viernes, 9 de agosto de 2013

LA CULTURA: EL CAMINO A LA LIBERTAD. LUIS GIRARTE

Por Sylvia Teresa Manríquez*


Todo era en el sur
Cuando los hombres
no sabían
de una patria y otra,
cuando solo era la tierra.
Patria tierra
patria solar
patria familia
patria sombra.
Todo era en el sur,
el cantar y la luna
la siembra y el ganado
…el venado y los ojos de la lluvia.
Todo era en el sur.

 
Este es un fragmento del poema “Baladas campesinas” del libro “Oraciones prescritas” de Luis Girarte Martínez, poeta michoacano ganador del XI Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal, otorgado por el H. Ayuntamiento de la ciudad de Hermosillo, Sonora.

“Obras prescritas”, así como una prescripción médica, se adentra en el dolor de las fronteras, de los hombres y mujeres que dejan el lugar de su origen para lazarse tras la esperanza de sobrevivir y no sólo existir. Es la primera vez que, según el propio Girarte, aborda el sufrimiento de la gente del campo, la desesperación y las carencias.

Maestro Girarte, se le ha reconocido a usted con un premio que enorgullece a la gente de Sonora, pues se honra la incansable y prolífica labor de Alonso Vidal en el campo de la cultura, ¿Cuál es su sentir al venir a Sonora a recibir este premio? 

Me llena de emoción venir a contribuir al homenaje que un pueblo le hace a uno de sus hombres (Alonso Vidal), que se distinguió por su trabajo en la promoción de la cultura. Para mí significa venir a contribuir aunque sea con una palabra o con una voz al engrandecimiento de un pueblo de seres humanos con capacidades de sentir, de apreciar la belleza de saber que no todo es práctica, que no todo es materia, sino que tenemos algo dentro, que nos permite disfrutar de una bella canción, de una extraordinaria cultura, de una lectura significativa y de una palabra escrita con el corazón.
Además, esta es la primera vez que el público puede estar presente durante la premiación del concurso “Alonso Vidal” y a mí me da mucho gusto estar presente y poder decir que el pueblo de Hermosillo viene a ver de que se trata este premio en honor a los poetas de México.
Y es que los municipios no solamente son calles y pavimento, también son cultura; todos podemos ser libres mediante la cultura, porque la cultura es lo que nos hace ser humanos, nos distingue de todo lo demás.

Señor de los arados y el barbecho
del tronco de caballos y las ancas
concédeme el privilegio de tocar las barbas
de la espiga, de probar en el grano maduro
a la fécula del trigo y de cargar al sol
como a un amigo en las espaldas
de la desventura
cuando la tarde incita a regresar
sobre costras de polvo
a la edad de los sabores infinitos.

Fragmento del poemario “Oraciones prescritas” de Luis Girarte.


¿Es en realidad la palabra una herramienta para llegar a la libertad?

Si, la palabra usada con propiedad establece puentes, de amistad, afecto, armonía, negocios, satisfacción y gusto. La palabra es la herramienta que nos puede llevar a vivir mejor. Y mediante la cultura conseguimos ser libres, es lo que nos hace ser humanos y nos distingue de los demás.

Sin duda usted le apuesta a la poesía ¿Por qué? Todos tenemos alguna ambición, algún gusto. A mí me gustó leer desde pequeño y después de leer me gustó escribir, y además este gusto me permite ir a muchos lugares bonitos. La escritura es un acto íntimo, la persona trata de expresar lo que trae adentro, no es simple gusto, satisfacción o necesidad, sino que es parte de la angustia que nos causa el mundo en el que estamos viviendo. ¿Qué nos comenta sobre el premio “Alonso Vidal” con el que se le reconoció recientemente?

El premio “Alonso Vidal” tiene una dimensión mayor estando en el lugar donde se origina, principalmente por el hecho de que una ciudad como Hermosillo ponga a perpetuidad el nombre de uno de sus escritores; y que yo contribuya en este marco tan maravilloso, engrandece mi percepción del premio, a dimensiones que no puedo medir. Además, se permitió la asistencia de público que vino a escuchar lo que se tenía para decir. Yo espero que se siga perpetuando la imagen, figura y nombre de Alonso Vidal, porque sin duda dejó raíces importantes.

Maestro Girarte, la palabra nos sigue hermanando, pues nos encontramos físicamente en un callejón hermoso de la capital sonorense, que luce la poesía de Alonso Vidal en sus paredes, sin duda el mejor marco para entregarle el premio que rinde homenaje este importante poeta sonorense.

Así es, y espero que Hermosillo siga hermanándonos con el abrazo de la amistad y la palabra. Que se conserve este certamen como algo significativo, con el que la administración pública le apuesta al fomento de la poesía mediante el reconocimiento a un gran promotor cultural, como lo fue Alonso Vidal.

*Comunicadora.

