lunes, 7 de enero de 2013

JUAN RULFO (16 mayo 1917 - 7 enero 1986)

  Novelista y cuentista mexicano, nacido en Jalisco, escenario de la guerra cristera (1926-1929) que habría de influir mucho en su vida y en su obra. Escribe El llano en llamas (cuentos, 1953) y Pedro Páramo (novela, 1955), traducidas a todos los idiomas. Cumple oficios diversos, hace guiones de cine (El gallo de oro, 1964; La fórmula secreta, 1965…), magníficas fotografías. Varios premios, entre ellos el Príncipe de Asturias, 1983. Simplificando, su obra se ha etiquetado como realismo mágico o estereotipado como indigenista. Emparentado con la tradición de la literatura de la Revolución Mexicana (Azuela, Guzmán, Muñoz), luego Revueltas (1943), o Yáñez (1947), la fractura con un nuevo lenguaje y una forma inigualables, creando a Comala, devastada por la violencia y habitada sólo por almas en pena. Monsiváis sintetiza: "En nuestra cultura nacional Juan Rulfo ha sido un intérprete absolutamente confiable… de la lógica íntima, los modos de ser, el sentido idiomático, la poesía secreta y pública de los pueblos y las comunidades campesinas, mantenidas en la marginalidad y el olvido…". Para Borges, "Pedro Páramo es una de las mejores novelas de la literatura de lengua hispánica, y aún de la literatura". Murió en la ciudad de México en 1986. 

" Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte. Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
(...)
Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas.
(...)
Me enterraron en tu misma sepultura y cupe muy bien en el hueco de tus brazos. Aquí en este rincón donde me tienes ahora. Sólo se me ocurre que debería ser yo la que te tuviera abrazado a ti. ¿Oyes?. Allá afuera está lloviendo.
(...)
Tengo la boca llena de ti, de tu boca. Tus labios apretados, duros como si mordieran oprimidos mis labios... Trago saliva espumosa; mastico terrones plagados de gusanos que se me anudan en la garganta y raspan la pared del paladar... Mi boca se hunde, retorciéndose en muecas, perforada por los dientes que la taladran y devoran. La nariz se reblandece. La gelatina de los ojos se derrite. Los cabellos arden en una sola llamarada.
"


TOMADO DE: El Poder de la Palabra
epdlp.com

Sin ficción


La letra desobediente / Braulio Peralta 

El periodismo avanza si la crónica es la reina de la realidad. Pero no estoy seguro que avance. Prolifera, eso sí, la opinión en diarios. Con la radio y televisión casi no contamos. Y escasea la crónica sobre los acontecimientos más relevantes de la vida nacional. Aunque hay casos de microhistorias cronicadas, de gran nivel, no hay espacio para los periodistas que en los últimos años se han acercado a las revistas o la publicación de libros para contar sus historias.
Es en el mercado editorial donde abundan libros de periodismo. Demasiados, diría. Malos, la mayoría. Excepcionales solo algunos, sobre todo, por estar bien escritos. El escándalo vende más, pero no es garantía de pulcritud escritural. Eso sí: publicar un libro de periodismo brinda la oportunidad de darse a conocer. Lydia Cacho se hizo famosa con Los demonios del edén. O Anabel Hernández, con Los señores del narco.
La crónica tiene una larga historia en el periodismo. Es imprescindible el libro de Carlos Monsiváis, Antología de la Crónica en México, básico en escuelas. O La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska. Sin esos libros no entenderíamos la revitalización de un género mayor que se ha venido impulsando con fuerza, independientemente de que sean escritores o periodistas los que cronican la realidad.
Hay dos libros de crónicas importantes que se publicaron en 2012: Jorge Carrión con Mejor que ficción, y Darío Jaramillo Agudelo con Antología de la crónica latinoamericana actual. Los dos son complementarios. Son disparejos, sobre todo por las ausencias de periodistas empecinados en escribir bien y con contenidos sin ficción. Por ejemplo: una gran ausente en esos libros es Magali Tercero, cronista de primer nivel, autora de Cuando llegaron los bárbaros.
Los libros de crónicas son necesarios para la comprensión de un país. Y la crónica, más que un lujo, es un género vital en el periodismo. Habría que hacer una antología actual de la crónica en México. La actualidad que vivimos amerita un libro así, con los periodistas y temas recurrentes sobre la realidad, como Diego Enrique Osorno, Marcela Turati, Héctor de Mauleón, Froylán Enciso, Fernando del Collado…¿Quién más?
La crónica vive su mayoría de edad. No hay duda: es el documento oficial de la historia. Ojalá el diarismo apoye más este género que requiere de espacio para su mejor desarrollo.

