lunes, 10 de octubre de 2011

¡Aniversario!! No pueden quedarse sin oir mi programa!!!


PROGRAMA ESPECIAL “VOZ DE LETRAS”

Transmisión: de lunes 10 a viernes 14 de octubre, excepto el jueves 13.

Hora: 16:30 a 17:00

Producción: Sylvia Teresa Manríquez

Conducción: Carlos Sánchez y Sylvia Manríquez


Programación:

Lunes 10 de Octubre:

Lugar: Universidad de Sonora, escuela de letras

Invitados: Gabriel Osuna y Francisco González.

Martes 11 de Octubre:

Lugar: Plaza Bicentenario

Invitado: Imanol Caneyada.


Miércoles 12 de Octubre:
Lugar: Universidad Kino
Invitado: Luis Enrique García.

Viernes 14 de Octubre:

Lugar: Centro cultural restaurante “Está Cabral”

Invitado: Gerardo Peña.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Yo y la patria

La letra desobediente. Braulio Peralta.

Crecí como el ni
ño aquel al que le dijeron que la patria era un cuerno de la abundancia, de riqueza, de porvenir. Lo creí sin advertir que era un mito.

Después me contaron que Dios creó este país inmenso y sus recursos naturales, aunque su único defecto eran los mexicanos, vaya usted a saber por qué. Las leyendas...

Luego me platicaron el chiste de la cubeta de los cangrejos jalándose unos a otros para que nadie salga de la prisión: la parábola del envidioso.

Igual memoricé las palabras del político arrastrado: “lo que usted diga, señor Presidente” (el sentido del servilismo que no sabe que el que se agacha una vez lo hará siempre).

Por más que quiero entender el concepto de patria me topo con la realidad y sus chistes: la risa como respuesta, la mueca como final.

Me aprendí en la primaria el poema de Ricardo López Méndez, “México, creo en ti” y el verso delator de López Velarde: “los veneros de petróleo, el diablo”.

Declamé el poema premonitorio de Amado Nervo: “nací de una raza triste… De un país sin unidad ni ideal ni patriotismo…” Cursi y melancólico país de petatiux.

Con todo, es imposible escapar de la realidad diamantina: charcos de sangre, decapitados sin nombre, el canto salvaje de la guerra. El cementerio a la calle… Estamos cercados.

Soy de los que sueñan que el Estado no sea un infierno, un atentado a la dignidad de la persona. Nos están robando la ilusión y los deseos. ¿Cómo despertar de semejante realismo?

La patria, claro, huele a tortilla, mole, fiesta de pueblo y amistad. Pero no puede escapar de su destino, con todo y sus festejos del “mes de la patria”.

Hay que hacer de la patria el esplendor del nuevo Estado libre, sin dogma, sin religión oficial y sin ejércitos manipulados por guerras clandestinas: una disputa por territorios de perdición.

Yo por lo pronto desperté el primero de septiembre con una llamada del presidente Calderón; por instinto le colgué el teléfono como una forma de desobediencia civil…

Ni madres. Despertemos en nuestro interior. No olvidemos que todo nace del deseo y termina en la paz. Miremos a la patria con ojos de extranjero.

miércoles, 31 de agosto de 2011

La tarde que El Mena se murió un ratito

Arturo Soto Munguía
Lo que ha pasado por el ojo de Ramón Alejandro Mena Ortega, después de casi 40 años de seguir el paso de hombres, mujeres y bestias que fueron y son noticia, integra un archivo de imágenes abrumador y sorprendente.

Pero no es de gobernadores y políticos a los que siguió durante los 24 años de sus sexenios, de lo que se habla en esta historia, sino de El Mena y su lucha por la vida, después de una cirugía a corazón abierto.

Es decir, vamos a hablar del día en que a alguien, literalmente le abren el pecho para sacarle el corazón.

I

A través de la lente de sus cámaras, su mirada han captado una parte importante de la historia política y social del estado y del país, congelándola en blanco y negro, a todo color y en la magia digital de los megapixeles, inimaginables en aquellos tiempos cuando El Mena, como se le conoce entre generaciones de periodistas, andaba levantando polvo entre los surcos del Valle del Yaqui, para documentar gráficamente los estragos del ejercicio autoritario del poder, con las fotografías de la masacre de campesinos en San Ignacio Río Muerto.

Como fotógrafo de los gobernadores Samuel Ocaña García, Manlio Fabio Beltrones, Armando López Nogales y Eduardo Bours Castelo, El Mena ha estado muy cerca, siempre, del poder y las personalidades que lo encarnan, en sus diversos estilos personales con que marcaron sus gobiernos.

Después de Samuel Ocaña (1979-1985), Rodolfo Félix Valdés fue el único gobernador del que El Mena no estuvo cerca, como fotógrafo de la Dirección de Comunicación Social del Gobierno del Estado.

Pero con Manlio Fabio Beltrones, Armando López Nogales y Eduardo Bours Castelo, sumó 18 años completitos de andar pegadito a ellos, recibiendo palmadas y madrazos, dependiendo del momento anímico del jefe; de arriba abajo por aire, mar y tierra, lidiando con la visceralidad o la lambisconería de los que siempre quieren ‘salir en la foto’, al lado del que manda.

Décadas de andar en los barrios terregosos de cartolandia, lo mismo que en las cenas de gala con obispos y empresarios; diplomáticos extranjeros, deportistas encumbrados y oportunistas de efímera fama.

De Guillermo Padrés, apenas alcanzó a cubrir unos cuantos eventos, antes de que su corazón se negara a seguirle el trote, el pasado 15 de octubre del 2009.

Considerando su condición de testigo cercanísimo de las historias de grandeza y de miseria tejidas en torno a los hombres que han gobernado Sonora en los últimos treinta años, El Mena es, por decirlo coloquialmente, una fototeca con patas.

Años y años de andar a salto de mata, de aguantarle el paso a la complicada y no pocas veces churriguresca transición sonorense, los que El Mena resumió en su mente aquella tarde antes de dormirse para que le sacaran el corazón, literalmente.

II

El día que El Mena fue hospitalizado por primera vez, no pudo asistir a la segunda edición de la Noche del jazz y la cerveza, un evento que organizan anualmente los dueños de restaurantes, bares y cantinas de Hermosillo, para promover la vida nocturna en la ciudad, cada vez más deteriorada por la ‘percepción real’ (dirían los nuevos gurúes de la comunicación de masas), de que uno puede morir en medio del fuego cruzado entre policías y ladrones. Pero sobre todo, la ‘percepción real del miedo a no saber quiénes son los policías y quiénes los ladrones.

Al evento asistiría el gobernador Guillermo Padrés, y por supuesto, el nutrido equipo de talacheros de la imagen pública: reporteros, fotógrafos, camarógrafos y columpios ocasionales.