Ermunio

CARLOS SÁNCHEZ


Caminar es su adicción. El sudor le empapa la camisa. Trepar a un carro le significa una blasfemia, un pecado. Se comunica con la naturaleza, más que con personas. Vive en constantes monólogos, y en ocasiones dialoga con sus familiares difuntos, los que habitan en su casa.
Una noche de junio, me dispongo para llegar a la cita con Rafael. Acordamos antes que me permitiría dormir en su casa, cenar a su lado, tal vez embriagarme de su voz incesante, con sus historias constantes.
Cananea lo vio jugar desde niño, trepando montañas. Conoce de esta ciudad sus virtudes y tragedias, sus triunfos y derrotas. Rafael lleva en las plantas de sus pies la voluntad del conocimiento de esta tierra que entrañablemente pende en su mirada; en su silencio la describe como un regalo de la vida.
Al encontrarlo lleva en sus manos una mochila verde, Para que compartamos el peso de tu maleta, dice. Unos cuantos libros repartidos entre él y yo y así el inicio de la caminata. Le comento a Rafael que estoy cansado, que tomemos un taxi. Nos vamos caminando, yo no me subo a los carros, responde.
Con la maleta en mi espalda, y él con la suya, descendemos hacia un arroyo, de facto la oscuridad me baña la mirada, y el cuerpo todo se enfría de temor. El presentimiento de una caminata difícil me llena de intuición el corazón. Enciendo la grabadora con porque tengo la costumbre, desde adolescente, de grabarlo todo,  y porque uno ya como inquieto que va por la vida tomando nota de esto y de aquello.
Al descender caemos sobre la arena del arroyo. Árboles, ramas, ruidos de animales, y la ausencia de la luna. Estoy a la expectativa. ¿Cuándo me va atacar un animal, cuándo me va a encajar un cuchillo algún cabrón?, me pregunto sin decirlo. Mi única opción como defensa para domar el camino, la oscuridad, es seguir a Rafael. Sus instrucciones son la lupa si quiero encontrar las veredas y llegar a la meta que es su casa y está en la colonia del Cobre, rumbo a Agua Prieta.
Entre el movimiento de ramas, ruido de animales, Rafael acompaña sus pasos con palabras, y me lleva de la mano, porque no hay fuerza para que la voz construya mis palabras. No puedo y me dispongo a escucharlo:
Últimamente según yo me voy a sentar a escribir, a estudiar, y en un ratito me quedo dormido, porque ando muy cansado, la diabetes que traigo me roba la energía, o mejor dicho, no me deja sacar energía de la azúcar, no la digiere por falta de insulina, la diabetes es muy cabrona. ¿Ves bien tú?
Ante la pregunta hago un esfuerzo para responder, y vacilo no sé cuánto tiempo, me trabo en el silencio, intento decir algo pero la oscuridad me tiene atrapado del cuello. Al final no sé cómo pero una frase llena ese túnel que es el arroyo: Sí, veo al chingazo.
Yo no veo, son cosas de la vejez, te vas quedando ciego, sordo, paralítico mamá mía (grita y le sucede una sonrisa que me llena de escalofrío). Hay una palabra que encontré en el diccionario accidentalmente, y que me gusta: Ermunio, libre de impuestos. No tengo papeles ni de mexicano, ni papeles de gringo, no percibo salarios, vivo de lo que quedó de mi familia, no tengo seguro social ni me interesa tener, ermunio: libre de cargos.
Ermunio, me repito con insistencia para mí solo. El ruido que emiten los animales se intensifica. Rafael dice conocer el arroyo a la perfección, pero en este tramo que hemos recorrido ha estado a punto de caerse en un par de ocasiones al tropezar con arbustos. Ermunio, me repito mientras me pregunto qué hago caminando a estas horas de la noche y bajo un cielo sin luna. En eso ando, en la cavilación, cuando su voz de nuevo:
Pues así vivo, de lo que me dejó mi familia, de esa suma de dinero. Mi madre, mi padre también un poquito, pero recuerdo a mi madre que la oí decir: Toma mijito, yo sé que te va a hacer falta. Eran los dólares que ella guardó, porque era ciudadana americana, entonces eso me está ahora salvando del hambre. Cuando llegas a una edad como la mía, y todavía con esas pretensiones de que si yo no hago lo mío, leer y estudiar, mejor que termine mi vida, y estoy en eso, porque a mi edad ¿sabes de qué chamba consigues?, de velador, no tengo nada en contra de ese oficio, pero yo quiero hacer lo que me gusta, no quiero terminar mi vida cuidándole los robos a un ladrón, porque la gente termina velando las empresas de los ladrones.
¿Cuánto tiempo te durará lo que tienes?, pregunto con una facilidad que me sorprende, mientras sostengo de un brazo a Rafael, que está a punto de resbalar.
Un año, dos, tal vez tres. Me conformo si llega a ese límite, y si ya no puedo vivir porque no tengo un salario, pienso de qué manera me gustaría morir, y para mí lo ideal sería incinerado, yo lo único que pido al gran mago del universo, no a Dios, al que se encarga de las magias (acotación: Rafael pierde la vereda, me pide que lo siga, encuentra el rumbo y continúa), he pensado que si me agarra mucho la diabetes, si ya no puedo moverme, me dejaré morir de hambre, no quiero que empiece por lástima la gente a llevarme el platito, ya sabes cómo, los vecinos, ni modo que termine así, no me interesa ese término de vida, o estar ahí vegetando, yo soy muy activo físicamente. (Cuidado porque por aquí es la cosa, cuidado porque aquí ya hay drenaje. Sabes qué hicieron las autoridades últimamente aquí, dizque iban a hacer un parque muy bonito y nada más hicieron una carne asada para visitantes políticos. Sígueme: aquí está el drenaje, aquí está medio seco ahora y aquí hay ramas, cuidado, está medio inclinado el terreno, resbaloso, la pasada está por allá).
Yo creo que es lógico y natural, si ya no puedes te dejas morir, ¿de qué te dejas morir? Yo prefiero de hambre, porque me he andado muriendo de hambre y sé aguantar, y me he andado muriendo de sed allá en las montañas en California, es terrible. El hambre la sientes como aquí, y sientes como una sonsera en el cerebro, pero con la sed cada célula de tu cuerpo te está gritando: agua, agua, agua, es terrible.
Cuando me eché ese viaje en California, un mes más o menos en la sierra, pero llegando a pueblitos, sentía mucha soledad. Tres cosas superé en ese viaje: el miedo, oía rugir a los osos adentro del bosque, y si te agarra la noche en la sierra no hay otra más que parar, pero antes de que te agarre la noche, si andas caminando solo, como aquí, imagínate, tienes que buscar el lugar donde acamparás, pero eso tienes que hacerlo durante el día. Al principio me daba trabajo porque buscaba un lugar bonito, muy intelectualizadamente, y no me dio resultado, y luego, ante la misma presión de las circunstancias es cuando trabaja el alma, a través de los espíritus. En esta parte del camino el clima se siente bien, pero está difícil  porque hay piedras y podemos tropezar. Eso me enseñó a confiar más en el alma a través de los instintos, de cómo se siente el lugar, cómo se sienten las vibras, aquí me quedo, me decía, cuando ya estaba escogido el lugar.
