domingo, 26 de enero de 2014
DESCANSE EN PAZ Y VIVA PARA SIEMPRE EN SUS OBRAS: JOSÉ EMILIO PACHECO.
El mar sigue adelante
Entre tanto guijarro de la orilla
no sabe el mar
en dónde deshacerse
¿Cuándo terminará su infernidad
que lo ciñe
a la tierra enemiga
como instrumento de tortura
y no lo deja agonizar
no le otorga un minuto de reposo?
Tigre entre la olarasca
de su absoluta impermanencia
Las vueltas
jamás serán iguales
La prisión
es siempre idéntica a sí misma
Y cada ola quisiera ser la última
quedarse congelada
en la boca de sal y arena
que mudamente
le está diciendo siempre:
Adelante
viernes, 3 de enero de 2014
domingo, 29 de diciembre de 2013
Los puentes vacacionales de 2014 El próximo año habrá por lo menos 7 fines de semana que podrán ser "largos"
http://sanantonioeluniversal.mx Los puentes vacacionales de 2014
Por: Eder Corona Ortiz | 27 de diciembre de 2013 | 07:25
Por: Eder Corona Ortiz | 27 de diciembre de 2013 | 07:25
Para que tengan presentes los puentes vacacionales de 2014 les presentamos las fechas y días en qué habrá días feriados, así como las opciones en que podrían pedir días de vacaciones para aprovechar al máximo los días de descanso que serán oficiales.
En total habrá cuatro puentes de por lo menos tres días de descanso, pero podrás generar otros tres periodos de vacaciones si sumas los días oficiales más los que te corresponderían de vacaciones.
Febrero
El primer día feriado oficial es el 1 de enero, sin embargo el primer puente será en febrero pues el lunes 3 no se trabajará por la conmemoración del aniversario de la Constitución que originalmente es el 5.
Marzo
El lunes 17 de marzo no se trabaja por el nacimiento de Benito Juárez cuya fecha exacta es el viernes 21.
Abril
Las celebraciones de Semana Santa se realizarán la tercera semana de este mes, juevesy viernes santo serán el 17 y 18 respectivamente.
Mayo
El 1 de mayo, que es feriado por ser el Día del Trabajo se llevará a cabo en jueves, así que puedes pedir el viernes 2 de vacaciones.
Septiembre
El 16 de septiembre, fecha del aniversario de la Independencia se celebrará en martes, así que podrías pedir el lunes 15 y extender tus días de descanso.
Noviembre
El lunes 17 de diciembre será descanso oficial debido al aniversario de la Revolución Mexicana, cuyo día oficial se celebrará el jueves 20.
Diciembre
El 25 de diciembre será jueves así que el viernes 26 de diciembre podrás extenderlo pidiendo vacaciones y tener un puente largo.
¿Te vas a animar a viajar o lo pospondrás nuevamente? Esperemos que te animes y decidas consentirte con un viaje inolvidable.
Por: Eder Corona Ortiz | 27 de diciembre de 2013 | 07:25
Por: Eder Corona Ortiz | 27 de diciembre de 2013 | 07:25
Para que tengan presentes los puentes vacacionales de 2014 les presentamos las fechas y días en qué habrá días feriados, así como las opciones en que podrían pedir días de vacaciones para aprovechar al máximo los días de descanso que serán oficiales.
En total habrá cuatro puentes de por lo menos tres días de descanso, pero podrás generar otros tres periodos de vacaciones si sumas los días oficiales más los que te corresponderían de vacaciones.
Febrero
El primer día feriado oficial es el 1 de enero, sin embargo el primer puente será en febrero pues el lunes 3 no se trabajará por la conmemoración del aniversario de la Constitución que originalmente es el 5.
Marzo
El lunes 17 de marzo no se trabaja por el nacimiento de Benito Juárez cuya fecha exacta es el viernes 21.
Abril
Las celebraciones de Semana Santa se realizarán la tercera semana de este mes, juevesy viernes santo serán el 17 y 18 respectivamente.
Mayo
El 1 de mayo, que es feriado por ser el Día del Trabajo se llevará a cabo en jueves, así que puedes pedir el viernes 2 de vacaciones.
Septiembre
El 16 de septiembre, fecha del aniversario de la Independencia se celebrará en martes, así que podrías pedir el lunes 15 y extender tus días de descanso.
Noviembre
El lunes 17 de diciembre será descanso oficial debido al aniversario de la Revolución Mexicana, cuyo día oficial se celebrará el jueves 20.
Diciembre
El 25 de diciembre será jueves así que el viernes 26 de diciembre podrás extenderlo pidiendo vacaciones y tener un puente largo.
¿Te vas a animar a viajar o lo pospondrás nuevamente? Esperemos que te animes y decidas consentirte con un viaje inolvidable.
martes, 3 de diciembre de 2013
Perseguir la belleza es perseguir la verdad - Pablo Espinosa
Sylvia Teresa Manriquez
Detrás
de la belleza está esta la verdad
y
los periodistas siempre perseguimos la verdad.
(Pablo
Espinosa)
Lo
conocí en las sesiones del Seminario de Periodismo Cultural que
impartió en la capital sonorense. Es veracruzano, gusta de compartir
su saber y las bases del periodismo. Pablo Espinosa es editor de la
sección cultural del periódico La Jornada.
Iniciamos
la charla preguntándole: ¿Por
qué cada vez es más difícil ejercer el periodismo cultural? ¿Dónde
está el problema? Y sus
respuestas las comparto ahora con los lectores de Mambo Rock:
La
revolución mexicana, los constitucionalistas, crearon un sistema de
educación que perdimos hace muchos años. No hay una educación
laica, no hay una educación gratuita. De obligatoria se ha
convertido en “inercial” porque la televisión comercial ha
suplantado el papel de la secretaría de educación pública.
Además,
la gente no entiende como valores la ortografía, el buen hablar,
leer, escuchar música. Esto no significa que el pueblo de México
sea inconsciente, iletrado o ignorante, no, yo digo lo contrario, es
una falta de respeto esta imposición a un pueblo con una cultura tan
vasta, tan rica, tan amorosa y con tanta variedad en todo el país.
--Pero
esto no es algo exclusivo de este país.
--No,
este principio no es privativo de México, en Estados Unidos el
movimiento de liberación de la cultura negra, que encabezaran en los
70 “Los Panteras Negras”, tuvo como ideólogo a un escritor negro
que escribió un libro llamado MisEducation
of the Negro (Carter G.
Woodson) y cuyo punto de partida lo podemos aplicar para nosotros: no
educar al negro, porque si educas al negro se va a rebelar y va a
pensar, va a ser peligroso. Eso mismo se aplica en México sin
decirlo, se somete al pueblo con las boberías de la televisión
comercial, no va a salir a las calles a protestar, no va a pedir
igualdad de derechos para todos, ni justicia, ni mucho menos
educación; es una cuestión bastante sencilla y terrible.
--Lo
dice de manera sencilla y terrible a la vez, ante esto destacar la
importancia de recordar la necesidad del periodismo cultural y la
manera de hacer algo novedoso.
--Estoy
de acuerdo y no soy pesimista al plantear el panorama anterior, es la
realidad. Como somos seres pensantes y libres podemos organizarnos y
juntarnos una bola de locos, utopistas, a procurar formarnos. Mejorar
nuestra formación de periodista cultural, es un signo de futuro, es
un signo de que estamos conscientes de que el pueblo de México es
muy sabio, no es ignorante, que tenemos una cultura muy rica con el
futuro por delante; nuestra obligación es aproximarlos a esta
riqueza cultural que mencioné.
--¿Cómo?
-Difundiendo
las actividades culturales que están a su alcance pero que la gente
ignora que existen, es cuestión de aproximárselas, de platicar, de
dialogar con ellos y de decirles “mira, no sólo hay violencia,
también somos esto, y esto”. Decía un pensador que cultura
significa darle a los demás lo que tienen pero no saben que lo
tienen.
--¿Esto
es lo que llamamos “comunicación para el desarrollo cultural”?
--Sí,
entendiendo por cultura todo aquello que hace mejores personas,
mejores sociedades. Entonces, si logramos convencer a los lectores,
al público en general, que no se acercan a la cultura por temor, por
prejuicios inculcados por los medios poderosos, habremos logrado un
avance civilizatorio enorme de recuperar lo nuestro, y por supuesto
la sociedad mejorará.
--Pero
cada vez hay menos foros.
--Sí,
y no en todos los foros se ha cultivado el periodismo cultural, que
es por lo que estamos aquí quienes nos apasiona, nos interesa y
estamos convencidos de las bondades sociales del periodismo cultural
y de la cultura y queremos cultivarlo en la mayor cantidad de medios
a nuestro alcance para lograr esta transformación de las personas.
--¿Ha
cambiado la manera de comunicar al dejar poco a poco la letra impresa
en papel para comunicarnos a través de blogs, redes sociales y
medios electrónicos?
--Ese
es un periodo de transición muy interesante, que significa un cambio
civilizatorio como cuando se inventó la imprenta, dejamos de ser
ágrafos para introducirnos al imperio maravilloso de la letra
impresa que tiene una magia.
El
día de hoy vivimos en una intersección entre la era de Gutenberg,
de la imprenta, con la era McLuhan (creador del término “aldea
global”), que ya pasó y la era de los “gadgets”. Todo es
transitorio, nada puede calificarse como definitivo, en este momento
estamos en una transición hacia nuevas maneras de comunicarnos.
Hemos
visto fenómenos, como la degradación del lenguaje con el uso de
interjecciones y contracciones en los teclados de los celulares. Con
el famoso “ola k ase”, parecía que iba a reinar esa nueva forma
de comunicación pero como es transitorio hubo una corriente de
personas sensatas que dijeron que esa no es nuestra lengua, una
lengua muy rica, y regresamos a nuestro origen.
Hay
campañas dentro de los medios sociales para recuperar el correcto
escribir, el correcto expresarse y disfrutar la belleza y esplendor
de nuestra lengua.
--El
correcto expresarse para entendernos correctamente, ¿podemos
estandarizar una forma de comunicarnos?
--Sí.
Existe un origen, tenemos una cultura que está allí y se ha
desarrollado durante siglos. Tenemos que adecuarnos a los nuevos
descubrimientos, a los avances. Decía Darwin que no sobrevive el
más fuerte sino el que se adapta. En esas estamos, en adaptarnos a
procedimientos de comunicación. Si hoy en día la gente lee cada vez
menos o lee textos cortos, los 140 caracteres de twitter
o los links,
los vínculos que se usan en redes sociales, eso no significa que nos
vamos a convertir en una sociedad ácrata sino que nos estamos
adaptando. El libro electrónico no va a desplazar, al menos en el
corto plazo, al libro impreso; sencillamente conviven porque estamos
en una convivencia de eras, en una transición cultural.
--Vemos
la importancia de recuperar los géneros periodísticos y renovarlos,
la nota periodística, la entrevista, el reportaje, la crónica.
Sobre esta última, ¿cómo es el lindero entre la crónica
periodística y la crónica literaria?
--Bueno,
el meollo del asunto está en que los periodistas y los que aspiramos
a formas literarias, no somos, como mucha gente cree equivocadamente,
escritores frustrados, no. Somos escritores en la medida en que
nuestra herramienta es la palabra.
