martes, 3 de febrero de 2009

El Zancudo
(No mata, pero hace roncha)


Arturo Soto Munguía

Los pesares de Alfonso Elías

Una pregunta recorre el estado de Sonora: ¿tendrá Alfonso Elías el temple para asumirse el candidato de la amenaza, el chantaje, el abuso, la prepotencia y el gandallismo?
La forma en que están construyendo su candidatura, lo perfila como un político que busca legitimar sus aspiraciones, dejando el camino lleno de rencores entre cientos de familias que perdieron sus ingresos después de ser despedidos de su trabajo, por el ‘pecado’ de considerar, entre otras cosas, que Alfonso Elías es la garantía de una derrota para el PRI en la próxima elección constitucional.
La base de apoyos que le están construyendo al senador con licencia es un verdadero enigma.
El ‘proyecto ciudadano’ que dice encabezar es de lo más extraño, considerando sus desesperados y cada vez más infructuosos intentos por encontrar, en el no muy ciudadano y sí muy anquilosado corporativismo oficial, los votos que le permitan alzarse con el triunfo el próximo 8 de marzo.
Campirano que es, el candidato oficial debe saber muy bien que ‘el cariño comprado ni sabe querernos ni sabe ser fiel’.
Ha de sentir feo al saber que sus ‘encuentros ciudadanos’ son una oda al acarreo; que sus oyentes van porque si no lo hacen, los corren del trabajo, los aíslan, los marginan o en el peor de los casos, les quitan puntos en sus calificaciones, como ocurrió con los estudiantes del Cobach en Puerto Peñasco.
Ha de sentir feo al saber que le habla al vacío. Que sus palabras las escuchan sólo aquellos a quienes les pagan por oírlas y/o reproducirlas en algunos medios de comunicación.
Hay, y en la medida en que el proceso electoral avance se irán documentando, testimonios y anécdotas de los desaires que ha recibido, dentro y fuera de su partido.
Él mismo conoce muchas de esas situaciones, pero son más, mucho más las que permanecen en estado latente y que sólo esperan el momento para salir a la luz.
Esto se presenta, sobre todo, entre el amplio sector de servidores públicos del estado y los municipios, que pretenden ser utilizados para tender una red de apoyo, para trabajar a favor de su candidatura y para sumarle adeptos que, teóricamente, atiborrarían las urnas el 8 de marzo con votos a su favor.
El senador con licencia debe saber que no necesariamente es así. Que por todos lados, comienza a germinar el sentimiento contra la imposición a chaleco, de un candidato cuyas cualidades como ‘buena persona’, no le alcanzan para garantizar la victoria.
Que ese sentimiento es el que ya está afianzándose en sectores muy vastos de la población, y está haciendo florecer la exigencia de su derecho a decidir, ese que se ejerce en la intimidad de la casilla, donde nadie ve, donde nadie ordena.
Donde los ciudadanos, de un solo trazo, votarán con libertad y en ejercicio pleno de su derecho a decidir, independientemente de quién los haya llevado a la casilla y quién les haya prometido pagar en efectivo o en especie por su voto.
A la construcción de esa cultura cívica ha contribuido mucha gente, de todos los partidos políticos y sobre todo, la que sin militar en alguno de ellos, posee la inteligencia suficiente para saber qué es lo que le conviene.
Es parte de los logros obtenidos a través de muchos años de observar y participar en procesos electorales; de votar por uno o por otro, de probar la alternancia y aprobar o reprobar propuestas de gobierno.
Más que por la clase política, podría decirse que a pesar de esa clase política, la ciudadanía ha aprendido a valorar la importancia de su participación, y conforme avance el tiempo, esa misma ciudadanía sabrá darse a sí misma, en libertad, los gobiernos que demuestren mayor vocación para incluir a más gente en los beneficios del progreso, para incorporar a más sectores al desarrollo económico, cultural, social.
Lo que está en juego en la contienda interna del PRI, hoy por hoy rebasa al propio PRI.
Lo que está en juego es la necesidad de no desbarrancar lo poco o mucho que se ha avanzado en materia de democratización de la vida pública; la exigencia de procesos electorales limpios, democráticos y equitativos.
Y esa exigencia no es sólo de los priistas. Los rebasa. Incluye a cientos de miles que hoy tienen una credencial para votar, y habrán de hacerlo, en el libre ejercicio de su derecho a decidir.


PD.- No sólo no se prohíbe, sino que se exhorta a la reproducción total de esta columna, que es apenas un modestísimo esfuerzo por equilibrar la no muy modesta ‘cargada’.

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