Rafael está a punto de rasgarse la cara con un alambre de púas no obstante conocer el camino, evito con un empellón que continúe avanzando y tropiece con un cerco sostenido por leños de mezquite. Continuamos. Habla.
Cuando ya pusiste tu casita ahí tienes la bolsa de dormir, lumbradas no hacía, yo nomás comía y estaba harto, granola con leche de polvo, eso es lo que podía llevar en la espalda. Ya tienes tu casita, tu comida lista, todavía es temprano, tienes miedo. Ahora lo que resta del día es para que hagas lo que te de tu chingada gana, yo me iba a dar la vueltecita por ahí, me siento a gusto viendo el terreno donde estoy durmiendo. Perdí el miedo. Casi no veo el terreno que estoy pisando, ¿tú sí lo ves? Oquei, aquí está el camino, quiere decir que no estoy tan cegatón.
Varias veces me he perdido porque hay cercas como esas que tienen un alambre hasta abajo y es de púas, y si te encajas una de esa, puta madre, que irá. Mira, ves esa luz allí arribita, por ahí va el camino, yo no camino por las calles. Ahora no hay luna, eso nos desfavorece, con luna verás qué bien se ve. Pero tú eres diurno, tú vas a caminar de día por aquí.
No, yo caminaré por la calle, le digo.
¿Por el pavimento, lo prefieres a la cañada?, nomás por eso me vine por aquí, por ti. Si aquí hay camino, hasta los carros pasan por aquí.
Por aquí podemos subir, allá veo una luz, le sugiero a Rafael cuando ya el ruido de animales, la insistencia de los alambres y el temor nos (me) acechan constantes. Por aquí podemos subir, allá hay luz. Rafael no responde, sólo camina y yo lo sigo. No sé cuántos metros recorremos más. Por fin Rafael habla de nuevo.
A la gente que vivía allá donde era el pueblo minero de antes, cerca de la mina, nosotros les decíamos los del pueblo, pero el barrio tenía nombre: Buenavista. A este barrio de acá le llaman Nuevo Buenavista, porque los desalojaron, los sacó la mina, empezó a hacer sus hoyos allá donde vivían y los pusieron aquí.
—   ¿Cuántos años tienes viviendo aquí?
—   ¿Oíste esa canción?
— Sí.
— Me gusta. Últimamente, ahora que llegué, veinticuatro más o menos, porque yo andaba allá, vagando, fíjate que yo fui a absorber a Estados Unidos, no a absorberlo como lo absorbe la gente de allí, que absorbe la comida chatarra. Yo absorbí costumbres, conviví con ellos, sufrí pobrezas también con ellos, tienen muy mala fama, muy infame entre nosotros, conviví con ellos y es la gente más honesta que me he encontrado en toda mi vida, más natural, más gente, y no son drogadictos, pero allí uno que otro como yo que siempre me ha dado por la mariguanita, ahí conseguíamos, pero no para ellos, para mí, me decían: Rafael, a ti te gusta, te regalo este gallito, son tan honestos y tranquilos que yo que soy bastante lujurioso con mis detalles sexuales, convivíamos desnudos completamente y nos bañábamos en las mismas tinas, sin ningún problema. Ahí por donde vamos a subir esa lomita, me di cuenta que ya echaron agua de drenaje, se está convirtiendo esto en un pueblo muy cochino.
Los lugares son como las personas, te las encuentras y unas te caen bien y otras no, así los lugares, yo recuerdo que llegué de Magdalena, no recuerdo detalles pero recuerdo precisiones. Miras el cerro ese, de niño me tenían prohibido vagar y por ahí me iba con un niño mayor que yo. Antes había cerros muy bonitos, pero se los han ido acabando, los explotan, les sacan las tripas sólo para beneficiar a compañías extranjeras, esto ha sido desde que se tecnificó Cananea, por allá de mil novecientos, y han venido un montón de gringos, esto ha sido un emporio gringo, industrializado a la gringa con extranjeros de Nueva York donde todo ese cobre ha servido al capitalismo. Me acuerdo de niño, cuando viví cerca de la casa de los Green, cómo veía a la viejita, la esposa de Green, por allá, ya en silla de ruedas, por atrás de esa casa nos íbamos a caminar porque todo aquello era un bosque y había un lago donde nos íbamos a pescar siboris, tenía en mi casa un bote con agua, y mi mamá me decía con mucho asco, hay niñito se te van a  morir.
Rafael abre brecha. Debajo de las ramas de un pino se encuentra su casa. Para ingresar hay que hacer a un lado la maleza. Avanzamos y en el interior un silencio se llena con el rechinido de la puerta. No miento si digo que hay en ese espacio una alfombra de polvo, varios cuartos con puertas cerradas, ropa amontonada en la habitación contigua a donde él duerme.
Allí era el cuarto de mi hermano, murió hace ya algunos años.
Frente al cuarto de su hermano está el cuarto de su madre: Este cuarto nunca se abre, aquí sigue mi madre, esas son sus cenizas.
Las cenizas de la madre de Rafael están encima de la cama, dentro de una caja de madera. Un silencio infinito envuelve el entorno, silencio que describe la parsimonia en los pasos que un día diera la señora dentro de ese hogar. A un lado de la cama hay un teléfono viejo, al otro costado un peinador y enseguida un clóset. El silencio como constante vigencia para la reflexión. Dentro de la casa sólo se escucha la voz de Rafael, y una risa desde su estómago que rebota entre las paredes y se cuela por las ventanas hasta caer como lluvia sobre las otras casas del barrio.
Con la mirada me convoca hacia la cocina, el cansancio, el hambre, me devastan, quiero una silla, si es preciso, mejor sería un colchón. Una mesa sostiene una lámpara de pie, un montón de libros, sobres manila donde Rafael escribe: Porque no tengo dinero para comprar cuadernos, entonces un amigo me regaló como veinte mil sobres, en ellos escribo, estoy seguro que me durarán para lo que me queda de vida.
Rafael escribe en esos papeles sepia, de textura frágil, algunas oraciones en inglés, otras en español.
Antes de que me indique dónde y cómo puedo tomar agua, Rafael me aclara que en su casa los baños no funcionan, porque el agua es escasa, por lo tanto debo ir a orinar al corral. Me dirijo a orinar antes de que me venza el cansancio, en eso estoy cuando una telaraña se me unta en el rostro y un animal se me impacta en la frente. Corto el chorrillo y de un salto me instalo en la puerta de la cocina. Allí lo escucho incesante, lo miro inquieto, gesticula, abre la alacena, extrae un frasco de aceite de olivo, echa un poco a un sartén que tiene algunas horas bajo el fuego del piloto: Me gusta el maíz cocido a fuego lento, una vez que está blandito le pongo calabacitas, un poco de queso, es riquísimo.