Dentro
de los géneros literarios existe uno que se llama literatura de no
ficción, es la que practicamos, porque los periodistas no inventamos
historias, eso es antiético, sino que reproducimos la realidad, la
comunicamos. Somos testigos de un acontecimiento y al hacer la
crónica narramos ese acontecimiento tal cual fue, sin quitarle ni
añadirle.
Buscamos
la forma más agradable de comunicar, la belleza de las palabras,
teniendo como herramientas las estructuras de narrativa de los
grandes escritores. Muchos de ellos, como García Márquez, se
formaron en las salas de redacción. Los primeros textos magistrales
de Gabriel García Márquez fueron hechos en un tablón,
en una vieja máquina
mecánica, él a la fecha, no ha dejado de ser un reportero.
--Imágenes
nostálgicas mientras hablamos de literatura, periodismo, periodismo
cultural, que no se limita a hablar del concierto o de la exposición
sino de la problemática alrededor y de la vida cotidiana.
--Por
supuesto, porque todo eso forma parte de la cultura. El periodismo
cultural en realidad es periodismo con apellido. Un periodista
cultural tiene que ser capaz de cubrir un evento de índole política
o de la fuente policiaca, economía o deportes, porque es un
periodista, que recibió entrenamiento para observar, asimilar y
transmitir información. La diferencia de los periodistas culturales
es que nuestra materia es la cultura, no solamente entendida como las
bellas artes, sino todo aquello que nos hace mejores personas, todo
lo que tiene que ver con la evolución de nuestra sociedad para bien.
--Pablo,
cuénteme que lo hace viajar para compartir su gusto por el
periodismo cultural.
--Eso,
la pasión por compartir. Para mí el arte de la música es el arte
de compartir, no es un ejercicio en soledad, ni la lectura misma;
supuestamente está uno solo frente a un libro y eso no es soledad,
porque mediante un libro y con la música uno viaja a los confines
más insospechados; yo he estado en Java muchas veces pero jamás
físicamente, he estado bajo el mar a grandes profundidades y nunca
me he puesto un traje de buzo, Julio Verne me llevó en sus Veinte
mil leguas de viaje submarino;
he estado parado en alguna estrella del cosmos porque me llevó
Saint-Exupéry y me vistió de El
principito, en fin. La
lectura, la música, el deleite de las bellas artes nos lleva a ser
mejores personas, insisto.
--En
este andar compartiendo con los periodistas de México ¿ha observado
algún denominador común en cuanto al periodismo cultural?
--La
pasión, que es lo que me mueve a mí y que la he encontrado en
ustedes y otros colegas del país, la pasión entendida como un
entusiasmo que nos lleva a compartir lo que disfrutamos porque es
bello.
--¿Ha
encontrado ganas de querer hacer más, abrir más espacios?
--Sí,
la pasión nos da ímpetu para hacer cada día más, para compartir
lo bello, porque lo bello es bueno, porque perseguir la belleza es
perseguir la verdad, detrás de la belleza está la verdad y los
periodistas siempre perseguimos la verdad.
--Eso
se oye muy bonito, pero ¿qué hacemos cuando tenemos mucho que decir
y no hay un medio donde publicarlo?
--Lo
inventamos. Ahora con las nuevas tecnologías se puede hacer un
periódico electrónico, un blog, uno puede nutrir sus materiales. A
partir de eso de pronto somos una comunidad y podemos fundar un
periódico.
--Dicen
que no se lee en México ¿usted qué opina?
--Según
las estadísticas leemos entre medio y tres libros al año, muy poco.
Eso forma parte de la problemática que mencionamos al principio de
la charla, un problema del sistema educativo y más a fondo: un
problema de la justa distribución de la riqueza.
--Interesante
también sería saber qué estamos leyendo. ¿Usted qué lee cuando
no lee periodismo?
--Un
periodista cultural siempre está trabajando, es mi caso. Mis días
de descanso si voy al cine, estoy trabajando aun si la película es
la más ñoña o tonta que pueda parecer. Un periodista cultural
desarrolla la capacidad de observación, de atención consciente todo
el tiempo. Decía la esposa de Manuel Buendía (decano del periodismo
en México N. de la R.) que cuando estaban comiendo o iban caminando
de pronto Buendía se abstraía de la realidad y ella le decía “Ya
estás redactando, verdad”. Así el periodismo cultural llena la
vida del periodista que lo ejerce.
viernes, 9 de agosto de 2013
LA CULTURA: EL CAMINO A LA LIBERTAD. LUIS GIRARTE
Por Sylvia Teresa Manríquez*

Todo era en el sur
Cuando los hombres
no sabían
de una patria y otra,
cuando solo era la tierra.
Patria tierra
patria solar
patria familia
patria sombra.
Todo era en el sur,
el cantar y la luna
la siembra y el ganado
…el venado y los ojos de la lluvia.
Todo era en el sur.
Este es un fragmento del poema “Baladas campesinas” del libro
“Oraciones prescritas” de Luis Girarte Martínez, poeta michoacano
ganador del XI Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal, otorgado por el
H. Ayuntamiento de la ciudad de Hermosillo, Sonora.
“Obras prescritas”, así como una prescripción médica, se adentra en el dolor de las fronteras, de los hombres y mujeres que dejan el lugar de su origen para lazarse tras la esperanza de sobrevivir y no sólo existir. Es la primera vez que, según el propio Girarte, aborda el sufrimiento de la gente del campo, la desesperación y las carencias.
Maestro Girarte, se le ha reconocido a usted con un premio que enorgullece a la gente de Sonora, pues se honra la incansable y prolífica labor de Alonso Vidal en el campo de la cultura, ¿Cuál es su sentir al venir a Sonora a recibir este premio?
“Obras prescritas”, así como una prescripción médica, se adentra en el dolor de las fronteras, de los hombres y mujeres que dejan el lugar de su origen para lazarse tras la esperanza de sobrevivir y no sólo existir. Es la primera vez que, según el propio Girarte, aborda el sufrimiento de la gente del campo, la desesperación y las carencias.
Maestro Girarte, se le ha reconocido a usted con un premio que enorgullece a la gente de Sonora, pues se honra la incansable y prolífica labor de Alonso Vidal en el campo de la cultura, ¿Cuál es su sentir al venir a Sonora a recibir este premio?
Me llena de emoción venir a contribuir al homenaje
que un pueblo le hace a uno de sus hombres (Alonso Vidal), que se
distinguió por su trabajo en la promoción de la cultura. Para mí
significa venir a contribuir aunque sea con una palabra o con una voz al
engrandecimiento de un pueblo de seres humanos con capacidades de
sentir, de apreciar la belleza de saber que no todo es práctica, que no
todo es materia, sino que tenemos algo dentro, que nos permite disfrutar
de una bella canción, de una extraordinaria cultura, de una lectura
significativa y de una palabra escrita con el corazón.
Además, esta es la primera vez que el público puede estar presente durante la premiación del concurso “Alonso Vidal” y a mí me da mucho gusto estar presente y poder decir que el pueblo de Hermosillo viene a ver de que se trata este premio en honor a los poetas de México.
Y es que los municipios no solamente son calles y pavimento, también son cultura; todos podemos ser libres mediante la cultura, porque la cultura es lo que nos hace ser humanos, nos distingue de todo lo demás.
Señor de los arados y el barbecho
del tronco de caballos y las ancas
concédeme el privilegio de tocar las barbas
de la espiga, de probar en el grano maduro
a la fécula del trigo y de cargar al sol
como a un amigo en las espaldas
de la desventura
cuando la tarde incita a regresar
sobre costras de polvo
a la edad de los sabores infinitos.
Fragmento del poemario “Oraciones prescritas” de Luis Girarte.
¿Es en realidad la palabra una herramienta para llegar a la libertad?
S
i, la palabra usada con propiedad establece puentes, de amistad,
afecto, armonía, negocios, satisfacción y gusto. La palabra es la
herramienta que nos puede llevar a vivir mejor. Y mediante la cultura
conseguimos ser libres, es lo que nos hace ser humanos y nos distingue
de los demás.
Además, esta es la primera vez que el público puede estar presente durante la premiación del concurso “Alonso Vidal” y a mí me da mucho gusto estar presente y poder decir que el pueblo de Hermosillo viene a ver de que se trata este premio en honor a los poetas de México.
Y es que los municipios no solamente son calles y pavimento, también son cultura; todos podemos ser libres mediante la cultura, porque la cultura es lo que nos hace ser humanos, nos distingue de todo lo demás.
Señor de los arados y el barbecho
del tronco de caballos y las ancas
concédeme el privilegio de tocar las barbas
de la espiga, de probar en el grano maduro
a la fécula del trigo y de cargar al sol
como a un amigo en las espaldas
de la desventura
cuando la tarde incita a regresar
sobre costras de polvo
a la edad de los sabores infinitos.
Fragmento del poemario “Oraciones prescritas” de Luis Girarte.
¿Es en realidad la palabra una herramienta para llegar a la libertad?
S
i, la palabra usada con propiedad establece puentes, de amistad,
afecto, armonía, negocios, satisfacción y gusto. La palabra es la
herramienta que nos puede llevar a vivir mejor. Y mediante la cultura
conseguimos ser libres, es lo que nos hace ser humanos y nos distingue
de los demás.
Sin duda usted le apuesta a la poesía ¿Por qué?
Todos tenemos alguna ambición, algún gusto. A mí me gustó leer desde
pequeño y después de leer me gustó escribir, y además este gusto me
permite ir a muchos lugares bonitos. La escritura es un acto íntimo, la
persona trata de expresar lo que trae adentro, no es simple gusto,
satisfacción o necesidad, sino que es parte de la angustia que nos causa
el mundo en el que estamos viviendo. ¿Qué nos comenta sobre el premio “Alonso Vidal” con el que se le reconoció recientemente?
El premio “Alonso Vidal” tiene una dimensión mayor estando en el lugar donde se origina, principalmente por el hecho de que una ciudad como Hermosillo ponga a perpetuidad el nombre de uno de sus escritores; y que yo contribuya en este marco tan maravilloso, engrandece mi percepción del premio, a dimensiones que no puedo medir. Además, se permitió la asistencia de público que vino a escuchar lo que se tenía para decir. Yo espero que se siga perpetuando la imagen, figura y nombre de Alonso Vidal, porque sin duda dejó raíces importantes.
Maestro Girarte, la palabra nos sigue hermanando, pues nos encontramos físicamente en un callejón hermoso de la capital sonorense, que luce la poesía de Alonso Vidal en sus paredes, sin duda el mejor marco para entregarle el premio que rinde homenaje este importante poeta sonorense.
Así es, y espero que Hermosillo siga hermanándonos con el abrazo de la amistad y la palabra. Que se conserve este certamen como algo significativo, con el que la administración pública le apuesta al fomento de la poesía mediante el reconocimiento a un gran promotor cultural, como lo fue Alonso Vidal.
*Comunicadora.
El premio “Alonso Vidal” tiene una dimensión mayor estando en el lugar donde se origina, principalmente por el hecho de que una ciudad como Hermosillo ponga a perpetuidad el nombre de uno de sus escritores; y que yo contribuya en este marco tan maravilloso, engrandece mi percepción del premio, a dimensiones que no puedo medir. Además, se permitió la asistencia de público que vino a escuchar lo que se tenía para decir. Yo espero que se siga perpetuando la imagen, figura y nombre de Alonso Vidal, porque sin duda dejó raíces importantes.
