe al poco de conocer el fallo de un premio, que recogerá el miércoles 23 de abril en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.
La autora de "La piel del cielo" recibe el reconocimiento más importante de las letras hispanas por su "brillante" trayectoria literaria y una dedicación "ejemplar" al periodismo siempre desde un "firme compromiso con la historia contemporánea", según el fallo del galardón.

Poniatowska (París, 1932), realiza este viaje a España, en una semana marcada por el recuerdo del fallecido Gabriel García Márquez, para asistir a numerosos actos y actividades en reconocimiento a su trayectoria y obra.
Mañana lunes depositará un texto de contenido secreto en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, donde permanecerá guardado los próximos 10 años.
Esta caja fuerte contiene legados de firmas de la talla de Antonio Gamoneda, Juan Gelman, Juan Marsé, Ana María Matute, José Manuel Caballero Bonald y Nicanor Parra o Francisco Ayala.
El director de la institución, Víctor García de la Concha, entregará a la escritora y periodista una llave simbólica y un certificado que acredita la custodia del legado en la caja de seguridad número 1,515 hasta el 21 de abril de 2024.
Poniatowska mantendrá mañana también un encuentro con los medios de comunicación en la Biblioteca Nacional, en un acto que contará con la participación del secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle.
Dos días después de recibir el Premio Cervantes la escritora mexicana participará en la programación de la IV Semana Complutense de las Letras, con un acto en la Facultad de Filología en el que mantendrán una conversación literaria con Rocío Oviedo, donde abordará su vida y obra, o el papel de la literatura y del periodismo en nuestros tiempos.
Además de estos actos, Poniatowska mantendrá una charla con su compatriota y escritor Jordi Soler el jueves día 24 de abril que podrá seguirse en directo a través de la página web del Instituto (www.cervantes.es).

"Estoy muy nerviosa, muy emocionada, tratando de cumplir con todo lo que me piden de España, porque yo no tenía mucho orden en los papeles, todas las fotografías que me pidieron. Tuve que escarbar como una rata a ver dónde encontraba las fotos desde niña", contó recientemente.
Conocida como la rebelde "Princesa Roja", Poniatowska es una de las voces más poderosas de la literatura en español de la actualidad. Con una brillante trayectoria literaria y una ejemplar dedicación al periodismo, ha publicado más de cuarenta obras entre ensayos, cuentos, poesías, novelas y reportajes.
Entre sus títulos más importantes se encuentran las novelas «Hasta no verte, Jesús mío» (1969), «La noche de Tlatelolco» (1971) o «La piel del cielo» (2001); una bibliografía que le han valido múltiples galardones como el Premio Nacional de Periodismo de México (fue la primera mujer que lo obtuvo), el Mazatlán de Literatura, el Alfaguara de Novela o el Biblioteca Breve. 

 

miércoles, 7 de agosto de 2013

Lección de cocina* Rosario Castellanos

 

