viernes, 3 de julio de 2009

Marcha Ciudadana


4 de Julio, por un solo Grito Nacional

La sociedad civil hermosillense realizará la quinta marcha por la justicia, el 04 de Julio. En Hermosillo, el punto de partida serán las instalaciones de la guardería ABC, en la colonia Y Griega a las 18 hrs, hasta la plaza Emiliana de Zubeldía, en la Universidad de Sonora.
APOYANDONOS

Ver más información en la página de cada ciudad
Puerto Peñasco
EL DIA VIERNES 3 DE JULIO A LAS 6 P.M.PARTIENDO DEL ESTADIO Y TERMINANDO EN EL MALECON.
Distrito Federal
EL DIA SABADO 4 DE JULIO A LAS 10 A.M.SALDRA DEL IMSS DE REFORMA HASTA LA REPRESENTACION DEL ESTADO DE SONORA (Goldsmith 228, Entre Edgard Alan Poe e Ibsen, a tres cuadras del Parque Lincoln Polanco).
Tlaxcala
EL DIA SABADO 4 DE JULIO A LAS 11 A.M.SALIDA DESDE EL KIOSKO DEL CENTRO DE LA CIUDAD
Guadalajara
EL DIA SABADO 4 DE JULIO A LAS 5 P.M. SALIENDO DE LAS AVENIDAS CHAPULTEPEC Y VALLARTA,PROSIGUIENDO HASTA LA AVENIDA 16 DE SEPTIEMBRE
Cd. Obregón
EL DIA SABADO 4 DE JULIO A LAS 6 P.M.SALIDA DEL PARQUE DE LOS PIONEROS, YAQUI Y DURANGO
Guaymas
EL DIA SABADO 4 DE JULIO A LAS 6 P.M.DESDE EL OBELISCO HASTA LA PLAZA 3 PRESIDENTES
Hermosillo
EL DIA SABADO 4 DE JULIO A LAS 6 P.M.DESDE LA GUARDERIA ABC A LA PLAZA ZUBELDIA
Tijuana
EL DIA SABADO 4 DE JULIO A LAS 6 P.M.DESDE EL CENTRO CULTURAL TIJUANA Y LLEGARÁ A LA CLINICA 7 DEL IMSS.

jueves, 2 de julio de 2009

Un cuento, un deslinde y una convocatoria

El Zancudo
(No mata, pero hace roncha)

Arturo Soto Munguía
chaposoto67@hotmail.com

Cuenta la leyenda que en un pueblito escondido, allá en lo alto de la sierra -que dirían Los Invasores-, había un comisario cuya vida transcurría en un bucólico coser y cantar, pues nada trastocaba la tranquilidad del paisaje.
Hasta que un día, llegaron unos hombres buscando al susodicho representante de la ley. Una ley, habría que decirlo, por encima de la cual no había nada ni nadie, excepción hecha de los amigos, cómplices, compadres y socios.
El señor autoridad, dicho sea de paso, nunca tuvo fama de valiente y diríase sin faltar a la verdad, que aunque era un sonorense bien nacido (cualquier cosa que eso signifique), y le gustaban los coricos y las coyotas, su perfil se acercaba más al del tipo que por acá coloquialmente se le conoce como culón.
Habrán de perdonar el término, pero los sonorenses hablamos así, golpeado y de frente (excepción hecha de aquellas ocasiones en que no tenemos ni fuero ni dinero para pagar un desplegado de apoyo).
Pues ahí tienen que aquellos hombres tocaron a la puerta de la comisaría, para informarle que a cerca de ahí se había perpetrado un asesinato, y requerían de su presencia para iniciar las investigaciones y deslindar responsabilidades, así como para dar con el paradero del o los asesinos, llevando el caso hasta las últimas consecuencias y caiga quien caiga, faltaba más.
El comisario, aunque más sonorense que Héctor Aguilar Camín, no brillaba precisamente por su valor y arrojo, así que trató de excusarse:
-“La verdad sí me gustaría mucho ir, pero fíjense que mi caballo enfermó, y no tengo en qué hacer el viaje…”, se excusó, titubeante.
-“No se preocupe, comisario, sabíamos que su caballo andaba malito, así que le trajimos este, pa’que vaya pa’llá”, le respondieron los hombres, que como todo sonorense bien nacido, eran valientes, echados pa’delante y de hablar golpeado, excepción hecha de aquellas ocasiones en que había un muertito de por medio.
-“Ah, muchas gracias… pero fíjense que no han liberado los recursos de la partida 34 del Programa de Subsidio a la Seguridad en los Municipios, y no tengo pistola… Así no sirve de nada que vaya hasta allá”, intentó de nuevo el señor autoridad.
-“No se preocupe, comisario, vaya, yo le presto la mía”, le dijo uno de los hombres, que como todo sonorense franco, solidario y que le gustan las semitas y el café de talega, no vaciló en proporcionarle su arma con tal de que se cumpliera la ley caiga quien caiga y sin inventar culpables.
Pero el representante de la ley, que ya tenía conocimiento de que por aquellos parajes merodeaba una gavilla de facinerosos muy mal encachados y culeros, seguramente guachos, porque no les gustaba el béisbol ni las botas picudas, preguntó:
-¿Y cómo dicen que mataron a ese hombre?
-“Con un hacha… le partieron la cabeza con un hacha”.
-¡Ahhhhh, pues ahí está!, contestó el comisario en un largo suspiro de alivio. ¡Eso no es competencia mía!…
-“Pero si usted es el comisario”, alcanzaron a refunfuñar los informantes.
-Pues sí -dijo la autoridad-, pero a ver, ¿con qué dicen que lo mataron?
-“Con un hacha”.
-¿Ya ven?, ¡Ahí está la chingadera! Eso no está en el ámbito de mi competencia, ¡eso le corresponde a la Forestal!, dijo, y se metió en chinga a su oficina.
Hasta ahí el cuento; ahora sigue el deslinde.
Chistoretes aparte, el federalismo mexicano sólo ha servido para que cada nivel de gobierno asuma a medias, o de plano evada las responsabilidades que le corresponden.
El abordaje que se le dio a la tragedia en la guardería ABC, de Hermosillo es un ejemplo típico, con el agregado de que el discurso oficial estatal está infestado de una xenofobia bananera que el gorila Micheletti ya quisiera para partirle su madre a todos los países de la OEA juntos, un domingo en Honduras.
Si los globalifílicos de rancho suponen que la aldea global se acaba en el casco viejo de su hacienda, y que de Villa de Seris (o Estación Don) hacia el sur todos son ‘guachos come-ranas’, pues es muy su modo de interpretar la realidad.
Lamentable, sin embargo, viniendo de quienes tienen la responsabilidad de gobernar en estos tiempos de integración, tolerancia, diversidad, inclusión y no sé cuantas cosas tan difundidas como ‘valores’.
Pero convertir ese regionalismo ramplón en el eje que cruza todo el ejercicio de gobierno, puede resultar muy peligroso.
El gobernador Eduardo Bours y su grupo compacto se han pintado la cara de guerra en una ridícula cruzada contra los ‘guachos’, para fundamentar la defensa de las fronteras, y salvaguardar el imaginario Castillo de la Pureza habitado por puros sonorenses ‘bien nacidos, honestos, valientes, trabajadores, echados pa’delante’ y demás sandeces.
Si así piensan, muy su modo y muy su tono.
Pero utilizar los medios de Estado, particularmente la radio y la televisión para adoctrinar a la población con su xenofobia bizarra, puede inocular el virus de una nueva tragedia.
Una cosa es que alguien siga creyendo en la superioridad de raza y otra, muy otra, es que ese alguien tenga a la mano el dinero público y el poder de los medios de comunicación, para arengar a la gente del modo en que se está haciendo.
No quisiera estar aquí el día en que un niño, ‘sonorense bien nacido él’, le machaque la cabeza a un compañerito de escuela -como ya sucedió alguna vez-, tan sólo porque tiene un tono diferente al hablar.
Yo paso.
Sobre todo porque entre quienes han hecho suya la xenofobia boursista, varios hay que deberían limpiarse bien la boca cuando hablan de ‘valores’.
Hasta aquí el deslinde. Sigue la convocatoria.
Mañana, la sociedad civil hermosillense realizará la quinta marcha por la justicia. En Hermosillo, el punto de partida serán las instalaciones de la guardería ABC, en la colonia Y Griega, hasta la plaza Emiliana de Zubeldía, en la Universidad de Sonora.
En algunos municipios del estado también habrá movilizaciones, así como en el Distrito Federal.
Para que la impunidad no campee; para que la justicia no se haga sólo en los bueyes de mi compadre; para que no se vuelvan a repetir tragedias como la muerte de todos esos niños de la guardería ABC, hay que estar ahí, puntuales.

