sábado, 15 de mayo de 2021

Titila sobre la luna su mirada


 

Dormido sobre la tierra, espantado va su sueño, titila sobre la luna su mirada, de maestro.

Dos alas negras siniestras rompieron el corazón el día que se llevaron a mi hijo sin razón.

No, no, no, no se lleven a mi hijo, no, no, no el dolor come mis huesos, no, no, no, frío está, todo es invierno.

No puedo más que buscarte porque vivo te perdí y vivo quiero encontrarte. 

Fragmento de la Canción de cuna oscura.

 

La oaxaqueña Geo Meneses interpreta esta canción de Neiffe Peña, autora venezolana.  Escuchar “Canción de cuna oscura” en una fecha como la que se conmemora hoy,  presenta una reflexión urgente, soslayada impunemente.

Se dice que el corazón de las madres es inmenso, que todo tiene cabida y que puede soportar todos los dolores del mundo y hasta una debacle mundial; lo único difícil de soportar es la pérdida de un hijo, una hija. Las madres mexicanas ven desparecer a sus hijos con frecuencia escalofriantes.

Sin duda, la pérdida de un ser querido duele, la de un hijo, una hija, cuando se debe a una desaparición, es dolor, incertidumbre y coraje, intensos, difíciles de aguantar durante mucho tiempo.

Las madres mexicanas han tenido que padecer pérdidas que no se solucionan. Soportan humillaciones, maltratos, vejaciones, en su justa exigencia de respuestas.

Mientras mis hijos me abrazan pienso en esas mujeres a quienes no las abandona la esperanza de volver a tener de nuevo en sus brazos a la hija o hijo desparecidos; seguras de que volverán, sin saber cuándo ni si vivos o muertos.

Mientras abro obsequios pienso en las puertas que se les cierran a cada paso, en su imperiosa necesidad de encontrar ayuda en la búsqueda de respuestas que den consuelo a su desasosiego.

Al compartir el pastel, la comida, se hace difícil pasar bocado cuando se recuerda a tantas mujeres mexicanas a quienes el dolor les quita el hambre.

Los pasos entre obstáculos son difíciles, lentos, pero no imposibles. Cada puerta que se cierra obliga a tocar más, cada mordaza hace surgir más voces, y aunque las armas de fuego obligan a detenerse, nada puede contra una madre que encuentra esperanza en cada pequeña pista, porque ya no tiene más que perder.

Para estas mujeres la discusión más importante sobre el diez de mayo no se cierne en los conceptos de maternidad, maternaje y maternazgo, ya los conocen, los aprendieron de golpe. Se centra en su  derecho a saber qué pasó con sus hijos, dónde están y por qué les fueron arrebatados.

La exigencia es el derecho de  ver salir y regresar a casa a sus hijos, sanos y en libertad. El derecho a recibir respuestas si algo les pasa. El derecho a dejar de vivir en una tierra que nos cobije en vez de atemorizarnos.

Hace ya mucho tiempo que las madres mexicanas sentimos temor si el hijo, la hija tienen que estudiar lejos, trabajar fuera, salir de noche, hacer un alto en el regreso a casa.

Hace mucho que necesitamos opciones de estudio apropiadas, oportunidades de trabajo dignas. Hace mucho que intentamos mostrarles a nuestros hijos que en el mundo hay justicia y libertad, porque hablar de paz y fraternidad es algo cada vez más difícil.

Quizá mi madre sintió temor cada vez que algo retrasaba mi llegada a casa. Este miedo se magnifica hoy, que no sabemos si volverán los hijos cada día a casa.

Personas muertas, ejecutadas y desaparecidas no eran cosa de todos los días. Las madres hemos tenido que aprender a enseñar sobre el peligro de un secuestro, cualquiera que sea su origen.

Pienso esto, en esta fecha, y deseo poder ver regresar a casa a mis hijos e hijas cada día, lo mismo que deseo que la justicia haga que tantas madres mexicanas vean regresar a los suyos vivos, porque vivos los vieron partir.

Imagino titila sobre la luna su mirada esperanzada en el regreso.

 

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