La cocina resplandece de blancura. Es una lástima tener que mancillarla con el uso. Habría que sentarse a contemplarla, a describirla, a cerrar los ojos, a evocarla. Fijándose bien esta nitidez, esta pulcritud carece del exceso deslumbrador que produce escalofríos en los sanatorios. ¿O es el halo de desinfectantes, los pasos de goma de las afanadoras, la presencia oculta de la enfermedad y de la muerte? Qué me importa. Mi lugar está aquí. Desde el principio de los tiempos ha estado aquí. En el proverbio alemán la mujer es sinónimo de Küche, Kinder, Kirche. Yo anduve extraviada en aulas, en calles, en oficinas, en cafés; desperdiciada en destrezas que ahora he de olvidar para adquirir otras. Por ejemplo, elegir el menú. ¿Cómo podría llevar al cabo labor tan ímproba sin la colaboración de la sociedad, de la historia entera? En un estante especial, adecuado a mi estatura, se alinean mis espíritus protectores, esas aplaudidas equilibristas que concilian en las páginas de los recetarios las contradicciones más irreductibles: la esbeltez y la gula, el aspecto vistoso y la economía, la celeridad y la suculencia. Con sus combinaciones infinitas: la esbeltez y la economía, la celeridad y el aspecto vistoso, la suculencia y... ¿Qué me aconseja usted para la comida de hoy, experimentada ama de casa, inspiración de las madres ausentes y presentes, voz de la tradición, secreto a voces de los supermercados? Abro un libro al azar y leo: “La cena de don Quijote.” Muy literario pero muy insatisfactorio. Porque don Quijote no tenía fama de gourmet sino de despistado. Aunque un análisis más a fondo del texto nos revela, etc., etc., etc. Uf. Ha corrido más tinta en torno a esa figura que agua debajo de los puentes. “Pajaritos de centro de cara.” Esotérico. ¿La cara de quién? ¿Tiene un centro la cara de algo o de alguien? Si lo tiene no ha de ser apetecible. “Bigos a la rumana.” Pero ¿a quién supone usted que se está dirigiendo? Si yo supiera lo que es estragón y ananá no estaría consultando este libro porque sabría muchas otras cosas. Si tuviera usted el mínimo sentido de la realidad debería, usted misma o cualquiera de sus colegas, tomarse el trabajo de escribir un diccionario de términos técnicos, redactar unos prolegómenos, idear una propedéutica para hacer accesible al profano el difícil arte culinario. Pero parten del supuesto de que todas estamos en el ajo y se limitan a enunciar. Yo, por lo menos, declaro solemnemente que no estoy, que no he estado nunca ni en este ajo que ustedes comparten ni en ningún otro. Jamás he entendido nada de nada. Pueden ustedes observar los síntomas: me planto, hecha una imbécil, dentro de una cocina impecable y neutra, con el delantal que usurpo para hacer un simulacro de eficiencia y del que seré despojada vergonzosa pero justicieramente.

Abro el compartimiento del refrigerador que anuncia “carnes” y extraigo un paquete irreconocible bajo su capa de hielo. La disuelvo en agua caliente y se me revela el título sin el cual no habría identificado jamás su contenido: es carne especial para asar. Magnífico. Un plato sencillo y sano. Como no representa la superación de ninguna antinomia ni el planteamiento de ninguna aporía, no se me antoja.

Y no es sólo el exceso de lógica el que me inhibe el hambre. Es también el aspecto, rígido por el frío; es el color que se manifiesta ahora que he desbaratado el paquete. Rojo, como si estuviera a punto de echarse a sangrar.

Del mismo color teníamos la espalda, mí marido y yo después de las orgiásticas asoleadas en las playas de Acapulco. Él podía darse el lujo de “portarse como quien es” y tenderse boca abajo para que no le rozara la piel dolorida. Pero yo, abnegada mujercita mexicana que nació como la paloma para el nido, sonreía a semejanza de Cuauhtémoc en el suplicio cuando dijo “mi lecho no es de rosas y se volvió a callar”. Boca arriba soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La postura clásica para hacer el amor. Y gemía, de desgarramiento, de placer. El gemido clásico. Mitos, mitos.

Lo mejor (para mis quemaduras, al menos) era cuando se quedaba dormido. Bajo la yema de mis dedos —no muy sensibles por el prolongado contacto con las teclas de la máquina de escribir— el nylon de mi camisón de desposada resbalaba en un fraudulento esfuerzo por parecer encaje. Yo jugueteaba con la punta de los botones y esos otros adornos que hacen parecer tan femenina a quien los usa, en la oscuridad de la alta noche. La albura de mis ropas, deliberada, reiterativa, impúdicamente simbólica, quedaba abolida transitoriamente. Algún instante quizá alcanzó a consumar su significado bajo la luz y bajo la mirada de esos ojos que ahora están vencidos por la fatiga.

Unos párpados que se cierran y he aquí, de nuevo, el exilio. Una enorme extensión arenosa, sin otro desenlace que el mar cuyo movimiento propone la parálisis; sin otra invitación que la del acantilado al suicidio.

