miércoles, 31 de agosto de 2011

La tarde que El Mena se murió un ratito

Arturo Soto Munguía
Lo que ha pasado por el ojo de Ramón Alejandro Mena Ortega, después de casi 40 años de seguir el paso de hombres, mujeres y bestias que fueron y son noticia, integra un archivo de imágenes abrumador y sorprendente.

Pero no es de gobernadores y políticos a los que siguió durante los 24 años de sus sexenios, de lo que se habla en esta historia, sino de El Mena y su lucha por la vida, después de una cirugía a corazón abierto.

Es decir, vamos a hablar del día en que a alguien, literalmente le abren el pecho para sacarle el corazón.

I

A través de la lente de sus cámaras, su mirada han captado una parte importante de la historia política y social del estado y del país, congelándola en blanco y negro, a todo color y en la magia digital de los megapixeles, inimaginables en aquellos tiempos cuando El Mena, como se le conoce entre generaciones de periodistas, andaba levantando polvo entre los surcos del Valle del Yaqui, para documentar gráficamente los estragos del ejercicio autoritario del poder, con las fotografías de la masacre de campesinos en San Ignacio Río Muerto.

Como fotógrafo de los gobernadores Samuel Ocaña García, Manlio Fabio Beltrones, Armando López Nogales y Eduardo Bours Castelo, El Mena ha estado muy cerca, siempre, del poder y las personalidades que lo encarnan, en sus diversos estilos personales con que marcaron sus gobiernos.

Después de Samuel Ocaña (1979-1985), Rodolfo Félix Valdés fue el único gobernador del que El Mena no estuvo cerca, como fotógrafo de la Dirección de Comunicación Social del Gobierno del Estado.

Pero con Manlio Fabio Beltrones, Armando López Nogales y Eduardo Bours Castelo, sumó 18 años completitos de andar pegadito a ellos, recibiendo palmadas y madrazos, dependiendo del momento anímico del jefe; de arriba abajo por aire, mar y tierra, lidiando con la visceralidad o la lambisconería de los que siempre quieren ‘salir en la foto’, al lado del que manda.

Décadas de andar en los barrios terregosos de cartolandia, lo mismo que en las cenas de gala con obispos y empresarios; diplomáticos extranjeros, deportistas encumbrados y oportunistas de efímera fama.

De Guillermo Padrés, apenas alcanzó a cubrir unos cuantos eventos, antes de que su corazón se negara a seguirle el trote, el pasado 15 de octubre del 2009.

Considerando su condición de testigo cercanísimo de las historias de grandeza y de miseria tejidas en torno a los hombres que han gobernado Sonora en los últimos treinta años, El Mena es, por decirlo coloquialmente, una fototeca con patas.

Años y años de andar a salto de mata, de aguantarle el paso a la complicada y no pocas veces churriguresca transición sonorense, los que El Mena resumió en su mente aquella tarde antes de dormirse para que le sacaran el corazón, literalmente.

II

El día que El Mena fue hospitalizado por primera vez, no pudo asistir a la segunda edición de la Noche del jazz y la cerveza, un evento que organizan anualmente los dueños de restaurantes, bares y cantinas de Hermosillo, para promover la vida nocturna en la ciudad, cada vez más deteriorada por la ‘percepción real’ (dirían los nuevos gurúes de la comunicación de masas), de que uno puede morir en medio del fuego cruzado entre policías y ladrones. Pero sobre todo, la ‘percepción real del miedo a no saber quiénes son los policías y quiénes los ladrones.

Al evento asistiría el gobernador Guillermo Padrés, y por supuesto, el nutrido equipo de talacheros de la imagen pública: reporteros, fotógrafos, camarógrafos y columpios ocasionales.

La historia de cómo al Mena le falló el corazón, ofrece material para un corrido que podría empezar más o menos así: Miércoles 15 de octubre, como a las dos de la tarde…

Pero no… eso suena a corrido póstumo y El Mena, como dice Froylán Campos, presente durante la entrevista “debe muchas como para que se vaya sin pagarlas”.

Lo cierto es que el 15 de octubre, El Mena llegó a la oficina de Comunicación Social después de una noche de perros. Un fuerte dolor en el pecho lo mantuvo en vela.

“No pude dormir hasta la una o dos de la mañana y a las cuatro me comenzó más fuerte el dolor; me levanté y vomité mucho… no pude dormir… nunca en mi vida me había pegado un dolor así”, recuerda, en el patio frontal de su casa, desde sus 64 kilos, un tanto extraños en un hombre que llegó a pesar 130.

III

Así empezó. La del 14 de octubre fue, como dijimos, una noche de perros. A pesar de ello, el día quince se presentó a trabajar a la hora acostumbrada.

Poco después del mediodía, su jefe inmediato, Francisco Verdugo (a) El Panchito Verdugo, le recuerda que ‘está de guardia’ y que después de ir a comer a su casa, deberá regresar a las 17:30, porque media hora después, el gobernador estaría inaugurando un evento en La Sauceda.

“Como a las dos y media comí y me recosté un rato; me faltó otra vez el aire, pero más duro; me sentí muy desesperado”, relata.

Aun así, se levantó y se fue a trabajar. Eso de cubrir las actividades de un gobernador no es algo que pueda impedir un dolor en el pecho.

A las cinco y media llegó a la oficina. Al primero que se encontró fue al Panchito Verdugo, al que siempre habrá que agradecer su vocación por cualquier otra cosa que no sea la medicina.

“Siento que me ahogo”, le dijo El Mena a El Panchito.

“Tómate un Peñafiel con una sal de uvas. Has de traer un pinche pedo atorado”, le respondió el otro, con la autoridad de un Nobel de Medicina.

Y El Mena muy obediente, fue a la tiendita de la esquina para surtir la receta del ‘doctor Verdugo’, ante la mirada entre compasiva y divertida de la señora que despacha, con inusual frecuencia por lo visto, ese remedio casero para las flatulencias recurrentes.

Sintiéndose descubierto, el fotógrafo esgrimió la típica explicación no pedida: “Es que traigo gases”, le confió.

Y la señora nomás se rió.

Pero lo único que sucedió con el remedio de El Panchito, fue que el dolor le dio más fuerte: “yo creo que me cayó mal lo que me recomendó el doctor Verdugo”, relata entre risas, antes de seguir con su relato.

“Y ahí te voy para la oficina, subo las escaleras al segundo piso, me voy directo a la oficina del doctor Verdugo y le digo: “oye, fíjate que me siento mal, me voy a tener que ir al Chávez…”.

“Qué bueno que me dijiste a tiempo, -le contesta el doctor Verdugo- porque el Juan Casas quiere cubrir el evento del jazz y la cerveza”.

Juan Casas es, a no dudarlo, el profesional de la lente que mayor bagaje conceptual tiene sobre su oficio, y lo acredita siempre en su trabajo, también de muchos años, en la oficina de Comunicación Social del gobierno del estado.

Y así fue que mientras el Juan le cubría las espaldas al Mena, éste arrancaba todo asustado rumbo al hospital.

Eran las seis y media de la tarde cuando agarró las llaves de su camioneta y enfiló rumbo al Hospital Chávez, pero ya mero no llegaba.

El dolor le aguijoneo el pecho tan salvajemente, que en ese momento pensó en bajarse del carro y correr hasta el hospital, para burlar los semáforos que en Hermosillo, alguien sincronizó de tal manera que siempre te toquen en rojo.

Por fin llegó a la sala de emergencias. Tras revisarlo someramente, un doctor le dijo que traía los bronquios tapados y lo mandó a que le aplicaran nebulizaciones. Por ahí andaba El Chacho Valencia, otro veterano del periodismo y sus avatares, que en los últimos años se ha desempeñado en el área de prensa del Isssteson.

Dos sesiones de 15 minutos en el nebulizador y lo regresaron con el médico de Urgencias, a quien ya no le gustó lo que vio en el aspecto de Alejandro Mena. Ordenó una placa del tórax y lo mandó internar.

