lunes, 29 de octubre de 2007

LUNAS DE OCTUBRE

SE PUBLICÓ EN EL PERIODICO ZETA DE BAJA CALIFORNIA



Las exitosas Lunas de Octubre
El Encuentro de Escritores de La Paz se perfila como uno de los sucesos literarios más importantes del Noroeste. “Por su calidad y calidez”, aspira al de Hermosillo, dijo Elsa de la Paz, directora del Instituto Sudcaliforniano de Cultura. “Ya nadie lo para”, resaltó el orquestador del evento, Edmundo Lizardi.
Por Enrique Mendoza Hernández

La Paz, BCS.- En un ambiente informal y desenfadado tuvieron lugar presentaciones de libros, lecturas de poetas y narradores durante las Lunas de Octubre Californiada 2007, efectuadas del 18 al 20 de octubre, tanto en La Paz como en Cabo San Lucas. El evento literario auspiciado por el liderazgo del escritor Edmundo Lizardi, definitivamente le sigue los pasos muy de cerca al Encuentro Hipanoamericano de Escritores organizado por Raúl Acevedo Savín en Hermosillo, Sonora.
Savín anuncia su próxima novela

El responsable del formato dinámico y flexible de Horas de Junio, el cual es bien emulado por Lunas de Octubre, anunció su próxima novela, titulada “Isla de Cedros sin Adriana”, misma que será publicada a principios de 2008 y editada por alguna universidad del norte aún por decidir. Raúl Acevedo Savín deleitó a los presentes con un extracto de su obra; las risas gozosas abundaban.
PARA LEER COMPLETO ESTE CAPITULO DE LA NOVELA DE JEFF DURANGO DA CLICK EN EL SIGUEINET LINK
De la cárcel
En una de las mesas, Carlos Sánchez leyó un texto de una reclusa de Hermosillo, Sonora. Se trata de Silvia Arvizu, una sentenciada a 20 años de prisión:“Si quieres también puedo ser tu trapecio y tu red / tu adiós y tu ven, tu manta y tu frío, tu resaca y tu lunes de hastío / o tal vez ese viento que te arranca del aburrimiento / y te deja abrazada una duda en mi cama de la calle desnuda”. ("A la orilla de la chimenea" Joaquín Sabina)
Arvizu no deja de escribir ni leer, y confiesa desde la cárcel hermosillense: “Escribir desde la prisión no ha significado una diferencia de cuando lo hacía fuera, recuerdo de alguien que decía que escribir era como respirar, nunca me han gustado los fanatismos, ni los excesos, siento que escribir es como caminar, lo hago cuando tengo ganas o cuando lo necesito. Cuando escribo, no lo hago pensando que siempre habrá alguien que lea, a veces lo hago sólo para mí, a veces para nadie, no siempre espero una reacción... al igual que cuando camino, a veces lo hago sólo por hacerlo, sin pensar en llegar algún lado”.

Concurso de Calaveras


CLARA LUZ MONTOYA NOS HACE LLEGAR ESTA INVITACION:


La Coordinación Estatal de Bibliotecas y Salas de Lectura adscrita al Instituto Sonorense de Cultura les invita a visitar el altar de muertos instalado en honor de Don Gilberto Escobosa Gámez el cual se inaugurará el próximo día lunes 29 a las 11 de la mañana en las instalaciones de Biblioteca Central, ubicada en Guerrero s/n y Gastón Madrid, asimismo aprovechamos para invitarle a:

1.- CONCURSO DE CALAVERAS, Gánate una cena para dos personas escribiendo calaveras inspiradas este año en Don Gilberto Escobosa, para lo cual el Hotel Colonial patrocinador del evento, ofrece una cena para dos personas como premio a la mejor calavera seleccionada por el jurado calificador, interesados enviar sus calaveras al fax 212-34-17 y 2170691 o al correo electrónico
claramontoyal@hotmail.com (El cierre de la convocatoria es el miércoles 31 de octubre a las 3 de la tarde).