Pero es mentira. Yo no soy el sueño que sueña, que sueña, que sueña; yo no soy el reflejo de una imagen en un cristal; a mí no me aniquila la cerrazón de una conciencia o de toda conciencia posible. Yo continúo viviendo con una vida densa, viscosa, turbia, aunque el que está a mi lado y el remoto, me ignoren, me olviden, me pospongan, me abandonen, me desamen.

Yo también soy una conciencia que puede clausurarse, desamparar a otro y exponerlo al aniquilamiento. Yo... La carne, bajo la rociadura de la sal, ha acallado el escándalo de su rojez y ahora me resulta más tolerable, más familiar. Es el trozo que vi mil veces, sin darme cuenta, cuando me asomaba, de prisa, a decirle a la cocinera que...

No nacimos juntos. Nuestro encuentro se debió a un azar ¿feliz? Es demasiado pronto aún para afirmarlo. Coincidimos en una exposición, en una conferencia, en un cine-club; tropezamos en un elevador; me cedió su asiento en el tranvía; un guardabosques interrumpió nuestra perpleja y hasta entonces, paralela contemplación de la jirafa porque era hora de cerrar el zoológico. Alguien, él o yo, es igual, hizo la pregunta idiota pero indispensable: ¿usted trabaja o estudia? Armonía del interés y de las buenas intenciones, manifestación de propósitos “serios”. Hace un año yo no tenía la menor idea de su existencia y ahora reposo junto a él con los muslos entrelazados, húmedos de sudor y de semen. Podría levantarme sin despertarlo, ir descalza hasta la regadera. ¿Purificarme? No tengo asco. Prefiero creer que lo que me une a él es algo tan fácil de borrar como una secreción y no tan terrible como un sacramento.

Así que permanezco inmóvil, respirando rítmicamente para imitar el sosiego, puliendo mi insomnio, la única joya de soltera que he conservado y que estoy dispuesta a conservar hasta la muerte.

Bajo el breve diluvio de pimienta la carne parece haber encanecido. Desvanezco este signo de vejez frotando como si quisiera traspasar la superficie e impregnar el espesor con las esencias. Porque perdí mi antiguo nombre y aún no me acostumbro al nuevo, que tampoco es mío. Cuando en el vestíbulo del hotel algún empleado me reclama yo permanezco sorda, con ese vago malestar que es el preludio del reconocimiento. ¿Quién será la persona que no atiende a la llamada? Podría tratarse de algo urgente, grave, definitivo, de vida o muerte. El que llama se desespera, se va sin dejar ningún rastro, ningún mensaje y anula la posibilidad de cualquier nuevo encuentro. ¿Es la angustia la que oprime mi corazón? No, es su mano la que oprime mi hombro. Y sus labios que sonríen con una burla benévola, más que de dueño, de taumaturgo.

Y bien, acepto mientras nos encaminamos al bar (el hombro me arde, está despellejándose), es verdad que en el contacto o colisión con él he sufrido una metamorfosis profunda: no sabía y sé, no sentía y siento, no era y soy.

Habrá que dejarla reposar así. Hasta que ascienda a la temperatura ambiente, hasta que se impregne de los sabores de que la he recubierto. Me da la impresión de que no he sabido calcular bien de que he comprado un pedazo excesivo para nosotros dos. Yo, por pereza, no soy carnívora. Él, por estética, guarda la línea. ¡Va a sobrar casi todo! Sí, ya sé que no debo preocuparme: que alguna de las hadas que revolotean en torno mío va a acudir en mi auxilio y a explicarme cómo se aprovechan los desperdicios. Es un paso en falso de todos modos. No se inicia una vida conyugal de manera tan sórdida. Me temo que no se inicie tampoco con un platillo tan anodino como la carne asada.