Habla mientras cocina, pica tomates para una ensalada fresca, echa unos cuántos dientes de ajo ya molidos, un poco de orégano, lo revuelve y ofrece, acompañados de tortillas de harina integral. Gesticula mientras me observa haciéndole fotos, toma del lavaplatos un poco de agua con una taza: De aquí es donde puedes tomar, porque en la llave no sale, cómo le cambia a uno la vida la falta de agua.
Para ilustrar me invita a su baño, espontáneo introduce sus manos en la taza: Aquí hay agua solo para lavarse las manos, yo no uso este baño para defecar ni orinar, ya sabes, si se te ofrece en la noche debes salir al corral. El baño es amplio y guarda también un silencio que me eriza la piel.
Al volver a la cocina la música de Los Cadetes de Linares suena en una grabadora vieja. Rafael hace como que canta, a mí ya el sueño me provoca un parpadeo constante. Después de enterarme de las partes que componen el cuerpo, y que el alma es un punto en plena frente a decir del anfitrión, quien estudió Medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México, le sugiero me indique dónde dormiré esta noche. Rafael me pide que lo siga, al final de un pasillo una puerta de madera se dificulta para abrir. Aquí te quedas, dormirás en la cama donde una vez estuvo Ever, un amiguito del cual hace muchos tiempo no he sabido nada de él. Las sábanas deben tener polvo, pero las sacudes y ya. Descansa y buenas noches, si quieres orinar ya sabes, el corral te espera.
Apenas apago la luz, me acuesto, cierro los ojos y un escalofrío me hace vibrar. En los pies unas manos me acarician, intento abrir los ojos, quitar la sábana de encima de mi cuerpo, pero estoy paralizado. Sudo. La pugna es un ring inevitable, impostergable, me subo a él y me digo que nada es cierto, que nadie me toca, que es mi mente la que me lleva a los temas de muertos que Rafael me ha presentado hace unos minutos. Dormiré tranquilo, me digo con apenas el aire en el umbral de mis narices, sin poder llevarlo a los pulmones. Y ahí estoy, inerme, inamovible, sintiendo la presencia de esas manos y de otras presencias que no son cuerpos, ni vidas, presencias indescriptibles que me acorralan y sin voz, en una acción tácita, me piden abandone la casa. Intento dormir, aprieto los ojos, el sudor me baña la cara, emerge como un río desde el cráneo y resbala hasta mis pies que siguen con la caricia de esas manos. De pronto entro en un trance que me lleva a escuchar voces, desde afuera golpean las paredes, me gritan textualmente: Sal de ahí, se está quemando la casa, sal de ahí. Veo las llamas, de pronto una Catarina con alas de abeja me toca con su mirada y me hace reaccionar. Levanto la sábana, salto de la cama, enciendo la luz, intento abrir la puerta, no abre, está trabada, golpeo, Rafael, exclamo, éste se acerca, intenta abrir, no puede, va a alguna parte, regresa y me dice: Esta chapa está trabada, la abriré con un cuchillo. El escalofrío me perfora los sentidos, continúo en el sudor, escucho cómo un metal se incrusta entre la puerta y el bastidor, la chapa cede y me encuentro con los ojos de Rafael quien me pregunta qué me pasa. Estoy inquieto, le digo. Y responde con una risa más que irónica, macabra: Son los muertos de esta casa, son los muertos de esta casa.
Mientras camina hacia la cocina, lo sigo, se sienta y me siento. Le explico que no puedo dormir, que alguien me acecha, que necesito pedir un taxi, que me ayude. Al escucharme se transforma, iracundo en sus pupilas está el odio que se inventa en un segundo. Me describe como un hombre débil, me compara con las capacidades de una mujercita, me dice que no pedirá un taxi, me revienta de insultos los oídos. Como puedo me levanto, avanzo hacia el cuarto donde intenté dormir y en donde está mi maleta, siento que Rafael me persigue, que en cualesquier momento hundirá el cuchillo en mi espalda, en un charco de sangre quedaré encima de la cama.
Recojo la cartera, el celular, dos plumas con tinta roja, la cámara fotográfica, el cinto, me pongo los zapatos, tomo la maleta, salgo de la habitación, Rafael no está, de pronto aparece y me increpa de nuevo, me maldice, yo detengo un buche de terror en la garganta, Rafael me acosa, me hostiga, se me atraviesa y le pido me acompañe a la puerta, me grita que no, que salga de allí como pueda. Antes de salir la puerta de acceso al andén se estrella contra su rostro, porque no puedo sostenerla, porque mis manos están paralizadas. Rafael se molesta, me reclama que le azoté la puerta, yo siento que el aire entra en mis pulmones, estoy fuera ya de ese techo donde los muertos me solicitaron, no sin ser cordiales, que desalojara ese cuarto, que me largara, incluso por mi bien. Libro la puerta de metal del cerco, miro hacia mis costados intentando encontrar un camino que me indique hacia adónde debo ir. Pasadas las dos de la mañana ni los ruidos de los perros se escuchan. Resucitar es lo que me hace sentir el aire que me golpea las pestañas. Atrás la voz de Rafael golpea mi memoria, mi espalda, con su sonrisa irónica, colérico me increpa: Son los muertos de esta casa, son los muertos de esta casa. Hacia el oriente una luz me dibujaba la esperanza de un lugar donde reposar. Camino con la maleta en el hombro, la calle de pronto termina, en mis ojos un baldío me argumenta que no tengo más opción que caminar encima de él. Avanzo, dos perros me sorprenden con sus reclamos, las alarmas de los autos suenan, sigo caminando y me dispongo a dar explicaciones si es que los dueños de los carros que suenan salen de sus casas, tendré que decirles que no soy un ladrón, que simplemente pasaba por allí. Camino y a lo lejos descubro un anuncio luminoso, el aliento retorna, las letras desgastadas sugieren la existencia de un hotel que por nombre lleva El Mezón. Llego y el recepcionista duerme, al tocar la ventanilla se asusta, reacciona, camina con torpeza, con su mirada me pide que no lo agreda, que está solo, su temor lo despide en sus palabras, tartamudea, yo le digo que sólo necesito una habitación, responde que no hay, que todo está ocupado, que los policías federales son muchos en el pueblo y que desde que llegaron no hay habitación desocupada. Lo que puedo hacer es pedirle un taxi, dice con su pelo en desparpajo y las piernas en temblor. Acepto, la unidad llega de facto, al trepar el chofer me pregunta hacia dónde me dirijo, le digo que al Safari, ese hotel que está junto a la terminal de autobuses. Afortunadamente, Víctor, el recepcionista del Safari, me ha guardado una habitación, porque intuía mi retorno. El cuarto veintiséis se abre para mí. Tiro la maleta en la cama, enciendo la televisión y encuentro una película sobre un pueblo minero. Las luces del cuarto permanecen encendidas, todas, casi amanece, al salir el sol mis ojos se llenan de oscuridad.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Lección de cocina* Rosario Castellanos