Maestro Girarte, la palabra nos sigue hermanando, pues nos encontramos físicamente en un callejón hermoso de la capital sonorense, que luce la poesía de Alonso Vidal en sus paredes, sin duda el mejor marco para entregarle el premio que rinde homenaje este importante poeta sonorense.
Así es, y espero que Hermosillo siga hermanándonos con el abrazo de la amistad y la palabra. Que se conserve este certamen como algo significativo, con el que la administración pública le apuesta al fomento de la poesía mediante el reconocimiento a un gran promotor cultural, como lo fue Alonso Vidal.
*Comunicadora.
Ermunio
CARLOS SÁNCHEZ
Caminar es su adicción. El sudor le
empapa la camisa. Trepar a un carro le significa una blasfemia, un
pecado. Se comunica con la naturaleza, más que con personas. Vive en
constantes monólogos, y en ocasiones dialoga con sus familiares
difuntos, los que habitan en su casa.
Una noche de junio, me dispongo para
llegar a la cita con Rafael. Acordamos antes que me permitiría dormir
en su casa, cenar a su lado, tal vez embriagarme de su voz incesante,
con sus historias constantes.
Cananea
lo vio jugar desde niño, trepando montañas. Conoce de esta ciudad sus
virtudes y tragedias, sus triunfos y derrotas. Rafael lleva en las
plantas de sus pies la voluntad del conocimiento de esta tierra que
entrañablemente pende en su mirada; en su silencio la describe como un
regalo de la vida.
Al
encontrarlo lleva en sus manos una mochila verde, Para que compartamos
el peso de tu maleta, dice. Unos cuantos libros repartidos entre él y yo
y así el inicio de la caminata. Le comento a Rafael que estoy cansado,
que tomemos un taxi. Nos vamos caminando, yo no me subo a los carros,
responde.
Con
la maleta en mi espalda, y él con la suya, descendemos hacia un arroyo,
de facto la oscuridad me baña la mirada, y el cuerpo todo se enfría de
temor. El presentimiento de una caminata difícil me llena de intuición
el corazón. Enciendo la grabadora con porque tengo la costumbre, desde
adolescente, de grabarlo todo, y porque uno ya como inquieto que va por
la vida tomando nota de esto y de aquello.
Al
descender caemos sobre la arena del arroyo. Árboles, ramas, ruidos de
animales, y la ausencia de la luna. Estoy a la expectativa. ¿Cuándo me
va atacar un animal, cuándo me va a encajar un cuchillo algún cabrón?,
me pregunto sin decirlo. Mi única opción como defensa para domar el
camino, la oscuridad, es seguir a Rafael. Sus instrucciones son la lupa
si quiero encontrar las veredas y llegar a la meta que es su casa y está
en la colonia del Cobre, rumbo a Agua Prieta.
Entre
el movimiento de ramas, ruido de animales, Rafael acompaña sus pasos
con palabras, y me lleva de la mano, porque no hay fuerza para que la
voz construya mis palabras. No puedo y me dispongo a escucharlo:
Últimamente
según yo me voy a sentar a escribir, a estudiar, y en un ratito me
quedo dormido, porque ando muy cansado, la diabetes que traigo me roba
la energía, o mejor dicho, no me deja sacar energía de la azúcar, no la
digiere por falta de insulina, la diabetes es muy cabrona. ¿Ves bien tú?
Ante
la pregunta hago un esfuerzo para responder, y vacilo no sé cuánto
tiempo, me trabo en el silencio, intento decir algo pero la oscuridad me
tiene atrapado del cuello. Al final no sé cómo pero una frase llena ese
túnel que es el arroyo: Sí, veo al chingazo.
Yo
no veo, son cosas de la vejez, te vas quedando ciego, sordo, paralítico
mamá mía (grita y le sucede una sonrisa que me llena de escalofrío).
Hay una palabra que encontré en el diccionario accidentalmente, y que me
gusta: Ermunio, libre de impuestos. No tengo papeles ni de mexicano, ni
papeles de gringo, no percibo salarios, vivo de lo que quedó de mi
familia, no tengo seguro social ni me interesa tener, ermunio: libre de
cargos.
Ermunio,
me repito con insistencia para mí solo. El ruido que emiten los
animales se intensifica. Rafael dice conocer el arroyo a la perfección,
pero en este tramo que hemos recorrido ha estado a punto de caerse en un
par de ocasiones al tropezar con arbustos. Ermunio, me repito mientras
me pregunto qué hago caminando a estas horas de la noche y bajo un cielo
sin luna. En eso ando, en la cavilación, cuando su voz de nuevo:
Pues
así vivo, de lo que me dejó mi familia, de esa suma de dinero. Mi
madre, mi padre también un poquito, pero recuerdo a mi madre que la oí
decir: Toma mijito, yo sé que te va a hacer falta. Eran los dólares que
ella guardó, porque era ciudadana americana, entonces eso me está ahora
salvando del hambre. Cuando llegas a una edad como la mía, y todavía con
esas pretensiones de que si yo no hago lo mío, leer y estudiar, mejor
que termine mi vida, y estoy en eso, porque a mi edad ¿sabes de qué
chamba consigues?, de velador, no tengo nada en contra de ese oficio,
pero yo quiero hacer lo que me gusta, no quiero terminar mi vida
cuidándole los robos a un ladrón, porque la gente termina velando las
empresas de los ladrones.
¿Cuánto
tiempo te durará lo que tienes?, pregunto con una facilidad que me
sorprende, mientras sostengo de un brazo a Rafael, que está a punto de
resbalar.
Un
año, dos, tal vez tres. Me conformo si llega a ese límite, y si ya no
puedo vivir porque no tengo un salario, pienso de qué manera me gustaría
morir, y para mí lo ideal sería incinerado, yo lo único que pido al
gran mago del universo, no a Dios, al que se encarga de las magias
(acotación: Rafael pierde la vereda, me pide que lo siga, encuentra el
rumbo y continúa), he pensado que si me agarra mucho la diabetes, si ya
no puedo moverme, me dejaré morir de hambre, no quiero que empiece por
lástima la gente a llevarme el platito, ya sabes cómo, los vecinos, ni
modo que termine así, no me interesa ese término de vida, o estar ahí
vegetando, yo soy muy activo físicamente. (Cuidado porque por aquí es la
cosa, cuidado porque aquí ya hay drenaje. Sabes qué hicieron las
autoridades últimamente aquí, dizque iban a hacer un parque muy bonito y
nada más hicieron una carne asada para visitantes políticos. Sígueme:
aquí está el drenaje, aquí está medio seco ahora y aquí hay ramas,
cuidado, está medio inclinado el terreno, resbaloso, la pasada está por
allá).
Yo
creo que es lógico y natural, si ya no puedes te dejas morir, ¿de qué
te dejas morir? Yo prefiero de hambre, porque me he andado muriendo de
hambre y sé aguantar, y me he andado muriendo de sed allá en las
montañas en California, es terrible. El hambre la sientes como aquí, y
sientes como una sonsera en el cerebro, pero con la sed cada célula de
tu cuerpo te está gritando: agua, agua, agua, es terrible.
Cuando
me eché ese viaje en California, un mes más o menos en la sierra, pero
llegando a pueblitos, sentía mucha soledad. Tres cosas superé en ese
viaje: el miedo, oía rugir a los osos adentro del bosque, y si te agarra
la noche en la sierra no hay otra más que parar, pero antes de que te
agarre la noche, si andas caminando solo, como aquí, imagínate, tienes
que buscar el lugar donde acamparás, pero eso tienes que hacerlo durante
el día. Al principio me daba trabajo porque buscaba un lugar bonito,
muy intelectualizadamente, y no me dio resultado, y luego, ante la misma
presión de las circunstancias es cuando trabaja el alma, a través de
los espíritus. En esta parte del camino el clima se siente bien, pero
está difícil porque hay piedras y podemos tropezar. Eso me enseñó a
confiar más en el alma a través de los instintos, de cómo se siente el
lugar, cómo se sienten las vibras, aquí me quedo, me decía, cuando ya
estaba escogido el lugar.
Rafael
está a punto de rasgarse la cara con un alambre de púas no obstante
conocer el camino, evito con un empellón que continúe avanzando y
tropiece con un cerco sostenido por leños de mezquite. Continuamos.
Habla.
Cuando
ya pusiste tu casita ahí tienes la bolsa de dormir, lumbradas no hacía,
yo nomás comía y estaba harto, granola con leche de polvo, eso es lo
que podía llevar en la espalda. Ya tienes tu casita, tu comida lista,
todavía es temprano, tienes miedo. Ahora lo que resta del día es para
que hagas lo que te de tu chingada gana, yo me iba a dar la vueltecita
por ahí, me siento a gusto viendo el terreno donde estoy durmiendo.
Perdí el miedo. Casi no veo el terreno que estoy pisando, ¿tú sí lo ves?
Oquei, aquí está el camino, quiere decir que no estoy tan cegatón.
Varias
veces me he perdido porque hay cercas como esas que tienen un alambre
hasta abajo y es de púas, y si te encajas una de esa, puta madre, que
irá. Mira, ves esa luz allí arribita, por ahí va el camino, yo no camino
por las calles. Ahora no hay luna, eso nos desfavorece, con luna verás
qué bien se ve. Pero tú eres diurno, tú vas a caminar de día por aquí.
No, yo caminaré por la calle, le digo.
¿Por
el pavimento, lo prefieres a la cañada?, nomás por eso me vine por
aquí, por ti. Si aquí hay camino, hasta los carros pasan por aquí.
Por
aquí podemos subir, allá veo una luz, le sugiero a Rafael cuando ya el
ruido de animales, la insistencia de los alambres y el temor nos (me)
acechan constantes. Por aquí podemos subir, allá hay luz. Rafael no
responde, sólo camina y yo lo sigo. No sé cuántos metros recorremos más.
Por fin Rafael habla de nuevo.
A
la gente que vivía allá donde era el pueblo minero de antes, cerca de
la mina, nosotros les decíamos los del pueblo, pero el barrio tenía
nombre: Buenavista. A este barrio de acá le llaman Nuevo Buenavista,
porque los desalojaron, los sacó la mina, empezó a hacer sus hoyos allá
donde vivían y los pusieron aquí.
— ¿Cuántos años tienes viviendo aquí?
— ¿Oíste esa canción?
— Sí.
—
Me gusta. Últimamente, ahora que llegué, veinticuatro más o menos,
porque yo andaba allá, vagando, fíjate que yo fui a absorber a Estados
Unidos, no a absorberlo como lo absorbe la gente de allí, que absorbe la
comida chatarra. Yo absorbí costumbres, conviví con ellos, sufrí
pobrezas también con ellos, tienen muy mala fama, muy infame entre
nosotros, conviví con ellos y es la gente más honesta que me he
encontrado en toda mi vida, más natural, más gente, y no son
drogadictos, pero allí uno que otro como yo que siempre me ha dado por
la mariguanita, ahí conseguíamos, pero no para ellos, para mí, me
decían: Rafael, a ti te gusta, te regalo este gallito, son tan honestos y
tranquilos que yo que soy bastante lujurioso con mis detalles sexuales,
convivíamos desnudos completamente y nos bañábamos en las mismas tinas,
sin ningún problema. Ahí por donde vamos a subir esa lomita, me di
cuenta que ya echaron agua de drenaje, se está convirtiendo esto en un
pueblo muy cochino.