Gracias, murmuro, mientras me limpio los labios con la punta de la servilleta. Gracias por la copa transparente, por la aceituna sumergida. Gracias haberme abiertola jaula de una rutina estéril para cerrarme la jaula de otra rutina que, según todos los propósitos y las posibilidades, ha de ser fecunda. Gracias por darme la oportunidad de lucir un traje largo y caudaloso, por ayudarme a avanzar el interior del templo, exaltada por la música del órgano. Gracias por...

¿Cuánto tiempo se tomará para estar lista? Bueno, no debería de importarme demasiado.porque hay que ponerla al fuego a última hora. Tarda muy poco, dicen los manuales. ¿Cuánto es poco? ¿Quince minutos? ¿Diez? ¿Cinco? Naturalmente, el texto no especifica. Me supone una intuición que, según mi sexo, debo poseer pero no poseo, un sentido sin el que nací que me permitiría advertir el momento preciso en que la carne está a punto.

¿Y tú? ¿No tienes nada que agradecerme? Lo has puntualizado con una solemnidad un poco pedante y con una precisión que acaso pretendía ser halagadora pero que me resultaba ofensiva: mi virginidad. Cuando la descubriste yo me sentí como el último dinosaurio en un planeta del que la especie había desaparecido. Ansiaba justificarme, explicar que si llegué hasta ti intacta no fue por virtud ni por orgullo ni por fealdad sino por apego a un estilo. No soy barroca. La pequeña imperfección en la perla me es insoportable. No me queda entonces más alternativa que el neoclásico y su rigidez es incompatible con la espontaneidad para hacer el amor. Yo carezco de la soltura del que rema, del que juega al tenis, del que se desliza bailando. No practico ningún deporte. Cumplo un rito y el ademán de entrega se me petrifica en un gesto estatuario.

¿Acechas mi tránsito a la fluidez, lo esperas, lo necesitas? ¿O te basta este hieratismo que te sacraliza y que tú interpretas como la pasividad que corresponde a mi naturaleza? Y si a la tuya corresponde ser voluble te tranquilizará pensar que no estorbaré tus aventuras. No será indispensable —gracias a mi temperamento— que me cebes, que me ates de pies y manos con los hijos, que me amordaces con la miel espesa de la resignación. Yo permaneceré como permanezco. Quieta. Cuando dejas caer tu cuerpo sobre el mío siento que me cubre una lápida, llena de inscripciones, de nombres ajenos, de fechas memorables. Gimes inarticuladamente y quisiera susurrarte al oído mi nombre para que recuerdes quién es a la que posees.

Soy yo. ¿Pero quién soy yo? Tu esposa, claro. Y ese título basta para distinguirme de los recuerdos del pasado, de los proyectos para el porvenir. Llevo una marca de propiedad y no obstante me miras con desconfianza. No estoy tejiendo una red para prenderte. No soy una mantis religiosa. Te agradezco que creas en semejante hipótesis. Pero es falsa.

Esta carne tiene una dureza y una consistencia que no caracterizan a las reses. Ha de ser de mamut. De esos que se han conservado, desde la prehistoria, en los hielos de Siberia y que los campesinos descongelan y sazonan para la comida. En el aburridísimo documental que exhibieron en la Embajada, tan lleno de detalles superfluos, no se hacía la menor alusión al tiempo que dedicaban a volverlos comestibles. Años, meses. Y yo tengo a mi disposición un plazo de…

¿Es la alondra? ¿Es el ruiseñor? No, nuestro horario no va a regirse por tan aladas criaturas como las que avisaban el advenimiento de la aurora a Romeo y Julieta sino por un estentóreo e inequívoco despertador. Y tú no bajarás al día por la escala de mis trenzas sino por los pasos de una querella minuciosa: se te ha desprendido un botón del saco, el pan está quemado, el café frío.

