lunes, 11 de abril de 2011

Javier Sicilia

“El dolor no sirve para odiar, sino para recuperar el amor y la justicia que ya perdimos”.

ONU: “En México hay 3 mil desapariciones forzadas desde 2006”

La cifra fue aportada por organizaciones civiles al Grupo de Trabajo sobre las Desapariciones Forzadas de las Naciones Unidas. Contrasta con el informe de la Comisión de los Derechos Humanos de México, que registró sólo 77 desapariciones en 2010.

El Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas destacó que no hay información pública disponible sobre desaparición de mujeres.

Los representantes de la ONU estimaron que la impunidad es un patrón crónico y presente en los casos documentados en México.

Además, sentenciaron que no se han realizado los esfuerzos suficientes para determinar el paradero de las personas desaparecidas o para sancionar a los responsables. Indicaron que tampoco se avanzó en brindar reparaciones a los afectados.

Sobre este punto, se señaló que en el Estado de Chihuahua, al norte de México, muchas de las desapariciones previas a asesinatos de niñas y mujeres se reportaron a las autoridades gubernamentales. Si embargo, no se adoptaron medidas efectivas para localizarlas.

Ante tal escenario, el Grupo de Trabajo recomendó al Estado méxicano el retiro de las fuerzas militares de las operaciones de seguridad pública para combatir la desparicion forzada.

El grupo estimó que es necesario garantizar que este delito sea incluido en los Códigos Penales de todas las entidades federativas.

Por su parte, la CNDH informó al organismo que, entre abril y septiembre de 2010, al menos 11 mil 333 migrantes fueron secuestrados principalmente por lo que llamaron organizaciones criminales.

La entidad defensora de México reveló que 12 periodistas han desaparecido desde el 2000. 4 de estos periodistas han desaparecido el año pasado.(PÚLSAR)

Alejandro Pacheco (Red de Corresponsales / México)
06/04/2011

Fuente:



La marcha

La letra desobediente

Braulio Peralta

2011-04-11

Las redes sociales sirvieron para convocar a una marcha nacional de última hora. Una marcha fuera de lo común: no fue laboral, estudiantil, partidista o “por la paz”. Fue una de indignación y dolor por la muerte de los jóvenes asfixiados por manos oscuras en Cuernavaca, uno de ellos, hijo de Socorro Ortega y del poeta Javier Sicilia.

Una marcha rápida, de urgencia, que en menos de una semana se organizó y dio fruto. No hubo tiempo de ingeniar nuevas consignas ni inventar formas de lucha novedosas. Pero se logró algo: por simple convicción la gente salió a la calle. Y en vez de discursos se leyó poesía.

Aminorar la trascendencia de las marchas del miércoles 6 de abril en tantas ciudades de la República Mexicana —y otras en el mundo—, es subajar e infamar la fuerza que tiene una actitud civil de personas que creen en el valor de la palabra por encima de cualquier tipo de guerra, sea la de los criminales que actúan en la ilegalidad, o la de las fuerzas de seguridad del gobierno que, hasta el día de hoy, ha fallado en su estrategia.

Poner en duda la utilidad de las marchas es impedir a la gente caminar libremente por el terreno pacífico, en busca de mayorías que alerten al Estado de los peligros que corre la democracia si no cambian sus tácticas, con pleno respeto a las normas internacionales, sin violación de los derechos humanos. De los daños colaterales de esa guerra, el único responsable es el gobierno porque es imposible pedir cuentas a los asesinos sin rostro.

A la marcha fueron cientos de miles de jóvenes, el corazón de una patria que quiere futuro y paz. Son ellos los que transformarán a este país. Son ellos los que tomarán el mando de los que ayer fueron fundamentales al cambio hacia el proceso democrático.

Hay que luchar por nuestro México que vive atenazado por un negocio redondo y criminalmente perfecto: la industria ilegal de las drogas. No al Norte de las armas ni al Sur de las drogas. Legalizar las drogas e inutilizar las armas es la única posibilidad para regresar a una concordia entre los mexicanos.

Javier Sicilia decidió callar con su poesía. Y el silencio estalló y levantó la conciencia de un pueblo, de aquellos que fueron a marchar. Hoy nadie lo vemos, pero esa marcha, deshilvanada pero con alma, cambiará la política de nuestro país. Una desgracia a veces es una bendición hacia la memoria colectiva.

braulio.peralta@milenio.com
Tomado de milenio.com

Aquí está la violencia, ¿y los intelectuales?

Héctor de Mauleón

Uno esperaría que en los momentos de crisis, cuando la violencia arrasa el país y crece la desconfianza ante el gobierno, los políticos e incluso el trabajo de los medios, los intelectuales se echaran a cuestas la tarea de alumbrar, honestamente, las cosas del mundo. El problema es que gran parte de los intelectuales están hoy para ponerse a llorar. Como carecen de ideas, adoptan posturas. Como sólo unos cuantos se toman la molestia de mantenerse informados —la mayoría no pierde el tiempo mirando las miserias de la realidad asfixiante, y otra parte admite sólo las versiones que provienen de la prensa “independiente” y la voz de sus santones—, lo que queda es un vulgar masticado de frases y lugares comunes que no hacen sino propalar la confusión.