En la cama, el dolor fue cediendo de a poco, pero de pronto, un convulsivo ataque de tos sacudió al paciente, y llamó poderosamente la atención del doctor Acuña, que se encontraba a cargo y se acercó rápidamente a interrogar y revisar al Mena, cuyo aspecto debió ser bastante malo, como para provocar ese pequeño escándalo que suelen ser los taconazos y los gritos ahogados en un hospital.

Pa’ pronto se hizo un corredero de gente. El doctor llamó casi a gritos al personal de enfermería y a otros médicos, mientras le introdujo casi a la fuerza una pastilla que colocó debajo de la lengua.

Luego le dio otra más grande, ordenándole que la masticara, mientras una enfermera le aplicaba una inyección en el brazo y el doctor pedía a gritos la nitroglicerina y le arrancaba la camisola a jalones.

Cuando menos pensó, ya estaba rodeado de unos siete doctores, tenía conectado un alambrero en el pecho y la mirada fija en el hombre de bata blanca que traía en sus manos el desfibrilador: “ese aparatito que da toques”, explica El Mena, con su lenguaje siempre lleno de tecnicismos.

“Ay mamacita, ahí sí me dio miedo”, admite.

IV

Como a las ocho y media, cuando se hubo desocupado de la llamada Noche del jazz y la cerveza, llegó a verlo Juan Casas.

“Me quedé preocupado, cabrón, porque te viniste solo para acá, y no sabíamos qué tenías”, le dijo.

El doctor Acuña resultó ser compañero de banca de Juan Casas, así que éste le preguntó con toda confianza sobre el estado de su amigo y colega: “Oye, ¿qué tiene este cabrón?

“No, le dijo el doctor”, según recuerda el Mena, “éste ya se andaba pelando; lo bueno que le pegó un preinfarto aquí en la cama. Pero ya le puse el veneno este, y con eso ya estuvo”, le explicó, señalando la nitroglicerina.

¿Y por qué no me había dicho, doctor, que me pegó un preinfarto?, le increpó el Mena.

¡Porque entonces sí te pega el infarto, del puro miedo!, le respondió el médico.

“¿Pero cómo un preinfarto? Es como si una morra estuviera pre embarazada”, increpó nuevamente El Mena, siempre con el método comparativo como herramienta del análisis situacional.

Ya más relajado, el doctor le explicó que por su condición de diabético, los dolores propios de un infarto son menos sensibles en su organismo, y si no lo hubieran atendido a tiempo, otra sería la historia.

“Fíjate”, se asombra El Mena al recordar ese pasaje: “estaba a punto de infartarme, y El Panchito y yo vacilando con que traía gases, con que traía un pedo atorado”.

Así empezaron los cuarenta días pegado a una cama de hospital; de terapia intensiva a piso; del Chávez al CIMA y vuelta al hospital del Isssteson.

Análisis clínicos, revisiones, medicamento a pasto, hasta que el cateterismo reveló que sus venas coronarias y la aorta estaban obstruidas y necesitaba, para empezar, cuatro by pass.

Alejandro Mena fue trasladado al Hospital CIMA, gracias a los convenios de subrogación que tiene ese nosocomio con el Isssteson.

Ahí le realizarían la operación del corazón, pero antes tenía que conseguir una finísima malla metálica llamada stent, que se adosa a las paredes arteriales para permitir el flujo sanguíneo.

Ese aditamento tiene un valor aproximado de 80 mil pesos, y es indispensable para la operación.

Rápido se movió la red de solidaridad, encabezada por Froylán Campos, Felipe Larios y Óscar Castro, los tres compadres a los que nadie saca de ese corazón que, adolorido, sigue latiendo fuerte.

Las líneas se calentaron en las llamadas de aquí para allá, tratando de conseguir el recurso entre los muchos amigos del fotógrafo preinfartado.

Para las diez de la noche, las posibilidades de la cirugía se iban diluyendo.

A esa hora, El Mena recibió una llamada de parte de la directora del Isssteson, Teresa Lizárraga, para informarle que el servicio médico para el que ha cotizado desde hace unos treinta años, se haría cargo de los gastos.

Para su familia y sus amigos, el cielo lleno de nubarrones ominosos, comienza a despejarse.

V

Durante el tiempo que estuvo en el Hospital Chávez, al Mena le tocó escuchar, cuatro veces, el escalofriante chirrido del largo zipper que cierra las bolsas negras en que se llevan a los pacientes que no sobrevivieron.

Uno tras otro fueron muriendo a un lado de su cama.

A la distancia, así lo relata:

“Tenía buena mano, el que me iban poniendo enseguida, se iba yendo”, dice el fotógrafo, enfatizando el ‘yendo’ con un movimiento de ojos hacia el cielo.

Hace el recuento: el papá de un empleado de la Dirección de Comunicación Social del gobierno del estado, “un viejito que gritaba mucho; tenía como un mes en el hospital y renegaba mucho con los doctores y enfermeras, ‘no saben otra más que andarme picando pa’sacarme sangre, todo lo quieren arreglar con eso’, les decía”.

Luego, un viejito como de 95 años, “pobrecito, nomás lo vi que se volteó para acomodarse a dormir, juntó las palmas de las manos, se las puso como almohada… y se durmió”.

Cerca de ahí, el doctor estaba preparando la medicina. Nomás volteó a verlo y dijo “¡Chingada madre, ya empezó mal el día!”.

Y así anduvo, el doctor, toda esa jornada, lamentando la muerte del viejito.

“Yo estaba en la cama 194 y él en la 193. A los días, me cambiaron a la cama 184, y el de la 183 también caminó. Luego llegó un viejito que trabajaba en los juzgados, y como si supieran, murió el día en que más gente lo fue a visitar”.

Cuando alguien muere, es una movilización ruidosa del personal del nosocomio, que se mueve más rápido de lo normal: “nomás te ponen un cartoncito, te meten en una bolsa negra con un zipper grandote, limpian la cama y vámonos, el que sigue”, explica.

“Así me tocaron cuatro, hasta el día en que metieron ahí a don Abelardo, pero gracias a Dios esa mañana me dieron de alta, relata, aludiendo al veterano y reconocido periodista Abelardo Casanova Labrada, quien por esos días tuvo un quebranto en su salud, de por sí deteriorada en los últimos meses.

A la distancia de varios días, desde la entrevista al aire libre en el patio frontal de su casa, el fotógrafo vuelve a ser el mismo Mena de siempre.

Con una cicatriz que va del tobillo a la ingle; otra más que le recorre el brazo desde la muñeca hasta la axila; una más en el pecho, donde también luce las marcas de dos punciones, El Mena suelta la risa: “Al que me iban poniendo a un lado, iba ‘caminando’; dije yo... hijuelachingada, qué bueno que no le tocó a don Abelardo que me quedara un día más… pero sí, me llevé cuatro por delante”.

VI

Una hora antes de la medianoche del 31 de octubre de 2009, el silencio se hizo en un quirófano del Hospital CIMA.

Cirujanos, asistentes, técnicos, personal de enfermería, guardaron para después las consabidas bromas y chascarrillos que usualmente ayudan, en momentos como ese, a pasar el trago amargo de una batalla perdida contra la muerte.

Ellos, que están ahí para luchar por la vida, callaron de repente.

En la mesa de operación, el paciente yace con el pecho abierto y el corazón ‘reconectado’ con venas que le han extraído de un brazo y una pierna, para alimentar de sangre y oxígeno ese órgano que debería comenzar a latir en unos cuantos segundos.

Pero en el monitor de la computadora que registra la actividad cardiaca, una línea cruza horizontalmente con su sonido monótono y triste.

Hay silencio en la sala de operaciones.

El cirujano en jefe pide el desfibrilador, ese aparato que mediante una descarga eléctrica continua, puede hacer latir de nuevo un corazón.

Esos aparatejos como planchas que la mayoría conocemos sólo por las películas de terror en blanco y negro, en la que un cuerpo inerte vuelve a la vida después de rebotar sobre una plancha, con cada descarga.

Por cierto, esos aparatos ya comienzan a instalarse en lugares públicos de las grandes ciudades del mundo, debido al incremento en la incidencia de infartos y paros cardiorespiratorios.

Esa tarde en el Hospital CIMA, la línea luminosa seguía cruzando horizontalmente el monitor con el mismo tono sostenido: “piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”.

