miércoles, 9 de noviembre de 2016

Un muro y muchas cartas

Aquí el link para leer en la página del Diario https:// view.publitas.com/p222-4948/edicion-9-noviembre-2016-hermosillo/page/12-13




Columna “Voltear la hoja”
Por Sylvia Teresa Manríquez


Cada aniversario del derrumbe del muro de Berlín recuerdo a mi abuelo Agustín que nació en Colonia a orillas del río Rin, en Alemania.
Mi abuelo obtuvo la ciudadanía mexicana. Su padre fue un militar mexicano destacado en aquel país durante la primera guerra mundial, allí conoció a su esposa Dolores Loweree.
Debido a lo difícil y peligroso de los territorios en guerra el capitán Ochoa decidió traer a la familia a México. Mi abuelo Agustín no dejaría mi país nunca.
Mi madre me entregó el acta de nacimiento original de su padre, digna de un museo, una hoja amarilla y partida por el paso del tiempo, con palabras inentendibles para mí que no comprendo el idioma alemán.
         Ese documento me llena de emoción. Es como tener la certeza de mis raíces, la explicación del color blanco de nuestra piel, los ojos azules de mi madre, y tal vez, del carácter duro y difícil, por no decir testarudo, que a veces me aflora. Ese documento es el lazo entre mi presente y un pasado intenso, que solo conozco por historias y relatos.
         No sé cómo ni por qué Agustín vino a Sonora. Lo que sí sé es que se enamoró de mi abuela y tuvieron dos hijos. Un día mi abuelo los dejó solos, se fue al Distrito federal, hoy Ciudad de México y no regresó.
         En mi adolescencia decidí que quería conocerlo. Emocionada y con incertidumbre escribí una carta en la que le explicaba quien soy, le hablé de mi madre, mi padre y mis hermanos, mi deseo de conocerlo. Él me contó en su respuesta la impresión que  le causaron mis letras.
         Fue la primera de varias cartas que intercambiamos. Él me narraba episodios de su vida, su familia en el DF, su enfermedad llamada enfisema, me escribía poemas, y de su gusto por conocerme, aunque sea por carta.
Yo narraba mis días de secundaria, los acontecimientos familiares y mi deseo de darle un abrazo. Mi abuelo murió antes de que yo pudiera conocerlo.
Por eso el aniversario de la caída del muro de Berlín me recuerda a mi abuelo Agustín; nunca le pregunté qué pensaba sobre tal aberración.
¿Sentiría tristeza por su país dividido? ¿Guardaría acaso algún buen recuerdo de su natal Colonia? No lo sabré, pero adivino que celebraría conmigo la desaparición de tan ofensiva barrera, el muro de la vergüenza.
A él no le tocó que los habitantes de una misma ciudad, divididos por fuerza, tuvieran distintos pasaportes, dependiendo del lado del muro en que les había tocado seguir viviendo. Dos países, una nacionalidad.
Trato de imaginar a las familias reuniéndose, encontrando que después de 40 años las cosas habían cambiado. ¿Cuántos familiares no pudieron reencontrarse? ¿Cuántos niños y niñas habrán crecido sin entender la existencia del muro? O peor aún, haciéndolo parte cotidiana de su vida.
Amores perdidos, ilusiones truncadas. Sabores, olores, texturas y hasta colores que se fueron perdiendo.
Añoranzas también me asaltan cuando se habla del Día del Cartero próximo a celebrarse en nuestro país. Destaco y valoro el trabajo y la dedicación de los carteros que cumplen con su trabajo a pesar del tiempo, los perros, la inseguridad y lo que a usted se le ocurra.
Anhelo que las y los jóvenes conozcan el dulce saborcito de recibir una carta escrita especialmente por puño y letra de alguien que nos aprecia, nos recuerda y espera a su vez tener en sus manos nuestras palabras escritas en papel, no en una pantalla de computadora o celular.
Tengo en mi historia muchas cartas. Guardo especialmente las cartas sentidas y entrañables de mi abuelo Agustín.
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La primera la envié con temor de no recibir respuesta, la última con incertidumbre después de meses sin recibir sus misivas. Otra carta de un primo que no conozco informando el deceso del abuelo, que, escribió, siempre me recordó.
Por eso las cartas son encuentro, certeza de nuestras raíce,  algo que no he logrado sentir en las populares redes sociales; que además, hacen que el trabajo de los carteros se limite a entregar citatorios y estados de cuenta.
Las cartas, escritas en cualquier tipo de papel, a máquina o a mano, letra de imprenta o manuscrita; guardadas en sobres con estampillas que nos brindan imágenes representativas de nuestras costumbres, verdaderos cuadros de la vida y sentimientos de quienes escribimos y quienes las leemos.
Las cartas forman parte de ese bagaje palpable que representa el lenguaje escrito, en invaluables trozos de papel enviado por correo ordinario o aéreo, que triste e irremediablemente pierde presencia en este pequeño mundo “internetizado”.