lunes, 29 de junio de 2009

Fiesta y luto

EL Zancudo
(No mata, pero hace roncha)






Arturo Soto Munguía


I
Crece. La rabia crece.
La ira crece. La impotencia se desborda en la plaza Emiliana de Zubeldía, como se desborda el llanto de los que en silencio van andando, marchando, sollozando, rezando.
En Hermosillo, los únicos que siguen riendo son los candidatos a lo que sea, del partido que sea. Ríen desde los postes, desde los espectaculares, en las pantallas electrónicas, en los desplegados de prensa.
Son los únicos que ríen, porque la ciudad está llorando.
El sábado anterior preguntamos de qué se ríen. Hoy lo sabemos. Festejan el Top Ten del insulto: ignorante, arrogante, pandilla de atracadores…
Los motivos de su risa no tienen nada qué ver con los motivos de la marcha del Movimiento 5 de junio.
Su risa es ajena al dolor de los que marchan y por eso, cuando se pregunten -como alguna vez se preguntó el genocida George Bush- ¿Por qué nos odian?, pueden acudir por la respuesta a la Plaza Emiliana de Zubeldía, donde la memoria social hermosillense se está escribiendo. Ahora mismo.
II
Tamm… …Tammm… …Tamm… El Güero del Acordeón, como lo conocimos en los tiempos de la crónica urbana aderezada con percusiones, golpea el tambor.
El Colas marca el ritmo con las batacas, lento, espaciado. Fúnebres suenan los redobles. Sonoros en medio del silencio. Tristes como los ojos de los que marchan y suman miles.
El Colas quisiera hacer bailar a la gente, porque eso le sale muy bien. Pero hoy la hace llorar desde el repiqueteo con que marca el ritmo fúnebre de los tambores que marchan. Avanzan. Caminan. Suenan y se meten en los oídos como algo que no se quiere oír.
Al frente va Ximena y su sonrisa inolvidable, imperecedera. Sus ojos luminosos abren el camino y están ahí para que no se olviden, como van en la espalda de su padre, indelebles en el tatuaje aún hinchado y casi sangrante.
Va también Xiuan, montado en una tortuga feliz, como era.
Va Yeyé: “Por ti hasta la vida, te lo juro”, sentencia la madre en la pancarta que dice su nombre.
Va Andrés en el llanto contenido de su madre y de su padre, que se abrazan en la primera fila de la marcha.
Va Julián, superhéroe, ‘flaquito precioso TQM’.
Va Juan Israel, que quiere estar con sus papitos.
Van todos. Casi todos los que murieron en el incendio de la guardería ABC.
Van en imágenes. Viajan en globos rosas y azules con sus nombres que flotan sobre la camioneta que también marcha.
48 nombres que jamás debieron ser escritos con el pulso tembloroso de quien los extraña tanto.
Ni con la voz de la abuela que se quiebra con sólo articular un monosílabo. La que acompaña a los pequeños que llegaron desde Phoenix para pasar lista de presente en esa generación que aprende sus primeros pasos y sus primeras letras marchando por la justicia.
En Sonora, la corrupción mata a los niños. En Sonora, la corrupción y la impunidad matan a los niños, y por los niños que pueden ser los nuestros, por eso es que marchamos.
Marchan también las figuras colosales de los muchachos y muchachas que desde lo alto atisban con la mirada dura. Ni por asomo una sonrisa. Las quijadas van trabadas. Los ojos de acero. El corazón estrujado desde lo alto de sus zancos, desde sus alas angelicales y los rostros maquillados y callados y su boca amordazada.
‘Justicia. Asesinos a la cárcel’, dice una pancarta.
También marcha Santiaguito, que está en el cielo y está en la tierra.
En la tierra marcha al frente y en las calles de Hermosillo dice “No te olvidaremos”.
En el cielo, está mirando hacia abajo, viendo a su padre que sí lo conoce bien y por eso dice que en estos momentos Santiaguito se está asomando entre las nubes y diciéndole a sus amiguitos: “Aquel que está allá abajo es mi papá… ¡Y no se va a dejar de ningún pendejo!”.
III
Puntuales, salen a las seis y poco. Es sábado y el cielo está encapotado. Triste. Por eso en la calle, los hombres se quitan el sombrero y bajan la mirada. Por eso las mujeres abrazan a sus novios y esposos. Por eso las madres estrujan a sus pequeños contra su pecho con la compulsión de la madre que no quiere que le quiten a su retoño.
Por eso hay mucha gente en las banquetas del bulevar Luis Encinas, saludando la marcha, resistiendo el llanto, aguantando las ganas de gritar y mentar madres y decir ‘estamos con ustedes porque mañana podemos ser nosotros’.
La marcha va, como diría Víctor Jara, con el alma llena de banderas.
También de lonas, mantas y pancartas que desde un silencio que aturde dicen: “Yo soy culpable por confiar mi hijo a corruptos”. “IMSS: No protejas impunes”. “No olvidemos”. “Cómo vivir sin ti, preciosa”. “Nada ni nadie por encima de la ley”, dicen, como doloroso sarcasmo; como un llanto que se ríe.
Como una mentada de madre que se agolpa en el pecho y amenaza con romper el aire.
Tummmm… …Tummmm… Tummmm…. … Suenan los tambores, fúnebremente acompasados.
Truena el cielo cuando llegan a la calle Matamoros para entrar al centro de la ciudad. Son miles y miles que en silencio marchan.
Pero el silencio pesa. Inflama. Se agiganta y parece que algo va a estallar en cualquier momento.
Mucha gente deja la banqueta y se suma a la marcha. No están solos, dicen, y se suman.
Y avanzan. En silencio avanzan. Con el corazón encogido, con los ojos de agua, con la boca seca, con el grito que se les hace un nudo en la garganta, avanzan.