2.- PREMIACIÓN del Certamen de Investigación sobre el día de muertos y la premiación de la Mejor Calavera a Don Gilberto Escobosa este jueves 1 de noviembre a las 11:30 de la mañana.

domingo, 28 de octubre de 2007

Algo de MIGUEL ANGEL AVILES CASTRO


Cuento Publicado en el libro "Ingratos Ojos mios" Obra ganadora del concurso del libro sonorense 2003, en el género crónica.

Don Guillermo

"Te vas, ángel mío,
ya vas a partir,
dejando mi alma herida
y un corazón a sufrir.
Te vas y me dejas
con inmenso dolor, recuerdo inolvidable
de aquel lado de tu amor"...
Cantan: Los Alegres de Terán


Los codos en el mostrador, la vista puesta en la banqueta, don Guillermo, adentro, esperaba el mediodía para vendemos el olor y el misterio.
Don Guillermo, venido de Cachanía y hacedor de pan del bueno, casóse alguna vez con doña Chacha y, para fortuna nuestra, harán los años, hará la desmemoria, escogió el frente de la Escuela Primaria Benito Juárez para instalar su changarro y sus tesoros.
Con el pelo ya haciendo maletas, bigote ralo bordeando la nariz, guayabera blanca bienmeacuerdo, don Guillermo fue el tendero elegido por todas las generaciones de escolapios, el más próximo a la campana del recreo, a la hora de la salida o después del encargo de tareas.
Hacíamos la roncha y en lugar de tres tostadas con chile nos comíamos una. Desairábamos las tortas de carne deshebra­da que cocinaba en la cooperativa la mamá del Martín García, no comprábamos bolis, le pedíamos fiado el ceviche al maistro que lo vendía por entre el cerco de la escuela y, con las bolsas de los pantalones llenas de veintes de cobre y seis libros aga­rrados como mazo de elotes, diariamente, a las doce y media para ser exacto, le caíamos puntuales a don Guillermo para es­perar la salida del pan recién horneado, acompañado con una soda chiquita y conocer las últimas aventuras de los héroes que malabareaban sobre un tendedero que cruzaba todo lo ancho de la tienda, por encima de los botes de Mayonesa grandes lle­nos de gomitas y dulces "Tomy", por debajo de las latas polvo­sas de sardina colocadas en tembeleques pedazos de madera incrustados en la pared.
Con desesperación, al tropiezo y al empuje, todos llegá­bamos en bola exigiendo la sodita, exigiendo nuestro pan. Don Guillermo escuchaba la tropelada, le daba un golpe leve al mostrador y se metía sonriendo hasta el fondo de la casa, supervisaba el horno de arcilla construido con sus manos, echaba el último vistazo a las charolas y, tomando dos toallas como guantes, volvía con nosotros, trayendo las conchitas que horas antes había amasado con huevo, levadura, canela y azú­car glass.
Así como llegaban, se iban. Un pelear de manos sobrevo­laba la charola y don Guillermo, regocijado por el éxito de su repostería, se daba tiempo para la provocación: "Grítenle cara de tortilla a la Chacha y les regalo un pan", retaba al puñado de chamacos y, expectante, paraba oreja deseoso de escuchar a algún valiente.
Las conchitas de don Guillermo nos regresaban a la vida y nos humeaban el estómago. Paladeábamos la quemante masa y, como apagón, nos empujábamos la pepsi helada en un disfrute que se reflejaba en los ojos vidriosos a punto de la lágrima.
Todos con la concha en mano ya mordida, la soda chi­quita en la otra, los libros tirados en el piso rústico, y el esó­fago de cada uno dándole el paso a una masa convertida pa­ra entonces en engrudo oscuro, nos disponíamos a dar el re­mate, para ello tirábamos la zorra al tendedero de don Gui­llermo y, con la mano empuñando la conchita, le apuntába­mos al ejemplar elegido, la aventura que había quedado inconclusa o el misterio que ese día, inútilmente, queríamos despejar.
Prendidos con ganchos para la ropa, encajados sobre un pedazo de ixtle que le servía de tendedero, estaban todos los cuentos que don Guillermo, semana tras semana, traía desde la Librería Ramírez para deleite del montón.
Nutrida era la lista: Red Rider, Hoopalong Cassit{y, Gene Au­trey, Los tres Vil/alobos, El Payo, y todo el repertorio de Walt Dis­ney en su serie Avestruz, Águila y Colibrí eran el cortejo de quien comandaba la lista y, sin duda, era la preferencia de los permanentes lectores: Kalimán. Kalimán contra Humannon, Kalimán contra Karma, Kalimán contra la Bruja Blanca, Kalimán en color sepia, Kalimán olien­do a tinta, Kalimán metido en ese traje impecable que no pa­recía de su talla, acompañado de So/ín en su eterna juventud y siempre fiel como el Papa, invencibles los dos, bajaban del tendedero de don Guillermo quien, en una más de sus estra­tegias comerciales, daba la oportunidad de adquirir o de ren­tar el ejemplar en turno, cada semana, todos los días, senta­dos en la alta banqueta de cemento y debajo de aquel árbol que cobijaba más de diez cabezas zambullidas en el enésimo riesgo que corría Kalimán, el hombre increíble, el que llegaron a transmitir hasta por la radio, donde una voz lenta, venida como de ultratumba, daba los créditos del reparto: "En el pa­pel de Solín, Luis de Alba... y, en el papel de Kalimán... el pro­pio Kalimán".
Don Guillermo estaba dispuesto a servimos, pero no que­ría traiciones, por eso, una vez hecho el trato, esperaba unos minutos y, traspasando el mostrador, celoso salía hasta la banqueta para corroborar que quien le había rentado el Kalimán fuera el mismo que lo estuviera leyendo o cuando menos lo tu­viera en sus manos.
La tienda de don Guillermo fue un salón más de la Escue­la Benito Juárez. A don Guillermo, junto con la profesora Egri­selda, la profesora Socorro, el profesor Humberto, la profesora Norma, el profesor Murrieta, el profesor Rubén, también le de­bemos una parte de la enseñanza y la entendedera, porque es­tar ahí era clase y recreo al mismo tiempo.
Al lado del libro de Español, del libro de Matemáticas, del libro de Ciencias Naturales, del libro de Ciencias Socia­les, se estiba el Kalimán y sus páginas de angustia y de zozo­bra delirante.
A don Guillermo se le debe la resaca sabrosa de la añoran­za. A don Guillermo se le deben los regaños que nos pegó en sus delirios y altas temperaturas que anunciaban el final.
Cerrados los ojos, postrado en la cama, cuentan que don Guillermo en el ocaso hablaba solo y nos ofrecía conchas y sodas chiquitas. Nos rentaba el Kalimán y salíamos a leerlo afuera.
Don Guillermo no era invencible como los comics que col­gaban de su tendedero. Don Guillermo se fue: murió solamen­te una vez, y nada más.