Yo rumiaré, en silencio, mi rencor. Se me atribuyen las responsabilidades y las tareas de una criada para todo. He de mantener la casa impecable, la ropa lista, el ritmo de la alimentación infalible. Pero no se me paga ningún sueldo, no se me concede un día libre a la semana, no puedo cambiar de amo. Debo, por otra parte, contribuir al sostenimiento del hogar y he de desempeñar con eficacia un trabajo en el que el jefe exige y los compañeros conspiran y los subordinados odian. En mis ratos de ocio me transformo en una dama de sociedad que ofrece comidas y cenas a los amigos de su marido, que asiste a reuniones, que se abona a la ópera, que controla su peso, que renueva su guardarropa, que cuida la lozanía de su cutis, que se conserva atractiva, que está al tanto de los chismes, que se desvela y que madruga, que corre el riesgo mensual de la maternidad, que cree en las juntas nocturnas de ejecutivos, en los viajes de negocios y en la llegada de clientes imprevistos; que padece alucinaciones olfativas cuando percibe la emanación de perfumes franceses (diferentes de los que ella usa) de las camisas, de los pañuelos de su marido; que en sus noches solitarias se niega a pensar por qué o para qué tantos afanes y se prepara una bebida bien cargada y lee una novela policíaca con ese ánimo frágil de los convalecientes.

¿No sería oportuno prender la estufa? Una lumbre muy baja para que se vaya calentando, poco a poco, el asador “que previamente ha de untarse con un poco de grasa para que la carne no se pegue”. Eso se me ocurre hasta a mí, no había necesidad de gastar en esas recomendaciones las páginas de un libro.

Y yo, soy muy torpe. Ahora se llama torpeza; antes se llamaba inocencia y te encantaba. Pero a mí no me ha encantado nunca. De soltera leía cosas a escondidas. Sudando de emoción y de vergüenza. Nunca me enteré de nada. Me latían las sienes, se me nublaban los ojos, se me contraían los músculos en un espasmo de náuseas.

El aceite está empezando a hervir. Se me pasó la mano, manirrota, y ahora chisporrotea y salta y me quema. Así voy a quemarme yo en los apretados infiernos por mi culpa, por mi grandísima culpa. Pero niñita, tú no eres la única. Todas tus compañeras de colegio hacen lo mismo, o cosas peores, se acusan en el confesionario, cumplen la penitencia, la perdonan y reinciden. Todas. Si yo hubiera seguido frecuentándolas me sujetarían ahora a un interrogatorio. Las casadas para cerciorarse, las solteras para averiguar hasta dónde pueden aventurarse. Imposible defraudarlas. Yo inventaría acrobacias, desfallecimientos sublimes, transportes como se les llama en Las mil y una noches, récords. ¡Si me oyeras entonces no te reconocerías, Casanova!

Dejo caer la carne sobre la plancha e instintivamente retrocedo hasta la pared. ¡Qué estrépito! Ahora ha cesado. La carne yace silenciosamente, fiel a su condición de cadáver. Sigo creyendo que es demasiado grande.

Y no es que me hayas defraudado. Yo no esperaba, es cierto, nada en particular. Poco a poco iremos revelándonos mutuamente, descubriendo nuestros secretos, nuestros pequeños trucos, aprendiendo a complacernos. Y un día tú y yo seremos una pareja de amantes perfectos y entonces, en la mitad de un abrazo, nos desvaneceremos y aparecerá en la pantalla la palabra “fin”.

¿Qué pasa? La carne se está encogiendo. No, no me hago ilusiones, no me equivoco. Se puede ver la marca de su tamaño original por el contorno que dibujó en la plancha. Era un poco más grande. ¡Qué bueno! Ojalá quede a la medida de nuestro apetito.

Para la siguiente película me gustaría que me encargaran otro papel. ¿Bruja blanca en una aldea salvaje? No, hoy no me siento inclinada ni al heroísmo ni al peligro. Más bien mujer famosa (diseñadora de modas o algo así), independiente y rica que vive sola en un apartamento en Nueva York, París o Londres. Sus affaires ocasionales la divierten pero no la alteran. No es sentimental. Después de una escena de ruptura enciende un cigarrillo y contempla el paisaje urbano al través de los grandes ventanales de su estudio.