Los
lugares son como las personas, te las encuentras y unas te caen bien y
otras no, así los lugares, yo recuerdo que llegué de Magdalena, no
recuerdo detalles pero recuerdo precisiones. Miras el cerro ese, de niño
me tenían prohibido vagar y por ahí me iba con un niño mayor que yo.
Antes había cerros muy bonitos, pero se los han ido acabando, los
explotan, les sacan las tripas sólo para beneficiar a compañías
extranjeras, esto ha sido desde que se tecnificó Cananea, por allá de
mil novecientos, y han venido un montón de gringos, esto ha sido un
emporio gringo, industrializado a la gringa con extranjeros de Nueva
York donde todo ese cobre ha servido al capitalismo. Me acuerdo de niño,
cuando viví cerca de la casa de los Green, cómo veía a la viejita, la
esposa de Green, por allá, ya en silla de ruedas, por atrás de esa casa
nos íbamos a caminar porque todo aquello era un bosque y había un lago
donde nos íbamos a pescar siboris, tenía en mi casa un bote con agua, y
mi mamá me decía con mucho asco, hay niñito se te van a morir.
Rafael
abre brecha. Debajo de las ramas de un pino se encuentra su casa. Para
ingresar hay que hacer a un lado la maleza. Avanzamos y en el interior
un silencio se llena con el rechinido de la puerta. No miento si digo
que hay en ese espacio una alfombra de polvo, varios cuartos con puertas
cerradas, ropa amontonada en la habitación contigua a donde él duerme.
Allí era el cuarto de mi hermano, murió hace ya algunos años.
Frente al cuarto de su hermano está el cuarto de su madre: Este cuarto nunca se abre, aquí sigue mi madre, esas son sus cenizas.
Las
cenizas de la madre de Rafael están encima de la cama, dentro de una
caja de madera. Un silencio infinito envuelve el entorno, silencio que
describe la parsimonia en los pasos que un día diera la señora dentro de
ese hogar. A un lado de la cama hay un teléfono viejo, al otro costado
un peinador y enseguida un clóset. El silencio como constante vigencia
para la reflexión. Dentro de la casa sólo se escucha la voz de Rafael, y
una risa desde su estómago que rebota entre las paredes y se cuela por
las ventanas hasta caer como lluvia sobre las otras casas del barrio.
Con
la mirada me convoca hacia la cocina, el cansancio, el hambre, me
devastan, quiero una silla, si es preciso, mejor sería un colchón. Una
mesa sostiene una lámpara de pie, un montón de libros, sobres manila
donde Rafael escribe: Porque no tengo dinero para comprar cuadernos,
entonces un amigo me regaló como veinte mil sobres, en ellos escribo,
estoy seguro que me durarán para lo que me queda de vida.
Rafael escribe en esos papeles sepia, de textura frágil, algunas oraciones en inglés, otras en español.
Antes
de que me indique dónde y cómo puedo tomar agua, Rafael me aclara que
en su casa los baños no funcionan, porque el agua es escasa, por lo
tanto debo ir a orinar al corral. Me dirijo a orinar antes de que me
venza el cansancio, en eso estoy cuando una telaraña se me unta en el
rostro y un animal se me impacta en la frente. Corto el chorrillo y de
un salto me instalo en la puerta de la cocina. Allí lo escucho
incesante, lo miro inquieto, gesticula, abre la alacena, extrae un
frasco de aceite de olivo, echa un poco a un sartén que tiene algunas
horas bajo el fuego del piloto: Me gusta el maíz cocido a fuego lento,
una vez que está blandito le pongo calabacitas, un poco de queso, es
riquísimo.
Habla
mientras cocina, pica tomates para una ensalada fresca, echa unos
cuántos dientes de ajo ya molidos, un poco de orégano, lo revuelve y
ofrece, acompañados de tortillas de harina integral. Gesticula mientras
me observa haciéndole fotos, toma del lavaplatos un poco de agua con una
taza: De aquí es donde puedes tomar, porque en la llave no sale, cómo
le cambia a uno la vida la falta de agua.
Para
ilustrar me invita a su baño, espontáneo introduce sus manos en la
taza: Aquí hay agua solo para lavarse las manos, yo no uso este baño
para defecar ni orinar, ya sabes, si se te ofrece en la noche debes
salir al corral. El baño es amplio y guarda también un silencio que me
eriza la piel.
Al
volver a la cocina la música de Los Cadetes de Linares suena en una
grabadora vieja. Rafael hace como que canta, a mí ya el sueño me provoca
un parpadeo constante. Después de enterarme de las partes que componen
el cuerpo, y que el alma es un punto en plena frente a decir del
anfitrión, quien estudió Medicina en la Universidad Nacional Autónoma de
México, le sugiero me indique dónde dormiré esta noche. Rafael me pide
que lo siga, al final de un pasillo una puerta de madera se dificulta
para abrir. Aquí te quedas, dormirás en la cama donde una vez estuvo
Ever, un amiguito del cual hace muchos tiempo no he sabido nada de él.
Las sábanas deben tener polvo, pero las sacudes y ya. Descansa y buenas
noches, si quieres orinar ya sabes, el corral te espera.
Apenas
apago la luz, me acuesto, cierro los ojos y un escalofrío me hace
vibrar. En los pies unas manos me acarician, intento abrir los ojos,
quitar la sábana de encima de mi cuerpo, pero estoy paralizado. Sudo. La
pugna es un ring inevitable, impostergable, me subo a él y me digo que
nada es cierto, que nadie me toca, que es mi mente la que me lleva a los
temas de muertos que Rafael me ha presentado hace unos minutos. Dormiré
tranquilo, me digo con apenas el aire en el umbral de mis narices, sin
poder llevarlo a los pulmones. Y ahí estoy, inerme, inamovible,
sintiendo la presencia de esas manos y de otras presencias que no son
cuerpos, ni vidas, presencias indescriptibles que me acorralan y sin
voz, en una acción tácita, me piden abandone la casa. Intento dormir,
aprieto los ojos, el sudor me baña la cara, emerge como un río desde el
cráneo y resbala hasta mis pies que siguen con la caricia de esas manos.
De pronto entro en un trance que me lleva a escuchar voces, desde
afuera golpean las paredes, me gritan textualmente: Sal de ahí, se está
quemando la casa, sal de ahí. Veo las llamas, de pronto una Catarina con
alas de abeja me toca con su mirada y me hace reaccionar. Levanto la
sábana, salto de la cama, enciendo la luz, intento abrir la puerta, no
abre, está trabada, golpeo, Rafael, exclamo, éste se acerca, intenta
abrir, no puede, va a alguna parte, regresa y me dice: Esta chapa está
trabada, la abriré con un cuchillo. El escalofrío me perfora los
sentidos, continúo en el sudor, escucho cómo un metal se incrusta entre
la puerta y el bastidor, la chapa cede y me encuentro con los ojos de
Rafael quien me pregunta qué me pasa. Estoy inquieto, le digo. Y
responde con una risa más que irónica, macabra: Son los muertos de esta
casa, son los muertos de esta casa.
Mientras
camina hacia la cocina, lo sigo, se sienta y me siento. Le explico que
no puedo dormir, que alguien me acecha, que necesito pedir un taxi, que
me ayude. Al escucharme se transforma, iracundo en sus pupilas está el
odio que se inventa en un segundo. Me describe como un hombre débil, me
compara con las capacidades de una mujercita, me dice que no pedirá un
taxi, me revienta de insultos los oídos. Como puedo me levanto, avanzo
hacia el cuarto donde intenté dormir y en donde está mi maleta, siento
que Rafael me persigue, que en cualesquier momento hundirá el cuchillo
en mi espalda, en un charco de sangre quedaré encima de la cama.
Recojo
la cartera, el celular, dos plumas con tinta roja, la cámara
fotográfica, el cinto, me pongo los zapatos, tomo la maleta, salgo de la
habitación, Rafael no está, de pronto aparece y me increpa de nuevo, me
maldice, yo detengo un buche de terror en la garganta, Rafael me acosa,
me hostiga, se me atraviesa y le pido me acompañe a la puerta, me grita
que no, que salga de allí como pueda. Antes de salir la puerta de
acceso al andén se estrella contra su rostro, porque no puedo
sostenerla, porque mis manos están paralizadas. Rafael se molesta, me
reclama que le azoté la puerta, yo siento que el aire entra en mis
pulmones, estoy fuera ya de ese techo donde los muertos me solicitaron,
no sin ser cordiales, que desalojara ese cuarto, que me largara, incluso
por mi bien. Libro la puerta de metal del cerco, miro hacia mis
costados intentando encontrar un camino que me indique hacia adónde debo
ir. Pasadas las dos de la mañana ni los ruidos de los perros se
escuchan. Resucitar es lo que me hace sentir el aire que me golpea las
pestañas. Atrás la voz de Rafael golpea mi memoria, mi espalda, con su
sonrisa irónica, colérico me increpa: Son los muertos de esta casa, son
los muertos de esta casa. Hacia el oriente una luz me dibujaba la
esperanza de un lugar donde reposar. Camino con la maleta en el hombro,
la calle de pronto termina, en mis ojos un baldío me argumenta que no
tengo más opción que caminar encima de él. Avanzo, dos perros me
sorprenden con sus reclamos, las alarmas de los autos suenan, sigo
caminando y me dispongo a dar explicaciones si es que los dueños de los
carros que suenan salen de sus casas, tendré que decirles que no soy un
ladrón, que simplemente pasaba por allí. Camino y a lo lejos descubro un
anuncio luminoso, el aliento retorna, las letras desgastadas sugieren
la existencia de un hotel que por nombre lleva El Mezón. Llego y el
recepcionista duerme, al tocar la ventanilla se asusta, reacciona,
camina con torpeza, con su mirada me pide que no lo agreda, que está
solo, su temor lo despide en sus palabras, tartamudea, yo le digo que
sólo necesito una habitación, responde que no hay, que todo está
ocupado, que los policías federales son muchos en el pueblo y que desde
que llegaron no hay habitación desocupada. Lo que puedo hacer es pedirle
un taxi, dice con su pelo en desparpajo y las piernas en temblor.
Acepto, la unidad llega de facto, al trepar el chofer me pregunta hacia
dónde me dirijo, le digo que al Safari, ese hotel que está junto a la
terminal de autobuses. Afortunadamente, Víctor, el recepcionista del
Safari, me ha guardado una habitación, porque intuía mi retorno. El
cuarto veintiséis se abre para mí. Tiro la maleta en la cama, enciendo
la televisión y encuentro una película sobre un pueblo minero. Las luces
del cuarto permanecen encendidas, todas, casi amanece, al salir el sol
mis ojos se llenan de oscuridad.
miércoles, 7 de agosto de 2013
Lección de cocina* Rosario Castellanos
La cocina resplandece de blancura. Es una lástima tener que
mancillarla con el uso. Habría que sentarse a contemplarla, a
describirla, a cerrar los ojos, a evocarla. Fijándose bien esta nitidez,
esta pulcritud carece del exceso deslumbrador que produce escalofríos
en los sanatorios. ¿O es el halo de desinfectantes, los pasos de goma de
las afanadoras, la presencia oculta de la enfermedad y de la muerte?
Qué me importa. Mi lugar está aquí. Desde el principio de los tiempos ha
estado aquí. En el proverbio alemán la mujer es sinónimo de Küche, Kinder, Kirche. Yo
anduve extraviada en aulas, en calles, en oficinas, en cafés;
desperdiciada en destrezas que ahora he de olvidar para adquirir otras.