Con su silencio dicen: ‘Justicia’.
Dicen ‘Amor’. Dicen, con su silencio de miles: ‘No están solos’.
IV
6:30. Sábado.
Tarde gris del Hermosillo lastimado.
Matamoros y Colosio, esquina donde esperan cientos de personas que al incorporarse a la marcha son una sola, recuperando para las calles el carácter de espacio púbico. El único donde se escribe la historia.
Algo tiene esta marcha que la vuelve poderosa. No son los diez, once, doce o no sé cuántos miles que caminan. No es eso.
Quizás sea la implacable, la devastadora ternura de Joselin Valentina, que está sentada en los peldaños de una escalera, con el cabello recogido en dos colitas que nacen como diminutas palmeras tropicales.
Quizá sea la mirada feliz e inocente que doblega al más macho o la sonrisa que jamás se volverá a ver, a menos que sea la que sus familiares sostienen en una lona donde también se lee: Nació 08-05-07 – Murió 05-06-09.
Con esa imagen, se incorporan, también, y con el rostro divertido y tierno de Joselin vuelven más poderosa la marcha, que en silencio avanza y en silencio suma y en silencio le mienta la madre a los asesinos.
Porque, ¿se han fijado? Los padres, cuando aluden a sus hijos no dicen ‘se murió’. Dicen: “me lo mataron”.
Otros que marchan son los periodistas. Van ahí también, en silencio con sus cámaras, micrófonos, libretas, teléfonos, con todo lo que les permita documentar y ser parte de esta jornada que hace historia en Hermosillo.
Es el despertar de una sociedad civil que llenó la plaza y tomó la calle por su cuenta. Los periodistas van, también, estremecidos en el redoble fúnebre de los tambores y el silencio angustiante de los miles que caminan con los ojos llenos de agua y las mandíbulas apretadas.
Por cuarta vez, Radio Bemba transmite en vivo, urbi et orbi. Desde la calle para todo el mundo reproduce el ruido de los pasos, la voz del silencio que en ocasiones, como es el caso, nos dice a todos: ‘No están solos’.
La calle Serdán es un río ruidoso y por lo tanto, algo lleva.
Ahí, otro muerto memorable se aparece. Mario Benedetti dice, desde una manta: “Hay odios que ennoblecen”. Y con ello les responde a los que desde la impunidad refrigerada de su oficina, se les hace fácil decretar que el dolor no se convierta en odio.
Hay odios que ennoblecen, canta, recita, musita, llora Benedetti desde el horror de la dictadura que le tocó vivir para que otros no lo viviéramos.
Y ennoblecidos, los padres y familiares de los niños muertos y de los que viviendo mueren en los hospitales para quemados, van, avanzan, con el alma adolorida y valiente para decir como dijo Roberto Zavala, “no nos vamos a dejar de ningún pendejo”.
V
Son Horas de Junio y la poesía aparece en yaqui y en todos los idiomas y dialectos. Hay un encuentro de escritores en Hermosillo y algunos dejaron el auditorio para sumarse al silencio que ensordece.
Caminan también, abajo y arriba de la tierra, dejando que sus musas caigan de rodillas al paso de tanta gente tan silenciosa y tan poderosa.
Hay 48 flechas aztecas clavadas en el corazón de los poderosos.
Al tomar el bulevar Encinas, para ir a Palacio de Gobierno, Laura Fernanda no aguantó. Se durmió con sus tan poquitos dos años de vida. Su papá tiene una cola en el cabello y la abanica en la carreola, mientras camina, con otros miles detrás de ellos, que como ellos, no saben que hay miles delante de ellos.
VI
La marcha avanza silenciosa y poderosa. Va acumulando el sentimiento. Los sentimientos que se mezclan sobre la calle, al lado del frío edificio de gobierno sin gobernante, porque dicen, cada vez que hay una marcha por los niños muertos, se va a Obregón, su ciudad natal.
“Ya son 48, ¿vas a esperar por más, hijo de la chingada?”, dice una pancarta, cuando pasa por las puertas de Palacio.
En Palacio hay dolientes de otros niños muertos. Víctor Abdiel es uno de ellos, víctima de la negligencia médica en el Hospital Chávez. “Es necesario hacer un alto. El gobierno no hace caso a las marchas silenciosas”, gritan sus padres.
La marcha se detiene. El silencio se rompe. “¡Justicia! ¡Justicia!, comienzan a corear todos. ¡Que renuncie! ¡Que renuncie!, vuelve a sonar la proclama en la sede del gobierno del estado de Sonora.
“Aquí está uno más del sexenio de Bours”, grita otro padre, que exhibe las crudas fotografías de su hijo descuartizado en un hospital.
“Son chingaderas”, grita. Y se queja de que algunos conductores de Telemax, la televisora gubernamental, los ha llamado ‘buitres’ por denunciar las negligencias médicas que les arrebataron a sus hijos.
Hay un momento de confusión. Un instante en que el silencio se rompe en Palacio de Gobierno y miles de voces se estremecen en un grito: “¡Que renuncie-que renuncie!”.
VII
A las 7:26, la marcha toma de nuevo el Luis Encinas rumbo a la Plaza Emiliana de Zubeldía.
Ahí va don Miguel Acedo, con un lazo negro en el brazo, sobre el bíceps flaco bajo su camisa blanca y sus 74 años. Es de los organizadores de la marcha y ha mantenido el paso como el mejor.
-Tiene buena condición, le digo.
-Qué madre, ya me he aventado cuatro, me responde. Y las que faltan, agrega con una sonrisa.
El río de gente se desborda rumbo a la plaza. Los carriles en un solo sentido son insuficientes, así que se abren y la gente toma toda la calle. Y avanza.