Ah, el color de la carne es ahora mucho más decente. Sólo en algunos puntos se obstina en recordar su crudeza. Pero lo demás es dorado y exhala un aroma delicioso. ¿Irá a ser suficiente para los dos? La estoy viendo muy pequeña.

Si ahora mismo me arreglara, estrenara uno de esos modelos que forman parte de mi trousseau y saliera a la calle ¿qué sucedería, eh? A la mejor me abordaba un hombre maduro, con automóvil y todo. Maduro. Retirado. El único que a estas horas puede darse el lujo de andar de cacería.

¿Qué rayos pasa? Esta maldita carne está empezando a soltar un humo negro y horrible. ¡Tenía yo que haberle dado vuelta! Quemada de un lado. Menos mal que tiene dos.

Señorita, si usted me permitiera... ¡Señora! Y le advierto que mi marido es muy celoso... Entonces no debería dejarla andar sola. Es usted una tentación para cualquier viandante. Nadie en el mundo dice viandante. ¿Transeúnte? Sólo los periódicos cuando hablan de los atropellados. Es usted una tentación para cualquier x. Silencio. Síg-ni-fi-ca-ti-vo. Miradas de esfinge. El hombre maduro me sigue a prudente distancia. Más le vale. Más me vale a mí porque en la esquina ¡zas! Mi marido, que me espía, que no me deja ni a sol ni a sombra, que sospecha de todo y de todos, señor juez. Que así no es posible vivir, que yo quiero divorciarme.

¿Y ahora qué? A esta carne su mamá no le enseñó que era carne y que debería de comportarse con conducta. Se enrosca igual que una charamusca. Además yo no sé de dónde puede seguir sacando tanto humo si ya apagué la estufa hace siglos. Claro, claro, doctora Corazón. Lo que procede ahora es abrir la ventana, conectar el purificador de aire para que no huela a nada cuando venga mi marido. Y yo saldría muy mona a recibirlo a la puerta, con mi mejor vestido, mi mejor sonrisa y mi más cordial invitación a comer fuera.

Es una posibilidad. Nosotros examinaríamos la carta del restaurante mientras un miserable pedazo de carne carbonizada, yacería, oculto, en el fondo del bote de la basura. Yo me cuidaría mucho de no mencionar el incidente y sería considerada como una esposa un poco irresponsable, con proclividades a la frivolidad, pero no como una tarada. Ésta es la primera imagen pública que proyecto y he de mantenerme después consecuente con ella, aunque sea inexacta.

Hay otra posibilidad. No abrir la ventana, no conectar el purificador de aire, no tirar la carne a la basura. Y cuando venga mi marido dejar que olfatee, como los ogros de los cuentos, y diga que aquí huele, no a carne humana, sino a mujer inútil. Yo exageraré mi compunción para incitarlo a la magnanimidad. Después de todo, lo ocurrido ¡es tan normal! ¿A qué recién casada no le pasa lo que a mí acaba de pasarme? Cuando vayamos a visitar a mi suegra, ella, que todavía está en la etapa de no agredirme porque no conoce aún cuáles son mis puntos débiles, me relatará sus propias experiencias. Aquella vez, por ejemplo, que su marido le pidió un par de huevos estrellados y ella tomó la frase al pie de la letra y... .ja, ja, ja. ¿Fue eso un obstáculo para que llegara a convertirse en una viuda fabulosa, digo, en una cocinera fabulosa? Porque lo de la viudez sobrevino mucho más tarde y por otras causas. A partir de entonces ella dio rienda suelta a sus instintos maternales y echó a perder con sus mimos...

No, no le va a hacer la menor gracia. Va a decir que me distraje, que es el colmo del descuido. Y, sí, por condescendencia yo voy a aceptar sus acusaciones.

Pero no es verdad, no es verdad. Yo estuve todo el tiempo pendiente de la carne, fijándome en que le sucedían una serie de cosas rarísimas. Con razón Santa Teresa decía que Dios anda en los pucheros. O la materia que es energía o como se llame ahora.

