martes, 23 de junio de 2009
No tengo nada qué perder… ya me lo quitaron todo
(No mata, pero hace roncha)
Arturo Soto Munguía
La salida de la marcha tiene un aire de duelo. Como de tristeza. Como adelantándose al día siguiente, cuando falleció Ximena, la pequeña de dos años que no sobrevivió a las quemaduras provocadas en el incendio de la Guardería ABC.
Esta vez ni siquiera el lastimero sax de la primera marcha rompe el silencio.
Pero es mejor, porque veces hay en que un sax puede ser el más violento incitador a la tristeza. Al lamento. Al llanto.
Un sax aquí, donde miles se están reuniendo para salir a caminar y en cada paso repetir como eco el enojo, la impotencia, el dolor, las ganas de decir ¡ya basta!, pero de a deveras.
No el ya basta que se repite cada cinco minutos en las radios y las televisoras estatales y no estatales, sino el ya basta que aparece en las miradas de la gente que sale al paso de la marcha; de los automovilistas que saludan y bajan la mirada en silencio; del señor que se santigua en la banqueta de la iglesia de San José, donde las campanas repicaron durante todo el tiempo que duró en pasar el contingente.
En la guardería las paredes son azules y amarillas. Y negras, pintadas por el humo que mató a muchos niños. Dos fotógrafos se dan maña, rompen de alguna manera el cerco policiaco, los listones de plástico amarillo que rodean el edificio, y suben para lograr su mejor toma.
Son periodistas.
Son los que están en todas partes, para que nada pase desapercibido, para que nada quede en el olvido.
Están trabajando pero la policía no entiende eso. Nosotros también estamos trabajando, dicen, y no les falta razón.
Los periodistas van en la marcha. Se suman, se pegan calcas en las camisas, se saludan. Saben que están escribiendo la historia y que la objetividad es un andamiaje teórico que no resiste el peso de las lágrimas.
II
Parafraseando a Jeff Durango, en la marcha nadie tiene ganas de reír.
La marcha abre brecha. Lleva a los padres de los niños muertos adelante. También a mujeres que llevan a sus niños en carreolas. Son ellos los que van abriendo brecha.
Son una línea de pequeños valientes que no tienen edad siquiera para caminar. Son como los que murieron, como los que están hospitalizados después de 15 días, algunos de ellos muy graves.
Una de ellas lleva una cartulina: “Justicia a nombre de mis compañeritos. Los extraño”.
La pequeña también estaba ahí cuando las llamas. También estaba ahí cuando el infierno.
Ahora son los que van al frente de la marcha. Son niños como los que murieron. Aún no saben hablar. No saben caminar ni andar en bicicleta ni patear una pelota ni hacer un atrapadón en el center field, que haga brincar a su padre hasta el cielo.
Los pequeños son vanguardia. Están viviendo una tragedia con la sonrisa ingenua en los labios y con esa sonrisa son vanguardia y van abriendo brecha rumbo al palacio de gobierno.
Están lejos de tener edad para votar, pero encabezan una de las marchas más importantes de la historia contemporánea de esta ciudad.
El señor de la iglesia se quita el sombrero y se santigua con la devoción de un creyente. Con el respeto que le merece la muerte. Con el sentimiento que le hace bajar la mirada y murmurar algo que sólo él entiende, mientras bendice a los niños que van al frente.
En la marcha, los únicos que sonríen son los candidatos a ganar el concurso de Photoshop.
Colgados de todos los postes, en colores intensos y brillantes, son tan ajenos al sentimiento de la gente, que sus panorámicas sonrisas ofenden. ¿De que se ríen?
III
En Parque de la Solidaridad estaba un ángel.
Medía casi tres metros. Era muy grande. Sus piernas eran muy largas y sus alas muy pequeñas, pero era un ángel. Se movía como un ángel.
Creo que la vi antes, ayudando a clavar el tacón de otro ser voluntario, que acudió a la marcha a decir ‘yo tampoco estoy de acuerdo’. Son muchachas y son zanqueras. Vinieron desde su corazón, porque sólo desde ahí se puede llegar a una marcha para exigir justicia por los niños que hoy son dolorosos huecos en los corazones que antes se llenaba con sus risas.
En ese crucero hay un ángel de zancos muy largos y alas muy cortas. Pero se mueve bien. Los movimientos de sus alas son lentos pero fuertes. Su rostro no refleja el cansancio sino el coraje.
Es una zanquera hermosa que mira pequeñito al policía municipal que dirige el tráfico para dejar libre el camino a la marcha.
Uno sigue dirigiendo el tráfico y la otra sigue moviendo sus alas, como para irse. Desde lo alto de sus zancos, desde el batir de sus alas de ángel, observa la marcha que camina rumbo a Palacio de Gobierno, a exigir justicia.