El 5 de abril, en medio de la indignación causada por el asesinato del hijo del poeta Javier Sicilia y seis personas más (escribir “seis personas más” es una forma de demostrar que no sólo contamos, sino también categorizamos a los muertos), recibí un par de correos firmados por intelectuales, escritores y poetas que invitaban a marchar “en memoria de los 40 mil caídos”, según uno, y en protesta, según otro, “por los 40 mil muertos de Calderón”. En honor a la verdad, no me sentí con ánimo de marchar en memoria de Beltrán Leyva, Tony Tormenta, Nacho Coronel y los miembros de La Familia, los Zetas, y los cárteles de Tijuana, Juárez, Sinaloa y el Golfo, que han sido asesinados “en esta guerra estúpida en la que nos metieron sin preguntarnos”. Tampoco me sentí inclinado a creer que los 40 mil muertos fueran propiedad exclusiva de Calderón, como si gatilleros y sicarios hubieran esperado una orden suya para lanzarse contra la gente.

Lo repito: uno esperaría que los intelectuales alumbraran, separaran, ordenaran el mundo. Como no se tomaron el trabajo de hacerlo (lo urgente era salir en la foto), la marcha del miércoles, que alguien ha calificado ya como “un hito”, se convirtió, no en un movimiento que expresara el repudio total de la sociedad a los criminales y a los narcotraficantes; no en un movimiento en contra de El Chapo y El Mayo, y del terror que desatan sus huestes en las zonas que controlan; no en un movimiento a favor de la paz y en solidaridad con las familias de los jóvenes asesinados en Temixco; tampoco en un movimiento que demandara al gobierno una estrategia efectiva para detener la violencia, quitar el poder a los criminales y devolver al Estado el uso de las potestades que el crimen le ha arrebatado. Según lo describe, con honestidad y valentía en su columna de Milenio el escritor José de la Colina, la marcha se volvió sólo una oportunidad para que las lacras que viven de los mendrugos de la política, para que “los profesionales del resentimiento” y los borregos de las iglesias más fanáticas y corruptas, salieran a la calle a lucrar con la tragedia del poeta Sicilia. “Calderón, genocida”, se leía en una manta. “Los verdaderos asesinos están en Los Pinos”, afirmaba otra. Entre “los aullidos, ladridos y rugidos” del SME, Antorcha Campesina y los Atencos, no apareció una manta que dijera: “Chapo, nos tienes hasta la madre”. Lo que sí hubo fueron las felicitaciones que estos intelectuales cambiaron en sus blogs al día siguiente, satisfechos por el día “en que caminamos juntos” mientras “los cartelones que luchaban contra el viento” rezaban: “Calderón, ya párale a tu guerra, asesino!!!”.

Desde una revista de derecha que —en el sexenio más sangriento que ha vivido México en los años recientes— no ha tocado el tema de la inseguridad más que cuatro o cinco veces, un crítico literario compra con ingenuidad los argumentos de un libro que, sin presentar pruebas, fuentes, documentos, asegura que a Mouriño lo mataron los narcos por haber incumplido un pacto y afirma que Felipe Calderón es socio de El Chapo. Desde un periódico de izquierda, un intelectual obnubilado por la ideología se vomita en la tragedia de Isabel Miranda, Nelson Vargas y Alejandro Martí, porque, dice, ahora “se dedican a recibir premios y a respaldar la totalitaria Iniciativa México”. Ni aquí ni allá se exhiben razones, se presentan pruebas, se dan argumentos. Sólo se repite aquello que hará feliz a la masa. Y después, se dan discursos, se mastican frases y se recitan poemas.

No hay para dónde hacerse. Si los intelectuales no hacen su trabajo, entonces sí estaremos hundidos.


Tomado de eluniversal.com

Sobre Calderón, las consecuencias de esta guerra...

José Gil Olmos
Revista Proceso # 1797, 10 de abril de 2011;
El asesinato de su hijo Juan Francisco puso al poeta Javier Sicilia al frente de un movimiento nacional contra la violencia que hizo fructificar su dolor de padre y multiplicó su voz al sumarse a la de miles de personas en todo el país, en las marchas del miércoles 6. Antes de gritar él mismo: “¡Basta! ¡Ni un muerto más!”, Sicilia se reunió con el presidente Felipe Calderón, le demandó que escuchara ese clamor y aceptara replantearse la estrategia contra el narco. En entrevista, el poeta narra que el mandatario admitió errores… pero finalmente anunció que continúa la guerra a cualquier costo.
Javier Sicilia es un luchador social formado desde los ochenta en las Comunidades Eclesiales de Base (CEB), que pretendían influir en la transformación social y democrática de México y Latinoamérica en aquellos años. Hoy, el poeta está al frente de un movimiento nacional de protesta que el miércoles 6 se expresó con marchas simultáneas en 38 ciudades.
Su causa: acabar con la violencia desatada por la guerra contra el narcotráfico y que ha cobrado ya más de 35 mil vidas, una de ellas la de Juan Francisco Sicilia, su hijo.

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