¡Abrazos!

¡De vuelta!! Felicidad, salud y esperanza este 2013, para todos y todas!!!
Ëxito amigos-as. Se les quiere!!! Muchos abrazos!!!

lunes, 17 de diciembre de 2012

No quiero vivir sin tí -- Dosce Navarro

 
JUAN: Tomaste una decisión dolorosa para todos.  Llevaste tu talento, tus emociones, tu mirada, a otra dimensión. Siempre en mi recuerdo, llevas mi reconocimiento y gratitud. ¡Hasta siempre amigo!! Nos encontraremos de nuevo.


No quiero vivir sin tí  (Juan "Dosce" Navarro)

De nada sirve recordarte los besos de ojos cerrados,
los abrazos y sonrisas del pasado
los sueños trazados las veces que hemos llorado 
por cosas que han pasado y hemos superado
los juegos los secretos, los momentos contentos
los sobrenombres tiernos que serian cursi de no ser
por esto que sentimos
que nos mantuvo siempre unidos y en sus tiempos libres
hace que el mundo tenga sentido
estoy tan confundido no se si llorar molestarme   
o sentarme a pensar, buscarte o solamente esperar
sigo dudando que en algo sirva rezar y he llegado 
a pensar que dios no existe o dios es bipolar
y aqui estaré con tu foto en mi memoria, 
quizá con una nueva novia, pensando en tí
el tiempo se iria de manera obvia 
es que ninguna herida sana sin dejar cicatriz;
quisiera tanto tener la voz de un cantante 
para no solo recitar si no cantarte
pues mi única defensa es explicarte este malentendido
dame otra oportunidad y juro que querrás ENVEJECER CONMIGO"
esto es como caminar en círculos por horas
como ver a un gato perseguir su cola
es algo ilógico estar con otra persona y preguntarnos
¿cómo hubiese sido si te hubieses permitido amarnos?
las calles que transito los lugares que visito 
la ropa que visto
todo me hace verte a ti
ayer creí y al notar que no eras supe que aunque
pueda...

NO QUIERO VIVIR SIN TÍ

viernes, 14 de diciembre de 2012

50 años de... - La mujer, cosa de hombres



Tomado de: ¡Ni UNO, Ni UNA MÁS!

"El decálogo del periodista", por Tomás Eloy Martínez.

Fundación Tomás Eloy Martínez
1- El único patrimonio del periodista es su buen nombre. Cada vez que se firma un artículo insuficiente o infiel a la propia conciencia, se pierde parte de ese patrimonio, o todo. Hay que defender ante los editores el tiempo que cada quien necesita para escribir un buen texto y el espacio que necesita dentro de la publicación.

2- Una foto que sirve sólo como ilustración y no añade información alguna no pertenece al periodismo. Las fotos no son un complemento, sino noticias en sí mismas.

3- Hay que trabajar en equipo. Una redacción es un laboratorio en el que todos deben compartir sus hallazgos y sus fracasos.

4- No hay que escribir una sola palabra de la que no se esté seguro, ni dar una sola información de la que no se tenga plena certeza.

5-Hay que trabajar con los archivos siempre a mano, verificando cada dato y estableciendo con claridad el sentido de cada palabra que se escribe.