La historia de cómo al Mena le falló el corazón, ofrece material para un corrido que podría empezar más o menos así: Miércoles 15 de octubre, como a las dos de la tarde…

Pero no… eso suena a corrido póstumo y El Mena, como dice Froylán Campos, presente durante la entrevista “debe muchas como para que se vaya sin pagarlas”.

Lo cierto es que el 15 de octubre, El Mena llegó a la oficina de Comunicación Social después de una noche de perros. Un fuerte dolor en el pecho lo mantuvo en vela.

“No pude dormir hasta la una o dos de la mañana y a las cuatro me comenzó más fuerte el dolor; me levanté y vomité mucho… no pude dormir… nunca en mi vida me había pegado un dolor así”, recuerda, en el patio frontal de su casa, desde sus 64 kilos, un tanto extraños en un hombre que llegó a pesar 130.

III

Así empezó. La del 14 de octubre fue, como dijimos, una noche de perros. A pesar de ello, el día quince se presentó a trabajar a la hora acostumbrada.

Poco después del mediodía, su jefe inmediato, Francisco Verdugo (a) El Panchito Verdugo, le recuerda que ‘está de guardia’ y que después de ir a comer a su casa, deberá regresar a las 17:30, porque media hora después, el gobernador estaría inaugurando un evento en La Sauceda.

“Como a las dos y media comí y me recosté un rato; me faltó otra vez el aire, pero más duro; me sentí muy desesperado”, relata.

Aun así, se levantó y se fue a trabajar. Eso de cubrir las actividades de un gobernador no es algo que pueda impedir un dolor en el pecho.

A las cinco y media llegó a la oficina. Al primero que se encontró fue al Panchito Verdugo, al que siempre habrá que agradecer su vocación por cualquier otra cosa que no sea la medicina.

“Siento que me ahogo”, le dijo El Mena a El Panchito.

“Tómate un Peñafiel con una sal de uvas. Has de traer un pinche pedo atorado”, le respondió el otro, con la autoridad de un Nobel de Medicina.

Y El Mena muy obediente, fue a la tiendita de la esquina para surtir la receta del ‘doctor Verdugo’, ante la mirada entre compasiva y divertida de la señora que despacha, con inusual frecuencia por lo visto, ese remedio casero para las flatulencias recurrentes.

Sintiéndose descubierto, el fotógrafo esgrimió la típica explicación no pedida: “Es que traigo gases”, le confió.

Y la señora nomás se rió.

Pero lo único que sucedió con el remedio de El Panchito, fue que el dolor le dio más fuerte: “yo creo que me cayó mal lo que me recomendó el doctor Verdugo”, relata entre risas, antes de seguir con su relato.

“Y ahí te voy para la oficina, subo las escaleras al segundo piso, me voy directo a la oficina del doctor Verdugo y le digo: “oye, fíjate que me siento mal, me voy a tener que ir al Chávez…”.

“Qué bueno que me dijiste a tiempo, -le contesta el doctor Verdugo- porque el Juan Casas quiere cubrir el evento del jazz y la cerveza”.

Juan Casas es, a no dudarlo, el profesional de la lente que mayor bagaje conceptual tiene sobre su oficio, y lo acredita siempre en su trabajo, también de muchos años, en la oficina de Comunicación Social del gobierno del estado.

Y así fue que mientras el Juan le cubría las espaldas al Mena, éste arrancaba todo asustado rumbo al hospital.

Eran las seis y media de la tarde cuando agarró las llaves de su camioneta y enfiló rumbo al Hospital Chávez, pero ya mero no llegaba.

El dolor le aguijoneo el pecho tan salvajemente, que en ese momento pensó en bajarse del carro y correr hasta el hospital, para burlar los semáforos que en Hermosillo, alguien sincronizó de tal manera que siempre te toquen en rojo.

Por fin llegó a la sala de emergencias. Tras revisarlo someramente, un doctor le dijo que traía los bronquios tapados y lo mandó a que le aplicaran nebulizaciones. Por ahí andaba El Chacho Valencia, otro veterano del periodismo y sus avatares, que en los últimos años se ha desempeñado en el área de prensa del Isssteson.

Dos sesiones de 15 minutos en el nebulizador y lo regresaron con el médico de Urgencias, a quien ya no le gustó lo que vio en el aspecto de Alejandro Mena. Ordenó una placa del tórax y lo mandó internar.

En la cama, el dolor fue cediendo de a poco, pero de pronto, un convulsivo ataque de tos sacudió al paciente, y llamó poderosamente la atención del doctor Acuña, que se encontraba a cargo y se acercó rápidamente a interrogar y revisar al Mena, cuyo aspecto debió ser bastante malo, como para provocar ese pequeño escándalo que suelen ser los taconazos y los gritos ahogados en un hospital.

Pa’ pronto se hizo un corredero de gente. El doctor llamó casi a gritos al personal de enfermería y a otros médicos, mientras le introdujo casi a la fuerza una pastilla que colocó debajo de la lengua.

Luego le dio otra más grande, ordenándole que la masticara, mientras una enfermera le aplicaba una inyección en el brazo y el doctor pedía a gritos la nitroglicerina y le arrancaba la camisola a jalones.

Cuando menos pensó, ya estaba rodeado de unos siete doctores, tenía conectado un alambrero en el pecho y la mirada fija en el hombre de bata blanca que traía en sus manos el desfibrilador: “ese aparatito que da toques”, explica El Mena, con su lenguaje siempre lleno de tecnicismos.

“Ay mamacita, ahí sí me dio miedo”, admite.

IV

Como a las ocho y media, cuando se hubo desocupado de la llamada Noche del jazz y la cerveza, llegó a verlo Juan Casas.

“Me quedé preocupado, cabrón, porque te viniste solo para acá, y no sabíamos qué tenías”, le dijo.

El doctor Acuña resultó ser compañero de banca de Juan Casas, así que éste le preguntó con toda confianza sobre el estado de su amigo y colega: “Oye, ¿qué tiene este cabrón?

“No, le dijo el doctor”, según recuerda el Mena, “éste ya se andaba pelando; lo bueno que le pegó un preinfarto aquí en la cama. Pero ya le puse el veneno este, y con eso ya estuvo”, le explicó, señalando la nitroglicerina.

¿Y por qué no me había dicho, doctor, que me pegó un preinfarto?, le increpó el Mena.

¡Porque entonces sí te pega el infarto, del puro miedo!, le respondió el médico.

“¿Pero cómo un preinfarto? Es como si una morra estuviera pre embarazada”, increpó nuevamente El Mena, siempre con el método comparativo como herramienta del análisis situacional.

Ya más relajado, el doctor le explicó que por su condición de diabético, los dolores propios de un infarto son menos sensibles en su organismo, y si no lo hubieran atendido a tiempo, otra sería la historia.

