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martes, 2 de octubre de 2012

Matanza de Tlatelolco: “Eran todo, menos unos incitadores”

Pepita, testigo presencial del inicio de la gresca entre la preparatoria Isaac Ochoterena y la vocacional 2, cuenta cómo vivió esos momentos

Arturo Páramo



Bastaba con ser estudiante para ser detenido. Fotos Archivo Excélsior y Luis Enrique Olivares


CIUDAD DE MÉXICO, 2 de octubre.-Pepita y Luisa se reencontraron hace unos diez años. Se abrazaron, cruzaron palabras, se preguntaron por sus familias, pero ninguna habló de aquellos días. Desde aquel verano de 1968 en que con su grupo de amigos vio como un hecho pueril y absurdo, escaló hasta la matanza en Tlatelolco, hicieron una especie de “voto de silencio”.
No era para menos, porque el movimiento estudiantil más grande de los años sesenta en México, surgió de una mañana en que una decena de chicos de la preparatoria privada Isaac Ochoterena se reunió para desayunar molletes.
Eran tiempos felices, como aquel Día del Niño de 1968, cuando Pepita con su grupo de amigos participó en un concurso de disfraces organizado por la preparatoria.
Uno de ellos obtuvo el segundo lugar con su vestido de bebé, con biberón, pañal y un seguro enorme. Otro iba disfrazado de oso. La misma Pepita recuerda que llevaba un vestido de papel.
El premio por haber ganado el certamen era salir en una especie de desfile por Versalles, llegar hasta Reforma y ahí saludar a los automovilistas y peatones. El regreso a la preparatoria lo hicieron en un auto Galaxy convertible rojo con vestiduras blancas.
Un camarógrafo de Telesistema Mexicano, hoy Televisa, captó ese momento que probablemente esté guardado en su videoteca. Ese día, los amigos terminaron tomando helado.
Pero tres meses después, todo se salió de proporción, dice Pepita, testigo del episodio, quien vive momentos difíciles durante la entrevista en que cuenta lo sucedido.
Aún tiene fresca en la memoria aquella mañana del 21 de julio, en que se reunió con sus amigos para desayunar molletes y café, como solían hacerlo con frecuencia en el Sanborns de Lafragua esquina Reforma.  “Éramos hijos de padres trabajadores. Nos costaba mucho juntar dinero para irnos a desayunar” a ese lugar, relata Pepita, quien entonces tenía unos 16 años, y era de las más chicas del grupo de diez amigos.
Pide guardar el anonimato y se le mencione con ese nombre que evoca la novela del español Juan Valera, porque a muchos de aquellos jóvenes no los volvió a ver, y de otros, sabe que nunca superaron los hechos que se desataron de esa mañana.
En el grupo de amigos, se encontraba Luisa. Tenía 18 años e iba acompañada de su novio.  “Tras comer y pagar la cuenta, al ir entre las mesas hacia la salida, pasamos por donde estaban unos chicos de la Voca 2”, recuerda Pepita.
“Eran los típicos chicos de prepa. Luisa gritó: ‘¡Ay!’ Nos sorprendió a todos y volteamos a ver qué pasaba. Vimos que uno de ellos le había dado una nalgada.” Su novio se regresó a reclamarle al tipo y comenzaron a discutir y a empujarse, a lanzarse los primeros golpes. Los amigos de cada bando se enredaron en el zafarrancho que salió a la calle.
Un hombre alto, que se boleaba los zapatos en la misma esquina de Lafragua y Reforma, hizo a un lado al bolero y con su cámara de cine de super 8 comenzó a filmar el altercado que duró varios minutos, recuerda Pepita.
Los chicos de la Isaac Ochoterena se retiraron, cruzaron Reforma hacia la calle Versalles y llegaron a Lucerna para resguardarse en la preparatoria, donde fueron reprendidos por haberse retrasado para llegar a clases.
El episodio pudo haber sido uno más en la vida de aquellos jóvenes cargados de adrenalina, pero no ocurrió así.
Al día siguiente, mientras tomaban clases, la preparatoria Ochoterena comenzó a retumbar. Los estudiantes de la Voca 2 que el día anterior se habían enredado en el pleito, habían reunido a más jóvenes y llegaron a apedrear la fachada del edificio de cantera, azotaban el portón y exigían que sus rivales salieran a la calle para seguir con el pleito.
Las mujeres fueron reunidas en un solo salón mientras los chicos subían al techo del edificio para tratar de contrarrestar la agresión. La directora del plantel salió a la calle tratando de calmar a los provocadores, pero fue golpeada. Los alumnos de la Ochoterana salieron a defender a su maestra y la pelea se generalizó, incluso un grupo de chicos de la preparatoria intentaba tirar uno de los copones de cantera de la cornisa del edificio para que cayera sobre los de la Voca.
En el altercado, el auto del gerente de un banco que tenía su sucursal en la esquina de Versalles fue dañado, por lo que éste llamó a la policía. El cuartel se encontraba en la calle Morelia, muy cerca de la preparatoria. Y tardó pocos minutos en llegar y arremeter contra los chicos que seguían liándose a golpes en la calle. La directora fue llevada a su oficina. Los policías ingresaron al plantel...
El remolino de recuerdos de Pepita la crispa. Se interrumpe. Se le entrecorta la voz. Intercala sollozos con fumadas a su cigarro, pues lo que ocurrió en los días posteriores fue una avalancha para la que ninguno de los chicos de aquel desayuno estaba preparado.
“Es de las cosas más absurdas que han ocurrido en la historia del país. Fue espantoso, porque hubo compañeros que no supimos dónde quedaron, siempre estábamos con miedo. Andábamos con la letra escarlata en la frente por ser de la Ochoterena”, explica Pepita.
Se lamenta de aquellos compañeros suyos que no volvieron a la escuela, de los que desaparecieron para siempre y de los que quedaron anímica y mentalmente afectados.
Para Pepita, los amigos con los que compartía aquellos desayunos eran todo menos incitadores en potencia, revolucionarios o chicos que buscaran meterse en problemas. “Estábamos asustados. Hicimos una especie de cofradía del silencio”, hace una pausa para pensar en cómo calificar a aquel gobierno y confiesa que no hay manera. “No existe aún la justificación para todo lo que hicieron”, y rememora que tuvo que ser cambiada de escuela y perdió la pista de la mayoría de aquellos amigos.
En las siguientes semanas crecieron las protestas por la actuación de la policía en ese episodio que se volvió un huracán que concluyó en la más grande matanza de estudiantes.
 
Tomado de http://excelsior.com.mx/

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Plegaria

Ave María

Cuida al alma en su andar/

aleja la incertidumbre omnipresente/

bendice la sangre sin derramar/

fortalece al guardián,/

que la vida no cese/

la fe no desfallezca/

y la justicia no se extinga,/

del presente amordazado/

y la esperanza mutilada/

Santa Madre ampáranos./

Amén./



STM