Le aplicaron la primera descarga y no hubo reacción.

Dos veces. Nada.

Tres. Todos en el quirófano voltearon a verse entre sí.

“Este ya se peló”, piensan para sus adentros.

A la cuarta descarga, “beep”, “beep”, “beep”, la línea en el monitor comienza a saltar rítmicamente.

El suspiro es generalizado en el quirófano del Hospital CIMA, ese 31 de octubre de 2009, por la noche, cuando Ramón Alejandro Mena Ortega fue regresado del oscuro abismo de la muerte, por la mano de los médicos. Y de Dios, como él mismo dice.

“Es como dice mi compadre Froylán, todavía debo muchas y no me voy a ir sin pagarlas”, dice, semanas después, en el patio frontal de su casa en la colonia Las Villas, mientras suelta una carcajada, nadando en un ‘pants’ marrón que le quedaba bien hace más de 20 kilos. Es decir, antes de su operación.

VII

El sábado 31 de octubre, El Mena estaba de espaldas y con los brazos en cruz, en un quirófano del CIMA.

“Al rato nos vemos”, son las últimas palabras que recuerda del doctor Siordia, antes de cerrar los ojos. Ese rato duró desde el sábado en la noche, hasta el lunes.

Y es que saliendo de la operación, lo mandaron a hemodiálisis, para evitar daños a sus riñones, afectados por la diabetes.

Pero de alguna manera, por alguna parte, se coló una infección extraña en la sangre de El Mena y obligo a suministrarle antibióticos a discreción.

Esa noche, su madre, su hermana y su esposa, estaban en la sala de espera. Sólo las dos últimas entraron a verlo, y hablaron con el doctor.

Sus rostros eran graves cuando salieron. Hacían grandes esfuerzos para contener el llanto delante de doña Carmen, la mamá de Alejandro. Armida, su compañera de los últimos años fue la que, pretextando un cigarrillo, convocó a salir del hospital.

Ya afuera, estalló en llanto. También su hermana. A Alejandro le habían detectado una infección muy extraña en la sangre, que podría ser leucemia.

Varios días después, así lo relata El Mena en la entrevista, “Dice el doctor que nunca en su vida vio tantos leucocitos, lo más alto que había visto eran 34 mil, y yo traía 64 mil”, dice.

Y agrega que por eso, el doctor no pudo dormir en toda la noche consultando con colegas, documentándose, haciendo llamadas y esperando sólo que el paciente entrara en coma, según le contó después.

Al día siguiente, la infección comenzó a ceder, pero surgió una nueva complicación. El sistema de drenaje postoperatorio no dejaba de funcionar después de seis días, cuando normalmente se retira en dos o tres.

“Me traes loco, puras cosas raras te pasan a ti”, le espetó el médico.

Después de haber sido dado de alta la primera vez, tuvo que ser internado cuatro ocasiones más.

Una de ellas, el 24 de noviembre en la noche, cuando llegó de nueva cuenta a Urgencias del Hospital Chávez, porque una opresión en el pecho no lo dejaba dormir.

“Vengo por la garantía”, le dijo al médico.

Resultó que traía unos 500 mililitros de agua en los pulmones y había que operarlo nuevamente para extraérselos, pero eso resultaba muy riesgoso, pues la anterior operación era demasiado reciente.

Con los pulmones inundados, El Mena fue trasladado al Hospital San José a bordo de una ambulancia, donde al paramédico que lo atendía se le olvidó cerrarle la llave al suero, y le dejó ir en un ratito, otros 250 mililitros.

“Lo bueno que no era de a litro el pinche suero, porque me lo hubiera pasado el cinco minutos este bárbaro”, dice entre risas.

Afortunadamente no hubo necesidad de otra operación, pues le controlaron el problema sólo con medicamentos, y para el día de la entrevista, ya le quedaban ‘nada más’ como 200 mililitros.

VIII

¿Quedaste vapuleado?, pregunta Froylán Campos, cronista con el que Alejandro Mena ha hecho mancuerna infinidad de ocasiones, en la cobertura de tantas campañas políticas, que ninguno de los dos recuerda en ese momento cuántas han sido.

“Un chingo”, responde El Mena, y uno cree que se refiere al recuento de esos trotes reporteriles, de mucha grilla y aventura. Pero no, la respuesta es en relación a la pregunta original, de qué tan madreado quedó después de las operaciones.

“Me siento muy débil, luego lo nota uno. La hemodiálisis me está matando, nunca había pasado por eso”, musita, ahora sí con voz grave.

Y hace el recuento de la gente que ha estado pendiente de él, los que se han comunicado por teléfono, los que han probado su amistad, como su tocayo Ramón Gulliver, tan servicial como malo para el billar; también presente en la entrevista, como ha estado presente casi siempre, para lo que se ofrezca.

El Gulliver es parte de la banda de los de abajo, donde El Mena ha cultivado afectos. Pero también tiene amigos encumbrados a quienes ha servido leal e institucionalmente: Manlio Fabio Beltrones, Armando López Nogales, Eduardo Bours Castelo, por citar a tres.

Guillermo Padrés no fue a verlo, pero su secretario de Salud, Bernardo Campillo y la directora del Isssteson, Teresa Lizárraga, estuvieron siempre presentes: “se pusieron a las órdenes, consiguieron la sangre, hicieron las gestiones, movieron lo que tuvieron que mover, para que yo estuviera aquí, ahora, platicando contigo”, dice.

Y no le alcanzan las palabras de agradecimiento para el personal médico, el de enfermería, para todos los que estuvieron a lo largo de casi dos meses en los que estuvo librando la batalla más difícil de su vida.

IX

Ahora la lucha de El Mena es otra.

Es para conseguir que, debido a la precaria condición de salud en la que se encuentra, las instituciones de gobierno para las que ha servido durante cuatro décadas, no le escamoteen su pensión.

Ya no puede andar de arriba a abajo. Ya no puede andar por aire, mar y tierra, siguiendo la agenda de los gobernadores. Bromeando con ellos. Alegrándoles con sus risas y con sus ocurrencias, momentos críticos sobre los que ya habrá oportunidad de escribir un poco o un mucho.

Ahora El Mena se encuentra en un estado de salud delicado, y su vida, pero sobre todo su calidad de vida, depende en mucho de la solidaridad y el apoyo de sus amigos y familiares. Y depende también de las ganas que él mismo le ponga, a cultivar hasta el último momento, la esperanza de que en medio de tanto artificio mediático, prevalezca el ánimo de seguirlo conservando entre nosotros, aunque sea para que esté chingue y chingue.

Epílogo

Al Mena me lo encontré anoche. Llegó al billar, donde el Froy y el Fernando Gutiérrez caían una vez más, abatidos por la implacable puntería de la suerte.

Venía acompañado de El Gulliver, y venía del hospital, donde le practicaron otra hemodiálisis, esa que lo mata, que le quita kilos y lo debilita y lo hace ser más humilde y más tolerante con una realidad que se empeña en empequeñecer los recuerdos de la cercanía con el poder; el codearse con los gobernadores y bromear con ellos; el servirle de fotógrafo, de guardaespaldas, de confidente, de válvula de escape en momentos críticos.

Venía desde su diabetes, su pre-infarto, sus cuarenta días entre las sábanas de las camas de hospital; desde su vocación de ser, siempre, un amigo.

Y desde esa vocación me pregunta: ¿Cómo está tu hijo?

Es decir, no me pregunta por él mismo, sino por mí.

Y yo le digo que bien.

Y él me dice que se tiene que ir, porque la hemodiálisis lo mata poco a poco, aunque ya no le resulta tan agresiva, y es probable que en un par de meses, no haya necesidad de practicársela.