Palabras mayores: Ups… Los feminicidios que pueden venir…


Ups… Los feminicidios que pueden venir…




No, no son prostitutas, son muchachitas instruidas pues, la mayoría terminaron una carrera profesional, dentro de una de las casi 20 Universidades que existen en Ciudad Obregón.
Ellas nacieron entre finales de los 80´s y hasta mediados de los 90´s, por tanto, tienen entre 22 y 27 años de edad.

Y me cuentan: Ellas, la mayoría, impulsadas por sus padres estudiaron una carrera profesional esperanzados, padres e hijas, en encontrar un mejor futuro en un horizonte no muy lejano.

Egresaron, buscaron trabajo y, las que acaso encontraron, se toparon con la ruda realidad que un título universitario, dos idiomas cuando menos, no eran la llave para encontrar un empleo que no existe más que en el imaginario de ambos, padres e hijas y los pocos bien remunerados que existen y los que están por existir, ya tienen dueño, entre las hijas y los hijos de los dueños, o entre pariente o conocidos.

Entonces pasa que existen dos opciones; una, contratarse por un sueldo bajo (y en ocasiones prestaciones escamoteadas como la seguridad social) o, convertirse en Ninis. Y como Ninis, pues, no hay obligaciones diarias, ¿verdad?

Casi todas ellas, como jóvenes que son, gustan de la fiesta, de la diversión, acudir a los llamados antros y también, cómo no, a los bailes y conciertos que esos sí, siguen funcionando en este lado de la geografía sonorense sin pausa.

Luego entonces se van enrolando en una vida nocturna que primero les permite un trago o dos por noche, pero luego, algunas, no todas, van encontrando la forma de que alguien las invite una copa más y luego otra y así hasta encontrarle cierto gusto al alcohol, droga iniciática y puerta de muchas otras más peligrosas y proscritas.

Y como al día siguiente no tienen nada que hacer, pues, siguen en esa cosa que ahora les llaman after, y en cualquier lugar, una calzada, la casa de alguien, la presa o el dique, sirven para esperar la madrugada escuchando música y divirtiéndose.

Pero resulta que los muchachitos de contra parte, también con las mismas credenciales de estudios y vida, no pueden proporcionarles la fiesta porque, para empezar, para las bebidas se ocupa dinero, y para trasladarse a los “after” carro.

Entonces entra aquí un grupo especial de jóvenes, que usted puede detectar fácilmente en la calle o en esos centros de diversión. Conducen trocas arregladas y refulgentes, se visten con ropa de marca (aunque no les quita lo naco); los estéreos de sus carros son estridentes y caminan por el mundo como si lo trajeran a flatulencias, buscando con la mirada a retadores o enemigos. Muchos de ellos, traen una mochilita terciada, que cuidan más que a sus ojos, porque quien sabe si dentro, traen la llave de la diversión o la seguridad personal.

¿De dónde salen estos chamacos? Del mismo barrio, de la misma clase, pero, algunos de ellos, al no encontrar empleo, buscan la manera de incorporarse a una banda delictiva y de ahí vivir en la fast line, aunque sea unos años, como sicarios, pushers, revendedores, menudistas o trasegadores.

Y luego en la pachanga y al alcance de la mano, salen el otro tipo de drogas, desde las tachas al crack, de la marihuana a la cocaína, drogas sociales, pues.

¿Recuerdas, lectora, lector, aquel video titulado “Pisteando Bichis” grabado en Navojoa y que tuvo millones de vistas en youtube? Hagan de cuenta.


Entonces esto parece regla: las niñas salen a la fiesta, se enganchan con estos chamacos y no llegan a su casa a dormir, por andar en la fiesta. Las redes sociales entonces hacen su trabajo: Se busca a fulana y zutana y bla bla bla… Horas después, la publicación desaparece, cuando ellas regresan a sus casas, sanas y salvas, aunque crudas.

Pero sucede también cada vez más seguido, que los muchachitos se “ondean” y deciden hasta cuando, donde y como termina la fiesta. Y entonces se las llevan a la fuerza, en una especie de secuestro que, en la mayoría de los casos de ahí no pasa, de retenerlas algunas horas más (aunque es igual de reprobable, ¿eh?)

Lo que sí pasa, es que drogas, alcohol, prepotencia, machismo y demás, hacen un mal coctel. Y entonces vemos que, los feminicidios, acechan detrás de la conciencia laxa y estúpida de estos hombrecitos, de que la mujer es un ser menor y sustituible. Y ahí está el verdadero y grave problema. Y ahí puede ser que, lamentablemente, este tipo de delitos aumenten entre nuestra sociedad.

Claro, no nos perdamos: todo este relato inició, con la falta de oportunidades en nuestra región, la que se convierte en campo fértil para vivir la vida loca, a cualquier precio ¿o no?

Saludos

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