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miércoles, 12 de julio de 2017

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Columna “Voltear la hoja”
Por Sylvia Teresa Manríquez

A la vuelta de cualquier esquina

Me llegará lentamente
y me hallará distraído
probablemente dormido
sobre un colchón de laureles… 
Con unas hebras de plata
me pintará los cabellos
y alguna línea en el cuello
que tapará la corbata.
Aumentará mi codicia,
mis mañas y mis antojos
y me dará un par de anteojos
para sufrir las noticias…
A lo mejor, más que viejo
seré un anciano honorable,
tranquilo y lo más probable,
gran decidor de consejos
o a lo peor, por celosa
me apartará de la gente
y cortará lentamente
mis pobres, últimas rosas.
Fragmento del poema La vejez de Alberto Cortez

Dice mi amigo Esteban que la vejez nos toma desprevenidos, porque ahorita es el momento en que los adultos de cuarenta años y más deberíamos tener ya, una casa propia, una pensión decente, un carro propio, y previsto qué haremos para los cuidados de salud que seguramente requeriremos cuando los años nos alcancen.
Propone crear comunidades o colonias donde, en la etapa de la vejez podamos vivir entre amigos, asegurarnos entre nosotros mismos las condiciones necesarias para sobrevivir con dignidad, y ser además, autosuficientes.
Piensa en departamentos adaptados a la vida de las personas adultas, lavandería, biblioteca, área médica, espacios de esparcimiento, como los centros que existen en otros países; en un ambiente de respeto, solidaridad y ayuda mutua.
Él cree que al vivir en grupo seremos capaces, protegernos, ayudarnos, hacernos compañía y asegurar que las necesidades básicas sean cubiertas, así se podrán resolver los problemas fácilmente y no se dependerá de hijos e hijas que puedan o quieran cuidarnos.
En las cifras brindadas por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, en la Encuesta Intercensal 2015, dice que en México hay 12.4 millones habitantes; las personas de 60 y más años, representan poco más del 10% de la población total.
En Sonora no es diferente la estadística pues de los pocos más de 2 millones 850 mil habitantes que vivimos en este estado, 300 mil tienen más de 60 años, o sea casi el 11%.
Las cifras son engorrosas, cansadas, pero necesarias, porque nos ayudan a entender como somos y proyectar como seremos.
Por ejemplo, números del INEGI también indican que el 11% de las personas mayores viven solas. Según datos de 2014, más de la mitad los ingresos a los hospitales por hipertensión arterial fueron personas adultas mayores. Además, mueren más mujeres que hombres mayores de 70 años por este padecimiento.
La encuesta también señala que a inicios del 2016 solo el 30% de las personas de 60 años y más tenía trabajo. Además, casi el 30% de las personas en ese sector de población tiene algún tipo de discapacidad.
Cuando llegue el momento, quiero ser una persona que ya no tiene  trabajo porque estaré disfrutando de una merecida jubilación; quiero acudir a los centros médicos para confirmar la buena salud; quiero que  los encuentros con hijos e hijas sean para convivir y celebrar la vida y no alrededor de una cama de hospital.
Sin embargo, sé que en este momento en este país, no todas las personas adultas mayores gozan de las condiciones que les aseguren una vida en condiciones dignas. La falta de trabajo hace imposible la obtención de jubilación o pensión; no hay medios suficientes para asegurar, por lo menos, alimentación, vestido y techo. Además, el cansancio de quienes deberían ver la tarea de cuidar a sus mayores con entusiasmo se convierte en frustración e impotencia. Vale mencionar que las políticas públicas existentes no garantizan vida digna a quienes más la necesitan.
Por eso me gusta la idea de mi amigo Esteban, comunidades en las que vivir la última etapa de la vida sea algo digno y de merecido gozo.
Porque para todos la vejez está a la vuelta de cualquier esquina.
       
