martes, 18 de diciembre de 2007

EL DIVAN

Miguel Ángel Avilés

ALIAS



Ahora que el departamento del tesoro de Estados Unidos identificó como una de las principales operadoras de una célula del tráfico de droga que trabaja para el cartel de Sinaloa a la mexicana Blanca Margarita Cázares Salazar a quien apodan pomposamente La Emperatriz al Diván le revive la curiosidad de teorizar sobre la escalada que en cuestión de status han logrado los motes con el paso de los años.
Es verdad que en el mundo delincuencial el apodo siempre ha sido un rasgo distintivo. Los estudiosos incluso le dan gran importancia como forma de identificación criminal.
Argumentan que el mote, si bien puede manchar a quien lo porta también es de mucha utilidad a la ahora tratar de localizar a alguien para que rinda cuentas ya que es mas fácil dar con su paradero si se le busca por su apodo y no por su nombre.
De hecho hay que reconocer que el catálogo al respecto es infinito y por imaginación no paramos.
Pero eso sí: hay de motes a motes. Y por supuesto de épocas a épocas. Antes -y si no me creen evoquen su infancia en el barrio- el sobrenombre, el alias pues, estigmatizaba y hacia resaltar un defecto o una burlona similitud, nada envidiable, en el que lo recibía. Peor todavía: si en el remoto caso que para este resultara un halago el alias endilgado, para el que lo bautizaba no tenia el mismo sentido ni mucho menos para quien reconocían el acierto o la atinada en el apodo.
Estos sabían que aún cuando el José, el Chuy, el Roberto pudiera sentirse muy orgulloso de que le apodaran El Rata, o La Víbora o El Guasón o El Dóberman, y que por ahí alguien lo admirara, para el resto del barrio, ese alias era suficiente para considerarlo sujeto non grato y además de que nos obligaba a estar al pendiente y al revire de cada uno de sus actos, nos sugería registrarlo en la lista negra de los que no tenían “un modo honesto de vivir”.
El apodo venia a ser también el imán para que la policía terminara recalando en los dominios del apodado pues lo ubicaban, a partir de la marca o el sobrenombre como el primer sospechoso de cualquier acto delictivo que se suscitara a en los alrededores.
En buena medida, la aparente reincidencia del sujeto nacía, no siempre por habérsele comprobado su plena participación en el delito sino que se le juzgaba sumariamente sobre la base del prejuicio o de una condena anticipada auspiciada, sí por los cuerpos policíacos, pero también por la prensa y desde luego por los señalamientos flamígeros y reclamos delirantes de buena parte del barrio que aspiraba a vivir en paz sin la presencia de estas gentes.
De esta forma podíamos ver como El Huesos, El Calacas, El Carechango, El Dengue, El Burro Pando, La Muerte, El Condorito, El Peludo, El Tripa Seca, El Satanás, El Lobo o los que usted recuerde de su cuadra, se la pasaban en un ir y venir del Tutelar al barrio, del barrio al tutelar y va de vuelta. Ya mas grandes y sin ningún regenere-porque decir readaptación es mucho desear-eran atorados por cualquier movimiento en falso que hicieran, por su placa, por su perfil lombrosiano-pues aquí si operaba la teoría del doctor Italiano-y no se les daba la oportunidad de que se pintaran de colores o que huyeran ya no digamos del país o del Estado-no, que va-sino de la colonia, la cual-para irnos entendiendo de pavimento para allá, es decir, desde donde iniciaban las casas con los cuartos a medias, o de las construcciones hechas con cartón negro y ventanas tapadas con costales.
Para esta raza nunca hubo ni sigue habiendo consideración. Salvo con su jefita o la virgen de Guadalupe-las únicas con las que estos pactan para tumbarse el rollo- El Chorejas, El Chino Macaco. El Mole, El Pitarra, El Indio, El Sapo, El Siux, El Pepe Loco, El Ginebra, siempre experimentaron gracias a su apodo, la marginación y, por que no, el desprecio de la llamada gente de bien.
Pero en otros laredos digamos de la superestructura delincuencial el manejo del apodo si bien sigue siendo un rasgo distintivo este evolucionó, hubo un corrimiento de ser un alias de clase baja a un alias de clase alta, lo cual significa tratamiento muy diferente. Ya no es estigma ni duele. Por el contrario, adula y enaltece, se cohesiona con el poder y glorifica.
Los apodos entonces cambian, dan un viraje y ni que parecerse a los arriba citados. Ya no hay un por que apenarse ni por que sentirse menos con epítetos que lejos de marginar, sacarle la vuelta o considerársele sospechoso ahora, mas en tratándose de la delincuencia organizada (que tardaremos en decir confederada) les da glamour, distinción, categoría.
Del pasado reciente podemos mencionar- nótese la diferencia- a El Señor de los Cielos, El Divino, El Señor de los Trailer, El Profe, El Ingeniero, La Madame de Polanco, y, no ha de ser por Rubén Darío, El Azul. De los más hacia acá citemos solamente a La Reina del Sur y claro, a La Emperatriz.
Estos son-por referirnos tan solo a unos-quienes mientras resultaron útiles, en su calificativo no llevaron la penitencia, ni figuraron- por buen tiempo y en los hechos - como primera línea de investigación en la más nimia comisión de un delito. Por el contrario, su sobrepuesta identidad fue en el inframundo mexicano, linaje, admiración, renombre, ejemplo a seguir, éxito y vida plena. Tranquilidad fantástica e imán para la idolatría.
No está de mas decir que aquí tiene mucho que ver ese sistema de gobierno informal, secreto dentro del Estado y sus tolerada coexistencia como Federico Campbell en La Invención del Poder le llama a la mafia.
Eso sí: El Diván está conciente de que hay excepciones y que en este romance delincuencia organizada – poder, en tratándose de apodos algunos no pudieron desprenderse de su estirpe plebeya. Quizás por eso le haya ido tan mal.
Mario “El Chueco” Villanueva no nos dejará mentir. De haberse rebautizado a tiempo con algo así como El Rey del Sureste, El Ruiseñor del Caribe, o El Dandy del sur, otro gallo le cantara.
Hay otros que aun tienen la oportunidad de hacerlo si quieren seguir en la jugada. Ahí tenemos en el sur de la República, según las notas de última hora, al Cartel de los Valencia donde uno de los señalados como sus principales jefes-Armando-es el único que apenitas se salva. Le apodan El Maradona y lo que sea de cada quien, aunque los bonos del Pelusa no sean en estos momentos lo mas altos, uno apodo así todavía marca.
Otros como El Poncho, El Monillo, El Chava Lentes, El Flaco, El Abuelo, El Alazán, El Macho Prieto, El Porrón, El Tísico y los que faltan si en verdad quieren hacer carrera, en cuestión de apodos deben de ir pensando muy pero muy seriamente en esta disyuntiva: renovarse o morir.

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