¡Qué bueno que estamos bien!

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Por Sylvia Teresa Manríquez

Hoy te vi, con tu uniforme deslavado y tus zapatos gastados, lucías tan cansada como la última vez que platicamos. Afortunadamente este cansancio arraigado en cada arruga prematura de tu rostro no ha borrado el brillo de tu mirada. Hueles a recién bañada, lo percibo mientras apoyada en el trapeador que a diario te acompaña en la jornada laboral, me saludas y me cuentas lo que te preocupa. No comprendes porqué el aguinaldo que tanto has esperado no te libera de tus presiones económicas. Tantas cuentas por pagar, y tantas ilusiones que no podrán ser. Y aseguras seguir las recomendaciones de la PROFECO para estirarlo lo más posible.

Me atrevo a preguntar si cuando tenías pareja te iba mejor, y aspirando profundamente el fresco aire de la mañana, aceptas que no, ríes con amargura y confiesas que el dinero se iba en pagar “sus” gastos, porqué él tiene gustos muy refinados.

Me cuentas de tus hijos, ambos en primaria, que son muy listos y el mayorcito ya te ayuda en la casa. Pregunto por tus hijas, ambas criando a bebés de pocos meses de vida y refieres brevemente como la pasan con sus también jóvenes maridos, y la preocupación que sientes al verlas sin ambiciones, viviendo cada día sin pensar en el futuro. Hablas de tu madre, tal vez tu único apoyo, 60 años tiene y tan ágil, trabajando como tú, solo que ella limpia casas y tú oficinas.

Ay amiga, si te sirvieran de consuelo las estadísticas del inegi que dicen que en nuestro país hay 3.6 millones de hogares formados sólo por el jefe o la jefa y sus hijos, y 8 de cada 10 están dirigidos por una mujer, como tú, que se fletan cada día para pagar todos los gastos que ocasiona sacar adelante a la familia.

Si te dijera que todas ustedes forman parte de un concepto de familia cuyos hogares son discriminados en los programas de asistencia social, según una nota que leí hace poco de la investigadora de la Universidad Autónoma de Tamaulipas Luisa Alvarez Cervantes.

Recuerdo que el artículo de esta socióloga menciona, acertadamente, que el papá, la mamá y los hijos ya no son un prototipo de la familia: como lo fue en el siglo pasado y antepasado. Hoy un porcentaje importante de los hogares están formados por una mujer y los hijos, porque así lo decidieron, por divorcio o viudez.

Mientras me preguntas, a tu vez, por mi familia, no puedo concentrarme en contestarte, mi mente está en la información de la socióloga Alvarez, pues te miro, te escucho, y comparto con ella la idea de que se deben replantear los programas de asistencia social, de vivienda, de salud, y de todo lo que tenga que ver con el bienestar de la familia para que se aplique enfoque de género, con el fin de que todas esas mujeres jefas de familia tengan acceso a los beneficios que merecen.

Bromeando te pregunto si sabías que cuando Rosario Robles, -“¿la del PRD?-, interrumpes,- sí -, respondo, y continuo, ¿sabías que ella cuando fue jefa del gobierno del DF redujo los impuestos para las mujeres jefas de familia?. La idea te simpatiza y comentas irónicamente que ojalá algo parecido sucediera aquí, así te alcanzaría poquito más tu sueldo.

Reímos, y apurándome me pides que te diga como esta mi familia, pues ya debes irte limpiar la oficina del jefe antes de que llegue.

Bien, gracias, contesto. No reprimes las ganas de darme un efusivo abrazo, diciendo “Qué bueno que estamos bien” y me dejas reflexionando… Qué bueno que estamos bien.

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