Y yo llego a la casa, y me quedo leyendo el reporte médico que El Mena me mostró anteriormente, firmado por el doctor Fernando Elías Siordia Zamorano, y que a la letra dice:

“El paciente se ha recuperado bien de la intervención y aunque continúa convaleciente, su pronóstico ha mejorado, sin embargo se le han dado fuertes recomendaciones para su vida futura, donde deberá evitar todo tipo de stress, movimientos de desplazamiento rápido de tipo anaeróbico, subir o bajar escaleras o tarimas en forma repentina, que involucren esfuerzos bruscos, deberá cumplir con un programa de rehabilitación cardiaca a largo plazo. “El cambio en el estilo de vida es obligado para completar con la finalidad del tratamiento y la operación llevada a cabo, además se obliga a tener visitas periódicas con su médico tratante para evaluación y someterse a los estudios que sea necesarios; su programa de tratamiento incluye también horarios fijos de comida descansos con toma y aplicación de medicamentos”.

Y uno, que es reportero, deja salir un lagrimón como el que se resiste a soltar el Froy, cuando pregunta: “¿O sea que ya no vamos a cubrir otra campaña?

Y El Mena le responde, desde sus lánguidos 60 kilos: “Pos no sé, cabrón… yo creo que no”…

lunes, 29 de agosto de 2011

¿Informe? ¡Disculpa!


Bucareli | Jacobo Zabludovsky

Basta de triunfalismos ridículos ante la pavorosa realidad que ha puesto a México, desde hace cinco años, en el camino de una agonía terminal
Lunes 29 de agosto de 2011

El estado que guarda el país exige una disculpa, no un informe, señor presidente Felipe Calderón.

El jueves pasado marca la debacle de toda la estrategia de lucha contra la delincuencia. En el mismo día un periodista de Sinaloa es ejecutado de un tiro en la nuca y 52 personas mueren en Monterrey por un ataque de la más desafiante crueldad a un garito corrupto. Se combate en todos los frentes. Como si se hubiera planeado, la violencia crónica asciende a violencia crítica precisamente ocho días antes del informe. Basta de triunfalismos ridículos ante la pavorosa realidad que ha puesto a México, desde hace cinco años, en el camino de una agonía terminal. Es hora de pedir disculpas y asumir responsabilidades. Basta de reuniones inútiles y atoles con el dedo. Si la Constitución obliga a presentar un informe sobre “el estado general que guarda la administración pública”, habrá que pedir disculpas no solo por declarar una guerra sin saber las características del enemigo, sino por fallar en todas las ramas de la mentada administración.

No cabe el mínimo alarde de vanagloria por nuestra situación económica. El sexenio empezó con un dólar a nueve pesos, más o menos, subió hasta 15 y se ha mantenido en 12 y pico, una devaluación de 30%. El producto interno bruto en estos 10 años promedia 1%. Otros países latinoamericanos, Chile, por ejemplo, crecerá este año un 6%. La Encuesta Nacional de Ingreso Gasto de los Hogares 2010 revela una baja del 27% de las remesas del exterior, equivalente a medio millón de familias que perdieron ese sustento. La inversión directa extranjera en el primer semestre de este año cayó 32.6% respecto al mismo periodo de 2010, según datos oficiales. El desempleo agobia a dos millones 700 mil adultos desesperados.

Después de cinco años y más de 40,000 muertos y números incalculables de secuestrados, mutilados, desaparecidos y desplazados, se puede alegar que sin la guerra contra la delincuencia el saldo trágico sería mayor, presunción indemostrable, porque lo real es la extensión del problema a todo el país y el aumento constante de bajas humanas, el incremento del tránsito de la droga hacia los Estados Unidos y el de su consumo en México. Aparte del daño al Ejército: se le ha perdido el respeto que muchos mexicanos le tenían. Otro daño colateral, el desplome de los centros turísticos. Acapulco es una ruina.

El despilfarro del dinero público alcanza niveles sin precedentes. El gasto en publicidad oficial satura todos los medios, especialmente los más influyentes y poderosos, y supera el de cualquier producto de la iniciativa privada, como refresco o dentífrico, cuya venta depende de los anuncios. Este exceso, unido a la corrupción y la ineptitud, aborta obras tan estrafalarias, inútiles y absurdas como esa megapaleta Mimí, conocida también como Estela de Luz, que con el mazacote de los senadores está en el lugar más inadecuado del mapa urbano. Sería de agradecer una explicación detallada de la peculiar manera de invertir en adefesios nuestros escasos caudales, apremiantes para la satisfacción de necesidades básicas de millones de miserables.

En el siglo panista primero fue la farsa y luego la tragedia. Observamos con asombro a los únicos líderes, las únicas figuras, los únicos personajes, sin excepción, surgidos en esta década: padres que enterraron a sus hijos asesinados por criminales. Isabel Miranda de Wallace, Alejandro Martí y Javier Sicilia son símbolos de una sociedad agraviada, indignada ante la injusticia, la violencia ilimitada y la impotencia general en medio de una catástrofe compartida. La herida abierta de estos tres compatriotas nos duele a todos. La desgracia los convierte en héroes. Su voz es la de un México cuya capacidad de tolerancia y sufrimiento está puesta a prueba.

Así llegamos al Informe. El jueves un propio entregará a los diputados algunas cajas de cartón llenas de papeles. Al día siguiente los habituales ocuparán sus pupitres en el Auditorio Nacional para aplaudir, cada vez que una coma lo provoque, el Informe del presidente Calderón. La televisión y la radio amelcocharán la ceremonia y los periódicos dedicarán sus planas primeras y editoriales al detalle y análisis de las lecciones del jefe del Ejecutivo. La orgía del spot y el ditirambo hasta el hartazgo.

El año que entra elegiremos su sucesor. El semanario The Economist pronostica que el PAN no sólo perderá sino que descenderá al tercer lugar. El veredicto de los mexicanos será de castigo. Ante tantos palos de ciego pedir disculpas no basta y nada soluciona. Pero sería un gesto inesperado de humildad y franqueza que justificaría el presupuestado aplauso final.

lunes, 22 de agosto de 2011

Ratas


La letra desobediente

Braulio Peralta

a relectura de La peste, de Albert Camus, me dejó perplejo. Es de una actualidad asombrosa. Asómese a las imágenes de hambre en los niños que se deshacen en Somalia, si tuviera alguna duda. Vaya a Europa por televisión en los medios y vea el desastre de la economía. Mire al otro lado de nuestra frontera, a Estados Unidos, y observará la mentira del progreso.

Como escribe Stéphane Hessel en ¡Indígnate!: “el conjunto de la sociedad no puede claudicar ni dejarse impresionar por la dictadura actual de los mercados financieros que amenaza la paz y la democracia”. Malas noticias: la miseria es más fuerte que el miedo. Nada para las guerras que vivimos. La peste, sin bacilo de por medio, sin metáforas, se instaló en nuestras vidas inertes.

Camus advierte en su obra que la peste se instala como una forma de vida. No es que explotemos con los bubones bajo los sobacos. Es que algo en nuestra mente se corrompe, evadiendo la realidad. No veo, no oigo, no siento: no existo. Como si la desgracia fuera incapaz de acercarnos a la verdad, al silencio contemplativo y a la acción. Como si la indiferencia fuera el motor frecuente en los actos de los seres racionales. Como si dejar al azar las circunstancias que nos rodean impidiera el desastre. Negamos la peste humana que se atiene más a la fe que a la ciencia —social o exacta—, justo uno de los planteamientos del libro de Camus. Nosotros o las ratas.

El incendio ya está aquí y un falso optimismo nos impide verlo. El mundo nos informa que México es un país inseguro y aquí juramos que todo va bien, que no hay catarros financieros, ni asesinatos ni vejaciones; que la peste está bajo control. Olvidamos que el hombre no es una idea. Omitimos que uno vive y muere por lo que ama. Nos traicionamos en busca de un progreso inexistente.

Creí que me iba a deprimir con la lectura de La peste. Y no. Es sano saber que somos una interminable derrota. Que la condena es un principio, no un fin. Que el placer llega con el conocimiento de la vida, no con la omisión de la muerte. Escribe Camus: “Sin valorar ese resplandor excelso de eternidad que existe en el fondo de todo sufrimiento” es imposible aprender a vivir, a entender nuestra fragilidad.

No hubiera releído La peste sin el taller de lectura mensual. Gracias. Porque desperté de un periodo de embrutecimiento. Duro. Sí. Pero siempre es mejor saberlo.



jueves, 11 de agosto de 2011

¿De verdad estamos tan solos?