viernes, 26 de octubre de 2007

Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura 2007




Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura 2007
“Nuestra historia deja ínfimo espacio para la utopía”
Edmundo Bracho


Doris Lessing dice que parte de su rutina diaria es dar de comer a los pájaros de su vecindario, temprano en la mañana. Muy temprano. Cuando son las 6 am ya ha regresado de su encuentro aviar y comienza a preparar su desayuno, para iniciar su trance redaccional lo más próximo posible a las nueve de la mañana. Lo hace de modo sistemático, y lo ha venido realizando durante los últimos 26 años desde un austero escritorio, en su modesta casa en el norte de Londres, no muy distante del estadio del mítico club de fútbol Tottenham Hotspur y del famoso cementerio que alberga los huesos de Karl Marx.
Sin esa disciplina que raya en mandato, Lessing jamás hubiera escrito las cincuenta novelas y relatos que, a sus 88 años de edad, la convierten según muchos en “la escritora (y el escritor) viviente más relevante de Gran Bretaña”. Casi la totalidad de sus novelas se ambientan en lo que hoy en día es Zimbabwe, ahí donde Lessing se crió y experimentó “la soledad infernal como modo de vida”. Incluso sus relatos que podrían ser tildados de ciencia ficción presentan un intenso barniz de esa íntima catástrofe que conoció desde niña en su entorno de colonos explotadores.