Por ejemplo, elegir el menú. ¿Cómo podría llevar al cabo labor
tan ímproba sin la colaboración de la sociedad, de la historia entera?
En un estante especial, adecuado a mi estatura, se alinean mis espíritus
protectores, esas aplaudidas equilibristas que concilian en las páginas
de los recetarios las contradicciones más irreductibles: la esbeltez y
la gula, el aspecto vistoso y la economía, la celeridad y la suculencia.
Con sus combinaciones infinitas: la esbeltez y la economía, la
celeridad y el aspecto vistoso, la suculencia y... ¿Qué me aconseja
usted para la comida de hoy, experimentada ama de casa, inspiración de
las madres ausentes y presentes, voz de la tradición, secreto a voces de
los supermercados? Abro un libro al azar y leo: “La cena de don
Quijote.” Muy literario pero muy insatisfactorio. Porque don Quijote no
tenía fama de gourmet sino de despistado. Aunque un análisis más a
fondo del texto nos revela, etc., etc., etc. Uf. Ha corrido más tinta
en torno a esa figura que agua debajo de los puentes. “Pajaritos de
centro de cara.” Esotérico. ¿La cara de quién? ¿Tiene un centro la cara
de algo o de alguien? Si lo tiene no ha de ser apetecible. “Bigos a la
rumana.” Pero ¿a quién supone usted que se está dirigiendo? Si yo
supiera lo que es estragón y ananá no estaría consultando este libro
porque sabría muchas otras cosas. Si tuviera usted el mínimo sentido de
la realidad debería, usted misma o cualquiera de sus colegas, tomarse el
trabajo de escribir un diccionario de términos técnicos, redactar unos
prolegómenos, idear una propedéutica para hacer accesible al profano el
difícil arte culinario. Pero parten del supuesto de que todas estamos en
el ajo y se limitan a enunciar. Yo, por lo menos, declaro solemnemente
que no estoy, que no he estado nunca ni en este ajo que ustedes
comparten ni en ningún otro. Jamás he entendido nada de nada. Pueden
ustedes observar los síntomas: me planto, hecha una imbécil, dentro de
una cocina impecable y neutra, con el delantal que usurpo para hacer un
simulacro de eficiencia y del que seré despojada vergonzosa pero
justicieramente.
Abro el compartimiento del refrigerador que anuncia “carnes” y extraigo un paquete irreconocible bajo su capa de hielo. La disuelvo en agua caliente y se me revela el título sin el cual no habría identificado jamás su contenido: es carne especial para asar. Magnífico. Un plato sencillo y sano. Como no representa la superación de ninguna antinomia ni el planteamiento de ninguna aporía, no se me antoja.
Y no es sólo el exceso de lógica el que me inhibe el hambre. Es también el aspecto, rígido por el frío; es el color que se manifiesta ahora que he desbaratado el paquete. Rojo, como si estuviera a punto de echarse a sangrar.
Del mismo color teníamos la espalda, mí marido y yo después de las orgiásticas asoleadas en las playas de Acapulco. Él podía darse el lujo de “portarse como quien es” y tenderse boca abajo para que no le rozara la piel dolorida. Pero yo, abnegada mujercita mexicana que nació como la paloma para el nido, sonreía a semejanza de Cuauhtémoc en el suplicio cuando dijo “mi lecho no es de rosas y se volvió a callar”. Boca arriba soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La postura clásica para hacer el amor. Y gemía, de desgarramiento, de placer. El gemido clásico. Mitos, mitos.
Lo mejor (para mis quemaduras, al menos) era cuando se quedaba dormido. Bajo la yema de mis dedos —no muy sensibles por el prolongado contacto con las teclas de la máquina de escribir— el nylon de mi camisón de desposada resbalaba en un fraudulento esfuerzo por parecer encaje. Yo jugueteaba con la punta de los botones y esos otros adornos que hacen parecer tan femenina a quien los usa, en la oscuridad de la alta noche. La albura de mis ropas, deliberada, reiterativa, impúdicamente simbólica, quedaba abolida transitoriamente. Algún instante quizá alcanzó a consumar su significado bajo la luz y bajo la mirada de esos ojos que ahora están vencidos por la fatiga.
Unos párpados que se cierran y he aquí, de nuevo, el exilio. Una enorme extensión arenosa, sin otro desenlace que el mar cuyo movimiento propone la parálisis; sin otra invitación que la del acantilado al suicidio.
Pero es mentira. Yo no soy el sueño que sueña, que sueña, que sueña; yo no soy el reflejo de una imagen en un cristal; a mí no me aniquila la cerrazón de una conciencia o de toda conciencia posible. Yo continúo viviendo con una vida densa, viscosa, turbia, aunque el que está a mi lado y el remoto, me ignoren, me olviden, me pospongan, me abandonen, me desamen.
Yo también soy una conciencia que puede clausurarse, desamparar a otro y exponerlo al aniquilamiento. Yo... La carne, bajo la rociadura de la sal, ha acallado el escándalo de su rojez y ahora me resulta más tolerable, más familiar. Es el trozo que vi mil veces, sin darme cuenta, cuando me asomaba, de prisa, a decirle a la cocinera que...
No nacimos juntos. Nuestro encuentro se debió a un azar ¿feliz? Es demasiado pronto aún para afirmarlo. Coincidimos en una exposición, en una conferencia, en un cine-club; tropezamos en un elevador; me cedió su asiento en el tranvía; un guardabosques interrumpió nuestra perpleja y hasta entonces, paralela contemplación de la jirafa porque era hora de cerrar el zoológico. Alguien, él o yo, es igual, hizo la pregunta idiota pero indispensable: ¿usted trabaja o estudia? Armonía del interés y de las buenas intenciones, manifestación de propósitos “serios”. Hace un año yo no tenía la menor idea de su existencia y ahora reposo junto a él con los muslos entrelazados, húmedos de sudor y de semen. Podría levantarme sin despertarlo, ir descalza hasta la regadera. ¿Purificarme? No tengo asco. Prefiero creer que lo que me une a él es algo tan fácil de borrar como una secreción y no tan terrible como un sacramento.
Así que permanezco inmóvil, respirando rítmicamente para imitar el sosiego, puliendo mi insomnio, la única joya de soltera que he conservado y que estoy dispuesta a conservar hasta la muerte.
Bajo el breve diluvio de pimienta la carne parece haber encanecido. Desvanezco este signo de vejez frotando como si quisiera traspasar la superficie e impregnar el espesor con las esencias. Porque perdí mi antiguo nombre y aún no me acostumbro al nuevo, que tampoco es mío. Cuando en el vestíbulo del hotel algún empleado me reclama yo permanezco sorda, con ese vago malestar que es el preludio del reconocimiento. ¿Quién será la persona que no atiende a la llamada? Podría tratarse de algo urgente, grave, definitivo, de vida o muerte. El que llama se desespera, se va sin dejar ningún rastro, ningún mensaje y anula la posibilidad de cualquier nuevo encuentro. ¿Es la angustia la que oprime mi corazón? No, es su mano la que oprime mi hombro. Y sus labios que sonríen con una burla benévola, más que de dueño, de taumaturgo.
Y bien, acepto mientras nos encaminamos al bar (el hombro me arde, está despellejándose), es verdad que en el contacto o colisión con él he sufrido una metamorfosis profunda: no sabía y sé, no sentía y siento, no era y soy.
Habrá que dejarla reposar así. Hasta que ascienda a la temperatura ambiente, hasta que se impregne de los sabores de que la he recubierto. Me da la impresión de que no he sabido calcular bien de que he comprado un pedazo excesivo para nosotros dos. Yo, por pereza, no soy carnívora. Él, por estética, guarda la línea. ¡Va a sobrar casi todo! Sí, ya sé que no debo preocuparme: que alguna de las hadas que revolotean en torno mío va a acudir en mi auxilio y a explicarme cómo se aprovechan los desperdicios. Es un paso en falso de todos modos. No se inicia una vida conyugal de manera tan sórdida. Me temo que no se inicie tampoco con un platillo tan anodino como la carne asada.
Gracias, murmuro, mientras me limpio los labios con la punta de la servilleta. Gracias por la copa transparente, por la aceituna sumergida. Gracias haberme abiertola jaula de una rutina estéril para cerrarme la jaula de otra rutina que, según todos los propósitos y las posibilidades, ha de ser fecunda. Gracias por darme la oportunidad de lucir un traje largo y caudaloso, por ayudarme a avanzar el interior del templo, exaltada por la música del órgano. Gracias por...
¿Cuánto tiempo se tomará para estar lista? Bueno, no debería de importarme demasiado.porque hay que ponerla al fuego a última hora. Tarda muy poco, dicen los manuales. ¿Cuánto es poco? ¿Quince minutos? ¿Diez? ¿Cinco? Naturalmente, el texto no especifica. Me supone una intuición que, según mi sexo, debo poseer pero no poseo, un sentido sin el que nací que me permitiría advertir el momento preciso en que la carne está a punto.
¿Y tú? ¿No tienes nada que agradecerme? Lo has puntualizado con una solemnidad un poco pedante y con una precisión que acaso pretendía ser halagadora pero que me resultaba ofensiva: mi virginidad. Cuando la descubriste yo me sentí como el último dinosaurio en un planeta del que la especie había desaparecido. Ansiaba justificarme, explicar que si llegué hasta ti intacta no fue por virtud ni por orgullo ni por fealdad sino por apego a un estilo. No soy barroca. La pequeña imperfección en la perla me es insoportable. No me queda entonces más alternativa que el neoclásico y su rigidez es incompatible con la espontaneidad para hacer el amor. Yo carezco de la soltura del que rema, del que juega al tenis, del que se desliza bailando. No practico ningún deporte. Cumplo un rito y el ademán de entrega se me petrifica en un gesto estatuario.
¿Acechas mi tránsito a la fluidez, lo esperas, lo necesitas? ¿O te basta este hieratismo que te sacraliza y que tú interpretas como la pasividad que corresponde a mi naturaleza? Y si a la tuya corresponde ser voluble te tranquilizará pensar que no estorbaré tus aventuras. No será indispensable —gracias a mi temperamento— que me cebes, que me ates de pies y manos con los hijos, que me amordaces con la miel espesa de la resignación. Yo permaneceré como permanezco. Quieta. Cuando dejas caer tu cuerpo sobre el mío siento que me cubre una lápida, llena de inscripciones, de nombres ajenos, de fechas memorables. Gimes inarticuladamente y quisiera susurrarte al oído mi nombre para que recuerdes quién es a la que posees.
Soy yo. ¿Pero quién soy yo? Tu esposa, claro. Y ese título basta para distinguirme de los recuerdos del pasado, de los proyectos para el porvenir. Llevo una marca de propiedad y no obstante me miras con desconfianza. No estoy tejiendo una red para prenderte. No soy una mantis religiosa. Te agradezco que creas en semejante hipótesis. Pero es falsa.