“Fíjate”, se asombra El Mena al recordar ese pasaje: “estaba a punto de infartarme, y El Panchito y yo vacilando con que traía gases, con que traía un pedo atorado”.

Así empezaron los cuarenta días pegado a una cama de hospital; de terapia intensiva a piso; del Chávez al CIMA y vuelta al hospital del Isssteson.

Análisis clínicos, revisiones, medicamento a pasto, hasta que el cateterismo reveló que sus venas coronarias y la aorta estaban obstruidas y necesitaba, para empezar, cuatro by pass.

Alejandro Mena fue trasladado al Hospital CIMA, gracias a los convenios de subrogación que tiene ese nosocomio con el Isssteson.

Ahí le realizarían la operación del corazón, pero antes tenía que conseguir una finísima malla metálica llamada stent, que se adosa a las paredes arteriales para permitir el flujo sanguíneo.

Ese aditamento tiene un valor aproximado de 80 mil pesos, y es indispensable para la operación.

Rápido se movió la red de solidaridad, encabezada por Froylán Campos, Felipe Larios y Óscar Castro, los tres compadres a los que nadie saca de ese corazón que, adolorido, sigue latiendo fuerte.

Las líneas se calentaron en las llamadas de aquí para allá, tratando de conseguir el recurso entre los muchos amigos del fotógrafo preinfartado.

Para las diez de la noche, las posibilidades de la cirugía se iban diluyendo.

A esa hora, El Mena recibió una llamada de parte de la directora del Isssteson, Teresa Lizárraga, para informarle que el servicio médico para el que ha cotizado desde hace unos treinta años, se haría cargo de los gastos.

Para su familia y sus amigos, el cielo lleno de nubarrones ominosos, comienza a despejarse.

V

Durante el tiempo que estuvo en el Hospital Chávez, al Mena le tocó escuchar, cuatro veces, el escalofriante chirrido del largo zipper que cierra las bolsas negras en que se llevan a los pacientes que no sobrevivieron.

Uno tras otro fueron muriendo a un lado de su cama.

A la distancia, así lo relata:

“Tenía buena mano, el que me iban poniendo enseguida, se iba yendo”, dice el fotógrafo, enfatizando el ‘yendo’ con un movimiento de ojos hacia el cielo.

Hace el recuento: el papá de un empleado de la Dirección de Comunicación Social del gobierno del estado, “un viejito que gritaba mucho; tenía como un mes en el hospital y renegaba mucho con los doctores y enfermeras, ‘no saben otra más que andarme picando pa’sacarme sangre, todo lo quieren arreglar con eso’, les decía”.

Luego, un viejito como de 95 años, “pobrecito, nomás lo vi que se volteó para acomodarse a dormir, juntó las palmas de las manos, se las puso como almohada… y se durmió”.

Cerca de ahí, el doctor estaba preparando la medicina. Nomás volteó a verlo y dijo “¡Chingada madre, ya empezó mal el día!”.

Y así anduvo, el doctor, toda esa jornada, lamentando la muerte del viejito.

“Yo estaba en la cama 194 y él en la 193. A los días, me cambiaron a la cama 184, y el de la 183 también caminó. Luego llegó un viejito que trabajaba en los juzgados, y como si supieran, murió el día en que más gente lo fue a visitar”.

Cuando alguien muere, es una movilización ruidosa del personal del nosocomio, que se mueve más rápido de lo normal: “nomás te ponen un cartoncito, te meten en una bolsa negra con un zipper grandote, limpian la cama y vámonos, el que sigue”, explica.

“Así me tocaron cuatro, hasta el día en que metieron ahí a don Abelardo, pero gracias a Dios esa mañana me dieron de alta, relata, aludiendo al veterano y reconocido periodista Abelardo Casanova Labrada, quien por esos días tuvo un quebranto en su salud, de por sí deteriorada en los últimos meses.

A la distancia de varios días, desde la entrevista al aire libre en el patio frontal de su casa, el fotógrafo vuelve a ser el mismo Mena de siempre.

Con una cicatriz que va del tobillo a la ingle; otra más que le recorre el brazo desde la muñeca hasta la axila; una más en el pecho, donde también luce las marcas de dos punciones, El Mena suelta la risa: “Al que me iban poniendo a un lado, iba ‘caminando’; dije yo... hijuelachingada, qué bueno que no le tocó a don Abelardo que me quedara un día más… pero sí, me llevé cuatro por delante”.

VI

Una hora antes de la medianoche del 31 de octubre de 2009, el silencio se hizo en un quirófano del Hospital CIMA.

Cirujanos, asistentes, técnicos, personal de enfermería, guardaron para después las consabidas bromas y chascarrillos que usualmente ayudan, en momentos como ese, a pasar el trago amargo de una batalla perdida contra la muerte.

Ellos, que están ahí para luchar por la vida, callaron de repente.

En la mesa de operación, el paciente yace con el pecho abierto y el corazón ‘reconectado’ con venas que le han extraído de un brazo y una pierna, para alimentar de sangre y oxígeno ese órgano que debería comenzar a latir en unos cuantos segundos.

Pero en el monitor de la computadora que registra la actividad cardiaca, una línea cruza horizontalmente con su sonido monótono y triste.

Hay silencio en la sala de operaciones.

El cirujano en jefe pide el desfibrilador, ese aparato que mediante una descarga eléctrica continua, puede hacer latir de nuevo un corazón.

Esos aparatejos como planchas que la mayoría conocemos sólo por las películas de terror en blanco y negro, en la que un cuerpo inerte vuelve a la vida después de rebotar sobre una plancha, con cada descarga.

Por cierto, esos aparatos ya comienzan a instalarse en lugares públicos de las grandes ciudades del mundo, debido al incremento en la incidencia de infartos y paros cardiorespiratorios.

Esa tarde en el Hospital CIMA, la línea luminosa seguía cruzando horizontalmente el monitor con el mismo tono sostenido: “piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”.

Le aplicaron la primera descarga y no hubo reacción.

Dos veces. Nada.

Tres. Todos en el quirófano voltearon a verse entre sí.

“Este ya se peló”, piensan para sus adentros.

A la cuarta descarga, “beep”, “beep”, “beep”, la línea en el monitor comienza a saltar rítmicamente.

El suspiro es generalizado en el quirófano del Hospital CIMA, ese 31 de octubre de 2009, por la noche, cuando Ramón Alejandro Mena Ortega fue regresado del oscuro abismo de la muerte, por la mano de los médicos. Y de Dios, como él mismo dice.

“Es como dice mi compadre Froylán, todavía debo muchas y no me voy a ir sin pagarlas”, dice, semanas después, en el patio frontal de su casa en la colonia Las Villas, mientras suelta una carcajada, nadando en un ‘pants’ marrón que le quedaba bien hace más de 20 kilos. Es decir, antes de su operación.