IV
En la calle los automovilistas no protestan. Aguantan minutos y minutos a que pase la marcha. No gritan, no se exasperan por el río de gente que les impide avanzar más rápido.
Bajan las ventanillas. Ven. Buscan con su mirada esperando encontrarse con su condición de madre, de padre que aguanta a pie firme la noticia de que su hijo ha muerto.
En la calle, todos se sienten víctimas. En la calle todos somos vulnerables.
V
Alguien debería decirle a la mamá de Germán, que no convierta el dolor en odio.
Explicarle que la suma de negligencias, complicidades y omisiones de los gobiernos que le arrancaron a su único hijo, no deben ser mencionadas, porque hacerlo la pueden convertir en un gusano que se arrastra por el lodo. Una oportunista.
Alguien debería decirle que su pequeño ya no se acurrucará en su pecho ni le iluminará la casa, porque está muerto.
Como otros 46 niños, que lo acompañaron en un infierno de fuego y gases tóxicos, y ahí mismo quedaron, ‘asegurados’ por el cinturón de su ‘portabebé’, en la guardería ABC, que ya apartó un lugar en la memoria social hermosillense.
La señora toma el micrófono. Está parada en el Kiosko de la Plaza Zaragoza, de cara al edificio que alberga los gobiernos estatal y municipal.
Detrás de ella, varios de los padres que perdieron a sus criaturas. Tienen flores en las manos y fotografías de sus hijos, pequeños y felices.
Las caras de esos niños tienen la alegría que se le fue a una pequeña rubia que, sosteniendo un gran cuadro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, observa el mar de gente, desde el kiosko, a un lado de la mamá de Germán.
Los pequeños de las fotos son hermosos y felices. La pequeña rubia tiene los ojos cuajados de llanto y sus manitas aprietan el marco de la Guadalupana, mientras se muerde el labio inferior para contener un llanto que hubiera podido bañar a las cinco mil almas que frente a sus bellísimos ojos verdes coreaban ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!
La mamá de Germán se anima y toma el micrófono. Y con la voz desgarrada en un grito que erizó la piel, sentenció: ¡Yo no los perdono!
VI
Los boquetes que un ciudadano abrió en las paredes de la guardería ABC, para ayudar a sacar a los pequeños, también sirvieron para sacar a la luz pública cómo es que se gobierna este país, México lindo y qué herido.
Se llama Abraham. Es el papá de Emilia, a la que de cariño, para chipilonearla, llamaba como la llamó en las últimas dos marchas “mi changa pedorra”.
Está frente a miles que al llegar a la Plaza, descubren que no son la parte más callada de las gráficas con que unos tipos de corbata memorable, juegan a la prospectiva política.
No son números ni porcentajes tan maleables como la política clientelar con que los gobiernos fincan su legitimidad, poniéndole precio a los votos.
Abraham está en el kiosko y abre con un llamado a aislar a quienes pretendan politizar el tema, gritando cosas inadecuadas.
Alguien debería decirle a Abraham, que él no es el único que quiere y puede decir que el gobierno es el culpable del incendio donde pereció su hija de tres años.
Que no es el único que quiere gritar que vivimos en un país donde los derechos humanos se pisotean y donde la impunidad prevalece.
Porque todo eso dijo él, con un ramo de flores en la mano izquierda, y el micrófono en la derecha, muy cerca de su boca que grita: ¡La muerte de mi hija no debe quedar impune!
No debe quedar impune, dijo, como tampoco deben quedar impunes las muertes de los otros 45 niños que hasta ese día había cobrado como víctimas el incendio de la Guardería ABC.
Alguien debería decirle a Abraham que las miles de gargantas que frente a él se hacen nudo con su relato, con su voz entrecortada, con sus ojos de agua, también tienen ganas de decir que la tragedia se pudo haber evitado, pero que los dueños de la guardería se ahorraron 20 mil pesos en una puerta de emergencia y ahora están sacando cuentas de cuánto se pueden ahorrar en el pago para que la justicia no los toque.
En su pecho no cabe el llanto ni el consuelo porque Emilia ya no está.
Quizá por eso, nadie le dijo que evitara politizar el tema. Que no fuera a decir algo así como que la lucha ya no es por los niños, sino por cambiar el país, el sistema, el gobierno.
Y como nadie le dijo que si politiza el tema entonces puede pasar a ser uno más de los gusanos oportunistas que se arrastran por el lodo, Abraham clamó por justicia, desde el kiosko de la plaza Zaragoza, frente a la sede del gobierno, y dijo: “si no hay justicia… ¡cuidado!”.
Y con la voz que sólo puede salir del pecho de un padre al que le arrebataron a su changa pedorra, como la llama hoy con la voz entrecortada, frente a miles de personas que tienen la emoción a flor de piel, Abraham dijo: “Yo ya no tengo nada qué perder. Ya me quitaron todo”.