PARA LEER MAS VISITA LETRALIA: http://www.letralia.com/174/especial01.htm

Lo mas reciente de Jose Fá

jueves, octubre 25

(Desamparo epistolar: Crónicas)
Traducción
Ay, me duelen estos dedos (los otros también, aquéllos) pero nunca como el frío sentido en el camión (a bordo del) ¡qué bruto! Mira, como me di cuenta de que te estaba dando mucha lata, mejor ya no te llamé. Darío estuvo un rato con nosotras y luego ya se fue; a las diez y cuarto me vendieron los boletos, Luci aun tenía habre (hambre: dedos torpes y congelados, o torpes por congelados o congelados por torpes, o etc, a quién le importa, ni a los dedos) y decidimos ir a cenar ¿pero a dónde?.. después de mucho regatear con el taxista carero y de recomendaciones del ídem (era tarde), llegamos, nos llevó el requeteìdem al Calinda (como los asesinos, je, yo regresando al lugar del crimen, je), comimos algo (era más tarde) y decidí volver a molestarte, hablar contigo, te llamé de allí superenchinga y tu voz “marcaste el etcétera” y mi lengua a punto de soltarlo y decirte (no a ti, que por eso no) que cae más pronto un hablador que un cojo, que te diría un poema, que abrieras bien tu lengua para recibirlo, que tal vez dolería un poco, sobre todo al principio, que después te garantizaba que placerías, que ya nos íbamos, que un beso, que dos, que si seguía nos dejaba el camión, y por eso a fin de cuentas no te dije nada, no le dije nada al que dice “marcaste el tal y tal y etcétera”. Tú sabes. Nos regresamos a la central camionera y llegamos barriditas al camión pero sin hambre. Asientos 15 y 16 y ufff, qué bien, salimos de Hermosillo y Luci empezóme a contar de una ocasión en un viaje a Matamoros, de noche, y el camión casi vacío, una pareja haciendo el amor (follando, dirían los traductores españoles de Erica J.) en los asientos de atrás, yo intrigadísima por el procedimiento, si la chava iba para el pasillo y él para la ventanilla; ya después de resolver tan peliagudo dilema (si te digo que a inocente, ingenua y cándida no hay quién me gane), intenté dormir y he ahí cuando descubro el FRÍO, ¡qué cabrón! Parece que traían abiertas no sé qué rejillas o qué, la calefacción no servía. Como yo para la ventanilla, me di cuenta que había una grieta en el cristal por donde se colaba TODO el frío, sentía que ya se me caía al suelo, congelado el ojo derecho, la rodilla ídem, el pezón y todos los aditamentos derechos, mientras el lado izquierdo (qué absurdo, no podemos tener lados, ni que fuéramos triángulos… aunque hay cada figura geométrica respirando que…) paulatinamente se me convertía en ajeno. Mucho antes de Benjamín Hill, Luci metióse un pantalón, rápidamente se quitó su vestido ¡con crinolina! Y púsose un suéter… yo, ni podía hablar… en Santa Ana que se me prende el foco (apenas) y acuérdome de otro pantalón en mi maleta, sácolo y métomelo (sí, muy feo se oye) encima del otro (más feo) una camiseta más o menos cubridora, mi capa y qué me hace el frío, pensaste, pues pensaste mal, pinche frío, hasta un arete perdí en las acurrucadas que me daba intentando resguardarme, pero así ni la virtud se puede… con ese frío nadie, nunca, nada. Llegamos a Canapas a las cuatro de la mañanita (nochezota aún) y todos los cristales de todos los carros estaban escarchados, hielo tenían, imagínate al bajarnos. Otro taxi, este cananense, llevonos al hogar, caliente hogar. Me acosté y al ratito, en la radio escucho la voz del locutor que dice que la temperatura está a dos grados, protéjase del frío, las cinco de la mañana y me dormí. A las nueve no me quedó otra más que despertarme aunque me levanté más tarde. Y tú ¿qué cuentas? Si todo esto lo hubiera hablado, no hubiera podido respirar (así lo escribí ¿se nota?)

Publicado por jose fá en http://quemevanahablardeamor.blogspot.com/

Los cronistas en Radio Sonora


Rafael Aguirre Fernandez, Cronista de Hermosillo, Armando Moreno Gil y yo en uno de los jardines de la radio.