VII

El sábado 31 de octubre, El Mena estaba de espaldas y con los brazos en cruz, en un quirófano del CIMA.

“Al rato nos vemos”, son las últimas palabras que recuerda del doctor Siordia, antes de cerrar los ojos. Ese rato duró desde el sábado en la noche, hasta el lunes.

Y es que saliendo de la operación, lo mandaron a hemodiálisis, para evitar daños a sus riñones, afectados por la diabetes.

Pero de alguna manera, por alguna parte, se coló una infección extraña en la sangre de El Mena y obligo a suministrarle antibióticos a discreción.

Esa noche, su madre, su hermana y su esposa, estaban en la sala de espera. Sólo las dos últimas entraron a verlo, y hablaron con el doctor.

Sus rostros eran graves cuando salieron. Hacían grandes esfuerzos para contener el llanto delante de doña Carmen, la mamá de Alejandro. Armida, su compañera de los últimos años fue la que, pretextando un cigarrillo, convocó a salir del hospital.

Ya afuera, estalló en llanto. También su hermana. A Alejandro le habían detectado una infección muy extraña en la sangre, que podría ser leucemia.

Varios días después, así lo relata El Mena en la entrevista, “Dice el doctor que nunca en su vida vio tantos leucocitos, lo más alto que había visto eran 34 mil, y yo traía 64 mil”, dice.

Y agrega que por eso, el doctor no pudo dormir en toda la noche consultando con colegas, documentándose, haciendo llamadas y esperando sólo que el paciente entrara en coma, según le contó después.

Al día siguiente, la infección comenzó a ceder, pero surgió una nueva complicación. El sistema de drenaje postoperatorio no dejaba de funcionar después de seis días, cuando normalmente se retira en dos o tres.

“Me traes loco, puras cosas raras te pasan a ti”, le espetó el médico.

Después de haber sido dado de alta la primera vez, tuvo que ser internado cuatro ocasiones más.

Una de ellas, el 24 de noviembre en la noche, cuando llegó de nueva cuenta a Urgencias del Hospital Chávez, porque una opresión en el pecho no lo dejaba dormir.

“Vengo por la garantía”, le dijo al médico.

Resultó que traía unos 500 mililitros de agua en los pulmones y había que operarlo nuevamente para extraérselos, pero eso resultaba muy riesgoso, pues la anterior operación era demasiado reciente.

Con los pulmones inundados, El Mena fue trasladado al Hospital San José a bordo de una ambulancia, donde al paramédico que lo atendía se le olvidó cerrarle la llave al suero, y le dejó ir en un ratito, otros 250 mililitros.

“Lo bueno que no era de a litro el pinche suero, porque me lo hubiera pasado el cinco minutos este bárbaro”, dice entre risas.

Afortunadamente no hubo necesidad de otra operación, pues le controlaron el problema sólo con medicamentos, y para el día de la entrevista, ya le quedaban ‘nada más’ como 200 mililitros.

VIII

¿Quedaste vapuleado?, pregunta Froylán Campos, cronista con el que Alejandro Mena ha hecho mancuerna infinidad de ocasiones, en la cobertura de tantas campañas políticas, que ninguno de los dos recuerda en ese momento cuántas han sido.

“Un chingo”, responde El Mena, y uno cree que se refiere al recuento de esos trotes reporteriles, de mucha grilla y aventura. Pero no, la respuesta es en relación a la pregunta original, de qué tan madreado quedó después de las operaciones.

“Me siento muy débil, luego lo nota uno. La hemodiálisis me está matando, nunca había pasado por eso”, musita, ahora sí con voz grave.

Y hace el recuento de la gente que ha estado pendiente de él, los que se han comunicado por teléfono, los que han probado su amistad, como su tocayo Ramón Gulliver, tan servicial como malo para el billar; también presente en la entrevista, como ha estado presente casi siempre, para lo que se ofrezca.

El Gulliver es parte de la banda de los de abajo, donde El Mena ha cultivado afectos. Pero también tiene amigos encumbrados a quienes ha servido leal e institucionalmente: Manlio Fabio Beltrones, Armando López Nogales, Eduardo Bours Castelo, por citar a tres.

Guillermo Padrés no fue a verlo, pero su secretario de Salud, Bernardo Campillo y la directora del Isssteson, Teresa Lizárraga, estuvieron siempre presentes: “se pusieron a las órdenes, consiguieron la sangre, hicieron las gestiones, movieron lo que tuvieron que mover, para que yo estuviera aquí, ahora, platicando contigo”, dice.

Y no le alcanzan las palabras de agradecimiento para el personal médico, el de enfermería, para todos los que estuvieron a lo largo de casi dos meses en los que estuvo librando la batalla más difícil de su vida.

IX

Ahora la lucha de El Mena es otra.

Es para conseguir que, debido a la precaria condición de salud en la que se encuentra, las instituciones de gobierno para las que ha servido durante cuatro décadas, no le escamoteen su pensión.

Ya no puede andar de arriba a abajo. Ya no puede andar por aire, mar y tierra, siguiendo la agenda de los gobernadores. Bromeando con ellos. Alegrándoles con sus risas y con sus ocurrencias, momentos críticos sobre los que ya habrá oportunidad de escribir un poco o un mucho.

Ahora El Mena se encuentra en un estado de salud delicado, y su vida, pero sobre todo su calidad de vida, depende en mucho de la solidaridad y el apoyo de sus amigos y familiares. Y depende también de las ganas que él mismo le ponga, a cultivar hasta el último momento, la esperanza de que en medio de tanto artificio mediático, prevalezca el ánimo de seguirlo conservando entre nosotros, aunque sea para que esté chingue y chingue.

Epílogo

Al Mena me lo encontré anoche. Llegó al billar, donde el Froy y el Fernando Gutiérrez caían una vez más, abatidos por la implacable puntería de la suerte.

Venía acompañado de El Gulliver, y venía del hospital, donde le practicaron otra hemodiálisis, esa que lo mata, que le quita kilos y lo debilita y lo hace ser más humilde y más tolerante con una realidad que se empeña en empequeñecer los recuerdos de la cercanía con el poder; el codearse con los gobernadores y bromear con ellos; el servirle de fotógrafo, de guardaespaldas, de confidente, de válvula de escape en momentos críticos.

Venía desde su diabetes, su pre-infarto, sus cuarenta días entre las sábanas de las camas de hospital; desde su vocación de ser, siempre, un amigo.

Y desde esa vocación me pregunta: ¿Cómo está tu hijo?

Es decir, no me pregunta por él mismo, sino por mí.

Y yo le digo que bien.

Y él me dice que se tiene que ir, porque la hemodiálisis lo mata poco a poco, aunque ya no le resulta tan agresiva, y es probable que en un par de meses, no haya necesidad de practicársela.