Alguien debe firmar un desplegado, de preferencia con muchas firmas de esas que dibujan los apellidos que hacen fila en las páginas de Sociales, donde le adviertan a Abraham que no debe convertir el dolor en odio.
Alguien debe ir decirle al que ya no tiene cerca a esa preciosidad que era Emilia, a esa luz en los ojos de Lupita, la madre de Emilia, a la que conozco. La que tiene en sus ojos el dolor más grande que haya visto en otros ojos.
A ellos alguien, algún tanatólogo pagado por el gobierno; alguna sicóloga con la bolsa llena de volantes de su candidato; algún especialista con cara de ‘siguiente nivel’, debería decirles que no politicen el tema.
lunes, 22 de junio de 2009
Causas y efectos

Braulio Peralta
Me preocuparía dejar de ser el crítico y autocrítico que soy. Vivir antes que sobrevivir y morir como un moribundo sin sosiego. La vejez mental atemoriza más que la del cuerpo. Eso es algo que nunca he encontrado en la derecha. A pesar de sus discursillos sobre democracia hay un tufo donde por dinero se desollan, en detrimento de los desamparados. La historia nunca los ha absuelto.
La soberbia me aterra. El orgullo me ciega. Aborrezco mi vanidad. No puedo con el enojo: me empequeñece. Desgraciadamente soy chiquito porque soy, en esencia, de temperamento colérico. Saberlo me salva apenas un poquito. Por eso no soporto el carnaval en que han convertido la marcha anual de los gays: un escaparate de egos contra una ideología que busca el respeto a toda diferencia. Los medios hoy nos ven de lentejuelas como si fuéramos descerebrados.
Me cuesta perdonar aquellos que andan por el mundo de humildes y son, en el fondo, dictadores de conciencias. Un dictador es aquél que dicta cómo debe ser el camino. Nadie más. Andrés Manuel López Obrador —con un ego sin control—, es uno de ellos. Será en la historia el responsable de una izquierda que buscó la unión en los 80 y se desune en pleno siglo XXI.
Temo al que no se quiere a sí mismo porque no puede querer a nadie. El que dice amar cuando odia y viceversa. Aquel que no comprende el peso de las palabras y su significado. Los que no oyen más que su propia voz. Aquí la lista crece. Pero solo daré un nombre: Felipe Calderón. El poder no le enseñó a gobernar para todos sino para su gremio y alianzas corruptas que vienen del PRI. Es el presidente de la desunión de los mexicanos.
Preferiría un país que se llame Extranjería, en consecuencia con lo que creo. Los mejores cambios vienen cuando eres un extraño en tierras ignotas. No vivo para tener vida cómoda sino para pensar y actuar en relación al aprendizaje que la vida me ha dado. Una mente emocionada, actuante y pensante. Iré a votar.
“Nadie es libre hasta que todos seamos libres”.
domingo, 21 de junio de 2009
sábado, 20 de junio de 2009
Este domingo 21, En TODAS las estaciones de radio de Sonora

Escuchen "Sonora en la Hora Nacional" en cualquier estacion de radio o en www.radiosonora.com.mx
viernes, 19 de junio de 2009
Enriqueta de Parodi

Inició su carrera en 1917 como maestra en pueblos del estado como Tepache y Nacozari. Un año después, el 11 de enero de 1918, se casó con Alfredo Parodi Santoyos (de quien recibió el apellido de Parodi) con quien tuvo cinco hijos: Ofelia, Alfredo, Rubén, Roberto y Alejandro.
En la década de los años treintas radicó en la Ciudad de México. El presidente Abelardo L. Rodríguez la invitó a que fuera Jefa del Departamento de Organización Social y Cultural, encargándose de las "Misiones Sonorenses de Superación Popular" a partir de 1945. Su papel consistió en fundar bibliotecas y escuelas en todo el Estado de Sonora. Se le considera la primera promotora cultural en el estado.
Participó en el concurso de literatura organizado por el Congreso de la Unión en 1933. Enriqueta obtuvo el primer lugar con su libro Reloj de Arena. Después siguieron los siguientes libros: Cuarto de Hora (1936); Madre (1937); Sonora (1947, compilación de biografías); Ventana al Interior (1948); Mineros (1960, novela histórica); Alfonso Ortiz Tirado (1964, su vida en la ciencia y en el arte); Luis es un Don Juan; Cuentos y Leyendas; Biografía de Abelardo L. Rodríguez y, por último, Mi Anecdotario. Dejó un libro sin publicar, Dos Libélulas Ilustres, que versa sobre la vida de Netzahualcóyotl y Benito Juárez.