@SylviaT    sylvia283@hotmail.com



jueves, 17 de noviembre de 2016

A mí no me importó

Por Sylvia Teresa Manríquez



A mí no me importó
Primero se llevaron a los comunistas
pero a mí no me importó
porque yo no era.
En seguida se llevaron a unos obreros
pero a mí no me importó
porque yo tampoco era.
Después detuvieron a los sindicalistas
pero a mí no me importó
porque yo no soy sindicalista.
Luego apresaron a unos curas
pero como yo no soy religioso
tampoco me importó.
Ahora me llevan a mí
pero ya es tarde.
Bertold Bretch (Ahora me llevan a mí)

Vi en televisión un reportaje sobre los migrantes haitianos y su largo camino por México para llegar a los Estados Unidos; 240 dólares al mes no les alcanzan para sobrevivir en su país; sin embargo, pagan 200 dólares a un “coyoto”, como le llaman ellos al “coyote”, la persona que ofrece pasarlos ilegalmente al país del norte, sin saber si llegarán o los dejará abandonados en medio de la nada. Me siento tan lejana a esa realidad, no es la mía, digo.
Oigo las declaraciones de algunos líderes calificando como ciudadanos de segunda o tercera clase a compatriotas que viven en los Estados Unidos y como me siento lejana, no hago caso solo oigo porque no soy yo, me digo.
Me despierto cada día con noticias que muestran a las mujeres tratadas como objetos de úsese y tírese, aunque me doy cuenta de esa terrible realidad, pienso que no es la mía, no es a mí a quien sucede, me digo.
Notas locales nos informan que Sonora ocupa el segundo lugar en incidencia de alcoholismo en adolescentes y seguimos viendo para otro lado porque es problema de ellos, no nuestro, decimos.
Seguimos haciendo como que no vemos, no oímos y somos tolerantes ante lo que requiere nuestra acción.
Pero la tolerancia sí es asunto nuestro, porque no se vale ejercer el  odio, desatar campañas que atentan contra la integridad de comunidades completas.
Hagamos un brevísimo ejercicio. Si le preguntan qué opina de la comunidad LGBTI (Lésbico, Gay, Bi, Trans e Intersexual) sin que usted forme parte de ésta ¿Qué responderá?
Y si le preguntan por una religión distinta a la suya, una etnia, o gente de distinto color ¿Hablará de tolerancia?
En el Diccionario de la Real Academia Española dice que la Tolerancia es el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
Pregunto dónde está este respeto si seguimos señalando, acusando, discriminando y violentando abiertamente a los “otros”, a quienes son distintos.
El 16 de noviembre se conmemora el Día Internacional para la Tolerancia, una fecha que a mí me preocupa porque la existencia de este día dedicado a resaltar la importancia de un valor constantemente en debate, indica que estamos fallando, que como seres humanos aun tenemos mucho que aprender para convivir en armonía con quienes no son, ni piensan, ni actúan como nosotros.
Somos intolerantes cuando nos desesperan las y los ancianos que caminan lento, las personas con algún tipo de discapacidad, quienes tienen que vivir en la calle y pedirnos ayuda, quienes vienen de otra ciudad o tiene color de piel distinto al nuestro.
Esto nos produce miedo, coraje y hasta prepotencia, porque se asume que Tolerancia es sinónimo de consentimiento, permiso o aprobación de algo que nos asusta e incomoda.
Creo que no hay tolerancia cuando ignoramos a quienes tuvieron que venirse de migrantes, o en las actitudes racistas que hemos normalizado en nuestra vida.
Y que decir de la tolerancia pasiva, esa que se da cuando decidimos que mientras no nos afecte todo puede seguir como está.
La Organización de las Naciones Unidas nos propone la “Tolerancia activa” la que nos invita a hacer un esfuerzo para comprender a los demás, hacer a un lado miedos, prejuicios y resentimientos.
Urge el cambio radical en la manera de pensar y sentir.
Cuando veo los resultados bárbaros de guerras que acaban con familias completas tengo la sensación de que aceptarnos y respetarnos es una utopía. Luchar contra la intolerancia es difícil pero no imposible.

Nos toca demostrar que la tolerancia activa es posible, esa tolerancia que nos invita ser solidarios y convivir con respeto y justicia, para que cuando vengan por nosotros no sea demasiado tarde. 

Plegaria

Ave María

Cuida al alma en su andar/

aleja la incertidumbre omnipresente/

bendice la sangre sin derramar/

fortalece al guardián,/

que la vida no cese/

la fe no desfallezca/

y la justicia no se extinga,/

del presente amordazado/

y la esperanza mutilada/

Santa Madre ampáranos./

Amén./



STM