Y yo llego a la casa, y me quedo leyendo el reporte médico que El Mena me mostró anteriormente, firmado por el doctor Fernando Elías Siordia Zamorano, y que a la letra dice:

“El paciente se ha recuperado bien de la intervención y aunque continúa convaleciente, su pronóstico ha mejorado, sin embargo se le han dado fuertes recomendaciones para su vida futura, donde deberá evitar todo tipo de stress, movimientos de desplazamiento rápido de tipo anaeróbico, subir o bajar escaleras o tarimas en forma repentina, que involucren esfuerzos bruscos, deberá cumplir con un programa de rehabilitación cardiaca a largo plazo. “El cambio en el estilo de vida es obligado para completar con la finalidad del tratamiento y la operación llevada a cabo, además se obliga a tener visitas periódicas con su médico tratante para evaluación y someterse a los estudios que sea necesarios; su programa de tratamiento incluye también horarios fijos de comida descansos con toma y aplicación de medicamentos”.

Y uno, que es reportero, deja salir un lagrimón como el que se resiste a soltar el Froy, cuando pregunta: “¿O sea que ya no vamos a cubrir otra campaña?

Y El Mena le responde, desde sus lánguidos 60 kilos: “Pos no sé, cabrón… yo creo que no”…

lunes, 29 de agosto de 2011

¿Informe? ¡Disculpa!


Bucareli | Jacobo Zabludovsky

Basta de triunfalismos ridículos ante la pavorosa realidad que ha puesto a México, desde hace cinco años, en el camino de una agonía terminal
Lunes 29 de agosto de 2011

El estado que guarda el país exige una disculpa, no un informe, señor presidente Felipe Calderón.

El jueves pasado marca la debacle de toda la estrategia de lucha contra la delincuencia. En el mismo día un periodista de Sinaloa es ejecutado de un tiro en la nuca y 52 personas mueren en Monterrey por un ataque de la más desafiante crueldad a un garito corrupto. Se combate en todos los frentes. Como si se hubiera planeado, la violencia crónica asciende a violencia crítica precisamente ocho días antes del informe. Basta de triunfalismos ridículos ante la pavorosa realidad que ha puesto a México, desde hace cinco años, en el camino de una agonía terminal. Es hora de pedir disculpas y asumir responsabilidades. Basta de reuniones inútiles y atoles con el dedo. Si la Constitución obliga a presentar un informe sobre “el estado general que guarda la administración pública”, habrá que pedir disculpas no solo por declarar una guerra sin saber las características del enemigo, sino por fallar en todas las ramas de la mentada administración.

No cabe el mínimo alarde de vanagloria por nuestra situación económica. El sexenio empezó con un dólar a nueve pesos, más o menos, subió hasta 15 y se ha mantenido en 12 y pico, una devaluación de 30%. El producto interno bruto en estos 10 años promedia 1%. Otros países latinoamericanos, Chile, por ejemplo, crecerá este año un 6%. La Encuesta Nacional de Ingreso Gasto de los Hogares 2010 revela una baja del 27% de las remesas del exterior, equivalente a medio millón de familias que perdieron ese sustento. La inversión directa extranjera en el primer semestre de este año cayó 32.6% respecto al mismo periodo de 2010, según datos oficiales. El desempleo agobia a dos millones 700 mil adultos desesperados.

Después de cinco años y más de 40,000 muertos y números incalculables de secuestrados, mutilados, desaparecidos y desplazados, se puede alegar que sin la guerra contra la delincuencia el saldo trágico sería mayor, presunción indemostrable, porque lo real es la extensión del problema a todo el país y el aumento constante de bajas humanas, el incremento del tránsito de la droga hacia los Estados Unidos y el de su consumo en México. Aparte del daño al Ejército: se le ha perdido el respeto que muchos mexicanos le tenían. Otro daño colateral, el desplome de los centros turísticos. Acapulco es una ruina.

El despilfarro del dinero público alcanza niveles sin precedentes. El gasto en publicidad oficial satura todos los medios, especialmente los más influyentes y poderosos, y supera el de cualquier producto de la iniciativa privada, como refresco o dentífrico, cuya venta depende de los anuncios. Este exceso, unido a la corrupción y la ineptitud, aborta obras tan estrafalarias, inútiles y absurdas como esa megapaleta Mimí, conocida también como Estela de Luz, que con el mazacote de los senadores está en el lugar más inadecuado del mapa urbano. Sería de agradecer una explicación detallada de la peculiar manera de invertir en adefesios nuestros escasos caudales, apremiantes para la satisfacción de necesidades básicas de millones de miserables.

En el siglo panista primero fue la farsa y luego la tragedia. Observamos con asombro a los únicos líderes, las únicas figuras, los únicos personajes, sin excepción, surgidos en esta década: padres que enterraron a sus hijos asesinados por criminales. Isabel Miranda de Wallace, Alejandro Martí y Javier Sicilia son símbolos de una sociedad agraviada, indignada ante la injusticia, la violencia ilimitada y la impotencia general en medio de una catástrofe compartida. La herida abierta de estos tres compatriotas nos duele a todos. La desgracia los convierte en héroes. Su voz es la de un México cuya capacidad de tolerancia y sufrimiento está puesta a prueba.

Así llegamos al Informe. El jueves un propio entregará a los diputados algunas cajas de cartón llenas de papeles. Al día siguiente los habituales ocuparán sus pupitres en el Auditorio Nacional para aplaudir, cada vez que una coma lo provoque, el Informe del presidente Calderón. La televisión y la radio amelcocharán la ceremonia y los periódicos dedicarán sus planas primeras y editoriales al detalle y análisis de las lecciones del jefe del Ejecutivo. La orgía del spot y el ditirambo hasta el hartazgo.

El año que entra elegiremos su sucesor. El semanario The Economist pronostica que el PAN no sólo perderá sino que descenderá al tercer lugar. El veredicto de los mexicanos será de castigo. Ante tantos palos de ciego pedir disculpas no basta y nada soluciona. Pero sería un gesto inesperado de humildad y franqueza que justificaría el presupuestado aplauso final.

lunes, 22 de agosto de 2011

Ratas


La letra desobediente

Braulio Peralta

a relectura de La peste, de Albert Camus, me dejó perplejo. Es de una actualidad asombrosa. Asómese a las imágenes de hambre en los niños que se deshacen en Somalia, si tuviera alguna duda. Vaya a Europa por televisión en los medios y vea el desastre de la economía. Mire al otro lado de nuestra frontera, a Estados Unidos, y observará la mentira del progreso.

Como escribe Stéphane Hessel en ¡Indígnate!: “el conjunto de la sociedad no puede claudicar ni dejarse impresionar por la dictadura actual de los mercados financieros que amenaza la paz y la democracia”. Malas noticias: la miseria es más fuerte que el miedo. Nada para las guerras que vivimos. La peste, sin bacilo de por medio, sin metáforas, se instaló en nuestras vidas inertes.