Nunca, antes, los hermosillenses tomaron los ocho carriles que unos toman como parámetros de progreso, y otros toman como el espacio público para decir que el progreso no debe ser a costa de la vida de sus hijos.
VIII
Laura Fernanda ya despertó. Se bajó de la carreola y camina de la mano de su padre.
Si a las seis de la tarde la Emiliana de Zubeldía era pequeña, a las ocho de la noche estaba reventando de gente. Ahí se rompe el silencio.
Cristina García es su nombre, pero es igual al nombre de muchos más que ahora lloran a sus hijos.
Ella es madre de una bebé que no murió en el incendio, pero la niña carga con las complicaciones de quien estuvo a punto de morir entre los gases tóxicos del material prohibido que se quemó en la guardería.
Estamos escribiendo la historia, para que si se repite, no sea porque nosotros nos hicimos a un lado, le digo a la muchacha que se acerca a preguntarme que si qué hago.
Le digo que no me mire a mí. Que mire allá, donde una madre carga con el peso de explicarle a su niña cada día, que debe separarse de ella, porque tiene que irse a trabajar.
IX
La plaza está oscura. Huele a cera quemada. Huele a lo que no quiero oler pero estoy ahí, junto a miles que aquí están, para decir algo. Para romper el silencio.
Las palabras de la madre calan hondo, porque le habla a miles de personas como si le hablara a su pequeña, sobreviviente del incendio, pero que difícilmente sobrevivirá el olvido:
“Perdón, mi amor, porque yo te prometí que nadie te lastimaría y te fallé. Perdóname mi amor”.
“Si ustedes nos dejan solos, ¿con qué voz vamos a pedir justicia?”, pregunta desde el templete Cristina García, la madre de la niña que aún se ahoga, quién sabe si recordando el humo.
Y la plaza tiembla con un grito: “¡No están solos! ¡No están solos!”.
La plaza está oscura, porque el alumbrado público se cortó esa noche, pero no hace falta. Más oscuros están los corazones de otros.
¿De cuáles otros?, surge la pregunta. Y una pancarta responde: “Niños ABC, en el corazón de unos, en la conciencia de otros”.
X
“Ustedes conocían a Ximena”, dice Raúl Álvarez, su padre, “porque durante todo este tiempo estuvimos pidiendo un milagro. Ella duró dos semanas con muerte cerebral y luchó contra la muerte. Ella nos enseñó sobre la lucha”.
Ximena fue la muerte 48 del incendio en la guardería ABC. Para la estadística oficial ella es una muerta más. Para su padre es el amor que llevará tatuado en la espalda, toda la vida.
Roberto Zavala está tranquilo. Su voz serena. Habla de Santiaguito, su hijo. De sus encantos y sus travesuras y la luminosidad que inundaba su casa cuando manejaba en reversa el Tonka corriendo de un lado a otro.
Porque le gustaba correr, al Santiaguito, de un lado a otro de la casa.
Se los presento, dice: a los policías que impidieron el rescate de más niños. A los bomberos que llegaron tarde. A los que firmaron permisos para que operara la guardería. A los dueños de la guardería, que recibían dos mil quinientos pesos al mes. Se los presento al gobernador y a la PGR; al juez que liberó a los detenidos con una fianza pagada con el fondo creado por el gobierno estatal para las víctimas.
Se los presento. Y ya que lo conocen les pregunto: ¿Ustedes creen que somos unos pendejos? Si esto queda impune, entonces sí seremos unos pendejos, gritó, en medio de la plaza.
Y aprovechando que Benedetti andaba por ahí, casi lo cita cuando dijo que entre el gobernador y él hay algo personal. Le recordó a Bours que en una entrevista al diario Milenio, el gobernador declaró que algunas personas se le habían acercado para manipularlo.
No señor. Las únicas personas que se han acercado para eso, son las que usted mandó. Las que le dijeron que en el cielo, Santiago estaba triste porque yo estaba enojado.
Pero ustedes no conocen a Santiago. Yo sí. Y yo sé que en el cielo, Santiago está viendo para abajo y diciéndole a sus amigos: “Aquel pinche loco que está allá es mi papá. Y no se va a dejar de ningún pendejo”.
Los testimonios siguen. El silencio de la marcha se acabó. La voz de los padres inunda la plaza con un reclamo de justicia y muchas ganas de documentar la historia de una tragedia que se pudo evitar, pero la mezquindad y la ambición de los gobiernos no quisieron, porque pudo más la ambición de los gobernantes.
Alí Primera resucita desde algún lugar bajo la tierra venezolana, y canta, como siempre ha cantado, como seguirá cantando mientras sigan muriendo niños inocentes, víctimas de la mezquindad, la ambición y el blindaje que dan las cuentas bancarias millonarias.
Alí Primera canta, pre moderno y arcaico. Desfasado. No cabe en el Hermosillo, en el Sonora de progreso, desarrollo, modernidad y marketing.
Pero canta en el corazón de una sociedad herida que no sabe mucho de eso. Que no discute ideologías ni partidos.
Canta en el corazón de los padres a los que les han matado a sus hijos y eso, no conoce linderos.
En la plaza, en la voz de un poeta colombiano que vino a las horas de junio en Hermosillo, Alí Primera canta: ‘no basta rezar/hacen falta muchas cosas para conseguir la paz...’.
Canta Pancho Jaime, también, pero dice que no se puede cantar con un nudo en la garganta.
Cae la noche en la plaza. Jornada intensa y dolorosa. Convocatoria a volver a estar, como estaremos, el próximo sábado, sin falta.
Por los niños que murieron. Por los que no han muerto. Por los que merecen vivir, ahí estaremos.