6- Hay que evitar el riesgo de servir como vehículo de los intereses de grupos públicos o privados. Un periodista que publica todos los boletines de prensa que le dan, sin verificarlos, debería cambiar de profesión y dedicarse a ser mensajero.

7- Hay que usar siempre un lenguaje claro, conciso y transparente. Por lo general, lo que se dice en diez palabras siempre se puede decir en nueve, o en siete.

8- Encontrar el eje y la cabeza de una noticia no es tarea fácil. Tampoco lo es narrar una noticia.

9- Nunca hay que ponerse a narrar si no se está seguro de que se puede hacer con claridad, eficacia, y pensando en el interés del lector más que en el lucimiento propio.

10-Recordar siempre que el periodismo es, ante todo, un acto de servicio. Es ponerse en el lugar del otro, comprender lo otro. Y, a veces, ser otro.
 
 
 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Muere a los 92 años Ravi Shankar, el maestro que enseñó la cítara a los Beatles

Ravi Shankar, el músico
El músico Ravi Shankar en un concierto en febrero de 2012. (EFE)

  • El veterano maestro falleció en San Diego, (Estados Unidos), aquejado de dificultades respiratorias.
  • Posiblemente el instrumentista hindú más reconocido, popularizó en occidente la música hindú clásica.
  • Esto fue posible en gran medida, gracias a su asociación con los Beatles por medio de George Harrison, con quien compartía el interés por el instrumento indio del sitar.
  • Shankar también es famoso por ser el padre de la cantante Norah Jones y de la trambién instrumentista Anoushka Shankar.
20MINUTOS.ES. 12.12.2012 - 05.28h El célebre instrumentista indio Ravi Shankar, mundialmente famoso por haber colaborado con los Beatles, ha muerto a los 92 años, según informan la cadena norteamericana ABC y la agencia  AFP.
El veterano maestro de la cítara  falleció en San Diego, (Estados Unidos), aquejado de dificultades respiratorias.
Shankar también es famoso por ser el padre de la cantante Norah Jones y de la trambién instrumentista Anoushka Shankar.
Posiblemente el instrumentista hindú más reconocido, popularizó en occidente la música hindú clásica, en gran medida gracias a su asociación con los Beatles por medio de George Harrison, con quien compartía el interés por el instrumento indio del sitar. No en vano tocó en los festivales de Woodstock y en de Monterrey, en 1967.
Este reconocimiento perduró hasta nuestros días, ya que el legendario músico estaba nominado, junto con su hija Anoushka, al premio Grammy 2013 en la categoría de Músicas del Mundo.
Solo su hija Anoushka, que lleva su apellido, entrenó sus dotes musicales con Shankar. Norah Jones,  joven artista con más de diez Grammys a sus espaldas, es fruto de un idilio pasajero con una productora de Nueva York.
Las dos hermanas no se conocieron hasta su adolescencia.


¿Será por eso?

La voz femenina provoca agotamiento en el cerebro masculino. Según el profesor Michael Hunter, de la Universidad de Sheffield (Gran Bretaña), el tono de la voz femenina posee sonidos más complejos que la masculina, por eso toma toda el área auditiva del cerebro masculino, mientras que la voz del hombre sólo ocupa el área subtalámica. De aquí que en muchas ocasiones las mujeres se quejen de que los hombres no las escuchan, ya que lo que hacen es “desconectar” por una razón puramente fisiológica.

(Podemos discutirlo)

martes, 11 de diciembre de 2012

Tomás Eloy Martinez

“El único patrimonio del periodista es 
su buen nombre. 
Cada vez que se firma 
un texto insuficiente o infiel 
a la propia conciencia, 
se pierde parte de ese patrimonio, 
o todo".