Camus advierte en su obra que la peste se instala como una forma de vida. No es que explotemos con los bubones bajo los sobacos. Es que algo en nuestra mente se corrompe, evadiendo la realidad. No veo, no oigo, no siento: no existo. Como si la desgracia fuera incapaz de acercarnos a la verdad, al silencio contemplativo y a la acción. Como si la indiferencia fuera el motor frecuente en los actos de los seres racionales. Como si dejar al azar las circunstancias que nos rodean impidiera el desastre. Negamos la peste humana que se atiene más a la fe que a la ciencia —social o exacta—, justo uno de los planteamientos del libro de Camus. Nosotros o las ratas.

El incendio ya está aquí y un falso optimismo nos impide verlo. El mundo nos informa que México es un país inseguro y aquí juramos que todo va bien, que no hay catarros financieros, ni asesinatos ni vejaciones; que la peste está bajo control. Olvidamos que el hombre no es una idea. Omitimos que uno vive y muere por lo que ama. Nos traicionamos en busca de un progreso inexistente.

Creí que me iba a deprimir con la lectura de La peste. Y no. Es sano saber que somos una interminable derrota. Que la condena es un principio, no un fin. Que el placer llega con el conocimiento de la vida, no con la omisión de la muerte. Escribe Camus: “Sin valorar ese resplandor excelso de eternidad que existe en el fondo de todo sufrimiento” es imposible aprender a vivir, a entender nuestra fragilidad.

No hubiera releído La peste sin el taller de lectura mensual. Gracias. Porque desperté de un periodo de embrutecimiento. Duro. Sí. Pero siempre es mejor saberlo.



jueves, 11 de agosto de 2011

¿De verdad estamos tan solos?

(Publicado en Milenio.com)

Texto íntegro de Efraín Bartolomé

Son las 4:43 de la mañana del día 11 de agosto de 2011.

Hace aproximadamente dos horas un grupo de hombres armados irrumpieron en mi casa ubicada en Conkal 266 (esq. Becal), Col. Torres de Padierna, 14200, México, DF.

Comenzamos a escuchar golpes violentos como contra una puerta metálica y me extrañó porque se escuchaba demasiado cerca y no hay ninguna puerta así en la casa.

Prendí la luz.

Los golpes arreciaban ahora como contra nuestras puertas de madera.

Quité la tranca que protege la puerta de nuestra recámara y me asomé al pasillo: hacia el comedor veía luces (¿verdosas? ¿azulosas? ¿intermitentes?) acompañando los golpes violentos contra el cristal que da al sur.

Mi mujer me gritó que me metiera.

Así lo hice apresuradamente y alcancé a poner la tranca de nuevo.

Oí cristales rompiéndose y pasos violentos hacia nuestra recámara: rápidos y fuertes.

“¡Abran la puerta!” era el grito que se repetía antes de que empezaran a golpear con violencia mayor nuestra puerta con tranca.

Nos encerramos en el baño y busqué a tientas un silbato que cuelga de un muro sin repellar: comencé a soplarlo con desesperación, unas diez veces, quizá.

Mi mujer está llamando a la policía.

Les dice que están entrando a la casa, que vengan pronto por favor, que nos auxilien.

Yo sigo soplando el silbato con desesperación.

En la oscuridad, mi mujer se ubicó tras de mí mientras oíamos que la tranca de la puerta se quebraba y los hombres entraban.

¿Tres, cuatro, cinco?

Quise cerrar la puerta del baño pero ya no alcancé a hacerlo.

Empujé unas cajas hacia dicha puerta y en algo estorbó los empujones.

“¡Abran la puerta! ¡Abran la puerta, hijos de la chingada...!” gritaban mientras empujaban y metían sus rifles negros hacia el interior.

Quise detener la puerta con mis manos pero no tenía sentido: vencieron mi mínima resistencia y entraron.

Policías vestidos de negro, con pasamontañas y lo que supongo que serían “rifles de alto poder”.

“¡Al suelo! ¡Al suelo! ¡Al suelo, hijos de la chingada! ¡Al suelo y no se muevan!”

Uno de los hombres me da un manazo en la cabeza y me tira los lentes.

Alcanzo a pescarlos antes de que toquen el suelo.

Me quita el silbato.

−¡No golpee a mi esposo! –grita mi mujer.

−¡El teléfono! ¡Déme el teléfono! –le responde y pregunta si no tenemos otro teléfono o un celular.

Ella y yo nos arrodillamos primero y después nos medio sentamos en el suelo de cemento de este baño sin terminar.

Policías jorobados y nocturnos, como en el romance de García Lorca.

Quién lo diría: aquí, en nuestra amada casa donde cultivamos y enseñamos la armonía.

Aquí...

Justo aquí estos hombres de negro, con pasamontañas, con guantes, con rifles de asalto, con chalecos o chamaras que tienen inscritas las siglas blancas PFP, nos apuntan con sus armas a la cabeza.

Uno de ellos, siempre amenazante, nos interroga.

Dos más permanecen en la puerta.

− ¡Las armas! ¡Dónde están las armas!

− Aquí no hay armas, señor, somos gente de trabajo.

− ¡A qué se dedica!”

−Soy psicoterapeuta y escribo libros.

−¿Desde cuándo vive aquí?

− Desde hace treinta años...

−Cómo se llama.

−Efraín Bartolomé.

−Cuántos años tiene.

−60.

−A qué se dedica.

−Ya se lo dije, señor, soy psicólogo y escribo libros.

−Usted cómo se llama... –se dirige a mi mujer.

−Guadalupe Belmontes de Bartolomé.

−A qué se dedica.

−Soy arqueóloga y ama de casa.

−Cuántos años tiene.

−54.

−Tranquilos. Respiren profundo... Voy a verificar los datos.

El hombre sale.

Oigo ruidos en toda la casa.

Están vaciando cajones, abriendo puertas, pisando fuerte sobre la duela de madera.

Oigo ruidos afuera, en el cuarto de huéspedes, en la torre, en el estudio de abajo.

Nos cambiamos de posición.

Mi mujer pone algo sobre el frío piso de cemento.

Cinco o siete minutos después regresa el hombre y repite su interrogatorio.

Si recibimos gente en la casa, con qué frecuencia, cada cuánto salimos de viaje, quién cuida entonces.

Respondemos a todo brevemente.

Dice nuevamente que va a verificar los datos y que volverá a decirnos porqué están aquí.

El tiempo pasa.

Oímos que abren nuestro carro en el garage.

Voces ininteligibles en el patio del norte.

Más tiempo.

Varios minutos después se oyen motores que se prenden y carros que arrancan.

Mi mujer y yo seguimos en la oscuridad.

Comenzamos a movernos.

Sólo silencio.

Nos incorporamos con cierto temor.