Recapitulemos. Aparece, primero el trozo de carne con un color, una forma, un tamaño. Luego cambia y se pone más bonita y se siente una muy contenta. Luego vuelve a cambiar y ya no está tan bonita. Y sigue cambiando y cambiando y cambiando y lo que uno no atina es cuándo pararle el alto. Porque si yo dejo este trozo de carne indefinidamente expuesto al fuego, se consume hasta que no queden ni rastros de él. Y el trozo de carne que daba la impresión de ser algo tan sólido, tan real, ya no existe.

¿Entonces? Mi marido también da la impresión de solidez y de realidad cuando estamos juntos, cuando lo toco, cuando lo veo. Seguramente cambia, y cambio yo también, aunque de manera tan lenta, tan morosa que ninguno de los dos lo advierte. Después se va y bruscamente se convierte en recuerdo y... Ah, no voy a caer en esa trampa: la del personaje inventado y el narrador inventado y la anécdota inventada. Además, no es la consecuencia que se deriva lícitamente del episodio de la carne.

La carne no ha dejado de existir. Ha sufrido una serie de metamorfosis. Y el hecho de que cese de ser perceptible para los sentidos no significa que se haya concluido el ciclo sino que ha dado el salto cualitativo. Continuará operando en otros niveles. En el de mi conciencia, en el de mi memoria, en el de mi voluntad, modificándome, determinándome, estableciendo la dirección de mi futuro.

Yo seré, de hoy en adelante, lo que elija en este momento. Seductoramente aturdida, profundamente reservada, hipócrita. Yo impondré, desde el principio, y con un poco de impertinencia las reglas del juego. Mi marido resentirá la impronta de mi dominio que irá dilatándose, como los círculos en la superficie del agua sobre la que se ha arrojado una piedra. Forcejeará por prevalecer y si cede yo le corresponderé con el desprecio y si no cede yo no seré capaz de perdonarlo.

Si asumo la otra actitud, si soy el caso típico, la femineidad que solicita indulgencia para sus errores, la balanza se inclinará a favor de mi antagonista y yo participaré en la competencia con un handicap que, aparentemente, me destina a la derrota y que, en el fondo, me garantiza el triunfo por la sinuosa vía que recorrieron mis antepasadas, las humildes, las que no abrían los labios sino para asentir, y lograron la obediencia ajena hasta al más irracional de sus caprichos. La receta, pues, es vieja y su eficacia está comprobada. Si todavía lo dudo me basta preguntar a la más próxima de mis vecinas. Ella confirmará mi certidumbre.

Sólo que me repugna actuar así. Esta definición no me es aplicable y tampoco la anterior, ninguna corresponde a mi verdad interna, ninguna salvaguarda mi autenticidad. ¿He de acogerme a cualquiera de ellas y ceñirme a sus términos sólo porque es un lugar común aceptado por la mayoría y comprensible para todos? Y no es que yo sea una rara avis. De mí se puede decir lo que Pfandl dijo de Sor Juana: que pertenezco a la clase de neuróticos cavilosos. El diagnóstico es muy fácil ¿pero qué consecuencias acarrearía asumirlo?

Si insisto en afirmar mi versión de los hechos mi marido va a mirarme con suspicacia, va a sentirse incómodo en mi compañía y va a vivir en la continua expectativa de que se me declare la locura.

Nuestra convivencia no podrá ser más problemática. Y él no quiere conflictos de ninguna índole. Menos aún conflictos tan abstractos, tan absurdos, tan metafísicos como los que yo le plantearía. Su hogar es el remanso de paz en que se refugia de las tempestades de la vida. De acuerdo. Yo lo acepté al casarme y estaba dispuesta a llegar hasta el sacrificio en aras de la armonía conyugal. Pero yo contaba con que el sacrificio, el renunciamiento completo a lo que soy, no se me demandaría más que en la Ocasión Sublime, en la Hora de las Grandes Resoluciones, en el Momento de la Decisión Definitiva. No con lo que me he topado hoy que es algo muy insignificante, muy ridículo. Y sin embargo...
   
* Del libro Álbum de familia.

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