 

La cocina resplandece de blancura. Es una lástima tener que mancillarla con el uso. Habría que sentarse a contemplarla, a describirla, a cerrar los ojos, a evocarla. Fijándose bien esta nitidez, esta pulcritud carece del exceso deslumbrador que produce escalofríos en los sanatorios. ¿O es el halo de desinfectantes, los pasos de goma de las afanadoras, la presencia oculta de la enfermedad y de la muerte? Qué me importa. Mi lugar está aquí. Desde el principio de los tiempos ha estado aquí. En el proverbio alemán la mujer es sinónimo de Küche, Kinder, Kirche. Yo anduve extraviada en aulas, en calles, en oficinas, en cafés; desperdiciada en destrezas que ahora he de olvidar para adquirir otras. Por ejemplo, elegir el menú. ¿Cómo podría llevar al cabo labor tan ímproba sin la colaboración de la sociedad, de la historia entera? En un estante especial, adecuado a mi estatura, se alinean mis espíritus protectores, esas aplaudidas equilibristas que concilian en las páginas de los recetarios las contradicciones más irreductibles: la esbeltez y la gula, el aspecto vistoso y la economía, la celeridad y la suculencia. Con sus combinaciones infinitas: la esbeltez y la economía, la celeridad y el aspecto vistoso, la suculencia y... ¿Qué me aconseja usted para la comida de hoy, experimentada ama de casa, inspiración de las madres ausentes y presentes, voz de la tradición, secreto a voces de los supermercados? Abro un libro al azar y leo: “La cena de don Quijote.” Muy literario pero muy insatisfactorio. Porque don Quijote no tenía fama de gourmet sino de despistado. Aunque un análisis más a fondo del texto nos revela, etc., etc., etc. Uf. Ha corrido más tinta en torno a esa figura que agua debajo de los puentes. “Pajaritos de centro de cara.” Esotérico. ¿La cara de quién? ¿Tiene un centro la cara de algo o de alguien? Si lo tiene no ha de ser apetecible. “Bigos a la rumana.” Pero ¿a quién supone usted que se está dirigiendo? Si yo supiera lo que es estragón y ananá no estaría consultando este libro porque sabría muchas otras cosas. Si tuviera usted el mínimo sentido de la realidad debería, usted misma o cualquiera de sus colegas, tomarse el trabajo de escribir un diccionario de términos técnicos, redactar unos prolegómenos, idear una propedéutica para hacer accesible al profano el difícil arte culinario. Pero parten del supuesto de que todas estamos en el ajo y se limitan a enunciar. Yo, por lo menos, declaro solemnemente que no estoy, que no he estado nunca ni en este ajo que ustedes comparten ni en ningún otro. Jamás he entendido nada de nada. Pueden ustedes observar los síntomas: me planto, hecha una imbécil, dentro de una cocina impecable y neutra, con el delantal que usurpo para hacer un simulacro de eficiencia y del que seré despojada vergonzosa pero justicieramente.

Abro el compartimiento del refrigerador que anuncia “carnes” y extraigo un paquete irreconocible bajo su capa de hielo. La disuelvo en agua caliente y se me revela el título sin el cual no habría identificado jamás su contenido: es carne especial para asar. Magnífico. Un plato sencillo y sano. Como no representa la superación de ninguna antinomia ni el planteamiento de ninguna aporía, no se me antoja.

Y no es sólo el exceso de lógica el que me inhibe el hambre. Es también el aspecto, rígido por el frío; es el color que se manifiesta ahora que he desbaratado el paquete. Rojo, como si estuviera a punto de echarse a sangrar.

Del mismo color teníamos la espalda, mí marido y yo después de las orgiásticas asoleadas en las playas de Acapulco. Él podía darse el lujo de “portarse como quien es” y tenderse boca abajo para que no le rozara la piel dolorida. Pero yo, abnegada mujercita mexicana que nació como la paloma para el nido, sonreía a semejanza de Cuauhtémoc en el suplicio cuando dijo “mi lecho no es de rosas y se volvió a callar”. Boca arriba soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La postura clásica para hacer el amor. Y gemía, de desgarramiento, de placer. El gemido clásico. Mitos, mitos.

Lo mejor (para mis quemaduras, al menos) era cuando se quedaba dormido. Bajo la yema de mis dedos —no muy sensibles por el prolongado contacto con las teclas de la máquina de escribir— el nylon de mi camisón de desposada resbalaba en un fraudulento esfuerzo por parecer encaje. Yo jugueteaba con la punta de los botones y esos otros adornos que hacen parecer tan femenina a quien los usa, en la oscuridad de la alta noche. La albura de mis ropas, deliberada, reiterativa, impúdicamente simbólica, quedaba abolida transitoriamente. Algún instante quizá alcanzó a consumar su significado bajo la luz y bajo la mirada de esos ojos que ahora están vencidos por la fatiga.

Unos párpados que se cierran y he aquí, de nuevo, el exilio. Una enorme extensión arenosa, sin otro desenlace que el mar cuyo movimiento propone la parálisis; sin otra invitación que la del acantilado al suicidio.

Pero es mentira. Yo no soy el sueño que sueña, que sueña, que sueña; yo no soy el reflejo de una imagen en un cristal; a mí no me aniquila la cerrazón de una conciencia o de toda conciencia posible. Yo continúo viviendo con una vida densa, viscosa, turbia, aunque el que está a mi lado y el remoto, me ignoren, me olviden, me pospongan, me abandonen, me desamen.

Yo también soy una conciencia que puede clausurarse, desamparar a otro y exponerlo al aniquilamiento. Yo... La carne, bajo la rociadura de la sal, ha acallado el escándalo de su rojez y ahora me resulta más tolerable, más familiar. Es el trozo que vi mil veces, sin darme cuenta, cuando me asomaba, de prisa, a decirle a la cocinera que...