Un hombre sin suerte

La escritora argentina Samanta Schweblin acaba de ganar el premio Juan Rulfo por su relato Un hombre sin suerte. El premio, que se le entregó a la autora en la Casa de América Latina en París y que este año celebra su 30° edición, es organizado por Radio Francia Internacional (RFI) y el Instituto Cultural de México en París. El texto fue elegido entre los 33 cuentos finalistas por un jurado compuesto por Alan Pauls, Grecia Cáceres, Julio Villanueva Chang, Eduardo Ramos Izquierdo, Aline Schulman y Elmer Mendoza. Es un honor para la Fundación TEM compartir con nuestros lectores el relato ganador. Samanta Schweblin brindará durante octubre de 2013 un taller intensivo sobre cuentos en la sede de la Fundación.
SAMANTA SCHWEBLIN / Foto: Archivo autora
 *Samanta Schweblin nació en Buenos Aires, en 1978, donde estudió cine y televisión. Su primer libro “El núcleo del disturbio” del 2002, obtuvo los premios del Fondo Nacional de las Artes y el Concurso Haroldo Conti. Su segundo libro, “Pájaros en la boca” del 2009, obtuvo el premio Casa de las Américas y ha sido traducido a trece idiomas. Becada por distintas instituciones vivió temporalmente en Oaxaca (México), Umbria y Toscana (Italia) y Berlín (Alemania), donde reside actualmente. Fue recientemente seleccionada por la prestigiosa revista GRANTA como una de los “mejores jóvenes narradores en Español” y acaba de obtener la última edición del premio Juan Rulfo de Francia.