(Publicado en Milenio.com)

Texto íntegro de Efraín Bartolomé

Son las 4:43 de la mañana del día 11 de agosto de 2011.

Hace aproximadamente dos horas un grupo de hombres armados irrumpieron en mi casa ubicada en Conkal 266 (esq. Becal), Col. Torres de Padierna, 14200, México, DF.

Comenzamos a escuchar golpes violentos como contra una puerta metálica y me extrañó porque se escuchaba demasiado cerca y no hay ninguna puerta así en la casa.

Prendí la luz.

Los golpes arreciaban ahora como contra nuestras puertas de madera.

Quité la tranca que protege la puerta de nuestra recámara y me asomé al pasillo: hacia el comedor veía luces (¿verdosas? ¿azulosas? ¿intermitentes?) acompañando los golpes violentos contra el cristal que da al sur.

Mi mujer me gritó que me metiera.

Así lo hice apresuradamente y alcancé a poner la tranca de nuevo.

Oí cristales rompiéndose y pasos violentos hacia nuestra recámara: rápidos y fuertes.

“¡Abran la puerta!” era el grito que se repetía antes de que empezaran a golpear con violencia mayor nuestra puerta con tranca.

Nos encerramos en el baño y busqué a tientas un silbato que cuelga de un muro sin repellar: comencé a soplarlo con desesperación, unas diez veces, quizá.

Mi mujer está llamando a la policía.

Les dice que están entrando a la casa, que vengan pronto por favor, que nos auxilien.

Yo sigo soplando el silbato con desesperación.

En la oscuridad, mi mujer se ubicó tras de mí mientras oíamos que la tranca de la puerta se quebraba y los hombres entraban.

¿Tres, cuatro, cinco?

Quise cerrar la puerta del baño pero ya no alcancé a hacerlo.

Empujé unas cajas hacia dicha puerta y en algo estorbó los empujones.

“¡Abran la puerta! ¡Abran la puerta, hijos de la chingada...!” gritaban mientras empujaban y metían sus rifles negros hacia el interior.

Quise detener la puerta con mis manos pero no tenía sentido: vencieron mi mínima resistencia y entraron.

Policías vestidos de negro, con pasamontañas y lo que supongo que serían “rifles de alto poder”.

“¡Al suelo! ¡Al suelo! ¡Al suelo, hijos de la chingada! ¡Al suelo y no se muevan!”

Uno de los hombres me da un manazo en la cabeza y me tira los lentes.

Alcanzo a pescarlos antes de que toquen el suelo.

Me quita el silbato.

−¡No golpee a mi esposo! –grita mi mujer.

−¡El teléfono! ¡Déme el teléfono! –le responde y pregunta si no tenemos otro teléfono o un celular.

Ella y yo nos arrodillamos primero y después nos medio sentamos en el suelo de cemento de este baño sin terminar.

Policías jorobados y nocturnos, como en el romance de García Lorca.

Quién lo diría: aquí, en nuestra amada casa donde cultivamos y enseñamos la armonía.

Aquí...

Justo aquí estos hombres de negro, con pasamontañas, con guantes, con rifles de asalto, con chalecos o chamaras que tienen inscritas las siglas blancas PFP, nos apuntan con sus armas a la cabeza.

Uno de ellos, siempre amenazante, nos interroga.

Dos más permanecen en la puerta.

− ¡Las armas! ¡Dónde están las armas!

− Aquí no hay armas, señor, somos gente de trabajo.

− ¡A qué se dedica!”

−Soy psicoterapeuta y escribo libros.

−¿Desde cuándo vive aquí?

− Desde hace treinta años...

−Cómo se llama.

−Efraín Bartolomé.

−Cuántos años tiene.

−60.

−A qué se dedica.

−Ya se lo dije, señor, soy psicólogo y escribo libros.

−Usted cómo se llama... –se dirige a mi mujer.

−Guadalupe Belmontes de Bartolomé.

−A qué se dedica.

−Soy arqueóloga y ama de casa.

−Cuántos años tiene.

−54.

−Tranquilos. Respiren profundo... Voy a verificar los datos.

El hombre sale.

Oigo ruidos en toda la casa.

Están vaciando cajones, abriendo puertas, pisando fuerte sobre la duela de madera.

Oigo ruidos afuera, en el cuarto de huéspedes, en la torre, en el estudio de abajo.

Nos cambiamos de posición.

Mi mujer pone algo sobre el frío piso de cemento.

Cinco o siete minutos después regresa el hombre y repite su interrogatorio.

Si recibimos gente en la casa, con qué frecuencia, cada cuánto salimos de viaje, quién cuida entonces.

Respondemos a todo brevemente.

Dice nuevamente que va a verificar los datos y que volverá a decirnos porqué están aquí.

El tiempo pasa.

Oímos que abren nuestro carro en el garage.

Voces ininteligibles en el patio del norte.

Más tiempo.

Varios minutos después se oyen motores que se prenden y carros que arrancan.

Mi mujer y yo seguimos en la oscuridad.

Comenzamos a movernos.

Sólo silencio.

Nos incorporamos con cierto temor.

Salimos del baño hacia la recámara iluminada.

Desorden.

Cajones abiertos.

Cosas volcadas en el buró.

La chapa de la puerta en el suelo.

Restos de la tranca destrozada.

La puerta de tambor machacada y rota, pandeada en su parte media.

Salimos al pasillo: un cuadro en el suelo y abiertas las puertas de lo que fueron las recámaras de mis hijos.

Desorden en el interior: maletas y cajas abiertas, cajones vaciados.

Vamos hacia el comedor: uno de los vidrios roto en su ángulo inferior izquierdo, muchos cristales en el piso.

La puerta de la sala está rota de la misma forma en que rompieron la de nuestra recámara: la chapa en el suelo y fragmentos de duela en el piso.

Está abierta la puerta de la torre y prendidas las luces del cuarto de huéspedes.

Salimos por la puerta de la sala y nos asomamos con cierto temor.

Nada.

Mi mujer llama por segunda vez a la policía.

Es en vano: piden los datos una vez más.

Dicen que ya enviaron una unidad.

Llego a la barda y me asomo: no hay carros.

El portón del garage está intacto.

Bajamos las escaleras hasta la puerta de acceso: rota igual que las de adentro.

El estudio de abajo está con las luces prendidas.

De por sí desordenado, ahora lo está más.

Vamos hacia la torre y entramos al cuarto de huéspedes: cajones volcados, revistas en el suelo, cosas sobre la mesa, puertas del clóset colgando, zafadas de su riel inferior.

Subo al tercer piso: una esculturita de alambre volcada pero no se nota demasiado desorden.

Subo a los pisos superiores: no hay daño en la salita de arte.

En el último piso dejaron abierta la puerta a la terraza.

Volvemos al interior: queremos tomar fotos pero no está la cámara de mi mujer que estaba sobre el buró.

“¡Tampoco está la memoria de mi computadora!”, grita.

También se la llevaron

Quiero ver la hora y voy al buró por mi reloj: ha desaparecido mi querido Omega Speedmaster Professional que me acompañó por casi cuarenta años.

Tiene mi nombre grabado en la parte posterior: Efraín Bartolomé.

Oímos que un auto se estaciona y nos asomamos.

Mi mujer llama una vez más a la policía: lo mismo.

Ya tienen los datos pero nunca enviaron apoyo.

Indefensión.

Del auto blanco baja un joven y avanza hacia la esquina.

Se asoma y regresa.

Lo saludo y responde.

Le preguntamos qué pasa y responde que viene en atención a una llamada de su amiga que vive a la vuelta y a cuya casa también se metieron.

Mi mujer pregunta de qué familia se trata, cómo se apellida.

Magaña, responde el joven.

¡Es Paty!, dice mi mujer.

Salimos a la calle y voy hacia allá.

Encontramos a Patricia Magaña, bióloga, investigadora universitaria, acompañada de su papá, en la calle.

Entraron a ambas casas la de ella y la de sus padres, con la misma violencia que a la nuestra.
Patricia y su hija estaban solas.

Sus padres octogenarios también estaban solos.

Volvemos a nuestra casa vejada y con la puerta rota.

Atranco la destruida puerta de la calle.