Al fondo el Ing. Isidro Bobadilla y Ariel Adame.

Radio Sonora haciendo escuela.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Radio Sonora, 25 años

En el expreso:

http://www.expreso.com.mx/

Ramón Valdez, Elsa Nuñez y yo, en la sección "Los Tips de la Casa" de lunes a viernes a las 11:45, dentro de la revista "A Buena Hora".

martes, 23 de octubre de 2007

Lo más reciente de Jeff Durango

La Princesa y el Fantasma
Para Adriana Ojeda Casillas

La niña princesa atrapó a su risa y la metió en una botella de cristal.
A veces la sacaba de abajo de la cama y se recostaba a mirarla. La risa sonreía y volaba como mariposa, y por un momento se detenía a mirar a la niña princesa como si se observara en un espejo.

El poeta era el único que siempre supo que la niña era una princesa, y que la niña era una niña lo sabía todo el pueblo. Por eso cuando la niña princesa enseñaba el frasco, tan sólo el poeta percibía aquella risa tan hermosa que a veces sonreía y otras veces se tornaba en mariposa.

El poeta y la niña princesa se sentaban en las tardes a contemplar el mar.

Los pescadores pasaban y los saludaban, luego se rascaban la cabeza, incrédulos, no comprendían cómo la niña y el poeta se fijaban tanto en ese mar que sólo vale para pescar y bendecirlo, o en su caso maldecirlo cuando buscaban entre los sargazos al compañero ahogado por la borrasca siniestra que a veces llegaba siempre de noche.

El poeta y la niña princesa no sólo miraban el mar, también platicaban con él.

-Oye, mar, le decía el poeta, quiero conocer algún día una hermosa sirena para escribirle un poema.

La niña princesa hacía como que se enojaba y pellizcaba el brazo del poeta.

Entonces el mar, alegre, les arrojaba espuma, copos de nubes que reventaban con sonidos de cristal y vuelos de peces que brillaban y volvían a caer en medio del bostezo de las olas que mojaban los pies de la niña y del poeta.

Una tarde en que el cielo estaba gris y las gaviotas se quedaron en sus nidos, el poeta se subió en un avión y se fue del pueblo.

La niña princesa estuvo triste durante varios días. A veces, sacaba la botella gris: parecía que las alas de la mariposa se estaban marchitando.

La niña fue a visitar a su amigo el mar. Se envolvió en sus brazos y el oleaje la arrulló con una suave canción de cuna. La niña suspiró. El suspiro se fue volando por la superficie helada y se metió como un pez a sus profundidades.

La niña fue por la botella donde estaba su risa que se hacía sonrisa y luego mariposa.
A la orilla de un risco destapó el frasco: la mariposa salió revoleteando y se fue hacia la montaña.

Ese día la niña princesa supo que ya era una mujer.

La muchacha se enamoró y contrajo nupcias con el capitán de un navío que pasó por el pueblo y se la llevó a recorrer el mundo.

Nadie supo nunca que ella era una princesa, ni siquiera el capitán con quien procreó una niña.

La muchacha fue una vez al mar pero ya no recordó el lenguaje del océano.

Se fue a bañar y a divertir como lo hace la gente normalmente.

El mar sabía que la mujer era la niña princesa. Y la mujer recordaba que había sido niña pero no recordaba que también era una princesa.

Cuando regresaron a casa, Daniela, su pequeña hija, le comentó:
-Mamá, el mar me estuvo cantando una canción.

La muchacha le dijo:
-Niña, come tu sándwich, tienes que hacer tu tarea.

Quizá nadie ha desentrañado los misterios del amor, tal vez por ello se quiebra una relación como se rompe una taza de porcelana o como cuando un espejo se cae dejando sólo trozos que reflejan pedazos de vidas desoladas o almas que han perdido el pie muy cerca del abismo.

Una tarde-noche, cuando Daniela se había dormido, tocaron a la puerta. La muchacha dejó la computadora y abrió la puerta.