Esta carne tiene una dureza y una consistencia que no caracterizan a las reses. Ha de ser de mamut. De esos que se han conservado, desde la prehistoria, en los hielos de Siberia y que los campesinos descongelan y sazonan para la comida. En el aburridísimo documental que exhibieron en la Embajada, tan lleno de detalles superfluos, no se hacía la menor alusión al tiempo que dedicaban a volverlos comestibles. Años, meses. Y yo tengo a mi disposición un plazo de…
¿Es la alondra? ¿Es el ruiseñor? No, nuestro horario no va a regirse por tan aladas criaturas como las que avisaban el advenimiento de la aurora a Romeo y Julieta sino por un estentóreo e inequívoco despertador. Y tú no bajarás al día por la escala de mis trenzas sino por los pasos de una querella minuciosa: se te ha desprendido un botón del saco, el pan está quemado, el café frío.
Yo rumiaré, en silencio, mi rencor. Se me atribuyen las responsabilidades y las tareas de una criada para todo. He de mantener la casa impecable, la ropa lista, el ritmo de la alimentación infalible. Pero no se me paga ningún sueldo, no se me concede un día libre a la semana, no puedo cambiar de amo. Debo, por otra parte, contribuir al sostenimiento del hogar y he de desempeñar con eficacia un trabajo en el que el jefe exige y los compañeros conspiran y los subordinados odian. En mis ratos de ocio me transformo en una dama de sociedad que ofrece comidas y cenas a los amigos de su marido, que asiste a reuniones, que se abona a la ópera, que controla su peso, que renueva su guardarropa, que cuida la lozanía de su cutis, que se conserva atractiva, que está al tanto de los chismes, que se desvela y que madruga, que corre el riesgo mensual de la maternidad, que cree en las juntas nocturnas de ejecutivos, en los viajes de negocios y en la llegada de clientes imprevistos; que padece alucinaciones olfativas cuando percibe la emanación de perfumes franceses (diferentes de los que ella usa) de las camisas, de los pañuelos de su marido; que en sus noches solitarias se niega a pensar por qué o para qué tantos afanes y se prepara una bebida bien cargada y lee una novela policíaca con ese ánimo frágil de los convalecientes.
¿No sería oportuno prender la estufa? Una lumbre muy baja para que se vaya calentando, poco a poco, el asador “que previamente ha de untarse con un poco de grasa para que la carne no se pegue”. Eso se me ocurre hasta a mí, no había necesidad de gastar en esas recomendaciones las páginas de un libro.
Y yo, soy muy torpe. Ahora se llama torpeza; antes se llamaba inocencia y te encantaba. Pero a mí no me ha encantado nunca. De soltera leía cosas a escondidas. Sudando de emoción y de vergüenza. Nunca me enteré de nada. Me latían las sienes, se me nublaban los ojos, se me contraían los músculos en un espasmo de náuseas.
El aceite está empezando a hervir. Se me pasó la mano, manirrota, y ahora chisporrotea y salta y me quema. Así voy a quemarme yo en los apretados infiernos por mi culpa, por mi grandísima culpa. Pero niñita, tú no eres la única. Todas tus compañeras de colegio hacen lo mismo, o cosas peores, se acusan en el confesionario, cumplen la penitencia, la perdonan y reinciden. Todas. Si yo hubiera seguido frecuentándolas me sujetarían ahora a un interrogatorio. Las casadas para cerciorarse, las solteras para averiguar hasta dónde pueden aventurarse. Imposible defraudarlas. Yo inventaría acrobacias, desfallecimientos sublimes, transportes como se les llama en Las mil y una noches, récords. ¡Si me oyeras entonces no te reconocerías, Casanova!
Dejo caer la carne sobre la plancha e instintivamente retrocedo hasta la pared. ¡Qué estrépito! Ahora ha cesado. La carne yace silenciosamente, fiel a su condición de cadáver. Sigo creyendo que es demasiado grande.
Y no es que me hayas defraudado. Yo no esperaba, es cierto, nada en particular. Poco a poco iremos revelándonos mutuamente, descubriendo nuestros secretos, nuestros pequeños trucos, aprendiendo a complacernos. Y un día tú y yo seremos una pareja de amantes perfectos y entonces, en la mitad de un abrazo, nos desvaneceremos y aparecerá en la pantalla la palabra “fin”.
¿Qué pasa? La carne se está encogiendo. No, no me hago ilusiones, no me equivoco. Se puede ver la marca de su tamaño original por el contorno que dibujó en la plancha. Era un poco más grande. ¡Qué bueno! Ojalá quede a la medida de nuestro apetito.
Para la siguiente película me gustaría que me encargaran otro papel. ¿Bruja blanca en una aldea salvaje? No, hoy no me siento inclinada ni al heroísmo ni al peligro. Más bien mujer famosa (diseñadora de modas o algo así), independiente y rica que vive sola en un apartamento en Nueva York, París o Londres. Sus affaires ocasionales la divierten pero no la alteran. No es sentimental. Después de una escena de ruptura enciende un cigarrillo y contempla el paisaje urbano al través de los grandes ventanales de su estudio.
Ah, el color de la carne es ahora mucho más decente. Sólo en algunos puntos se obstina en recordar su crudeza. Pero lo demás es dorado y exhala un aroma delicioso. ¿Irá a ser suficiente para los dos? La estoy viendo muy pequeña.
Si ahora mismo me arreglara, estrenara uno de esos modelos que forman parte de mi trousseau y saliera a la calle ¿qué sucedería, eh? A la mejor me abordaba un hombre maduro, con automóvil y todo. Maduro. Retirado. El único que a estas horas puede darse el lujo de andar de cacería.
¿Qué rayos pasa? Esta maldita carne está empezando a soltar un humo negro y horrible. ¡Tenía yo que haberle dado vuelta! Quemada de un lado. Menos mal que tiene dos.
Señorita, si usted me permitiera... ¡Señora! Y le advierto que mi marido es muy celoso... Entonces no debería dejarla andar sola. Es usted una tentación para cualquier viandante. Nadie en el mundo dice viandante. ¿Transeúnte? Sólo los periódicos cuando hablan de los atropellados. Es usted una tentación para cualquier x. Silencio. Síg-ni-fi-ca-ti-vo. Miradas de esfinge. El hombre maduro me sigue a prudente distancia. Más le vale. Más me vale a mí porque en la esquina ¡zas! Mi marido, que me espía, que no me deja ni a sol ni a sombra, que sospecha de todo y de todos, señor juez. Que así no es posible vivir, que yo quiero divorciarme.
¿Y ahora qué? A esta carne su mamá no le enseñó que era carne y que debería de comportarse con conducta. Se enrosca igual que una charamusca. Además yo no sé de dónde puede seguir sacando tanto humo si ya apagué la estufa hace siglos. Claro, claro, doctora Corazón. Lo que procede ahora es abrir la ventana, conectar el purificador de aire para que no huela a nada cuando venga mi marido. Y yo saldría muy mona a recibirlo a la puerta, con mi mejor vestido, mi mejor sonrisa y mi más cordial invitación a comer fuera.
Es una posibilidad. Nosotros examinaríamos la carta del restaurante mientras un miserable pedazo de carne carbonizada, yacería, oculto, en el fondo del bote de la basura. Yo me cuidaría mucho de no mencionar el incidente y sería considerada como una esposa un poco irresponsable, con proclividades a la frivolidad, pero no como una tarada. Ésta es la primera imagen pública que proyecto y he de mantenerme después consecuente con ella, aunque sea inexacta.
Hay otra posibilidad. No abrir la ventana, no conectar el purificador de aire, no tirar la carne a la basura. Y cuando venga mi marido dejar que olfatee, como los ogros de los cuentos, y diga que aquí huele, no a carne humana, sino a mujer inútil. Yo exageraré mi compunción para incitarlo a la magnanimidad. Después de todo, lo ocurrido ¡es tan normal! ¿A qué recién casada no le pasa lo que a mí acaba de pasarme? Cuando vayamos a visitar a mi suegra, ella, que todavía está en la etapa de no agredirme porque no conoce aún cuáles son mis puntos débiles, me relatará sus propias experiencias. Aquella vez, por ejemplo, que su marido le pidió un par de huevos estrellados y ella tomó la frase al pie de la letra y... .ja, ja, ja. ¿Fue eso un obstáculo para que llegara a convertirse en una viuda fabulosa, digo, en una cocinera fabulosa? Porque lo de la viudez sobrevino mucho más tarde y por otras causas. A partir de entonces ella dio rienda suelta a sus instintos maternales y echó a perder con sus mimos...
No, no le va a hacer la menor gracia. Va a decir que me distraje, que es el colmo del descuido. Y, sí, por condescendencia yo voy a aceptar sus acusaciones.
Pero no es verdad, no es verdad. Yo estuve todo el tiempo pendiente de la carne, fijándome en que le sucedían una serie de cosas rarísimas. Con razón Santa Teresa decía que Dios anda en los pucheros. O la materia que es energía o como se llame ahora.
Recapitulemos. Aparece, primero el trozo de carne con un color, una forma, un tamaño. Luego cambia y se pone más bonita y se siente una muy contenta. Luego vuelve a cambiar y ya no está tan bonita. Y sigue cambiando y cambiando y cambiando y lo que uno no atina es cuándo pararle el alto. Porque si yo dejo este trozo de carne indefinidamente expuesto al fuego, se consume hasta que no queden ni rastros de él. Y el trozo de carne que daba la impresión de ser algo tan sólido, tan real, ya no existe.
¿Entonces? Mi marido también da la impresión de solidez y de realidad cuando estamos juntos, cuando lo toco, cuando lo veo. Seguramente cambia, y cambio yo también, aunque de manera tan lenta, tan morosa que ninguno de los dos lo advierte. Después se va y bruscamente se convierte en recuerdo y... Ah, no voy a caer en esa trampa: la del personaje inventado y el narrador inventado y la anécdota inventada. Además, no es la consecuencia que se deriva lícitamente del episodio de la carne.
La carne no ha dejado de existir. Ha sufrido una serie de metamorfosis. Y el hecho de que cese de ser perceptible para los sentidos no significa que se haya concluido el ciclo sino que ha dado el salto cualitativo. Continuará operando en otros niveles. En el de mi conciencia, en el de mi memoria, en el de mi voluntad, modificándome, determinándome, estableciendo la dirección de mi futuro.
Yo seré, de hoy en adelante, lo que elija en este momento. Seductoramente aturdida, profundamente reservada, hipócrita. Yo impondré, desde el principio, y con un poco de impertinencia las reglas del juego. Mi marido resentirá la impronta de mi dominio que irá dilatándose, como los círculos en la superficie del agua sobre la que se ha arrojado una piedra. Forcejeará por prevalecer y si cede yo le corresponderé con el desprecio y si no cede yo no seré capaz de perdonarlo.
Si asumo la otra actitud, si soy el caso típico, la femineidad que solicita indulgencia para sus errores, la balanza se inclinará a favor de mi antagonista y yo participaré en la competencia con un handicap que, aparentemente, me destina a la derrota y que, en el fondo, me garantiza el triunfo por la sinuosa vía que recorrieron mis antepasadas, las humildes, las que no abrían los labios sino para asentir, y lograron la obediencia ajena hasta al más irracional de sus caprichos. La receta, pues, es vieja y su eficacia está comprobada. Si todavía lo dudo me basta preguntar a la más próxima de mis vecinas. Ella confirmará mi certidumbre.
Sólo que me repugna actuar así. Esta definición no me es aplicable y tampoco la anterior, ninguna corresponde a mi verdad interna, ninguna salvaguarda mi autenticidad. ¿He de acogerme a cualquiera de ellas y ceñirme a sus términos sólo porque es un lugar común aceptado por la mayoría y comprensible para todos? Y no es que yo sea una rara avis. De mí se puede decir lo que Pfandl dijo de Sor Juana: que pertenezco a la clase de neuróticos cavilosos. El diagnóstico es muy fácil ¿pero qué consecuencias acarrearía asumirlo?