viernes, 26 de junio de 2009

Farrah Fawcett



Mary Farrah Leni Fawcett , conocida artísticamente como Farrah Fawcett (Corpus Christi, Texas, Estados Unidos, 2 de febrero de 1947 - Santa Mónica, California, 25 de junio de 2009), fue una actriz estadounidense.
Fue muy popular en los años 1970 y 1980 gracias a la serie de televisión
Los ángeles de Charlie, llegando a ser considerada un ícono de la cultura pop y una verdadera sex symbol.

martes, 23 de junio de 2009

ABC: Urge la política


El Zancudo
(No mata, pero hace roncha)

Arturo Soto Munguía



Como la guardería ABC, el proyecto transexenal de Eduardo Bours tampoco tenía salidas de emergencia.
A varios, el fuego los atrapó durmiendo un profundo sueño en el que se veían levantando la mano, inflamando el pecho y dejando caer el lapidario ‘¡sí, protesto!’ en medio de un estruendo de aplausos.
Los efectos políticos del incendio que hasta hoy ha costado la vida de 47 niños en Hermosillo son inocultables y por ello, resulta en vano pedir que el tema ‘no se politice’ (cualquier cosa que ese cliché signifique).
El tema ya se metió en la agenda política de la sucesión gubernamental en Sonora, y sus saldos son aún impredecibles.
El ejército rojo es el que registra mayores daños, lo que algunos explican a partir de que la fórmula tricolor se quedó sin discurso, sin mensaje, sin algo qué ofrecer al electorado.
Y es que su única oferta era Eduardo Bours. El nombre de Eduardo Bours, la obra de Eduardo Bours, la forma de hacer política de Eduardo Bours.
Cualquier observador medianamente acucioso, se habrá dado cuenta de que los candidatos del PRI fueron mimetizados en Eduardo Bours: se visten igual, hablan igual, con las mismas pausas, repeticiones y ademanes.
El caso de Alfonso Elías es el más emblemático, pero no el único.
Fueron entrenados para representar un papel y algunos lo han hecho muy desafortunadamente. La expresión gestual y corporal del Pano Salido, candidato a la alcaldía de Hermosillo, durante el debate organizado por el CEE, va a quedar para la historia de lo grotesco.
A todos les fue impuesto ese modelo, para trabajar gráficamente una campaña que los consolidaría como fuerza política alrededor de un líder: Eduardo Bours, al que ya imaginaban en Los Pinos el 2012.
Algunos ya se frotaban las manos hasta quemarse las palmas, nomás de imaginarlo.
La idea era buena, pero la legitimidad de Photoshop resultó más combustible que el poliestireno en la guardería ABC.
El 5 de junio, el incendio destapó lo que con más esmero que efectividad pretendía ocultarse: si algo sigue decidiendo las políticas públicas, eso es la insensibilidad y el tráfico de influencias; amiguismos, compadrazgos, corrupción y negligencia, entre otros antivalores que aparecieron al disiparse el humo del incendio en la guardería.
Por otro lado, el desencanto. El asombro. La indignación. La ira divina, como la llamó Antonio García Morales, el sacerdote de Catedral, durante un mensaje en la tercera marcha con que la sociedad civil ha cobijado a los padres dolientes, y que ya generó un movimiento llamado 5 de junio. Para que no se olvide la fecha.
La movilización social, la memoria colectiva erizada, la tardanza del proceso, las sospechas de que no se hará justicia o que se dejará libres a los responsables; el choque entre los gobiernos federal y estatal, la andanada de críticas al gobernador en la prensa nacional e internacional, todo se ha juntado para que, fiel a su estilo, Bours salte a los encordados y aluda a sus críticos como ‘gusanos que se arrastran en el lodo’.
Malo el cuento. Los bonos del gobernador no pasan por su mejor momento y no parece haber forma de recomponer entuertos antes de que se cumpla el primer mes de la tragedia, o sea, el 5 de julio, día de las elecciones.
Eso le pegará más duro a los candidatos del PRI-Sonora, una entidad creada por el propio Bours como una especie de ‘blindaje’ ante las malas influencias de los políticos priistas de vieja generación, que hoy observan con singular atención, pero con prudente distancia, la pelea.
Vaya, ni Elba Esther Gordillo lo ha tocado con el pétalo de una declaración en su defensa.
Mucho menos alguno de los candidatos, que tienen prohibido tocar el tema, bajo la premisa de no politizar un asunto que a estas alturas, no puede abordarse si no es en ese ámbito.
De hecho, urge un abordaje político, porque el reparto de culpas entre los distintos niveles de gobierno ha suscitado una escalada de beligerancia, que trae con los nervios de punta a todos los protagonistas de la vida pública.
Los avances en la investigación no sólo no convencen a la población, sino que la detención de siete empleados menores de la Secretaría de Hacienda, abrió nuevos frentes de protesta y encono social.
Como el de las familias de esos empleados que ya tomaron la calle, con la legítima sospecha de que se quiere hacer justicia en los bueyes de mi compadre.
El ‘clasismo’ con que se procura e imparte la justicia de Sonora está en el debate nuevamente. Se asomó hace tres meses, cuando el joven Fernando Noriega Soto, atropelló y dio muerte a Denisse y Víctor, en las playas de Bahía de Kino.
El muchacho es hijo de Francisco Noriega, un acaudalado empresario, miembro del Opus Dei y financiero de la campaña de Alfonso Elías Serrano.
Apenas ayer, apareció un desplegado de prensa firmado por los padres de Víctor y Dennisse, dirigido a la opinión pública y titulado: TENEMOS MIEDO DE QUE NO SE HAGA JUSTICIA.
“…Nos desconsuela saber que la justicia en Sonora ha sido selectiva y parcial. Ensombrece nuestro ánimo ver cómo las influencias políticas pudieran favorecer a quien cometió una falta que debe ser castigada. Llena de temor nuestros corazones imaginar que por relaciones políticas y amistades de conveniencia económica se pudiera entorpecer la administración y aplicación de justicia”, dicen.
Y exponen una serie de argumentos para reforzar sus temores en el sentido de que el homicida de sus hijos pueda alcanzar el auto de libertad en base a la manipulación del proceso.
Revivir el caso Noriega, en el contexto actual, donde los dueños de la guardería y funcionarios de alto nivel no son tocados ni con el pétalo de un citatorio judicial, agrega leña a la hoguera.
Nos acercamos, eso ni duda cabe, a una jornada electoral excepcional.