-¿Quién es usted? ¿Qué se le ofrece?, preguntó a un ser que estaba en la penumbra como si fuera un fantasma.

-Soy yo –dijo el fantasma- ¿No me reconoces?

La joven le encontró parecido a alguien que había conocido en otro tiempo.
Él la miraba a sus ojos almendrados, eran los mismos de la niña princesa.

-No sé quién es usted- dijo ella.

El fantasma abrió un puño y una mariposa salió volando, revoleteó por la habitación y por el rostro de la muchacha.

Ella se llevó una mano al pecho.

-Dios mío –murmuró- No puede ser, ¿eres tú?

-Soy yo- dijo el fantasma y entró. Se movió como un fantasma por la casa.

La mariposa se posó sobre la frente de Daniela que dormía. La niña sonrió y soltó risitas juguetonas. La mariposa se paró en el brazo del fantasma. Entonces, la princesa recordó todo.

-Me atrevo a perturbar el universo para enseñarte lo que te he escrito en mi vida, le dijo el fantasma.

-Pero por qué te fuiste sin decir nada- preguntó ella.

El fantasma se acercó al rostro de la princesa, luego se alejó y se sentó en una silla.

-Un día que estabas en la escuela, fui al mar. Escuché a las sirenas cantándose una a otra. No creo que canten para ti, me dijo el mar. Tú tienes tu dulce sirena a quien cantarle tus poemas. Tuve miedo, no te miento. Al día siguiente tomé el vuelo que me sacó de la isla.

La princesa vio al fantasma que leía un poema. Luego… silencio. Leía otro. Una lágrima recorrió la mejilla de la princesa.

-A lo mejor soy un ser extraño para ti, siguió el fantasma. No tengo ningún derecho. ¿Cómo podría yo atreverme? El destino de los poetas está escrito por el azar y la sin razón del corazón.

Se acercó de nuevo a la princesa.

-¡Imposible decir precisamente lo que quiero decir!

-Creo que las cosas pasan por algo y no debemos arrepentirnos de nada.- murmuró ella.

Una profunda tristeza le comenzó a oprimir en el pecho.

-Me tengo que ir, tartamudeó el fantasma.

-¡No!, le dijo la princesa, quédate un rato más, tómate un café o un refresco. Quiero saber qué fue de tu vida todos estos años en que no nos vimos.

El fantasma dudó si quedarse o irse de una vez.

­-Quiero ver a Daniela, dijo el fantasma. Sabía que había llegado demasiado tarde y que su presencia ya no era de este tiempo, ya no había tiempo para él ni tiempo para ella. ¿Cómo atreverse a perturbar el universo?

El fantasma caminó hacia la puerta.

-¿Por qué te vas? ¿Por qué me abandonas de nuevo?, le cuestionó la princesa.

-Los fantasmas del pasado no tienen lugar en el presente- dijo el fantasma. Para mí siempre serás esa niña princesa. También vine a regresarte tu sonrisa.

Abrió la puerta y se confundió entre los otros fantasmas que caminaban cabizbajos por la calle.

Hasta entonces la princesa abrió su mano que la había mantenido cerrada con fuerza. La mariposa escapó y voló por el cuarto. El perfume de sus alas embriagaba a los ramos de flores. Una profunda quietud envolvió a la princesa. Fue con su hija, le dio un beso en la frente y escuchó esa canción, la misma que el mar de la isla le cantaba al oído cuando ella y el poeta reían alegres de las ocurrencias de ambos, y la vida era otra, y el mundo era más claro y preciso, menos abandonado al ocaso, como la inmaterial quimera de tus sueños.

Jeff Durango

lunes, 22 de octubre de 2007

Radio Sonora, Mesas de lectura: 18 de octubre de 2007.

