jueves, 24 de junio de 2010

¿Me estás pidiendo que seamos amantes?

Por Rose Mary Espinosa
No me extraña que la mayoría de los hombres que me invitan a salir sean casados. Lo que me asombra es que yo no siempre sea capaz de identificarlos. Digamos que la proporción es siete de cada 10. En los primeros puedo hasta olfatear el anillo a la distancia, mientras que en los otros ocurre un poco de todo: o son muy sofisticados o demasiado cínicos como para ser reales, o bien –y para que no digan que nada más me hago la víctima-, he sido yo quien, por gusto o comodidad, se ha pasado de ciega.


Bar con piano, jueves por la noche… Hablamos de aquellos signos que suelen delatar a un hombre comprometido: desde los días de la semana y el horario en que está disponible hasta los lugares que elige para celebrar los encuentros: no sólo el tipo de bares y restaurantes sino el trato que recibe por parte de meseros y capitanes: casi un guiño cómplice. Todo parecería estar más claro que el agua, pero no lo está. Y cuando una se prepara para escuchar la proposición tentadora o insultante, se encuentra con una respuesta como ésta: “De lo que hablo es de un noviazgo entre adultos”...

¿Perdón? “Sí, de una relación basada en la discreción y la conveniencia mutua”. ¿Cómo? “Ajá, de una amistad que nos beneficie a ambos, de un compromiso sin firma”. En una dinámica de esta naturaleza, lo más recomendable es responder con la misma ambigüedad o cuando menos estar conscientes de que una pregunta abierta y franca como: “¿Me estás pidiendo que seamos amantes?”, puede ofender al interesado (“No empece
mos con eso, por favor”), hacer que se levante intempestivamente de la mesa y no volvamos a verle jamás.

Cuánta razón tenía Monsiváis cuando decía que le habíamos perdido el respeto al lugar común... Ahora bien, si lo que se quiere es salir de la penumbra y la indefinición, y buscar refugio en "la honestidad y la transparencia", les tengo noticias: también los casados se sirven de este lema. Es más, nace de ellos: “Te voy a hablar claro”, “Tú dime qué es lo que quieres saber”, “Puedes marcar a la hora que quieras”, aunque solamente sea uno de varios números… ¿Será un modo de curarse en salud para que nadie se llame a engaño? Insisto, no se trata de hacerse víctimas. Es ese tipo de cosas que se saben y que tal vez no haya problema con que se sepan, pero, ¡ay de aquel!, y sobre todo de aquella que se atreva a nombrarlas, mucho menos discutirlas.



Quizá lo más conveniente sea tomar lo que uno necesite --si es que necesita algo--, y no rechistar: “Total, ¿por qué habría de importarme si él ni se inmuta?”. O tomarlo con optimismo: tal vez de ahí nazca una amistad, una relación entre colegas, una oportunidad de trabajo, un rato de diversión. Quizá el único móvil sea la curiosidad y, en ese sentido, una salida no siempre tendría que terminar en "algo más". Y si terminara en algo más, no tendría que continuar. Y, aun cuando continuara, no tendría que mantenerse por siempre. Mas, en el remoto caso de que continuara por siempre... Nada. Todos conocemos esas historias de Penélopes que se han quedado a esperar eternamente a algún Ulises que no ha terminado de liberarse, que sigue en manos de una bruja.


Porque ésa es otra: haga lo que haga, tenga la edad que tenga, se dedique a lo que se dedique, conviene que la oficial sea una bruja que exige, que ofende, que minimiza, que se ha descuidado, que no tiene tema de conversación... En esas circunstancias, ¿cómo no buscar alguien más? Hasta yo me solidarizo. Sin embargo, por tan gastada, es ya una excusa difícil de creer. Tan fácil que sería decir: “Si puedo con una, puedo con seis”. Aun cuando fuera mentira. Aun cuando sonara arrogante. A lo que voy es: si de todas maneras alguien va a hacer de las suyas, ¿por qué el empeño en difamar a la pareja, de pintarla como un monstruo?

Por alguna razón, ese cliché sigue siendo cómodo: si la esposa es un horror, la amante debe ser lo opuesto. Como aquella canción de Nina Simone, en que la otra mujer “usa perfume francés” y es “perfecta ahí donde su rival se equivoca”; en su casa no hay juguetes “regados por doquier” y, apenas llega su hombre, la encuentra como una “reina solitaria”… Claro, siempre y cuando no se le ocurra arrejuntarse con ella.


Tomado de http://blogs.eluniversal.com.mx/weblogs_detalle11360.html

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