Playboy y los rumbos del periodismo erótico (Comentario de Paul Alonso)

PERIODISMO EN LAS AMERICAS



El imperio Playboy comienza una nueva etapa este julio de 2009. Por primera vez tendrá un director general que no es parte de la familia Hefner: Scott N. Flanders tratará de remontar la crisis en que se encuentra Playboy, hacer nuevos socios empresariales y un uso más lucrativo de la marca —ese conejo juguetón y encorbatado que ha estado en demasiados lugares—, y adecuarse al medio digital.
¿Sobrevivirá uno de los referentes más polémicos de la cultura popular y el periodismo gráfico de los últimos 56 años?
Desde que Marilyn Monroe apareció en la portada de la primera edición de la revista Playboy en 1953, el mundo de los medios ha cambiado mucho y la revolución sexual se ha vuelto una dictadura. Hace algún tiempo pocos hubieran pensado que el
mítico Hugh Hefner consideraría vender su revista (por cerca de 300 millones de dólares) tras la renuncia de su hija a la dirección. Es más, el binomio periodismo-erotismo parecía tener un lugar tan privilegiado como el de las cucarachas en la cadena de extinción. Sin embargo, Playboy ha sufrido grandes pérdidas (13,7 millones de dólares sólo el primer trimestre de 2009), su lectoría decreció en más del 50 por ciento, tuvo que cerrar sus oficinas en Nueva York, y despedir alrededor del 25 por ciento de sus empleados. Han acusado a la crisis económica y a la pornografía gratuita en Internet de la debacle de la revista.

Sin embargo, con una circulación alicaída de 3 millones de copias mensuales (en noviembre de 1972 vendió más de 7 millones de ejemplares), Playboy ha liderado el mercado de las revistas masculinas, que incluye desde sus primeras competidoras de los setenta —Penthouse y Hustler— hasta otras más recientes como Maxim o FHM.
No sólo por esto el caso de Playboy es sintomático, sino también por el influyente rol cultural que ha tenido la revista durante más de medio siglo. La historia de
Playboy está intrinsecamente ligada a la mejor tradición del periodismo narrativo norteamericano. Una misma edición —la de diciembre de 1968, por ejemplo— reunía textos de Truman Capote, Lawrence Durrell, Allen Ginsberg, Arthur Miller, Henry Miller, John Updike, un ensayo de Marshall McLuhan y hasta la primera traducción al inglés de un poema de Goethe.


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EL CARTÓN DE HOY: La solución, otra guardería-Magú

Tomado de

No tengo nada qué perder… ya me lo quitaron todo

El Zancudo
(No mata, pero hace roncha)