Laura Delia Quintero, Miguel Manríquez e Imanol Caneyada.
En una deliciosa tarde en el jardín de Radio Sonora, cuando los minutos convocaron a la lectura de textos inéditos de todos ellos. ¡Que gran experiencia!

miércoles, 10 de octubre de 2007

"En la ciudad de Sylvia" Articulo de Rolando Gabrielli, publicado en Letralia

Fechado en Panamá - Rolando Gabrielli Periodista y escritor chileno residenciado en Panamá. Poeta, narrador y ensayista. Ha obtenido diversos premios y menciones literarias en Chile, México y Panamá. Ex funcionario internacional, corresponsal extranjero en Colombia y Panamá. Ha dirigido y editado diversas publicaciones y artículos suyos han sido publicados en América Latina y Europa.


http://www.letralia.com/ciudad/gabrielli/071010.htm



En la ciudad de Sylvia
Primera parte



En la Mostra de cine de Venecia, la ciudad que flota en la memoria del amor y de los encuentros furtivos, fugaces, finales, escenario del Mercader de Venecia de WS, el filme español En la ciudad de Sylvia compitió por el León de Oro, cuando el famoso festival cumplía 75 años. En su 64ª versión la Mostra se desarrolló del 29 de agosto al 8 de septiembre, compitieron 22 películas y América Latina no estuvo representada este año.
El filme del catalán José Luis Guerín, En la ciudad de Sylvia, “es la historia de un hombre que regresa a la ciudad francesa de Estrasburgo para reencontrarse con un antiguo amor, pero esta búsqueda le llevará de una mujer a otra”.
La historia puede estar en el aire, se respira, ser un instante fugaz, una mirada, y ser recreada en la memoria y quienes tienen la posibilidad de transformar esa percepción en arte, un verdadero objeto intangible en una cosa vista, nos permiten en una butaca o frente a unas páginas, dar con el rostro de esa desconocida.
En la ciudad de Sylvia es un filme rodado en idioma francés, melancolía y silencio son sus principales ingredientes, sostienen los críticos que conocen la película. Es la Idea hecha mujer, la mujer una Idea, esa imagen que flota, repito, en la memoria, ausencias, digo, con sus presencias, que tocan a real.
En la ciudad de Sylvia, todo transcurre en tres días. “El primer día es un presagio de lo que va a suceder el segundo día, y el tercer día es una evocación del segundo. Siempre bajo la gravitación de un nombre, Sylvia, sobre la ciudad, las calles y los rostros de esa ciudad”, sostiene la periodista Rocío García.
Guerín ha dicho que “El desarrollo de una película muchas veces empieza así, por una imagen que me apela, una imagen que acude repetida y obsesivamente a mi cabeza”. Rocío garcía le ha preguntado qué representan para él las mujeres desconocidas y responde: “Es una gran ilusión, un gran hálito vital que tiene que ver con los destinos no vividos. Me atrevo a hablar de unos fantasmas femeninos que gravitan en muchos hombres y que tienen que ver con las vidas potenciales, los destinos. Cuando uno toma una elección, sobre ella gravita toda la fuerza y la melancolía de todas las elecciones no tomadas”.
“En la ciudad de Sylvia, el trabajo del sonido ha sido en el que ha invertido más tiempo, incluso más que en la imagen. En toda la película hay una especie de confrontación entre la mirada subjetiva de un soñador y la realidad más documental del entorno, de una ciudad. A veces, la película participa de esa mirada alienada del soñador en su búsqueda de la mujer y, en otras ocasiones, la película adquiere otra distancia y descubre a esa figura perdida entre el flujo de la cotidianidad. El sonido vendría no sólo a crear una arritmia, sino a definir esas dos perspectivas. He querido que la música esencial de la película fueran los tranvías, las bicicletas, las campanas, los timbres, las voces de gente de lenguas diversas. He intentado dotarle de ritmo y sentido a los sonidos. Se pueden decir muchas cosas a través de los sonidos, mucho más sutilmente que con la música”.
Tenía mucho deseo de filmar a Pilar López de Ayala. Desde que la conoció en el Festival de San Sebastián. “Creo que es una actriz excepcional pero, sinceramente, no sé si hubiese pensado en ella por el hecho de haber visto sus películas. Pensé en ella cuando la conocí personalmente. Me gustó mucho su reserva en el trato directo y los ojos extraordinariamente luminosos que tiene. Me dije: ‘Tengo que capturar esos ojos’ ”.
De alguna manera presiento que el silencio es el protagonista de En la ciudad de Sylvia, ese monólogo del espacio, la impecable sombra de la palabra. El trabajo de la ola que se repite frente a la playa y retorna al mar. El silencio es capaz de arrasar el más complejo de los escenarios y decir todo cuanto se quiere decir y más. El dios del silencio tiene la palabra.