Salimos del baño hacia la recámara iluminada.

Desorden.

Cajones abiertos.

Cosas volcadas en el buró.

La chapa de la puerta en el suelo.

Restos de la tranca destrozada.

La puerta de tambor machacada y rota, pandeada en su parte media.

Salimos al pasillo: un cuadro en el suelo y abiertas las puertas de lo que fueron las recámaras de mis hijos.

Desorden en el interior: maletas y cajas abiertas, cajones vaciados.

Vamos hacia el comedor: uno de los vidrios roto en su ángulo inferior izquierdo, muchos cristales en el piso.

La puerta de la sala está rota de la misma forma en que rompieron la de nuestra recámara: la chapa en el suelo y fragmentos de duela en el piso.

Está abierta la puerta de la torre y prendidas las luces del cuarto de huéspedes.

Salimos por la puerta de la sala y nos asomamos con cierto temor.

Nada.

Mi mujer llama por segunda vez a la policía.

Es en vano: piden los datos una vez más.

Dicen que ya enviaron una unidad.

Llego a la barda y me asomo: no hay carros.

El portón del garage está intacto.

Bajamos las escaleras hasta la puerta de acceso: rota igual que las de adentro.

El estudio de abajo está con las luces prendidas.

De por sí desordenado, ahora lo está más.

Vamos hacia la torre y entramos al cuarto de huéspedes: cajones volcados, revistas en el suelo, cosas sobre la mesa, puertas del clóset colgando, zafadas de su riel inferior.

Subo al tercer piso: una esculturita de alambre volcada pero no se nota demasiado desorden.

Subo a los pisos superiores: no hay daño en la salita de arte.

En el último piso dejaron abierta la puerta a la terraza.

Volvemos al interior: queremos tomar fotos pero no está la cámara de mi mujer que estaba sobre el buró.

“¡Tampoco está la memoria de mi computadora!”, grita.

También se la llevaron

Quiero ver la hora y voy al buró por mi reloj: ha desaparecido mi querido Omega Speedmaster Professional que me acompañó por casi cuarenta años.

Tiene mi nombre grabado en la parte posterior: Efraín Bartolomé.

Oímos que un auto se estaciona y nos asomamos.

Mi mujer llama una vez más a la policía: lo mismo.

Ya tienen los datos pero nunca enviaron apoyo.

Indefensión.

Del auto blanco baja un joven y avanza hacia la esquina.

Se asoma y regresa.

Lo saludo y responde.

Le preguntamos qué pasa y responde que viene en atención a una llamada de su amiga que vive a la vuelta y a cuya casa también se metieron.

Mi mujer pregunta de qué familia se trata, cómo se apellida.

Magaña, responde el joven.

¡Es Paty!, dice mi mujer.

Salimos a la calle y voy hacia allá.

Encontramos a Patricia Magaña, bióloga, investigadora universitaria, acompañada de su papá, en la calle.

Entraron a ambas casas la de ella y la de sus padres, con la misma violencia que a la nuestra.
Patricia y su hija estaban solas.

Sus padres octogenarios también estaban solos.

Volvemos a nuestra casa vejada y con la puerta rota.

Atranco la destruida puerta de la calle.

Con todo, mantenemos una sorprendente calma.

“Pudieron habernos matado”, dice mi mujer.

Yo imagino por unos segundos nuestros cuerpos ensangrentados en el baño en desorden.
¿Sabe el presidente Calderón esto que pasa en las casas de la ciudad?

¿Lo sabe Marcelo Ebrard?

¿Lo sabe el procurador Mancera?

¿Ordenan Maricela Morales o Genaro García Luna estos operativos?

¿Sabrán quién fue el encargado de este acto en contra de inocentes?

Antenoche volvimos a casa levitando, en la felicidad más plena, tras la amorosa y conmovedora recepción del público ante nuestro libro presentado en Bellas Artes.

Un día después, en la atroz madrugada, la PFP irrumpe violentamente en nuestra casa, quiebra nuestras puertas, destruye los cristales, hurga sin respeto en nuestra más íntima propiedad, nos amenaza con armas poderosas a mi bella mujer y a mí, a la edad que tenemos...

Y pensar que también son humanos los que hacen esto contra su prójimo.
Subo al estudio a escribir esto.

Allá, abajo, la ciudad parece embellecida por la calma.

Arriba la impasible Luna de agosto, casi llena.

Son ya las 6:35 de la mañana.

La luz de oriente comienza a colorear y a inflamar el horizonte.

La policía nunca llegó.

¿De verdad estamos tan solos?




lunes, 8 de agosto de 2011

Mujeres y Política. Acoso sexual


Con reconocimiento a

Olga Rosario Avendaño y a Roselia Orozco Martínez,

ganadoras del Premio Nacional Los Rostros de la Discriminación

Soledad JARQUIN EDGAR

En las leyes se establece como un delito el acoso sexual u hostigamiento sexual, es de suponerse, por tanto que las mujeres están protegidas legalmente contra este tipo de violencia que es una clara forma de discriminación, porque es una expresión de abuso de poder que implica la supremacía masculina sobre la mujer, al denigrarla y concebirla como objeto.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) da cifras sobre este grave problema que se presenta con mayor frecuencia hacia las mujeres en la escuela o el trabajo y sostiene que una de cada cuatro mujeres ha sido acosada sexualmente. También se conoce que cuatro de cada diez mujeres que pierden su empleo, son obligadas a renunciar por no acceder a las pretensiones de su superior.

Colectiva Feminista, organización social binacional, señala que el acoso sexual es una forma de discriminación de género, al que las mujeres están más expuestas a ser víctimas directas e indirectas, debido a que carecen de poder, se encuentran en posiciones vulnerables e inseguras. Este se vuelve aún más agresivo cuando se compite por un cargo o puesto.

El acoso sexual u hostigamiento, añade la misma organización, es una conducta sexual no controlada de tipo sexual, es una forma de violencia laboral basada en el sexo, que resulta ofensiva y puede afectar la salud de las personas agredidas, así como su bienestar y desarrollo económico y social.

Las miradas lascivas, las palabras ofensivas que disparan los hombres en ese mal habito de piropear, las invitaciones a sitios diferentes al centro educativo o laboral y proposiciones de tipo sexual, ahora se agravan con el uso de las nuevas tecnologías de la comunicación mediante mensajes de correo electrónico, las redes y hasta por la telefonía celular.

Hay muchos ejemplos, uno de ellos es la denuncia que presentó Miriam Velásquez, trabajadora del Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca, al acusar al director de Proyectos Educativos, Timoteo Agustín Chávez Aquino, de acosarla sexualmente desde hace cinco meses. Y, es curioso, en Quintana Roo, en estos días surgieron varias denuncias públicas contra elementos de seguridad hacia de mujeres policías y también en una institución educativa. Y si revisamos el país, seguramente encontraremos infinidad de casos reportados en los últimos días. Este delito es cotidiano y a veces se hace invisible a los ojos de la mayoría de las personas, peor aún surge la duda y el cuestionamiento social hacia las víctimas.