Con todo, mantenemos una sorprendente calma.

“Pudieron habernos matado”, dice mi mujer.

Yo imagino por unos segundos nuestros cuerpos ensangrentados en el baño en desorden.
¿Sabe el presidente Calderón esto que pasa en las casas de la ciudad?

¿Lo sabe Marcelo Ebrard?

¿Lo sabe el procurador Mancera?

¿Ordenan Maricela Morales o Genaro García Luna estos operativos?

¿Sabrán quién fue el encargado de este acto en contra de inocentes?

Antenoche volvimos a casa levitando, en la felicidad más plena, tras la amorosa y conmovedora recepción del público ante nuestro libro presentado en Bellas Artes.

Un día después, en la atroz madrugada, la PFP irrumpe violentamente en nuestra casa, quiebra nuestras puertas, destruye los cristales, hurga sin respeto en nuestra más íntima propiedad, nos amenaza con armas poderosas a mi bella mujer y a mí, a la edad que tenemos...

Y pensar que también son humanos los que hacen esto contra su prójimo.
Subo al estudio a escribir esto.

Allá, abajo, la ciudad parece embellecida por la calma.

Arriba la impasible Luna de agosto, casi llena.

Son ya las 6:35 de la mañana.

La luz de oriente comienza a colorear y a inflamar el horizonte.

La policía nunca llegó.

¿De verdad estamos tan solos?




lunes, 8 de agosto de 2011

Mujeres y Política. Acoso sexual


Con reconocimiento a

Olga Rosario Avendaño y a Roselia Orozco Martínez,

ganadoras del Premio Nacional Los Rostros de la Discriminación

Soledad JARQUIN EDGAR

En las leyes se establece como un delito el acoso sexual u hostigamiento sexual, es de suponerse, por tanto que las mujeres están protegidas legalmente contra este tipo de violencia que es una clara forma de discriminación, porque es una expresión de abuso de poder que implica la supremacía masculina sobre la mujer, al denigrarla y concebirla como objeto.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) da cifras sobre este grave problema que se presenta con mayor frecuencia hacia las mujeres en la escuela o el trabajo y sostiene que una de cada cuatro mujeres ha sido acosada sexualmente. También se conoce que cuatro de cada diez mujeres que pierden su empleo, son obligadas a renunciar por no acceder a las pretensiones de su superior.

Colectiva Feminista, organización social binacional, señala que el acoso sexual es una forma de discriminación de género, al que las mujeres están más expuestas a ser víctimas directas e indirectas, debido a que carecen de poder, se encuentran en posiciones vulnerables e inseguras. Este se vuelve aún más agresivo cuando se compite por un cargo o puesto.

El acoso sexual u hostigamiento, añade la misma organización, es una conducta sexual no controlada de tipo sexual, es una forma de violencia laboral basada en el sexo, que resulta ofensiva y puede afectar la salud de las personas agredidas, así como su bienestar y desarrollo económico y social.

Las miradas lascivas, las palabras ofensivas que disparan los hombres en ese mal habito de piropear, las invitaciones a sitios diferentes al centro educativo o laboral y proposiciones de tipo sexual, ahora se agravan con el uso de las nuevas tecnologías de la comunicación mediante mensajes de correo electrónico, las redes y hasta por la telefonía celular.

Hay muchos ejemplos, uno de ellos es la denuncia que presentó Miriam Velásquez, trabajadora del Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca, al acusar al director de Proyectos Educativos, Timoteo Agustín Chávez Aquino, de acosarla sexualmente desde hace cinco meses. Y, es curioso, en Quintana Roo, en estos días surgieron varias denuncias públicas contra elementos de seguridad hacia de mujeres policías y también en una institución educativa. Y si revisamos el país, seguramente encontraremos infinidad de casos reportados en los últimos días. Este delito es cotidiano y a veces se hace invisible a los ojos de la mayoría de las personas, peor aún surge la duda y el cuestionamiento social hacia las víctimas.

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miércoles, 3 de agosto de 2011

Sicilia: una traición, minuta sobre Ley de Seguridad

Los legisladores que la aprobaron traicionaron su palabra y se traicionaron como hombres con esta acción; fue un acto vergonzoso, dijo el dirigente del Movimiento por la Paz.

Alma Muñoz
Publicado: 03/08/2011 11:30


México, DF. Javier Sicilia expresó que el Movimiento por l
a Paz con Justicia y dignidad se siente traicionado por la aprobación de la minuta de Ley de Seguridad Nacional. Aseguró en conferencia de prensa, que los legisladores federales traicionaron su palabra y se traicionaron como hombres con esta acción.
Manifestó que fue un acto verdaderamente vergonzoso y exigió en nombre del movimiento que se eche para atrás esa ley. Indicó que la norma “abona a la militarización y la guerra, si no paramos la guerra, la victimización va a seguir aumentando”, afirmó.
Adelantó que mañana en la continuación de las mesas que sostienen con el gobierno, “vamos a expresar nuestro repudio, sorpresa e indignación por esta violación de la palabra y vamos a hacer una acción”, la cual dijo que hoy por la noche decidirán.
Manifestó que los traidores son los legisladores aunque el presidente de la república Felipe Calderón sigue necio en su posición pero “la traición es de parte de los legisladores”, remarcó
Sicilia expresó que a ellos hay que preguntarles si fue fingido el perdón que pidieron a las victimas de la guerra, durante el encuentro en el castillo de Chapultepec.
En cuanto al beneplácito de la Secretaría de Gobernación por la aprobación de la minutas de la Ley de Seguridad Nacional manifestó que como esto es posición del ejecutivo y por lo tanto del presidente, “nos preocupa, nos indigna muchísimo”.
El poeta afirmó que las víctimas “nos sentimos verdaderamente ofendidos por la intransigencia, por la estupidez (demostrada con esta aprobación)…. Están jugando con nuestro dolor, con el sufrimiento y con los muertos”.

I Premio Nacional de Poesía José Emilio Pacheco

El H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz a través del Instituto Municipal de la Cultura y Casas del Poeta, A.C. CONVOCAN A TODOS LOS POETAS DEL PAÍS

I Premio Nacional de Poesía José Emilio

Pacheco

B A S E S

1. Podrán participar todos los poetas mexicanos mayores de 18 años o extranjeros residentes en la República Mexicana. Los participantes extranjeros deberán tener mínimo cinco años de residencia comprobable en México.


2. Los concursantes deberán enviar un libro inédito de poemas, escrito en español, por triplicado, con tema y formas libres. Los trabajos, con un mínimo de 42 y un máximo de 60 cuartillas, deberán estar engargolados, enumerados, escritos en computadora o máquina a doble espacio, en papel tamaño carta blanco y por una sola cara. Deberán ir acompañados de un archivo electrónico en disco compacto, con terminación .doc en tipografía Arial, tamaño 12 en Microsoft Word.


3. Los trabajos deberán enviarse o entregarse en cualquiera de las dos siguientes direcciones:

  • Casa del Poeta José Emilio Pacheco

Av. Sor Juana Inés de la Cruz No. 2

Esq. Vallarta, planta alta

Tlalnepantla Centro, Estado de México, C.P. 54000

Tels. 4326-7582 y 01 (55) 5565-8293



  • Casa del Poeta Sor Juana Inés de la Cruz

Av. Vicente Villada # 413, col. Francisco Munguía,

Toluca, Estado de México, C.P. 50000

Tel. 01 (722) 2135546, 47 o 63


La fecha límite de recepción es el 19 de agosto de 2011 a las 17:00 horas.


  1. Los concursantes deberán participar con seudónimo. Adjunto a los trabajos, en un sobre cerrado e identificado con el mismo seudónimo, enviarán su nombre, domicilio, número telefónico, correo electrónico y currículo editorial. Cualquier tipo de referencia, leyenda o dedicatoria que pueda sugerir la identidad del autor causará la descalificación del trabajo.


5. El certamen queda abierto desde la publicación de la presente convocatoria hasta el 19 de agosto de 2011, día del cierre, a las 17:00 horas. Después de esta fecha sólo se recibirán aquellos trabajos, cuyo matasellos de la oficina postal de origen o empresa de mensajería, no exceda el límite de la convocatoria.


