martes, 11 de mayo de 2010

Erotismo, deseo



La letra desobediente

Braulio Peralta




Apropiarse de la palabra de los demás es un acto amoroso y filial con los lectores. Al buscar el significado de ciertas ideas sobre el amor, el deseo, el erotismo y el sexo —a través de esta columna y Facebook—, me encontré con mensajes de más de 70 personas que escribieron lo que sigue. Espero no traicionarlos. El cuerpo es una llama que se consume con el permiso del otro. Una llama doble para arder contra lo establecido. Romper las reglas del prejuicio contra los sentidos. Un acto de libertad. Destramparse en los placeres para que los gemidos rompan el silencio, liberen el alma. Desintegrarse en el deseo. Lavar y lamerse las heridas que la vida deja; ocupar el espacio solitario para llenarlo de alientos que enciendan la luz interior de los amantes. En el único acto de comprensión donde no existe el pensamiento. La entrega del cuerpo a las sensaciones más irracionales. El sexo, un instante de felicidad en el que dos cuerpos batallan para estallar felizmente. Verse, tocarse, escucharse: vivir y morir en ese concilio donde los fluidos nos lanzan al equilibrio de lo infinito. Un estar consigo mismo. El oscuro túnel por donde aflora la vida. Amarnos a nosotros mismos para amar a los demás. Amar es ver a Dios en otro ser. Es desabotonar la conciencia. Un aprendizaje de los placeres. Es romper toda idea sobre el amor para que no pierda su encanto. El amor es indefinible porque lo delinean todas las palabras del mundo. Es el consuelo último y primario de los solitarios. Amo, luego existo. Poesía es amor que permanece deseo. Ahí donde se embriaga la razón llega el deseo. Detrás del corazón, moviéndose lentamente. Donde la única discusión es el lenguaje de los cuerpos. Desear es un arder en el infierno y la gloria. El lugar donde la insatisfacción encuentra su consuelo. El erotismo como la estética del deseo. El espacio donde se aniquilan las ansias. El amplio espectro donde los cuerpos aprenden a aprender. Es justa la renunciación para aquello que tenga que ver con el amor, el deseo, el erotismo y el sexo. Perdonarse y amarse por encima del odio. Claudicar. Morir todos los días para renacer cada día. Amarse para mejorarse, sin pensar en declaraciones como “pecado”, “prohibido”, “sacrílego”… Pregúntenle al Vaticano y a Marcial Maciel de esas palabras, fruto del prejuicio.

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