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miércoles, 3 de agosto de 2011

Sicilia: una traición, minuta sobre Ley de Seguridad

Los legisladores que la aprobaron traicionaron su palabra y se traicionaron como hombres con esta acción; fue un acto vergonzoso, dijo el dirigente del Movimiento por la Paz.

Alma Muñoz
Publicado: 03/08/2011 11:30


México, DF. Javier Sicilia expresó que el Movimiento por l
a Paz con Justicia y dignidad se siente traicionado por la aprobación de la minuta de Ley de Seguridad Nacional. Aseguró en conferencia de prensa, que los legisladores federales traicionaron su palabra y se traicionaron como hombres con esta acción.
Manifestó que fue un acto verdaderamente vergonzoso y exigió en nombre del movimiento que se eche para atrás esa ley. Indicó que la norma “abona a la militarización y la guerra, si no paramos la guerra, la victimización va a seguir aumentando”, afirmó.
Adelantó que mañana en la continuación de las mesas que sostienen con el gobierno, “vamos a expresar nuestro repudio, sorpresa e indignación por esta violación de la palabra y vamos a hacer una acción”, la cual dijo que hoy por la noche decidirán.
Manifestó que los traidores son los legisladores aunque el presidente de la república Felipe Calderón sigue necio en su posición pero “la traición es de parte de los legisladores”, remarcó
Sicilia expresó que a ellos hay que preguntarles si fue fingido el perdón que pidieron a las victimas de la guerra, durante el encuentro en el castillo de Chapultepec.
En cuanto al beneplácito de la Secretaría de Gobernación por la aprobación de la minutas de la Ley de Seguridad Nacional manifestó que como esto es posición del ejecutivo y por lo tanto del presidente, “nos preocupa, nos indigna muchísimo”.
El poeta afirmó que las víctimas “nos sentimos verdaderamente ofendidos por la intransigencia, por la estupidez (demostrada con esta aprobación)…. Están jugando con nuestro dolor, con el sufrimiento y con los muertos”.

I Premio Nacional de Poesía José Emilio Pacheco

El H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz a través del Instituto Municipal de la Cultura y Casas del Poeta, A.C. CONVOCAN A TODOS LOS POETAS DEL PAÍS

I Premio Nacional de Poesía José Emilio

Pacheco

B A S E S

1. Podrán participar todos los poetas mexicanos mayores de 18 años o extranjeros residentes en la República Mexicana. Los participantes extranjeros deberán tener mínimo cinco años de residencia comprobable en México.


2. Los concursantes deberán enviar un libro inédito de poemas, escrito en español, por triplicado, con tema y formas libres. Los trabajos, con un mínimo de 42 y un máximo de 60 cuartillas, deberán estar engargolados, enumerados, escritos en computadora o máquina a doble espacio, en papel tamaño carta blanco y por una sola cara. Deberán ir acompañados de un archivo electrónico en disco compacto, con terminación .doc en tipografía Arial, tamaño 12 en Microsoft Word.


3. Los trabajos deberán enviarse o entregarse en cualquiera de las dos siguientes direcciones:

  • Casa del Poeta José Emilio Pacheco

Av. Sor Juana Inés de la Cruz No. 2

Esq. Vallarta, planta alta

Tlalnepantla Centro, Estado de México, C.P. 54000

Tels. 4326-7582 y 01 (55) 5565-8293



  • Casa del Poeta Sor Juana Inés de la Cruz

Av. Vicente Villada # 413, col. Francisco Munguía,

Toluca, Estado de México, C.P. 50000

Tel. 01 (722) 2135546, 47 o 63


La fecha límite de recepción es el 19 de agosto de 2011 a las 17:00 horas.


  1. Los concursantes deberán participar con seudónimo. Adjunto a los trabajos, en un sobre cerrado e identificado con el mismo seudónimo, enviarán su nombre, domicilio, número telefónico, correo electrónico y currículo editorial. Cualquier tipo de referencia, leyenda o dedicatoria que pueda sugerir la identidad del autor causará la descalificación del trabajo.


5. El certamen queda abierto desde la publicación de la presente convocatoria hasta el 19 de agosto de 2011, día del cierre, a las 17:00 horas. Después de esta fecha sólo se recibirán aquellos trabajos, cuyo matasellos de la oficina postal de origen o empresa de mensajería, no exceda el límite de la convocatoria.


6. No podrán participar:

a) Colaboradores de la asociación convocante, ni trabajadores del H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz.

b) Autores que hayan recibido con anterioridad premios organizados por la asociación, sólo hasta después de dos años podrán participar.

c) Obras que se encuentren participando en otros concursos nacionales e internacionales en espera de dictamen.

d) Obras que hayan sido premiadas con anterioridad en premios nacionales e internacionales.

e) Trabajos que se encuentren en proceso de contratación o de producción editorial.


7. El jurado calificador estará integrado por poetas y críticos de reconocido prestigio. El fallo del jurado es inapelable.


8. Una vez emitido el fallo, se procederá a la apertura de la plica de identificación y a la notificación del ganador. El resultado se divulgará en el portal web del H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz (www.tlalnepantla.gob.mx) y en la página de Facebook de la Casa del Poeta "José Emilio Pacheco" y al ganador se le notificará por vía telefónica o correo electrónico.


9. Será facultad del jurado descalificar cualquier trabajo que no presente las características exigidas por la convocatoria, así como resolver cualquier caso no referido en la misma. El premio puede ser declarado desierto, en cuyo caso las instituciones convocantes se reservan la decisión de emplear el recurso económico correspondiente para apoyar actividades de fomento a la literatura.


10. No se devolverán los trabajos no premiados, los cuales se destruirán una vez que se conozca el fallo del jurado. Las plicas de identificación de los mismos, también serán destruidas.


11. En cuanto a la obra ganadora, los concursantes aceptan que, en caso de controversia, el manuscrito podrá ser consultado por las autoridades competentes.

lunes, 1 de agosto de 2011

VERSIONES

Eliseo Alberto

La muerte es esa pequeña jarra, con flores pintadas a mano, que hay en
todas las casas y que uno jamás se detiene a ver.
La muerte es ese pequeño animal que ha cruzado en el patio, y del que nos consuela la ilusión, sentida como un soplo, de que es sólo e
l gato de la casa,
el gato de costumbre, el gato que ha cruzado y al que ya no volveremos a
ver.
La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia,
discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer.
La muerte, en fin, es esa mancha en el muro que una tarde hemos mirado,
sin saberlo, con un poco de terror.

Entrada destacada

 Poesía Palabras para descifrar el laberinto del silencio.  Sylvia Manríquez