6. No podrán participar:

a) Colaboradores de la asociación convocante, ni trabajadores del H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz.

b) Autores que hayan recibido con anterioridad premios organizados por la asociación, sólo hasta después de dos años podrán participar.

c) Obras que se encuentren participando en otros concursos nacionales e internacionales en espera de dictamen.

d) Obras que hayan sido premiadas con anterioridad en premios nacionales e internacionales.

e) Trabajos que se encuentren en proceso de contratación o de producción editorial.


7. El jurado calificador estará integrado por poetas y críticos de reconocido prestigio. El fallo del jurado es inapelable.


8. Una vez emitido el fallo, se procederá a la apertura de la plica de identificación y a la notificación del ganador. El resultado se divulgará en el portal web del H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz (www.tlalnepantla.gob.mx) y en la página de Facebook de la Casa del Poeta "José Emilio Pacheco" y al ganador se le notificará por vía telefónica o correo electrónico.


9. Será facultad del jurado descalificar cualquier trabajo que no presente las características exigidas por la convocatoria, así como resolver cualquier caso no referido en la misma. El premio puede ser declarado desierto, en cuyo caso las instituciones convocantes se reservan la decisión de emplear el recurso económico correspondiente para apoyar actividades de fomento a la literatura.


10. No se devolverán los trabajos no premiados, los cuales se destruirán una vez que se conozca el fallo del jurado. Las plicas de identificación de los mismos, también serán destruidas.


11. En cuanto a la obra ganadora, los concursantes aceptan que, en caso de controversia, el manuscrito podrá ser consultado por las autoridades competentes.

lunes, 1 de agosto de 2011

VERSIONES

Eliseo Alberto

La muerte es esa pequeña jarra, con flores pintadas a mano, que hay en
todas las casas y que uno jamás se detiene a ver.
La muerte es ese pequeño animal que ha cruzado en el patio, y del que nos consuela la ilusión, sentida como un soplo, de que es sólo e
l gato de la casa,
el gato de costumbre, el gato que ha cruzado y al que ya no volveremos a
ver.
La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia,
discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer.
La muerte, en fin, es esa mancha en el muro que una tarde hemos mirado,
sin saberlo, con un poco de terror.

Eliseo Alberto: periodista, novelista, poeta y guionista

Lichi, como cariñosamente lo llamaban sus amigos, nació en Cuba en 1951, pero desde 1990 adoptó a México como su segunda patria. Con su obra Caracol Beach, ganó la primera edición del Premio Internacional Alfaguara de Novela en 1998.

Ciudad de México • Amante del ajedrez y de la cocina; cubano de nacimiento y mexicano por adopción, Eliseo Alberto era un escritor versátil, lo mismo hizo guiones para radio y televisión, que poemas y novelas con las que ganó el reconocimiento internacional.

Eliseo Alberto de Diego García Marruz, nombre completo del escritor, nació el 10 de septiembre de 1951 en Arroyo Naranjo, un pueblito de Cuba.

Se licenció en Periodismo en la Universidad de la Habana y fue jefe de redacción de la gaceta literaria El Caimán Barbudo y subdirector de la revista Cine Cubano.

En la isla dio clases y talleres de cine en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, labor que continuó en México, donde compartió sus conocimientos en el Centro de Capacitación Cinematográfica de México. Además colaboró en el Sundace Institute de Estados Unidos y en Chile.

Lichi, como cariñosamente lo llamaban sus amigos, se mudó a la Ciudad de México en 1990 y en 2000 adoptó la ciudadanía.

Era hijo del poeta cubano Eliseo Diego, de quien hablaba con frecuencia en sus colaboraciones y entrevistas.

Eliseo Alberto admitía que una de sus pasiones más grandes era el ajedrez, además se sabía un gran cocinero.

En su página de Facebook, Eliseo Alberto sumaba, hasta hoy, mil 234 amigos, quienes colocaron en su muro decenas de frases de despedida dedicadas al escritor.

En Facebook, Lichi escribió que de religión era cristiano-católico, en ideología política, demócrata, mientras que en situación sentimental, definió: “es complicado”

Su novela Caracol Beach le hizo ganar la primera edición del Premio Internacional Alfaguara de Novela en 1998.

Otras de sus obras fueron las novelas La fogata roja, (Premio Nacional de la Crítica, 1983) y La eternidad por fin comienza un lunes.

Con su libro de memorias Informe contra mí mismo (Alfaguara, 1997) ganó el Premio Gabino Palma.

Como guionista de cine y televisión colaboró con diversos directores, entre los que figura Tomás Gutiérrez Alea, con quien colaboró en la cinta Guantanamera.

Se casó con la bailarina cubana Rosario Suárez, Charín; pero se divorciaron. Luego se unió con María del Carmen Álvaro Díaz, madre de su hija María José, quien nació el 1 de junio de 1984.

Su obras…

Poemarios

- Importará el trueno (1975, La Habana, UNEAC)
- Las cosas que yo amo (1977, La Habana, Ediciones Unión)
- Un instante en cada cosa (1979, La Habana, Ediciones Unión)

Novelas

- La fogata roja. La Habana, Gente Nueva, 1985.
- La eternidad por fin comienza un lunes. México, Ediciones del Equilibrista, 1992.
- Caracol Beach. Madrid, Alfaguara, 1998.
- La fábula de José. México, Alfaguara, 2000.
- Esther en alguna parte (2005), Espasa. Finalista Premio Primavera de Novela.
- El retablo del conde Eros (2008), ed Planeta Mexicana, El Aleph.

Otros

- Informe contra mí mismo, escrito en 1978 y publicado más tarde en el extranjero. Narra cómo la seguridad del Estado cubano le pidió que hiciera un informe contra su propia familia; Editorial Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara.

- Dos cubalibres: nadie quiere más a Cuba (2004, Península). Artículos y entrevistas

- Una noche dentro de una noche (2006, Cal y Arena), recopilación de 75 entregas de su columna periodística Rueca dentada en el diario mexicano La Crónica de Hoy

- Breve historia del mundo (Santillana México, Literatura Infantil)

- Del otro lado de los sueños (Santillana México, Literatura Infantil)

- En el jardín del mundo (Santillana México, Literatura Infantil)

Fuente: http://www.telediario.mx/node/94627

miércoles, 27 de julio de 2011

Alí Soto Macías, primer luchador mexicano en el top ten mundial


Con su triunfo ante Ukrania, el atleta sonorense queda séptimo en el Campeonato Mundial Juvenil de Luchas Asociadas que se lleva a cabo en Rumania






Arturo Soto Munguía







El gladiador sonorense Alí Soto Macías se convirtió en el primer mexicano que se mete al top ten mundial, tras ganar su primera pelea en el Campeonato Mundial Juvenil de Luchas Asociadas, que se lleva a cabo en Bucarest, Rumania.







Soto Macías forma parte del representativo nacional que compite en ese torneo en el que participan los seleccionados de más de 50 países de todo el mundo, en los estilos grecorromana, femenil y libre.




El luchador sonorense, campeón nacional y campeón panamericano en los 50 kilos, estilo grecorromano, ganó sobradamente su primera pelea contra el luchador ukraniano Oleksandr Starovoyt, a quien venció en dos tiempos con marcador de 4-0 y 2-0, para un global de 6-0.




Con este triunfo, el sonorense queda rankeado en el lugar número 7 del mundo, lo que le abre las puertas para posteriores justas internacionales y lo consolida como el mejor luchador de grecorromana en los 50 kilos, después de conquistar el oro en la Olimpiada Nacional 2011, y repetir en lo más alto del podio en el Campeonato Juvenil Panamericano realizado en Sao Paulo, Brasil.


Cabe precisar que los resultados en el primer día de competencia en el mundial de Bucarest no le fueron del todo favorables al seleccionado nacional, pues Alí Soto Macías fue el único luchador mexicano que logró pasar a la siguiente fase, en la que perdió en una apretada pelea con Batyrbek Kurmakaziev, representante de la república de Kirgisztán; el marcador fue de 2-0 y 1-0 en dos tiempos reñidísimos.