No nacimos juntos. Nuestro encuentro se debió a un azar ¿feliz? Es demasiado pronto aún para afirmarlo. Coincidimos en una exposición, en una conferencia, en un cine-club; tropezamos en un elevador; me cedió su asiento en el tranvía; un guardabosques interrumpió nuestra perpleja y hasta entonces, paralela contemplación de la jirafa porque era hora de cerrar el zoológico. Alguien, él o yo, es igual, hizo la pregunta idiota pero indispensable: ¿usted trabaja o estudia? Armonía del interés y de las buenas intenciones, manifestación de propósitos “serios”. Hace un año yo no tenía la menor idea de su existencia y ahora reposo junto a él con los muslos entrelazados, húmedos de sudor y de semen. Podría levantarme sin despertarlo, ir descalza hasta la regadera. ¿Purificarme? No tengo asco. Prefiero creer que lo que me une a él es algo tan fácil de borrar como una secreción y no tan terrible como un sacramento.

Así que permanezco inmóvil, respirando rítmicamente para imitar el sosiego, puliendo mi insomnio, la única joya de soltera que he conservado y que estoy dispuesta a conservar hasta la muerte.

Bajo el breve diluvio de pimienta la carne parece haber encanecido. Desvanezco este signo de vejez frotando como si quisiera traspasar la superficie e impregnar el espesor con las esencias. Porque perdí mi antiguo nombre y aún no me acostumbro al nuevo, que tampoco es mío. Cuando en el vestíbulo del hotel algún empleado me reclama yo permanezco sorda, con ese vago malestar que es el preludio del reconocimiento. ¿Quién será la persona que no atiende a la llamada? Podría tratarse de algo urgente, grave, definitivo, de vida o muerte. El que llama se desespera, se va sin dejar ningún rastro, ningún mensaje y anula la posibilidad de cualquier nuevo encuentro. ¿Es la angustia la que oprime mi corazón? No, es su mano la que oprime mi hombro. Y sus labios que sonríen con una burla benévola, más que de dueño, de taumaturgo.

Y bien, acepto mientras nos encaminamos al bar (el hombro me arde, está despellejándose), es verdad que en el contacto o colisión con él he sufrido una metamorfosis profunda: no sabía y sé, no sentía y siento, no era y soy.

Habrá que dejarla reposar así. Hasta que ascienda a la temperatura ambiente, hasta que se impregne de los sabores de que la he recubierto. Me da la impresión de que no he sabido calcular bien de que he comprado un pedazo excesivo para nosotros dos. Yo, por pereza, no soy carnívora. Él, por estética, guarda la línea. ¡Va a sobrar casi todo! Sí, ya sé que no debo preocuparme: que alguna de las hadas que revolotean en torno mío va a acudir en mi auxilio y a explicarme cómo se aprovechan los desperdicios. Es un paso en falso de todos modos. No se inicia una vida conyugal de manera tan sórdida. Me temo que no se inicie tampoco con un platillo tan anodino como la carne asada.

Gracias, murmuro, mientras me limpio los labios con la punta de la servilleta. Gracias por la copa transparente, por la aceituna sumergida. Gracias haberme abiertola jaula de una rutina estéril para cerrarme la jaula de otra rutina que, según todos los propósitos y las posibilidades, ha de ser fecunda. Gracias por darme la oportunidad de lucir un traje largo y caudaloso, por ayudarme a avanzar el interior del templo, exaltada por la música del órgano. Gracias por...

¿Cuánto tiempo se tomará para estar lista? Bueno, no debería de importarme demasiado.porque hay que ponerla al fuego a última hora. Tarda muy poco, dicen los manuales. ¿Cuánto es poco? ¿Quince minutos? ¿Diez? ¿Cinco? Naturalmente, el texto no especifica. Me supone una intuición que, según mi sexo, debo poseer pero no poseo, un sentido sin el que nací que me permitiría advertir el momento preciso en que la carne está a punto.

¿Y tú? ¿No tienes nada que agradecerme? Lo has puntualizado con una solemnidad un poco pedante y con una precisión que acaso pretendía ser halagadora pero que me resultaba ofensiva: mi virginidad. Cuando la descubriste yo me sentí como el último dinosaurio en un planeta del que la especie había desaparecido. Ansiaba justificarme, explicar que si llegué hasta ti intacta no fue por virtud ni por orgullo ni por fealdad sino por apego a un estilo. No soy barroca. La pequeña imperfección en la perla me es insoportable. No me queda entonces más alternativa que el neoclásico y su rigidez es incompatible con la espontaneidad para hacer el amor. Yo carezco de la soltura del que rema, del que juega al tenis, del que se desliza bailando. No practico ningún deporte. Cumplo un rito y el ademán de entrega se me petrifica en un gesto estatuario.

¿Acechas mi tránsito a la fluidez, lo esperas, lo necesitas? ¿O te basta este hieratismo que te sacraliza y que tú interpretas como la pasividad que corresponde a mi naturaleza? Y si a la tuya corresponde ser voluble te tranquilizará pensar que no estorbaré tus aventuras. No será indispensable —gracias a mi temperamento— que me cebes, que me ates de pies y manos con los hijos, que me amordaces con la miel espesa de la resignación. Yo permaneceré como permanezco. Quieta. Cuando dejas caer tu cuerpo sobre el mío siento que me cubre una lápida, llena de inscripciones, de nombres ajenos, de fechas memorables. Gimes inarticuladamente y quisiera susurrarte al oído mi nombre para que recuerdes quién es a la que posees.

Soy yo. ¿Pero quién soy yo? Tu esposa, claro. Y ese título basta para distinguirme de los recuerdos del pasado, de los proyectos para el porvenir. Llevo una marca de propiedad y no obstante me miras con desconfianza. No estoy tejiendo una red para prenderte. No soy una mantis religiosa. Te agradezco que creas en semejante hipótesis. Pero es falsa.

Esta carne tiene una dureza y una consistencia que no caracterizan a las reses. Ha de ser de mamut. De esos que se han conservado, desde la prehistoria, en los hielos de Siberia y que los campesinos descongelan y sazonan para la comida. En el aburridísimo documental que exhibieron en la Embajada, tan lleno de detalles superfluos, no se hacía la menor alusión al tiempo que dedicaban a volverlos comestibles. Años, meses. Y yo tengo a mi disposición un plazo de…

¿Es la alondra? ¿Es el ruiseñor? No, nuestro horario no va a regirse por tan aladas criaturas como las que avisaban el advenimiento de la aurora a Romeo y Julieta sino por un estentóreo e inequívoco despertador. Y tú no bajarás al día por la escala de mis trenzas sino por los pasos de una querella minuciosa: se te ha desprendido un botón del saco, el pan está quemado, el café frío.