Arturo Soto Munguía

La salida de la marcha tiene un aire de duelo. Como de tristeza. Como adelantándose al día siguiente, cuando falleció Ximena, la pequeña de dos años que no sobrevivió a las quemaduras provocadas en el incendio de la Guardería ABC.
Esta vez ni siquiera el lastimero sax de la primera marcha rompe el silencio.
Pero es mejor, porque veces hay en que un sax puede ser el más violento incitador a la tristeza. Al lamento. Al llanto.
Un sax aquí, donde miles se están reuniendo para salir a caminar y en cada paso repetir como eco el enojo, la impotencia, el dolor, las ganas de decir ¡ya basta!, pero de a deveras.
No el ya basta que se repite cada cinco minutos en las radios y las televisoras estatales y no estatales, sino el ya basta que aparece en las miradas de la gente que sale al paso de la marcha; de los automovilistas que saludan y bajan la mirada en silencio; del señor que se santigua en la banqueta de la iglesia de San José, donde las campanas repicaron durante todo el tiempo que duró en pasar el contingente.
En la guardería las paredes son azules y amarillas. Y negras, pintadas por el humo que mató a muchos niños. Dos fotógrafos se dan maña, rompen de alguna manera el cerco policiaco, los listones de plástico amarillo que rodean el edificio, y suben para lograr su mejor toma.
Son periodistas.
Son los que están en todas partes, para que nada pase desapercibido, para que nada quede en el olvido.
Están trabajando pero la policía no entiende eso. Nosotros también estamos trabajando, dicen, y no les falta razón.
Los periodistas van en la marcha. Se suman, se pegan calcas en las camisas, se saludan. Saben que están escribiendo la historia y que la objetividad es un andamiaje teórico que no resiste el peso de las lágrimas.

II
Parafraseando a Jeff Durango, en la marcha nadie tiene ganas de reír.
La marcha abre brecha. Lleva a los padres de los niños muertos adelante. También a mujeres que llevan a sus niños en carreolas. Son ellos los que van abriendo brecha.
Son una línea de pequeños valientes que no tienen edad siquiera para caminar. Son como los que murieron, como los que están hospitalizados después de 15 días, algunos de ellos muy graves.
Una de ellas lleva una cartulina: “Justicia a nombre de mis compañeritos. Los extraño”.
La pequeña también estaba ahí cuando las llamas. También estaba ahí cuando el infierno.
Ahora son los que van al frente de la marcha. Son niños como los que murieron. Aún no saben hablar. No saben caminar ni andar en bicicleta ni patear una pelota ni hacer un atrapadón en el center field, que haga brincar a su padre hasta el cielo.
Los pequeños son vanguardia. Están viviendo una tragedia con la sonrisa ingenua en los labios y con esa sonrisa son vanguardia y van abriendo brecha rumbo al palacio de gobierno.
Están lejos de tener edad para votar, pero encabezan una de las marchas más importantes de la historia contemporánea de esta ciudad.
El señor de la iglesia se quita el sombrero y se santigua con la devoción de un creyente. Con el respeto que le merece la muerte. Con el sentimiento que le hace bajar la mirada y murmurar algo que sólo él entiende, mientras bendice a los niños que van al frente.
En la marcha, los únicos que sonríen son los candidatos a ganar el concurso de Photoshop.
Colgados de todos los postes, en colores intensos y brillantes, son tan ajenos al sentimiento de la gente, que sus panorámicas sonrisas ofenden. ¿De que se ríen?

III
En Parque de la Solidaridad estaba un ángel.
Medía casi tres metros. Era muy grande. Sus piernas eran muy largas y sus alas muy pequeñas, pero era un ángel. Se movía como un ángel.
Creo que la vi antes, ayudando a clavar el tacón de otro ser voluntario, que acudió a la marcha a decir ‘yo tampoco estoy de acuerdo’. Son muchachas y son zanqueras. Vinieron desde su corazón, porque sólo desde ahí se puede llegar a una marcha para exigir justicia por los niños que hoy son dolorosos huecos en los corazones que antes se llenaba con sus risas.
En ese crucero hay un ángel de zancos muy largos y alas muy cortas. Pero se mueve bien. Los movimientos de sus alas son lentos pero fuertes. Su rostro no refleja el cansancio sino el coraje.
Es una zanquera hermosa que mira pequeñito al policía municipal que dirige el tráfico para dejar libre el camino a la marcha.
Uno sigue dirigiendo el tráfico y la otra sigue moviendo sus alas, como para irse. Desde lo alto de sus zancos, desde el batir de sus alas de ángel, observa la marcha que camina rumbo a Palacio de Gobierno, a exigir justicia.

IV
En la calle los automovilistas no protestan. Aguantan minutos y minutos a que pase la marcha. No gritan, no se exasperan por el río de gente que les impide avanzar más rápido.
Bajan las ventanillas. Ven. Buscan con su mirada esperando encontrarse con su condición de madre, de padre que aguanta a pie firme la noticia de que su hijo ha muerto.
En la calle, todos se sienten víctimas. En la calle todos somos vulnerables.

V
Alguien debería decirle a la mamá de Germán, que no convierta el dolor en odio.
Explicarle que la suma de negligencias, complicidades y omisiones de los gobiernos que le arrancaron a su único hijo, no deben ser mencionadas, porque hacerlo la pueden convertir en un gusano que se arrastra por el lodo. Una oportunista.
Alguien debería decirle que su pequeño ya no se acurrucará en su pecho ni le iluminará la casa, porque está muerto.
Como otros 46 niños, que lo acompañaron en un infierno de fuego y gases tóxicos, y ahí mismo quedaron, ‘asegurados’ por el cinturón de su ‘portabebé’, en la guardería ABC, que ya apartó un lugar en la memoria social hermosillense.
La señora toma el micrófono. Está parada en el Kiosko de la Plaza Zaragoza, de cara al edificio que alberga los gobiernos estatal y municipal.
Detrás de ella, varios de los padres que perdieron a sus criaturas. Tienen flores en las manos y fotografías de sus hijos, pequeños y felices.
Las caras de esos niños tienen la alegría que se le fue a una pequeña rubia que, sosteniendo un gran cuadro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, observa el mar de gente, desde el kiosko, a un lado de la mamá de Germán.
Los pequeños de las fotos son hermosos y felices. La pequeña rubia tiene los ojos cuajados de llanto y sus manitas aprietan el marco de la Guadalupana, mientras se muerde el labio inferior para contener un llanto que hubiera podido bañar a las cinco mil almas que frente a sus bellísimos ojos verdes coreaban ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!
La mamá de Germán se anima y toma el micrófono. Y con la voz desgarrada en un grito que erizó la piel, sentenció: ¡Yo no los perdono!