Otros luchadores mexicanos que compitieron en este mundial son Vicente Gómez Daniel (74 kilos), quien quedó rankeado en el sitio 27, y Víctor Méndez Hidalgo, en los 60 kilos, quien tampoco pudo pasar la primera ronda.



Este miércoles habrán de llevarse a cabo las peleas en estilo femenil, donde Sonora cuenta con una excelente representante: Celia Karina Olea, quien compite en los 51 kilogramos.




En este campeonato participan más de 500 gladiadores en los tres estilos, provenientes de más de 50 países.








Sin las palabras no habría mundo

Sylvia Teresa Manríquez







"La palabra es la casa del ser.
En su morada habita el hombre.
los pensantes y los poetas son
los vigilantes de esa morada"

Martin Heidegger

“Las palabras son mi herramienta, para entender el mundo, a mí mismo, para entender y acercarme a los otros; para entender a Dios o por lo meno acercarme a él”.

Es Javier Sicilia: poeta, narrador y ensayista de tradición religiosa, para quien la palabra es herencia, que viene de su padre, también poeta.

“Lo que hace la palabra es sacar a las cosas a su existencia activa. Por eso en la Biblia en el principio era la oscuridad. Cuando Dios empieza a nombrar es cuando el mundo se ordena; allí está pero sólo la palabra es la que hace que el orden sea. Por eso las palabras son las herramientas de mi oficio y también de mi ser”.

Es el Javier que hoy ha renunciado a la poesía, y se ha comprometido con la paz y la justicia, junto a cientos de mexicanos que exigimos freno a las pérdidas de seres queridos, en medio de una guerra arbitraria e injusta.

El Javier de poco antes de que le arrebataran la vida de su hijo, que en entrevista afectuosa declaraba que “somos seres de palabra. Sin la palabra y su base fundamental que es la lengua, no habría mundo humano, no habría ni siquiera mundo”.

Un mundo que ya no gozará de la creación poética de este pacifista. El mismo que anunció dolorosamente que “el mundo ya no es digno de la palabra”.

Días antes, en entrevista exclusiva, Sicilia, nos hablaba de esa misma palabra, como punto de encuentro de religión, espiritualidad y mística.

“Palabra y espiritualidad van juntas, Soy católico y la fe está en la encarnación. El misterio de esa encarnación es la palabra, el verbo que se hace carne. La palabra es la casa del ser, diría Heidegger, y en ese sentido palabra y espiritualidad van juntas. Santo Tomás decía: Nada de lo que sabemos existe en sí, existe porque pasa a través de nuestra carne y nuestra palabra. Lo que no tiene nombre no existe. Sólo existe lo que nombramos. Sólo lo que nombramos es lo que tiene presencia, cuerpo, relacionalidad, vínculo. A través de nuestros vínculos aquí nos relacionamos con nuestros vínculos allá, con el Dios”.

¿Hay alguna diferencia entre religión y espiritualidad?

“No debería, religión viene de religare-unir y la espiritualidad es el principio de la unión. En otras ocasiones he hablado de la 'conspiratio', este beso en los labios de la primera liturgia cristiana donde se hace la comunión, el 'religare'. La verdad es que la religión está teñida de interpretación del misterio espiritual, y la religión es ideológica, por eso es parcial, excluyente; niega a veces la presencia de lo espiritual de Dios. Dios no es excluyente, Dios es la comunión el 'religare', el fundamento de esto es el amor. En la tradición griega, Platón decía ‘Cuidado con la palabra porque la palabra mal empleada hace mal a las almas’. El libro de los proverbios dice ‘la muerte están en poder de la lengua, del uso que de ella hagas tal será el fruto’. Y es que la palabra puede matar, si no físicamente, si puede destruir la existencia de un ser, su estima, su presencia. O puede ser tremendamente liberadora; una hermosa palabra de amor, una palabra de cariño, de afecto, de alegría, ante el encuentro del otro, produce comunión. Y luego sucede que la lingüística moderna y social dice que la palabra es arbitraria y no, la palabra es el ser de las cosas, nos vincula, nos hace permitirnos tocar el amor”.

En este marco, estamos formando el vínculo con quienes están leyendo para hablar de poesía y mística.

“Ese es mi tema, y mi comprensión del universo poético”.

Y esto nos lleva a hablar de los santos-poetas o poetas- santos.

“Sí, son una rara mezcla que pocas veces se da. Cómo San Juan de la Cruz, uno de los grandes poetas de la lengua española y uno de los más altos místicos, o la gran Santa Teresa. En tradiciones orientales hay una mística muy inquietante, como la que estuvo muy de moda con el Siddha Yoga, la poeta hindú Gurumayi que tiene poemas realmente hermosos, su libro “Cenizas a los pies de mi gurú” donde el gurú es de alguna forma la presencia del Dios, contiene una eroticidad muy fina, y espero no equivocarme al decir que ella es una presencia como la de San Juan, de santidad en la tradición de la India. Hay varios místicos-poetas, aunque no todo poeta es místico ni todo místico es poeta, pero cuando se da esa simbiosis es realmente encantador, porque no sólo es presencia del Dios en los actos de un hombre sino presencia del Dios y la palabra y de su poesía”.

Bueno, nos damos cuenta que una de sus pasiones es esta poesía y lo estamos compartiendo con nuestros lectores, varios de ellos tal vez estén cayendo en cuenta que ya han leído a algún poeta-místico. Hacía ya algunos años que no visitaba Hermosillo, ¿Cómo encuentra hoy la ciudad?

“Hermosísima, como siempre, venía viendo esos atardeceres que tienen ustedes, que son una belleza. Recuerdo que la primera vez que visité Hermosillo llegué cuando estaba amaneciendo y me sorprendió mucho ese amanecer del desierto que no logramos ver en el sur, donde también son hermosos, pero los de acá tienen una particularidad: como que vibra el misterio de Dios a través de la belleza de sus horizontes”.

Yo diría que es un de los privilegios de vivir en una zona tan seca...

“Curiosamente los místicos florecen en el desierto, allí es la cuna de la mística”.

Y bueno, no puedo desaprovechar esta oportunidad para preguntarle su opinión sobre literatura y periodismo, y esa línea endeble que hay entre ambos, de hecho en muchos casos se cruza.

“Yo pienso que sí se cruza y de hecho hay grandes escritores-periodistas y grandes periodistas-escritores. Tenemos el caso concreto, que se mueve claramente entre esas dos líneas y que ha hecho y vinculado puentes, de Vicente Leñero, un gran literato en el periodismo, un gran narrador en el periodismo y un gran periodista en la producción literaria. Y bueno, hay casos, como la entrevista, que es un género literario absolutamente. Una buena crónica es un género literario, tenemos a Monsiváis, que hizo de la crónica periodística un gran género literario. Hay puentes profundos entre uno y otro, por ejemplo, la novela de folletón del siglo XIX era periodismo, o “Balzac” de Víctor Hugo escrita en los periódicos por entregas; yo mismo hago periodismo. Y quizá el estilo periodístico sea la literatura que más se lee, el que más llega a la gente”.

-Probablemente se está volviendo un lugar común preguntarle sobre el riesgo que hay para escribir en el periodismo sobre ciertos temas, como seguridad y distintas situaciones arriesgadas que nos toca vivir en esta época; ¿En la poesía también se viven riesgos?

“Pues los tuvo en los espacios totalitarios, lo que pasa es que nadie lee poesía, entonces deja de ser riesgo ¿no? (Javier deja escapar unas risitas) La poesía, porque trata de realidades de la sustancia de las cosas y del ser del hombre, es muy riesgosa, por eso Stalin mató poetas como moscas, y el hitlerismo también. El poeta es un riesgo, desordena porque habla de los trascendentales, desordena los mundos totalitarios, los mundos tremendamente normados, porque habla del ser de las cosas, de la trascendencia del ser de las cosas que nunca puede ser aprisionado por ningún sistema, ni filosófico, ni político, ni científico. En ese sentido (los poetas) son peligrosos para la vida de los totalitarismos”.

-¿Escribir es un riesgo en México?

“Pues no es un riesgo, es un problema, porque nadie te pela (Javier vuelve a reír), es decir, no hay lectores. No es un riesgo,

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