Yo rumiaré, en silencio, mi rencor. Se me atribuyen las responsabilidades y las tareas de una criada para todo. He de mantener la casa impecable, la ropa lista, el ritmo de la alimentación infalible. Pero no se me paga ningún sueldo, no se me concede un día libre a la semana, no puedo cambiar de amo. Debo, por otra parte, contribuir al sostenimiento del hogar y he de desempeñar con eficacia un trabajo en el que el jefe exige y los compañeros conspiran y los subordinados odian. En mis ratos de ocio me transformo en una dama de sociedad que ofrece comidas y cenas a los amigos de su marido, que asiste a reuniones, que se abona a la ópera, que controla su peso, que renueva su guardarropa, que cuida la lozanía de su cutis, que se conserva atractiva, que está al tanto de los chismes, que se desvela y que madruga, que corre el riesgo mensual de la maternidad, que cree en las juntas nocturnas de ejecutivos, en los viajes de negocios y en la llegada de clientes imprevistos; que padece alucinaciones olfativas cuando percibe la emanación de perfumes franceses (diferentes de los que ella usa) de las camisas, de los pañuelos de su marido; que en sus noches solitarias se niega a pensar por qué o para qué tantos afanes y se prepara una bebida bien cargada y lee una novela policíaca con ese ánimo frágil de los convalecientes.

¿No sería oportuno prender la estufa? Una lumbre muy baja para que se vaya calentando, poco a poco, el asador “que previamente ha de untarse con un poco de grasa para que la carne no se pegue”. Eso se me ocurre hasta a mí, no había necesidad de gastar en esas recomendaciones las páginas de un libro.

Y yo, soy muy torpe. Ahora se llama torpeza; antes se llamaba inocencia y te encantaba. Pero a mí no me ha encantado nunca. De soltera leía cosas a escondidas. Sudando de emoción y de vergüenza. Nunca me enteré de nada. Me latían las sienes, se me nublaban los ojos, se me contraían los músculos en un espasmo de náuseas.

El aceite está empezando a hervir. Se me pasó la mano, manirrota, y ahora chisporrotea y salta y me quema. Así voy a quemarme yo en los apretados infiernos por mi culpa, por mi grandísima culpa. Pero niñita, tú no eres la única. Todas tus compañeras de colegio hacen lo mismo, o cosas peores, se acusan en el confesionario, cumplen la penitencia, la perdonan y reinciden. Todas. Si yo hubiera seguido frecuentándolas me sujetarían ahora a un interrogatorio. Las casadas para cerciorarse, las solteras para averiguar hasta dónde pueden aventurarse. Imposible defraudarlas. Yo inventaría acrobacias, desfallecimientos sublimes, transportes como se les llama en Las mil y una noches, récords. ¡Si me oyeras entonces no te reconocerías, Casanova!

Dejo caer la carne sobre la plancha e instintivamente retrocedo hasta la pared. ¡Qué estrépito! Ahora ha cesado. La carne yace silenciosamente, fiel a su condición de cadáver. Sigo creyendo que es demasiado grande.

Y no es que me hayas defraudado. Yo no esperaba, es cierto, nada en particular. Poco a poco iremos revelándonos mutuamente, descubriendo nuestros secretos, nuestros pequeños trucos, aprendiendo a complacernos. Y un día tú y yo seremos una pareja de amantes perfectos y entonces, en la mitad de un abrazo, nos desvaneceremos y aparecerá en la pantalla la palabra “fin”.

¿Qué pasa? La carne se está encogiendo. No, no me hago ilusiones, no me equivoco. Se puede ver la marca de su tamaño original por el contorno que dibujó en la plancha. Era un poco más grande. ¡Qué bueno! Ojalá quede a la medida de nuestro apetito.

Para la siguiente película me gustaría que me encargaran otro papel. ¿Bruja blanca en una aldea salvaje? No, hoy no me siento inclinada ni al heroísmo ni al peligro. Más bien mujer famosa (diseñadora de modas o algo así), independiente y rica que vive sola en un apartamento en Nueva York, París o Londres. Sus affaires ocasionales la divierten pero no la alteran. No es sentimental. Después de una escena de ruptura enciende un cigarrillo y contempla el paisaje urbano al través de los grandes ventanales de su estudio.

Ah, el color de la carne es ahora mucho más decente. Sólo en algunos puntos se obstina en recordar su crudeza. Pero lo demás es dorado y exhala un aroma delicioso. ¿Irá a ser suficiente para los dos? La estoy viendo muy pequeña.

Si ahora mismo me arreglara, estrenara uno de esos modelos que forman parte de mi trousseau y saliera a la calle ¿qué sucedería, eh? A la mejor me abordaba un hombre maduro, con automóvil y todo. Maduro. Retirado. El único que a estas horas puede darse el lujo de andar de cacería.

¿Qué rayos pasa? Esta maldita carne está empezando a soltar un humo negro y horrible. ¡Tenía yo que haberle dado vuelta! Quemada de un lado. Menos mal que tiene dos.

Señorita, si usted me permitiera... ¡Señora! Y le advierto que mi marido es muy celoso... Entonces no debería dejarla andar sola. Es usted una tentación para cualquier viandante. Nadie en el mundo dice viandante. ¿Transeúnte? Sólo los periódicos cuando hablan de los atropellados. Es usted una tentación para cualquier x. Silencio. Síg-ni-fi-ca-ti-vo. Miradas de esfinge. El hombre maduro me sigue a prudente distancia. Más le vale. Más me vale a mí porque en la esquina ¡zas! Mi marido, que me espía, que no me deja ni a sol ni a sombra, que sospecha de todo y de todos, señor juez. Que así no es posible vivir, que yo quiero divorciarme.