VI
Los boquetes que un ciudadano abrió en las paredes de la guardería ABC, para ayudar a sacar a los pequeños, también sirvieron para sacar a la luz pública cómo es que se gobierna este país, México lindo y qué herido.
Se llama Abraham. Es el papá de Emilia, a la que de cariño, para chipilonearla, llamaba como la llamó en las últimas dos marchas “mi changa pedorra”.
Está frente a miles que al llegar a la Plaza, descubren que no son la parte más callada de las gráficas con que unos tipos de corbata memorable, juegan a la prospectiva política.
No son números ni porcentajes tan maleables como la política clientelar con que los gobiernos fincan su legitimidad, poniéndole precio a los votos.
Abraham está en el kiosko y abre con un llamado a aislar a quienes pretendan politizar el tema, gritando cosas inadecuadas.
Alguien debería decirle a Abraham, que él no es el único que quiere y puede decir que el gobierno es el culpable del incendio donde pereció su hija de tres años.
Que no es el único que quiere gritar que vivimos en un país donde los derechos humanos se pisotean y donde la impunidad prevalece.
Porque todo eso dijo él, con un ramo de flores en la mano izquierda, y el micrófono en la derecha, muy cerca de su boca que grita: ¡La muerte de mi hija no debe quedar impune!
No debe quedar impune, dijo, como tampoco deben quedar impunes las muertes de los otros 45 niños que hasta ese día había cobrado como víctimas el incendio de la Guardería ABC.
Alguien debería decirle a Abraham que las miles de gargantas que frente a él se hacen nudo con su relato, con su voz entrecortada, con sus ojos de agua, también tienen ganas de decir que la tragedia se pudo haber evitado, pero que los dueños de la guardería se ahorraron 20 mil pesos en una puerta de emergencia y ahora están sacando cuentas de cuánto se pueden ahorrar en el pago para que la justicia no los toque.
En su pecho no cabe el llanto ni el consuelo porque Emilia ya no está.
Quizá por eso, nadie le dijo que evitara politizar el tema. Que no fuera a decir algo así como que la lucha ya no es por los niños, sino por cambiar el país, el sistema, el gobierno.
Y como nadie le dijo que si politiza el tema entonces puede pasar a ser uno más de los gusanos oportunistas que se arrastran por el lodo, Abraham clamó por justicia, desde el kiosko de la plaza Zaragoza, frente a la sede del gobierno, y dijo: “si no hay justicia… ¡cuidado!”.
Y con la voz que sólo puede salir del pecho de un padre al que le arrebataron a su changa pedorra, como la llama hoy con la voz entrecortada, frente a miles de personas que tienen la emoción a flor de piel, Abraham dijo: “Yo ya no tengo nada qué perder. Ya me quitaron todo”.
Alguien debe firmar un desplegado, de preferencia con muchas firmas de esas que dibujan los apellidos que hacen fila en las páginas de Sociales, donde le adviertan a Abraham que no debe convertir el dolor en odio.
Alguien debe ir decirle al que ya no tiene cerca a esa preciosidad que era Emilia, a esa luz en los ojos de Lupita, la madre de Emilia, a la que conozco. La que tiene en sus ojos el dolor más grande que haya visto en otros ojos.
A ellos alguien, algún tanatólogo pagado por el gobierno; alguna sicóloga con la bolsa llena de volantes de su candidato; algún especialista con cara de ‘siguiente nivel’, debería decirles que no politicen el tema.

lunes, 22 de junio de 2009

Causas y efectos


La letra desobediente
Braulio Peralta


2009-06-22


Un sueño: vivir alejado de la sociedad. Estar en el campo, frente al horizonte. Detesto las ciudades verticales pero ha sido imposible huir de ellas, por el trabajo. En una loma frente al horizonte olvidaría el desastre de la izquierda desunida, a por ejemplo el sueño roto de una izquierda sólida, para ganar en vez de perder. El retroceso es imparable.
Me preocuparía dejar de ser el crítico y autocrítico que soy. Vivir antes que sobrevivir y morir como un moribundo sin sosiego. La vejez mental atemoriza más que la del cuerpo. Eso es algo que nunca he encontrado en la derecha. A pesar de sus discursillos sobre democracia hay un tufo donde por dinero se desollan, en detrimento de los desamparados. La historia nunca los ha absuelto.
La soberbia me aterra. El orgullo me ciega. Aborrezco mi vanidad. No puedo con el enojo: me empequeñece. Desgraciadamente soy chiquito porque soy, en esencia, de temperamento colérico. Saberlo me salva apenas un poquito. Por eso no soporto el carnaval en que han convertido la marcha anual de los gays: un escaparate de egos contra una ideología que busca el respeto a toda diferencia. Los medios hoy nos ven de lentejuelas como si fuéramos descerebrados.
Me cuesta perdonar aquellos que andan por el mundo de humildes y son, en el fondo, dictadores de conciencias. Un dictador es aquél que dicta cómo debe ser el camino. Nadie más. Andrés Manuel López Obrador —con un ego sin control—, es uno de ellos. Será en la historia el responsable de una izquierda que buscó la unión en los 80 y se desune en pleno siglo XXI.
Temo al que no se quiere a sí mismo porque no puede querer a nadie. El que dice amar cuando odia y viceversa. Aquel que no comprende el peso de las palabras y su significado. Los que no oyen más que su propia voz. Aquí la lista crece. Pero solo daré un nombre: Felipe Calderón. El poder no le enseñó a gobernar para todos sino para su gremio y alianzas corruptas que vienen del PRI. Es el presidente de la desunión de los mexicanos.
Preferiría un país que se llame Extranjería, en consecuencia con lo que creo. Los mejores cambios vienen cuando eres un extraño en tierras ignotas. No vivo para tener vida cómoda sino para pensar y actuar en relación al aprendizaje que la vida me ha dado. Una mente emocionada, actuante y pensante. Iré a votar.
“Nadie es libre hasta que todos seamos libres”.




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