El día que cumplí ocho años, mi hermana -que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo-, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi.
-Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá- Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.
La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.
Cuando me asomé al living vi que la puerta de entrada, la reja y las puertas del coche ya estaban abiertas. Papá volvió a tocar bocina y mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el auto, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.
Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba ¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital! Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato y milagrosamente lograban dejarnos pasar, pero entonces, un par de autos más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo vi hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:
-Sacate la bombacha.
Tenía puesto mi Jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas pero eso era algo en lo que yo no estaba pensando en ese momento y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y entonces ella gritó:
-¡Sacate la puta bombacha!
Y yo me la saqué. Papá me la quitó de las manos. Bajó la ventanilla, volvió a tocar bocina y sacó afuera mi bombacha. La levantó bien alto mientras gritaba y tocaba bocina, y toda la avenida se dio vuelta para mirarla. La bombacha era chica, pero también era muy blanca. Una cuadra más atrás una ambulancia encendió las sirenas, nos alcanzó rápidamente y nos escoltó, pero papá siguió sacudiendo la bombacha hasta que llegamos al hospital.
Dejaron el coche junto a las ambulancias y se bajaron de inmediato. Sin mirar atrás mamá corrió con Abi y entró en el hospital. Yo dudaba si debía o no bajarme: estaba sin bombacha y quería ver dónde la había dejado papá, pero no la encontré ni en los asientos delanteros ni en su mano, que ya cerraba ahora de afuera su puerta.
-Vamos, vamos –dijo papá.
Abrió mi puerta y me ayudó a bajar. Cerró el coche. Me dio unas palmadas en el hombro cuando entramos al hall central. Mamá salió de una habitación del fondo y nos hizo una seña. Me alivió ver que volvía hablar, daba explicaciones a las enfermeras.
-Quedate acá –me dijo papá, y me señaló unas sillas naranjas al otro lado del pasillo.
Me senté. Papá entró al consultorio con mamá y yo esperé un buen rato. No sé cuanto, pero fue un buen rato. Junté las rodillas, bien pegadas, y pensé en todo lo que había pasado en tan pocos minutos, y en la posibilidad de que alguno de los chicos del colegio hubiera visto el espectáculo de mi bombacha. Cuando me puse derecha el jumper se estiró y mi cola tocó parte del plástico de la silla. A veces la enfermera entraba o salía del consultorio y se escuchaba a mis padres discutir y, una vez que me estiré un poquito, llegué a ver a Abi moverse inquieta en una de las camillas, y supe que al menos ese día no iba a morirse. Y todavía esperé un rato más. Entonces un hombre vino y se sentó al lado mío. No sé de dónde salió, no lo había visto antes.
-¿Qué tal? –preguntó.
Pensé en decir muy bien, que es lo que siempre contesta mamá si alguien le pregunta, aunque acabe de decir que la estamos volviendo loca.
-Bien –dije.
-¿Estás esperando a alguien?
Lo pensé. Y me di cuenta de que no estaba esperando a nadie, o al menos, que no es lo que quería estar haciendo en ese momento. Así que negué y él dijo:
-¿Y porqué estás sentada en la sala de espera?
No sabía que estaba sentada en una sala de espera y me di cuenta de que era una gran contradicción. Él abrió un pequeño bolso que tenía sobre las rodillas. Revolvió un poco, sin apuro. Después sacó de una billetera un papelito rosado.
-Acá está –dijo-, sabía que lo tenía en algún lado.
El papelito tenía el número 92.
-Vale por un helado, yo te invito –dijo.
Dije que no. No hay que aceptar cosas de extraños.
-Pero es gratis –dijo él-, me lo gané.
-No.
Miré al frente y nos quedamos en silencio.
-Como quieras –dijo él al final, sin enojarse.
Sacó del bolso una revista y se puso a llenar un crucigrama. La puerta del consultorio volvió a abrirse y escuché a papá decir “no voy acceder a semejante estupidez”. Me acuerdo porque ese es el punto final de papá para casi cualquier discusión, pero el hombre no pareció escucharlos.
-Es mi cumpleaños –dije.
“Es mi cumpleaños” repetí para mí misma, “¿qué debería hacer?”. Él dejó el lápiz marcando un casillero y me miró con sorpresa. Asentí sin mirarlo, conciente de tener otra vez su atención.