¿Y ahora qué? A esta carne su mamá no le enseñó que era carne y que debería de comportarse con conducta. Se enrosca igual que una charamusca. Además yo no sé de dónde puede seguir sacando tanto humo si ya apagué la estufa hace siglos. Claro, claro, doctora Corazón. Lo que procede ahora es abrir la ventana, conectar el purificador de aire para que no huela a nada cuando venga mi marido. Y yo saldría muy mona a recibirlo a la puerta, con mi mejor vestido, mi mejor sonrisa y mi más cordial invitación a comer fuera.

Es una posibilidad. Nosotros examinaríamos la carta del restaurante mientras un miserable pedazo de carne carbonizada, yacería, oculto, en el fondo del bote de la basura. Yo me cuidaría mucho de no mencionar el incidente y sería considerada como una esposa un poco irresponsable, con proclividades a la frivolidad, pero no como una tarada. Ésta es la primera imagen pública que proyecto y he de mantenerme después consecuente con ella, aunque sea inexacta.

Hay otra posibilidad. No abrir la ventana, no conectar el purificador de aire, no tirar la carne a la basura. Y cuando venga mi marido dejar que olfatee, como los ogros de los cuentos, y diga que aquí huele, no a carne humana, sino a mujer inútil. Yo exageraré mi compunción para incitarlo a la magnanimidad. Después de todo, lo ocurrido ¡es tan normal! ¿A qué recién casada no le pasa lo que a mí acaba de pasarme? Cuando vayamos a visitar a mi suegra, ella, que todavía está en la etapa de no agredirme porque no conoce aún cuáles son mis puntos débiles, me relatará sus propias experiencias. Aquella vez, por ejemplo, que su marido le pidió un par de huevos estrellados y ella tomó la frase al pie de la letra y... .ja, ja, ja. ¿Fue eso un obstáculo para que llegara a convertirse en una viuda fabulosa, digo, en una cocinera fabulosa? Porque lo de la viudez sobrevino mucho más tarde y por otras causas. A partir de entonces ella dio rienda suelta a sus instintos maternales y echó a perder con sus mimos...

No, no le va a hacer la menor gracia. Va a decir que me distraje, que es el colmo del descuido. Y, sí, por condescendencia yo voy a aceptar sus acusaciones.

Pero no es verdad, no es verdad. Yo estuve todo el tiempo pendiente de la carne, fijándome en que le sucedían una serie de cosas rarísimas. Con razón Santa Teresa decía que Dios anda en los pucheros. O la materia que es energía o como se llame ahora.

Recapitulemos. Aparece, primero el trozo de carne con un color, una forma, un tamaño. Luego cambia y se pone más bonita y se siente una muy contenta. Luego vuelve a cambiar y ya no está tan bonita. Y sigue cambiando y cambiando y cambiando y lo que uno no atina es cuándo pararle el alto. Porque si yo dejo este trozo de carne indefinidamente expuesto al fuego, se consume hasta que no queden ni rastros de él. Y el trozo de carne que daba la impresión de ser algo tan sólido, tan real, ya no existe.

¿Entonces? Mi marido también da la impresión de solidez y de realidad cuando estamos juntos, cuando lo toco, cuando lo veo. Seguramente cambia, y cambio yo también, aunque de manera tan lenta, tan morosa que ninguno de los dos lo advierte. Después se va y bruscamente se convierte en recuerdo y... Ah, no voy a caer en esa trampa: la del personaje inventado y el narrador inventado y la anécdota inventada. Además, no es la consecuencia que se deriva lícitamente del episodio de la carne.

La carne no ha dejado de existir. Ha sufrido una serie de metamorfosis. Y el hecho de que cese de ser perceptible para los sentidos no significa que se haya concluido el ciclo sino que ha dado el salto cualitativo. Continuará operando en otros niveles. En el de mi conciencia, en el de mi memoria, en el de mi voluntad, modificándome, determinándome, estableciendo la dirección de mi futuro.

Yo seré, de hoy en adelante, lo que elija en este momento. Seductoramente aturdida, profundamente reservada, hipócrita. Yo impondré, desde el principio, y con un poco de impertinencia las reglas del juego. Mi marido resentirá la impronta de mi dominio que irá dilatándose, como los círculos en la superficie del agua sobre la que se ha arrojado una piedra. Forcejeará por prevalecer y si cede yo le corresponderé con el desprecio y si no cede yo no seré capaz de perdonarlo.

Si asumo la otra actitud, si soy el caso típico, la femineidad que solicita indulgencia para sus errores, la balanza se inclinará a favor de mi antagonista y yo participaré en la competencia con un handicap que, aparentemente, me destina a la derrota y que, en el fondo, me garantiza el triunfo por la sinuosa vía que recorrieron mis antepasadas, las humildes, las que no abrían los labios sino para asentir, y lograron la obediencia ajena hasta al más irracional de sus caprichos. La receta, pues, es vieja y su eficacia está comprobada. Si todavía lo dudo me basta preguntar a la más próxima de mis vecinas. Ella confirmará mi certidumbre.

Sólo que me repugna actuar así. Esta definición no me es aplicable y tampoco la anterior, ninguna corresponde a mi verdad interna, ninguna salvaguarda mi autenticidad. ¿He de acogerme a cualquiera de ellas y ceñirme a sus términos sólo porque es un lugar común aceptado por la mayoría y comprensible para todos? Y no es que yo sea una rara avis. De mí se puede decir lo que Pfandl dijo de Sor Juana: que pertenezco a la clase de neuróticos cavilosos. El diagnóstico es muy fácil ¿pero qué consecuencias acarrearía asumirlo?

Si insisto en afirmar mi versión de los hechos mi marido va a mirarme con suspicacia, va a sentirse incómodo en mi compañía y va a vivir en la continua expectativa de que se me declare la locura.

Nuestra convivencia no podrá ser más problemática. Y él no quiere conflictos de ninguna índole. Menos aún conflictos tan abstractos, tan absurdos, tan metafísicos como los que yo le plantearía. Su hogar es el remanso de paz en que se refugia de las tempestades de la vida. De acuerdo. Yo lo acepté al casarme y estaba dispuesta a llegar hasta el sacrificio en aras de la armonía conyugal. Pero yo contaba con que el sacrificio, el renunciamiento completo a lo que soy, no se me demandaría más que en la Ocasión Sublime, en la Hora de las Grandes Resoluciones, en el Momento de la Decisión Definitiva. No con lo que me he topado hoy que es algo muy insignificante, muy ridículo. Y sin embargo...
   
* Del libro Álbum de familia.

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