Segunda parte
La ciudad de Sylvia es Estrasburgo y no sabemos si Ella es una imagen real de un fantasma, el flash del deseo, o el silencio que la convierte en realidad en el filme del catalán José Luis Guerín, recientemente presentado en la 64ª Mostra de Venecia. Sylvia es el rostro, la mirada, el guiño, ese gesto que se nos pierde en la multitud, aunque lo hemos encontrado. Volvemos sobre él, como el protagonista, empujado por los fragmentos vivos de la memoria, y la ciudad la recrea como si allí estuviera y en verdad no sabemos. Un hombre busca a Sylvia y el camino lo conducirá a otras mujeres, pero la ciudad permanecerá en su belleza bajo el silencio de lo único que la habita: la esperanza del encuentro, la fugacidad de lo deseado. Sylvia pierde el rostro, no el mágico zapato de la media noche, sino Ella es y se transforma en todo el silencio que no la devuelve más que a la memoria.
Sylvia está y no está, es, viaja el rostro en la pasarela de la ciudad. Una cara es el silencio, la otra, el azar de la moneda, lo que no conocemos, el misterio, toda la esperanza, el fuego oculto de la vida y hacia allá van nuestros pasos con sus pasos. Sylvia, Sylvia, Sylvia, resuenan en la memoria. Y la ciudad en verdad cuenta su propio tiempo y sólo ella sabe que un rostro ha de suceder a otro en la gran vitrina pública de los días, el escenario que la ciudad imagina para sí misma.
Estrasburgo es el sitio que no conozco y menos aun podría encontrar a Sylvia, cuyo rostro se multiplica de la nada por lo inasible, fugaz, más bello que un lucero. Y tal vez una ciudad de bolsillo como Estrasburgo guarde el corazón de Sylvia y nos la devuelva en el sueño. Todo está escrito por su silencio, pero no el olvido.
Tal vez Estrasburgo sea todas las ciudades y Sylvia todas las mujeres, aquella que viaja en la madeja de los sueños.
Alguien le preguntó a Guerín por qué Estrasburgo, y dijo: “Por muchas razones. Por una parte, me gusta esa indefinición que lleva inherente, no es una ciudad alemana ni francesa. En el filme se oye hablar a la gente en muchos idiomas, por lo que no es fácil deducir dónde está el protagonista. Además, tiene ese lado de villa medieval ya que es peatonal. Y me encanta que tenga tranvías, para mí el tren siempre ha sido una metáfora del cine, como un viaje que no sabes adónde te lleva”.
Sylvia, Sylvia, Sylvia, es el encuentro, la puerta de entrada, la que vuela, vuela del aire que la sostiene, de un lugar a otro que la viaja, pero una atmósfera que yo adivino gravita en Ella, permanece, crea un nuevo espacio para compartir.
Sylvia depende en la ciudad de Sylvia del ojo del director, dónde ubica la escena de su memoria, del objetivo y naturaleza de su historia, el silencio de Sylvia dentro de Sylvia, más poderoso que todo gesto parlante.
Dónde se enamora realmente el personaje de Sylvia? ¿Quién es el protagonista, un hombre, un poeta, un pintor, un artista? ¿El espacio está ahí o en todas partes Sylvia lo recrea y hace presente en otras mujeres? Gestos, distancias, silencio, Sylvia, Sylvia, Sylvia.

Pilar López de Ayala es Sylvia, divina mujer, etérea luz, pasos, que otros pasos resuenan en la memoria.

Todo el silencio para Silvia
la imagen que la devora
y la ciudad que en ella se pierde
y le pertenece
En mis ojos la repite
en estas calles donde respiro
por sus largas piernas
Yo la sueño
no hay cristal que refleje su olvido
ni olvido que la memoria no recuerde.


Entrada destacada

 Poesía Palabras para descifrar el laberinto del silencio.  Sylvia Manríquez