-Pero… -dijo y cerró la revista-, es que a veces me cuesta mucho entender a las mujeres. Si es tu cumpleaños, ¿por qué estás en una sala de espera?
Era un hombre observador. Me enderecé otra vez en mi asiento y vi qué, aún así, apenas le llegaba a los hombros. Él sonrió y yo me acomodé el pelo. Y entonces dije:
-No tengo bombacha.
No sé porqué lo dije. Es que era mi cumpleaños y yo estaba sin bombacha, y era algo en lo que no podía dejar de pensar. Él todavía estaba mirándome. Quizá se había asustado, u ofendido, y me di cuenta que, aunque no era mi intención, había algo grosero en lo que acababa de decir.
-Pero es tu cumpleaños –dijo él.
Asentí.
-No es justo. Uno no puede andar sin bombacha el día de su cumpleaños.
-Ya sé –dije, y lo dije con mucha seguridad, porque acababa de descubrir la injusticia a la que todo el show de Abi me había llevado.
Él se quedó un momento sin decir nada. Luego miró hacia los ventanales que daban al estacionamiento.
-Yo sé donde conseguir una bombacha –dijo.
-¿Dónde?
-Problema solucionado –guardó sus cosas y se incorporó.
Dudé en levantarme. Justamente por no tener bombacha, pero también porque no sabía si él estaba diciendo la verdad. Miró hacia la mesa de entrada y saludó con una mano a las asistentes.
-Ya mismo volvemos –dijo, y me señaló- es su cumpleaños –y yo pensé “por dios y la virgen María, que no diga nada de la bombacha”, pero no lo dijo: abrió la puerta, me guiñó un ojo, y yo supe que podía confiar en él.
Salimos al estacionamiento. De pie yo apenas pasaba su cintura. El coche de papá seguía junto a las ambulancias, un policía le daba vueltas alrededor, molesto. Me quedé mirándolo y él nos vio alejarnos. El aire me envolvió las piernas y subió acampanando mi Jumper, tuve que caminar sosteniendolo, con las piernas bien juntas.
-Mi dios y la virgen María –dijo él cuando se volvió para ver si lo seguía y me vio luchando con mi uniforme-, es mejor que vayamos rodeando la pared.
-No digas “mi dios y la virgen María” –dije, porque eso era algo de mamá, y no me gustó cómo lo dijo él.
-Ok, darling –dijo.
-Quiero saber a dónde vamos.
-Te estás poniendo muy quisquillosa.
Y no dijimos nada más. Cruzamos la avenida y entramos a un shopping. Era un shopping bastante feo, no creo que mamá lo conociera. Caminamos hasta el fondo, hacia una gran tienda de ropa, una realmente gigante que tampoco creo que mamá conociera. Antes de entrar él dijo “no te pierdas” y me dio la mano, que era fría pero muy suave. Saludó a las cajeras con el mismo gesto que hizo a las asistentes a la salida del hospital, pero no vi que nadie le respondiera. Avanzamos entre los pasillos de ropa. Además de vestidos, pantalones y remeras había también ropa de trabajo. Cascos, jardineros amarillos como los de los basureros, guardapolvos de señoras de limpieza, botas de plástico, y hasta algunas herramientas. Me pregunté si él compraría su ropa acá y si usaría alguna de esas cosas y entonces también me pregunté cómo se llamaría.
-Es acá –dijo.
Estábamos rodeados de mesadas de ropa interior masculina y femenina. Si estiraba la mano podía tocar un gran contenedor de bombachas gigantes, más grandes de las que yo podría haber visto alguna vez, y a solo tres pesos cada una. Con una de esas bombachas podían hacerse tres para alguien de mi tamaño.
-Esas no –dijo él-, acá –y me llevó un poco más allá, a una sección de bombachas más pequeñas-. Mira todas las bombachas que hay… ¿Cuál será la elegida my lady?
Miré un poco. Casi todas eran rosas o blancas. Señalé una blanca, una de las pocas que había sin moño.
-Ésta –dije-. Pero no tengo dinero.
Se acercó un poco y me dijo al oído:
-Eso no hace falta.
-¿Sos el dueño de la tienda?
-No. Es tu cumpleaños.
Sonreí.
-Pero hay que buscar mejor. Estar seguros.
-Ok Darling –dije.
-No digas “Ok Darling” –dijo él- que me pongo quisquilloso –y me imitó sosteniéndome la pollera en la playa de estacionamiento.
Me hizo reír. Y cuando terminó de hacerse el gracioso dejó frente a mí sus dos puños cerrados y así se quedó hasta que entendí y toqué el derecho. Lo abrió y estaba vacío.
-Todavía podés elegir el otro.
Toqué el otro. Tardé en entender que era una bombacha porque nunca había visto una negra. Y era para chicas, porque tenía corazones blancos, tan chiquitos que parecían lunares, y la cara de Kitty al frente, en donde suele estar ese moño que ni a mamá ni a mí nos gusta.
-Hay que probarla –dijo.
Apoyé la bombacha en mi pecho. Él me dio otra vez la mano y fuimos hasta los probadores femeninos, que parecían estar vacíos. Nos asomamos. Él dijo que no sabía si podría entrar. Que tendría que hacerlo sola. Me di cuenta de que era lógico porque, a no ser que sea alguien muy conocido, no está bien que te vean en bombacha. Pero me daba miedo entrar sola al probador, entrar sola o algo peor: salir y no encontrar a nadie.