Colaboró para varios periódicos y revistas en México y en el extranjero. Fue miembro del cuerpo de editores del periódico "El Nacional" en la ciudad de México y "El Informador" de Guadalajara, Jalisco.
Fundó el concurso del libro Sonorense en 1944. También formó parte del grupo encargado de la apertura de la Fundación Esposos Rodríguez que hasta la actualidad ha tenido el propósito de fomentar el desarrollo económico a través de becas para jóvenes hasta ahora. De 1967 a 1970, con Faustino Félix como Gobernador de Sonora, Enriqueta fue nombrada diputada local.
Falleció el 18 de junio de 1978 en Hermosillo, Sonora.
Apoya: Sábado 20 de Junio, 18 hrs

Muere Hortensia Bussi, viuda de Salvador Allende

- A los 94 años, ha fallecido acompañada de sus hijas y manteniéndose lúcida hasta sus últimos momentos
- Durante la dictadura de Pinochet, se comprometió con las fuerzas políticas que desde el exilio lucharon por la democracia
Hortensia Bussi, viuda del presidente chileno Salvador Allende, ha muerto en su domicilio de Santiago a los 94 años. Sus familiares han explicado que "Tencha" como la llamaban sus más cercanos, estaba acompañada por sus hijas Carmen Paz e Isabel Allende, diputada socialista.
Nacida el 22 de julio de 1914, Hortensia Bussi era profesora titulada de Historia y Geografía y tras el golpe militar que le costó la vida a su esposo, el 11 de septiembre de 1973, se exilió en México. En 1940 se casó con Salvador Allende, con quien tuvo tres hijas: Carmen Paz, Beatriz, ya fallecida, e Isabel. Durante la dictadura de Augusto Pinochet, la viuda de Salvador Allende se comprometió de forma decidida con las fuerzas políticas que desde el exilio lucharon por la recuperación de la democracia.

México lamenta muerte de Hortensia Bussi, viuda de AllendeRecuerda la Secretaría de Relaciones Exteriores que Bussi, conocida cariñosamente como Tencha, vivió en México, después del golpe de Estado en contra del presidente Salvador AllendeEl gobierno de México expresó su "profundo pesar" por el deceso de Hortensia Bussi, viuda del ex presidente de Chile Salvador Allende, a quien calificó de "gran figura de la historia" de ese país, indicó un comunicado de la Cancillería.
La Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) recordó que Bussi, conocida cariñosamente como "Tencha", vivió en México, después del golpe de Estado en contra del presidente Allende. "A los pocos días de la caída del gobierno de la Unidad Popular, el 15 de septiembre de 1973, viajó a nuestro país en compañía del entonces embajador de México en Chile, Gonzalo Martínez Corbalá", añadió la SRE.
Dijo que durante sus años en el exilio, Bussi "fue promotora incansable de los valores democráticos y de la defensa de los derechos humanos. En México, al igual que numerosos exiliados chilenos, recibió el apoyo y el afecto de las autoridades y diversos grupos políticos y sociales.La Cancillería dijo que 17 años después Bussi retornó a su país, pero " mantuvo fuertes vínculos con México, adonde regresó con frecuencia ", pues lo consideraba su " segunda patria".
jueves, 18 de junio de 2009
Hoy les recomiendo este blog: AYUTLA EN SU NIEBLA
Imagen: "Zapatos" Vincent Van Gogh
Es la melancolía y son los dedos de mi mano
Con los que me acordono el zapato
Cuando de improviso me atrapas y te miro
Y pienso: Estos dedos que debían ser soles
Sobre tu piel y hacer crecer árboles en tu cuerpo
Y estas manos mías que tendrían que dibujar
Las lunas sobre el desierto de tu espalda
Y estos mis brazos que debían ser el abrigo
A tu sombra que desconozco,
Y estos mis ojos que tendrían que mirarte
A ti palmera de noche, orquídea nocturna
Y esta, mi memoria que ahora sirve para
Convocarte y no estar aqui con estas manos,
Estos brazos al momento de acordonarme
El zapato. Esta mudez que me reprocha,
Esta inutilidad de estar aquí y no allá
Estar aquí conmigo y no ahí contigo
Lejos de esta memoria que solo
Guarda tus palabras y estos ojos
Que me ven mirarte desde el retrato
Que me diste con tu etérea sonrisa
Donde me miras al momento
De acordonarme los zapatos
Y me atrapas, tú: melancolía.
Gab Martinez
miércoles, 17 de junio de 2009
Entrada destacada
Poesía Palabras para descifrar el laberinto del silencio. Sylvia Manríquez
-
¿Cómo murió Laurita? El corrido dice como murió Emilio Guerra. ¿Y Laurita? Insisto: ¿Qué necesidad de matarse ella también?










