viernes, 29 de abril de 2011

El mundo dice adiós máquina de escribir: cerró la última fábrica


Según la firma, la planta ahora se utiliza para producir refrigeradores; qué metáfora tan irónica, teclarían los clásicos

NUEVA DELHI, 26 de abril.- Le dijeron adiós de un teclazo. No podía ser de otra manera.

La última fábrica existente en todo el mundo dedicada a construir máquinas de escribir, anunció que no las producirá más, pues su uso quedó circunscrito a coleccionistas y viejos escritores que no desean adaptarse a los tiempos modernos con la llegada de las computadoras.

La compañía hindú Godrej and Boyce Manufacturing Company, informó mediante comunicado que desde el año 2000 comenzó a tropezar el negocio de vender máquinas de escribir, pues sólo eran compradas por coleccionistas o viejos escritores negados a adaptarse a las computadoras.

Indican que todos los que se dedicaban a la manufactura de máquinas de escribir habían cerrado y sólo quedaban ellos.

"Hasta el 2009, solíamos hacer entre 10,000 y 12,000 máquinas anuales”, dijo el director general de la firma, Milind Dukle a diarios de la India. Desde entonces, Godrej and Boyce, compañia india fundada en 1897, frenó la producción de estos dispositivos y se dedicó a vender las que tenía en almacen.

Según la firma, la planta de las viejas máquinas de escribir ahora se utiliza para producir refrigeradores.

Dukle le dijo al diario Business Standard que en la década de 1990 su empresa llegó a producir 50,000 máquinas por año, pero el boom de las computadoras trajo consigo la caída inevitable de esos instrumentos.

Otros productores de máquinas de escribir que optaron por dejar el negocio son Remington Rand, Olivetti, Smith-Corona, Adler-Royal, y Olympia.

Los últimos ejemplares de Godrej and Boyce tendrán un costo aproximado de 270 dólares (3,145 pesos mexicanos), según informó el diario británico The Telegraph.

La máquina de escribir se creó en 1867 y se comenzó a producir para su venta seis años después.

Fue una herramienta indispensable en casi cualquier oficina y un símbolo de periodistas y escritores que se verán obligados a cambiar a las computadoras, pues aunque conserven sus viejas máquinas de escribir, será más complicado encontrar refacciones en caso de avería.

pdg

Agencias 2011-04-26

Infancia en espera

Por Sylvia Teresa Manriquez

(*Fotografía de Fano Campoy)


Mañana de fiesta, juegos, regalos y comida. Un hogar temporal festejaba el día del niño. En el sonido local se alternaba la música con cápsulas alusivas a la celebración.

- ¿Oiste? La locutora está hablando de nosotros, los niños de la calle.

- ¡No! ¡No somos niños de la calle!

- Sí, la locutora dijo “niños de la calle”

- Pues yo no soy niño de la calle, ¡Tú sí, pero yo no! ¿Verdad que no somos?

Cifras

No lo son. Sin embargo, sin los programas sociales de atención a estos infantes en situación difícil, que les den seguimiento una vez que son entregados de nuevo a sus familias, muchos intentarán refugiarse en la calle.

Según cifras del INEGI, en el periodo que va de 1995 a 2007 el número de denuncias recibidas por maltrato infantil pasó de 15 mil 391 a 43 mil 986. Lo que nos habla del fallo de programas y políticas que buscan el bienestar y seguridad de los menores.

Niños y niñas que trabajan

Anibal y Omar juegan en la calle de tierra donde está su casa, tienen edad para ir a la escuela pero no van, a pesar de que en México todos los niños y niñas de 5 a 14 años deben asistir a algún nivel de educación básica. Y la historia se repite en todo el país, por ejemplo, en el Distrito Federal, Sinaloa y Coahuila de cada 100 niños de 5 a 14 años dos no asisten a la escuela; mientras que en Chiapas de cada 100 niños, 10 no van a la escuela.

En México, la mayoría de los infantes ingresan a la primaria cuando cumplen 6 años de edad, y a los 8 se considera que ya adquirieron habilidades de lectura y escritura. Sin embargo, según el INEGI, 3 de cada 100 niños no pueden escribir ni leer. En las localidades rurales, (menos de 2 mil 500 habitantes), de las que tenemos muchas en Sonora, la situación empeora pues la proporción aumenta a prácticamente 4 de cada 100 que no saben leer y escribir.

Sofía es otra niña sonorense, tiene 10 años y asistió a la escuela hasta los 9, aprendió a leer, escribir y sacar cuentas. Hace un año el padre se fue y no ha vuelto. Ella ha tenido que trabajar para ayudar a su madre. Ya no va a la escuela, aunque quisiera ir pues, dice, quiere ser abogada y defender a su familia de la gente abusadora. En cambio, realiza dos jornadas distintas de trabajo. Una, por las mañanas cuidando a sus hermanitos de 8 y 6 años que tampoco van a la escuela. Además; limpia la casa y realiza otras labores domésticas. Su segunda jornada es de empacadora en un supermercado.
Sofía es una de los casi 30 millones de niños de 5 a 17 años que trabajan en este país.

Niños y niñas indígenas

La situación de los niños y niñas indígenas es peor, pues la marginación los mantiene en situaciones por demás precarias, con menos oportunidades o nulas de asistir a la escuela, o tener los servicios básicos en su comunidad, como agua potable y alumbrado público. Según datos del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, (Conapred), son las víctimas más frecuentes de discriminación.
Las niñas y los niños mexicanos son las principales víctimas de la violencia en todas sus manifestaciones. Según el reporte de la institución, Discriminación en la infancia, más de la tercera parte de los infantes entre 6 y 9 años, sufren violencia tanto de parte de su familia, como en la escuela. Forman parte de una generación violenta, que ve a través de los medios de comunicación la violencia como parte normal de su vida, y no como el serio fenómeno que amenaza su existencia.

Niños y niñas que esperan

“La infancia es la acción en espera” dijo el filósofo suizo Jean Jacques Rosseau. Y en México, en Sonora, la infancia espera. Esperan estos niños en hogares temporales y esperan los que están en condición de calle, los que no tienen oportunidad de ir a la escuela y los que no han podido vivir una existencia sin violencia. Esperan las condiciones políticas, económicas y sociales que les ofrezcan hogares aptos para mantenerse en ellos.

Eso significa madres y padres con trabajo y no cansados, que puedan brindarles las herramientas necesarias para llevar una vida sana, sin violencia. Significa escuelas suficientes e integradoras, calles seguras e instituciones aptas para escucharlos, atender sus reclamos y defender sus derechos.

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