Si insisto en afirmar mi versión de los hechos mi marido va a mirarme con suspicacia, va a sentirse incómodo en mi compañía y va a vivir en la continua expectativa de que se me declare la locura.
Nuestra convivencia no podrá ser más problemática. Y él no quiere conflictos de ninguna índole. Menos aún conflictos tan abstractos, tan absurdos, tan metafísicos como los que yo le plantearía. Su hogar es el remanso de paz en que se refugia de las tempestades de la vida. De acuerdo. Yo lo acepté al casarme y estaba dispuesta a llegar hasta el sacrificio en aras de la armonía conyugal. Pero yo contaba con que el sacrificio, el renunciamiento completo a lo que soy, no se me demandaría más que en la Ocasión Sublime, en la Hora de las Grandes Resoluciones, en el Momento de la Decisión Definitiva. No con lo que me he topado hoy que es algo muy insignificante, muy ridículo. Y sin embargo...
Abro el compartimiento del refrigerador que anuncia “carnes” y extraigo un paquete irreconocible bajo su capa de hielo. La disuelvo en agua caliente y se me revela el título sin el cual no habría identificado jamás su contenido: es carne especial para asar. Magnífico. Un plato sencillo y sano. Como no representa la superación de ninguna antinomia ni el planteamiento de ninguna aporía, no se me antoja.
Y no es sólo el exceso de lógica el que me inhibe el hambre. Es también el aspecto, rígido por el frío; es el color que se manifiesta ahora que he desbaratado el paquete. Rojo, como si estuviera a punto de echarse a sangrar.
Del mismo color teníamos la espalda, mí marido y yo después de las orgiásticas asoleadas en las playas de Acapulco. Él podía darse el lujo de “portarse como quien es” y tenderse boca abajo para que no le rozara la piel dolorida. Pero yo, abnegada mujercita mexicana que nació como la paloma para el nido, sonreía a semejanza de Cuauhtémoc en el suplicio cuando dijo “mi lecho no es de rosas y se volvió a callar”. Boca arriba soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La postura clásica para hacer el amor. Y gemía, de desgarramiento, de placer. El gemido clásico. Mitos, mitos.
Lo mejor (para mis quemaduras, al menos) era cuando se quedaba dormido. Bajo la yema de mis dedos —no muy sensibles por el prolongado contacto con las teclas de la máquina de escribir— el nylon de mi camisón de desposada resbalaba en un fraudulento esfuerzo por parecer encaje. Yo jugueteaba con la punta de los botones y esos otros adornos que hacen parecer tan femenina a quien los usa, en la oscuridad de la alta noche. La albura de mis ropas, deliberada, reiterativa, impúdicamente simbólica, quedaba abolida transitoriamente. Algún instante quizá alcanzó a consumar su significado bajo la luz y bajo la mirada de esos ojos que ahora están vencidos por la fatiga.
Unos párpados que se cierran y he aquí, de nuevo, el exilio. Una enorme extensión arenosa, sin otro desenlace que el mar cuyo movimiento propone la parálisis; sin otra invitación que la del acantilado al suicidio.
Pero es mentira. Yo no soy el sueño que sueña, que sueña, que sueña; yo no soy el reflejo de una imagen en un cristal; a mí no me aniquila la cerrazón de una conciencia o de toda conciencia posible. Yo continúo viviendo con una vida densa, viscosa, turbia, aunque el que está a mi lado y el remoto, me ignoren, me olviden, me pospongan, me abandonen, me desamen.
Yo también soy una conciencia que puede clausurarse, desamparar a otro y exponerlo al aniquilamiento. Yo... La carne, bajo la rociadura de la sal, ha acallado el escándalo de su rojez y ahora me resulta más tolerable, más familiar. Es el trozo que vi mil veces, sin darme cuenta, cuando me asomaba, de prisa, a decirle a la cocinera que...
No nacimos juntos. Nuestro encuentro se debió a un azar ¿feliz? Es demasiado pronto aún para afirmarlo. Coincidimos en una exposición, en una conferencia, en un cine-club; tropezamos en un elevador; me cedió su asiento en el tranvía; un guardabosques interrumpió nuestra perpleja y hasta entonces, paralela contemplación de la jirafa porque era hora de cerrar el zoológico. Alguien, él o yo, es igual, hizo la pregunta idiota pero indispensable: ¿usted trabaja o estudia? Armonía del interés y de las buenas intenciones, manifestación de propósitos “serios”. Hace un año yo no tenía la menor idea de su existencia y ahora reposo junto a él con los muslos entrelazados, húmedos de sudor y de semen. Podría levantarme sin despertarlo, ir descalza hasta la regadera. ¿Purificarme? No tengo asco. Prefiero creer que lo que me une a él es algo tan fácil de borrar como una secreción y no tan terrible como un sacramento.
Así que permanezco inmóvil, respirando rítmicamente para imitar el sosiego, puliendo mi insomnio, la única joya de soltera que he conservado y que estoy dispuesta a conservar hasta la muerte.
Bajo el breve diluvio de pimienta la carne parece haber encanecido. Desvanezco este signo de vejez frotando como si quisiera traspasar la superficie e impregnar el espesor con las esencias. Porque perdí mi antiguo nombre y aún no me acostumbro al nuevo, que tampoco es mío. Cuando en el vestíbulo del hotel algún empleado me reclama yo permanezco sorda, con ese vago malestar que es el preludio del reconocimiento. ¿Quién será la persona que no atiende a la llamada? Podría tratarse de algo urgente, grave, definitivo, de vida o muerte. El que llama se desespera, se va sin dejar ningún rastro, ningún mensaje y anula la posibilidad de cualquier nuevo encuentro. ¿Es la angustia la que oprime mi corazón? No, es su mano la que oprime mi hombro. Y sus labios que sonríen con una burla benévola, más que de dueño, de taumaturgo.
Y bien, acepto mientras nos encaminamos al bar (el hombro me arde, está despellejándose), es verdad que en el contacto o colisión con él he sufrido una metamorfosis profunda: no sabía y sé, no sentía y siento, no era y soy.
Habrá que dejarla reposar así. Hasta que ascienda a la temperatura ambiente, hasta que se impregne de los sabores de que la he recubierto. Me da la impresión de que no he sabido calcular bien de que he comprado un pedazo excesivo para nosotros dos. Yo, por pereza, no soy carnívora. Él, por estética, guarda la línea. ¡Va a sobrar casi todo! Sí, ya sé que no debo preocuparme: que alguna de las hadas que revolotean en torno mío va a acudir en mi auxilio y a explicarme cómo se aprovechan los desperdicios. Es un paso en falso de todos modos. No se inicia una vida conyugal de manera tan sórdida. Me temo que no se inicie tampoco con un platillo tan anodino como la carne asada.
Gracias, murmuro, mientras me limpio los labios con la punta de la servilleta. Gracias por la copa transparente, por la aceituna sumergida. Gracias haberme abiertola jaula de una rutina estéril para cerrarme la jaula de otra rutina que, según todos los propósitos y las posibilidades, ha de ser fecunda. Gracias por darme la oportunidad de lucir un traje largo y caudaloso, por ayudarme a avanzar el interior del templo, exaltada por la música del órgano. Gracias por...
¿Cuánto tiempo se tomará para estar lista? Bueno, no debería de importarme demasiado.porque hay que ponerla al fuego a última hora. Tarda muy poco, dicen los manuales. ¿Cuánto es poco? ¿Quince minutos? ¿Diez? ¿Cinco? Naturalmente, el texto no especifica. Me supone una intuición que, según mi sexo, debo poseer pero no poseo, un sentido sin el que nací que me permitiría advertir el momento preciso en que la carne está a punto.
¿Y tú? ¿No tienes nada que agradecerme? Lo has puntualizado con una solemnidad un poco pedante y con una precisión que acaso pretendía ser halagadora pero que me resultaba ofensiva: mi virginidad. Cuando la descubriste yo me sentí como el último dinosaurio en un planeta del que la especie había desaparecido. Ansiaba justificarme, explicar que si llegué hasta ti intacta no fue por virtud ni por orgullo ni por fealdad sino por apego a un estilo. No soy barroca. La pequeña imperfección en la perla me es insoportable. No me queda entonces más alternativa que el neoclásico y su rigidez es incompatible con la espontaneidad para hacer el amor. Yo carezco de la soltura del que rema, del que juega al tenis, del que se desliza bailando. No practico ningún deporte. Cumplo un rito y el ademán de entrega se me petrifica en un gesto estatuario.
¿Acechas mi tránsito a la fluidez, lo esperas, lo necesitas? ¿O te basta este hieratismo que te sacraliza y que tú interpretas como la pasividad que corresponde a mi naturaleza? Y si a la tuya corresponde ser voluble te tranquilizará pensar que no estorbaré tus aventuras. No será indispensable —gracias a mi temperamento— que me cebes, que me ates de pies y manos con los hijos, que me amordaces con la miel espesa de la resignación. Yo permaneceré como permanezco. Quieta. Cuando dejas caer tu cuerpo sobre el mío siento que me cubre una lápida, llena de inscripciones, de nombres ajenos, de fechas memorables. Gimes inarticuladamente y quisiera susurrarte al oído mi nombre para que recuerdes quién es a la que posees.
Soy yo. ¿Pero quién soy yo? Tu esposa, claro. Y ese título basta para distinguirme de los recuerdos del pasado, de los proyectos para el porvenir. Llevo una marca de propiedad y no obstante me miras con desconfianza. No estoy tejiendo una red para prenderte. No soy una mantis religiosa. Te agradezco que creas en semejante hipótesis. Pero es falsa.
Esta carne tiene una dureza y una consistencia que no caracterizan a las reses. Ha de ser de mamut. De esos que se han conservado, desde la prehistoria, en los hielos de Siberia y que los campesinos descongelan y sazonan para la comida. En el aburridísimo documental que exhibieron en la Embajada, tan lleno de detalles superfluos, no se hacía la menor alusión al tiempo que dedicaban a volverlos comestibles. Años, meses. Y yo tengo a mi disposición un plazo de…
¿Es la alondra? ¿Es el ruiseñor? No, nuestro horario no va a regirse por tan aladas criaturas como las que avisaban el advenimiento de la aurora a Romeo y Julieta sino por un estentóreo e inequívoco despertador. Y tú no bajarás al día por la escala de mis trenzas sino por los pasos de una querella minuciosa: se te ha desprendido un botón del saco, el pan está quemado, el café frío.
Yo rumiaré, en silencio, mi rencor. Se me atribuyen las responsabilidades y las tareas de una criada para todo. He de mantener la casa impecable, la ropa lista, el ritmo de la alimentación infalible. Pero no se me paga ningún sueldo, no se me concede un día libre a la semana, no puedo cambiar de amo. Debo, por otra parte, contribuir al sostenimiento del hogar y he de desempeñar con eficacia un trabajo en el que el jefe exige y los compañeros conspiran y los subordinados odian. En mis ratos de ocio me transformo en una dama de sociedad que ofrece comidas y cenas a los amigos de su marido, que asiste a reuniones, que se abona a la ópera, que controla su peso, que renueva su guardarropa, que cuida la lozanía de su cutis, que se conserva atractiva, que está al tanto de los chismes, que se desvela y que madruga, que corre el riesgo mensual de la maternidad, que cree en las juntas nocturnas de ejecutivos, en los viajes de negocios y en la llegada de clientes imprevistos; que padece alucinaciones olfativas cuando percibe la emanación de perfumes franceses (diferentes de los que ella usa) de las camisas, de los pañuelos de su marido; que en sus noches solitarias se niega a pensar por qué o para qué tantos afanes y se prepara una bebida bien cargada y lee una novela policíaca con ese ánimo frágil de los convalecientes.