-¿Cómo te llamás? –pregunté.
-Eso no puedo decírtelo.
-¿Porqué?
Él se agachó. Así quedaba casi a mi altura, quizá yo unos centímetros más alta.
-Porque estoy ojeado.
-¿Ojeado? ¿Qué es estar ojeado?
-Una mujer que me odia dijo que la próxima vez que yo diga mi nombre me voy a morir.
Pensé que podía ser otra broma, pero lo dijo todo muy serio.
-Podrías escribírmelo.
-¿Escribirlo?
-Si lo escribieras no sería decirlo, sería escribirlo. Y si sé tu nombre puedo llamarte y no me daría tanto miedo entrar sola al probador.
-Pero no estamos seguros. ¿Y si para esa mujer escribir es también decir? ¿Si con decir ella se refirió a dar a entender, a informar mi nombre del modo que sea?
-¿Y cómo se enteraría?
-La gente no confía en mí y soy el hombre con menos suerte del mundo.
-Eso no es verdad, eso no hay manera de saberlo.
-Yo sé lo que te digo.
Miramos juntos la bombacha, en mis manos. Pensé en que mis padres podrían estar terminando.
-Pero es mi cumpleaños –dije.
Y quizá si lo hice a propósito, pero así lo sentí en ese momento: los ojos se me llenaron de lágrimas. Entonces él me abrazó, fue un movimiento muy rápido, cruzó sus brazos a mis espaldas y me apretó tan fuerte que mi cara quedó un momento hundida en su pecho. Después me soltó, sacó su revista y su lápiz, escribió algo en el margen derecho de la tapa, lo arrancó y lo dobló tres veces antes de dármelo.
-No lo leas –dijo, se incorporó y me empujó suavemente hacia los cambiadores.
Dejé pasar cuatro vestidores vacíos, siguiendo el pasillo, y antes de juntar valor y meterme en el quinto guardé el papel en el bolsillo de mi jumper, me volví para verlo  y nos sonreímos.
Me probé la bombacha. Era perfecta. Me levanté el jumper para ver bien cómo me quedaba. Era tan pero tan perfecta. Me quedaba increíblemente bien, papá nunca me la pediría para revolearla detrás de las ambulancias e incluso si lo hiciera, no me daría tanta vergüenza que mis compañeros la vieran. Mirá que bombacha tiene esta piba, pensarían, qué bombacha tan perfecta. Me dí cuenta de que ya no podía sacármela. Y me di cuenta de algo más, y es que la prenda no tenía alarma. Tenía una pequeña marquita en el lugar donde suelen ir las alarmas, pero no tenía ninguna alarma. Me quedé un momento más mirándome al espejo, y después no aguanté más y saqué el papelito, lo abrí y lo leí.
Cuando salí del probador él no estaba donde nos habíamos despedido, pero sí un poco más allá, junto a los trajes de baño. Me miró, y cuando vio que no tenía la bombacha a la vista me guiñó un ojo y fui yo la que lo tomé de la mano. Esta vez me sostuvo más fuerte, a mí me pareció bien y caminamos hacia la salida. Confiaba en que él sabía lo que hacía. En que un hombre ojeado y con la peor suerte del mundo sabía cómo hacer esas cosas. Cruzamos la línea de cajas por la entrada principal. Uno de los guardias de seguridad nos miró acomodándose el cinto. Para él mi hombre sin nombre sería papá, y me sentí orgullosa. Pasamos los censores de la salida, hacia el Shopping, y seguimos avanzando en silencio, todo el pasillo, hasta la avenida. Entonces vi a Abi, sola, en medio del estacionamiento. Y vi a mamá más cerca, de este lado de la avenida, mirando hacia todos lados. Papá también venía hacia acá desde el estacionamiento. Seguía a paso rápido al policía que antes miraba su coche y en cambio ahora señalaba hacia nosotros. Pasó todo muy rápido. Cuando papá nos vio gritó mi nombre y unos segundos después el policía y dos más que no sé de dónde salieron ya estaban sobre nosotros. Él me soltó pero dejé unos segundos mi mano suspendida hacia él. Lo rodearon y lo empujaron de mala manera. Le preguntaron qué estaba haciendo, le preguntaron su nombre, pero él no respondió. Mamá me abrazó y me revisó de arriba abajo. Tenía mi bombacha blanca enganchada en la mano derecha. Entonces, quizá tanteándome, se dio cuenta de que llevaba otra bombacha. Me levantó el Jumper en un solo movimiento: fue algo tan brusco y grosero, delante de todos, que yo tuve que dar unos pasos hacia atrás para no caerme. Él me miro, yo lo miré. Cuando mamá vio la bombacha negra gritó “hijo de puta, hijo de puta”, y papá se tiró sobre él y trató de golpearlo. Mientras los guardias los separaban yo busqué el papel en mi Jumper, me lo puse en la boca y, mientras me lo tragaba, repetí en silencio su nombre, varias veces, para no olvidármelo nunca.

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