¿No sería oportuno prender la estufa? Una lumbre muy baja para que se vaya calentando, poco a poco, el asador “que previamente ha de untarse con un poco de grasa para que la carne no se pegue”. Eso se me ocurre hasta a mí, no había necesidad de gastar en esas recomendaciones las páginas de un libro.
Y yo, soy muy torpe. Ahora se llama torpeza; antes se llamaba inocencia y te encantaba. Pero a mí no me ha encantado nunca. De soltera leía cosas a escondidas. Sudando de emoción y de vergüenza. Nunca me enteré de nada. Me latían las sienes, se me nublaban los ojos, se me contraían los músculos en un espasmo de náuseas.
El aceite está empezando a hervir. Se me pasó la mano, manirrota, y ahora chisporrotea y salta y me quema. Así voy a quemarme yo en los apretados infiernos por mi culpa, por mi grandísima culpa. Pero niñita, tú no eres la única. Todas tus compañeras de colegio hacen lo mismo, o cosas peores, se acusan en el confesionario, cumplen la penitencia, la perdonan y reinciden. Todas. Si yo hubiera seguido frecuentándolas me sujetarían ahora a un interrogatorio. Las casadas para cerciorarse, las solteras para averiguar hasta dónde pueden aventurarse. Imposible defraudarlas. Yo inventaría acrobacias, desfallecimientos sublimes, transportes como se les llama en Las mil y una noches, récords. ¡Si me oyeras entonces no te reconocerías, Casanova!
Dejo caer la carne sobre la plancha e instintivamente retrocedo hasta la pared. ¡Qué estrépito! Ahora ha cesado. La carne yace silenciosamente, fiel a su condición de cadáver. Sigo creyendo que es demasiado grande.
Y no es que me hayas defraudado. Yo no esperaba, es cierto, nada en particular. Poco a poco iremos revelándonos mutuamente, descubriendo nuestros secretos, nuestros pequeños trucos, aprendiendo a complacernos. Y un día tú y yo seremos una pareja de amantes perfectos y entonces, en la mitad de un abrazo, nos desvaneceremos y aparecerá en la pantalla la palabra “fin”.
¿Qué pasa? La carne se está encogiendo. No, no me hago ilusiones, no me equivoco. Se puede ver la marca de su tamaño original por el contorno que dibujó en la plancha. Era un poco más grande. ¡Qué bueno! Ojalá quede a la medida de nuestro apetito.
Para la siguiente película me gustaría que me encargaran otro papel. ¿Bruja blanca en una aldea salvaje? No, hoy no me siento inclinada ni al heroísmo ni al peligro. Más bien mujer famosa (diseñadora de modas o algo así), independiente y rica que vive sola en un apartamento en Nueva York, París o Londres. Sus affaires ocasionales la divierten pero no la alteran. No es sentimental. Después de una escena de ruptura enciende un cigarrillo y contempla el paisaje urbano al través de los grandes ventanales de su estudio.
Ah, el color de la carne es ahora mucho más decente. Sólo en algunos puntos se obstina en recordar su crudeza. Pero lo demás es dorado y exhala un aroma delicioso. ¿Irá a ser suficiente para los dos? La estoy viendo muy pequeña.
Si ahora mismo me arreglara, estrenara uno de esos modelos que forman parte de mi trousseau y saliera a la calle ¿qué sucedería, eh? A la mejor me abordaba un hombre maduro, con automóvil y todo. Maduro. Retirado. El único que a estas horas puede darse el lujo de andar de cacería.
¿Qué rayos pasa? Esta maldita carne está empezando a soltar un humo negro y horrible. ¡Tenía yo que haberle dado vuelta! Quemada de un lado. Menos mal que tiene dos.
Señorita, si usted me permitiera... ¡Señora! Y le advierto que mi marido es muy celoso... Entonces no debería dejarla andar sola. Es usted una tentación para cualquier viandante. Nadie en el mundo dice viandante. ¿Transeúnte? Sólo los periódicos cuando hablan de los atropellados. Es usted una tentación para cualquier x. Silencio. Síg-ni-fi-ca-ti-vo. Miradas de esfinge. El hombre maduro me sigue a prudente distancia. Más le vale. Más me vale a mí porque en la esquina ¡zas! Mi marido, que me espía, que no me deja ni a sol ni a sombra, que sospecha de todo y de todos, señor juez. Que así no es posible vivir, que yo quiero divorciarme.
¿Y ahora qué? A esta carne su mamá no le enseñó que era carne y que debería de comportarse con conducta. Se enrosca igual que una charamusca. Además yo no sé de dónde puede seguir sacando tanto humo si ya apagué la estufa hace siglos. Claro, claro, doctora Corazón. Lo que procede ahora es abrir la ventana, conectar el purificador de aire para que no huela a nada cuando venga mi marido. Y yo saldría muy mona a recibirlo a la puerta, con mi mejor vestido, mi mejor sonrisa y mi más cordial invitación a comer fuera.
Es una posibilidad. Nosotros examinaríamos la carta del restaurante mientras un miserable pedazo de carne carbonizada, yacería, oculto, en el fondo del bote de la basura. Yo me cuidaría mucho de no mencionar el incidente y sería considerada como una esposa un poco irresponsable, con proclividades a la frivolidad, pero no como una tarada. Ésta es la primera imagen pública que proyecto y he de mantenerme después consecuente con ella, aunque sea inexacta.
Hay otra posibilidad. No abrir la ventana, no conectar el purificador de aire, no tirar la carne a la basura. Y cuando venga mi marido dejar que olfatee, como los ogros de los cuentos, y diga que aquí huele, no a carne humana, sino a mujer inútil. Yo exageraré mi compunción para incitarlo a la magnanimidad. Después de todo, lo ocurrido ¡es tan normal! ¿A qué recién casada no le pasa lo que a mí acaba de pasarme? Cuando vayamos a visitar a mi suegra, ella, que todavía está en la etapa de no agredirme porque no conoce aún cuáles son mis puntos débiles, me relatará sus propias experiencias. Aquella vez, por ejemplo, que su marido le pidió un par de huevos estrellados y ella tomó la frase al pie de la letra y... .ja, ja, ja. ¿Fue eso un obstáculo para que llegara a convertirse en una viuda fabulosa, digo, en una cocinera fabulosa? Porque lo de la viudez sobrevino mucho más tarde y por otras causas. A partir de entonces ella dio rienda suelta a sus instintos maternales y echó a perder con sus mimos...
No, no le va a hacer la menor gracia. Va a decir que me distraje, que es el colmo del descuido. Y, sí, por condescendencia yo voy a aceptar sus acusaciones.
Pero no es verdad, no es verdad. Yo estuve todo el tiempo pendiente de la carne, fijándome en que le sucedían una serie de cosas rarísimas. Con razón Santa Teresa decía que Dios anda en los pucheros. O la materia que es energía o como se llame ahora.
Recapitulemos. Aparece, primero el trozo de carne con un color, una forma, un tamaño. Luego cambia y se pone más bonita y se siente una muy contenta. Luego vuelve a cambiar y ya no está tan bonita. Y sigue cambiando y cambiando y cambiando y lo que uno no atina es cuándo pararle el alto. Porque si yo dejo este trozo de carne indefinidamente expuesto al fuego, se consume hasta que no queden ni rastros de él. Y el trozo de carne que daba la impresión de ser algo tan sólido, tan real, ya no existe.
¿Entonces? Mi marido también da la impresión de solidez y de realidad cuando estamos juntos, cuando lo toco, cuando lo veo. Seguramente cambia, y cambio yo también, aunque de manera tan lenta, tan morosa que ninguno de los dos lo advierte. Después se va y bruscamente se convierte en recuerdo y... Ah, no voy a caer en esa trampa: la del personaje inventado y el narrador inventado y la anécdota inventada. Además, no es la consecuencia que se deriva lícitamente del episodio de la carne.
La carne no ha dejado de existir. Ha sufrido una serie de metamorfosis. Y el hecho de que cese de ser perceptible para los sentidos no significa que se haya concluido el ciclo sino que ha dado el salto cualitativo. Continuará operando en otros niveles. En el de mi conciencia, en el de mi memoria, en el de mi voluntad, modificándome, determinándome, estableciendo la dirección de mi futuro.
Yo seré, de hoy en adelante, lo que elija en este momento. Seductoramente aturdida, profundamente reservada, hipócrita. Yo impondré, desde el principio, y con un poco de impertinencia las reglas del juego. Mi marido resentirá la impronta de mi dominio que irá dilatándose, como los círculos en la superficie del agua sobre la que se ha arrojado una piedra. Forcejeará por prevalecer y si cede yo le corresponderé con el desprecio y si no cede yo no seré capaz de perdonarlo.
Si asumo la otra actitud, si soy el caso típico, la femineidad que solicita indulgencia para sus errores, la balanza se inclinará a favor de mi antagonista y yo participaré en la competencia con un handicap que, aparentemente, me destina a la derrota y que, en el fondo, me garantiza el triunfo por la sinuosa vía que recorrieron mis antepasadas, las humildes, las que no abrían los labios sino para asentir, y lograron la obediencia ajena hasta al más irracional de sus caprichos. La receta, pues, es vieja y su eficacia está comprobada. Si todavía lo dudo me basta preguntar a la más próxima de mis vecinas. Ella confirmará mi certidumbre.
Sólo que me repugna actuar así. Esta definición no me es aplicable y tampoco la anterior, ninguna corresponde a mi verdad interna, ninguna salvaguarda mi autenticidad. ¿He de acogerme a cualquiera de ellas y ceñirme a sus términos sólo porque es un lugar común aceptado por la mayoría y comprensible para todos? Y no es que yo sea una rara avis. De mí se puede decir lo que Pfandl dijo de Sor Juana: que pertenezco a la clase de neuróticos cavilosos. El diagnóstico es muy fácil ¿pero qué consecuencias acarrearía asumirlo?
Si insisto en afirmar mi versión de los hechos mi marido va a mirarme con suspicacia, va a sentirse incómodo en mi compañía y va a vivir en la continua expectativa de que se me declare la locura.
Nuestra convivencia no podrá ser más problemática. Y él no quiere conflictos de ninguna índole. Menos aún conflictos tan abstractos, tan absurdos, tan metafísicos como los que yo le plantearía. Su hogar es el remanso de paz en que se refugia de las tempestades de la vida. De acuerdo. Yo lo acepté al casarme y estaba dispuesta a llegar hasta el sacrificio en aras de la armonía conyugal. Pero yo contaba con que el sacrificio, el renunciamiento completo a lo que soy, no se me demandaría más que en la Ocasión Sublime, en la Hora de las Grandes Resoluciones, en el Momento de la Decisión Definitiva. No con lo que me he topado hoy que es algo muy insignificante, muy ridículo. Y sin embargo...
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